6/11/17

CAPÍTULO XLI. OCIO EN SAN PABLO


Tuve la noticia de que podría abandonar el centro por un fin de semana. Lo pasaría con mi madre en casa de los uruguayos donde ella permanecía. Micaela, una chica de la edad de mi hermana, era la hija de Stella y Sardinha, los dueños de casa. Un auto, que no recuerdo a quien pertenecía, fue el vehículo que me trasladó hasta Jardim Miriam. Dada la imposibilidad de trasladarme por mis propios medios desde la silla de ruedas hacia el asiento delantero del coche, tuve que solicitar quien me asistiera en esa tarea. Debía ser alguien con suficiente fuerza. Acá, en Uruguay, si tenía necesidad de salir en auto lo hacía en el auto de mi tío Elio, hermano de mamá, o en el de Horacio (un vecino, marido de una compañera de trabajo de mamá). Quienes me ayudaban a traspasarme eran mi tío Héctor, mi tío Carlos, Marcelo (el esposo de Magel), Juancito (un gran buen vecino). Pero allá en San Pablo no los tenía, así que no pudimos tener mejor ocurrencia que pedirle a quien se estaba convirtiendo en un lindo, lindísimo amigo: Jarley. Creo que la idea fue mía. Stella habló con él y enseguida aceptó ayudarme. Yo encantada con que él me acompañara y me tomara en sus brazos. Con total naturalidad me asistió. Llegamos a casa de Stella un sábado radiante y templado. Jarley me acompañó hasta adentro y una vez allí se despidió.
·         ¿Te tomas una cervecita? - invitó Stella al morocho.
·         No, gracias – dijo Jarley.
·         Dale que está caluroso – insistió la dueña de casa.
Yo lo miraba embelesada esperando que aceptara tomar el refrigerio y así permaneciera un rato más cerca de mí. Pero no, realmente tenía que irse y así lo hizo. Hasta pronto Jarley.
Los Sardinha resultaron seres muy hospitalarios, cálidos. Eran una mezcla entre brasileros y uruguayos. Stella era uruguaya de pura cepa. Sardinha un bahiano peculiar. Micaela, nacida en Brasil, hablaba un español salpicado con términos portugueses. Esta chica enseguida empatizó conmigo, me adoptó cual si fuera su hermana mayor. Era súper cariñosa tanto conmigo como con mi madre, con quien pasaba la mayor parte de su día. Me ayudaba sin reparos, nos abrigó de solidaridad. Llegó a idolatrarme creo, como todo pequeño que imita a su hermano mayor en sus gustos. Raúl era el hermano mayor de Micaela, un joven muy simpático.
El domingo de mañana, Micaela entró en la casa con un esmalte para uñas. Nos lo mostró y a mí me encantó.
·         ¡Que lindo! ¿Dónde lo compraste? - pregunté.
·         En la farmacia, había muchos más colores – respondió Micaela.
·         ¿Queda lejos? - indagué.
·         No, acá a la vuelta.
·         Ma, podríamos ir hasta ahí – sugerí.
·         Bueno, vamos – aceptó Graciela.
Y así nos mandamos a la calle cual si estuviéramos en nuestro barrio montevideano. Micaela salió con nosotros. Mamá manejaba mi silla. Al salir al cordón e intentar bajarlo, nos percatamos de que no resultaría tan fácil como en Montevideo. El relieve brasileño distaba mucho de nuestra suave penillanura. Los morros y cuchillas en San Pablo y en Jardim Miriam eran de una sinuosidad pronunciada. Así como intentamos descender a la calzada así terminamos mi silla y yo encima del auto que allí estaba estacionado. Por poco no terminé de bruces en el piso, gracias a que ese rodado se interpuso en nuestro accidentado camino. Mamá se puso muy nerviosa, yo tenía terror de volver a caerme, Micaela nerviosa también. Intentaron ayudarme pero lo único que alcanzaron hacer fue mantener mi peso contra el vehículo, nada de poder acceder a la acera nuevamente. Todo esto transcurrió en fracciones de segundos, la misma cantidad de tiempo que bastó para que Raúl, que afortunadamente estaba llegando a su casa, se percatara de nuestra situación y nos ayudara a retornar a piso seguro. Un susto de novela brasileña. Me olvidé de la idea de acceder a salir en aquel vecindario.
Fue linda la experiencia de pasar un fin de semana fuera del centro de rehabilitación.
El barrio donde se situaba la AACD era precioso. El jardín que se desplegaba frente al nosocomio era bellísimo, las azaleas fucsias brotaban por doquier, los verdes armonizaban en diversos matices, los pájaros entonaban melodías disfrutables. A pocos metros se hallaba el imponente Parque de Ibirapuera. Un sábado, Ruben y otros estudiantes nos invitaron a visitarlo y accedimos con gusto. El parque contaba con un inmenso lago que albergaba diversas especies de aves, era una delicia natural.


2 comentarios:

  1. ¡Qué interesante lo que contás, Dieva! Es el primer capítulo que leo, pero cuando pueda leeré los otros.He andado muy complicada, pero tengo buenas noticias. : mañana Natalia empieza a trabajar en un empleo nuevo.
    Beso grande
    Silvia

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    1. Gracias Silvia querida! Muy alegre me dejas con la noticia de Natalia. Siempre adelante y en nuestra bella lucha cotidiana. Beso grande.

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