De a poco fui conociendo más gente con
lesiones medulares y también personas con otro tipo de discapacidades. Se me
hacía interesante conocer sus historias de vida, las circunstancias que los
habían llevado a la condición física y emocional actual.
Al poco tiempo, ingresó en el centro un
chico de unos veintisiete años. Había sufrido un accidente automovilístico con
fractura de la séptima vértebra cervical. A pesar de la alta lesión, movía
bastante las manos e incluso parecía mover algún dedo. Gilberto era muy
simpático, súper sociable, impresionantemente gracioso, tenía una expresión de
dibujito animado plasmada en el rostro de ojos chispeantes cubiertos por gafas.
No me costó nada hacerme su amiga y a él menos. Todas las mañanas comenzábamos
juntos el día con el desayuno. Me hacía
morir de risa y eso estaba más que bueno. Nos encontrábamos también en el
gimnasio y terminábamos la jornada conversando. Después de la cena, que sería
pasadas las diecinueve horas, mamá y yo permanecíamos un rato en el hall. Allí
hablábamos con nuestros compatriotas y con alguno de los demás estudiantes. Yo
esperaba que pasara el guatemalteco para que me regalara alguna palabra y lo
que se convirtió en un clásico: su saludo de despedida.
- Hasta mañana – decía el chico con su
acento.
- Hasta mañana – respondía yo imitando
su acento y así obtenía una hermosa sonrisa con la cual soñar.
Gilberto se unía a nosotros en esta
interacción. Luego subíamos y yo procedía a acostarme. Después de quedar
cómodamente instalada en mi cama, me disponía a realizar alguna otra actividad.
Miraba televisión, dibujaba, leía, hilaba pulseras, conversaba con mis
compañeras de habitación. A veces escuchaba la voz de Gilberto preguntando si
podía entrar al cuarto. Cuando se le daba el permiso, se disponía al costado de
mi cama y así cualquier otra actividad perdía sentido ante el diálogo
entretenido que se generaba con Gilberto. Antes de su accidente, trabajaba en
un banco, tenía amplios conocimientos en finanzas. Era además radioaficionado,
a veces me contaba historias sobre sus encuentros en frecuencias de radio.
- Yo merezco haber tenido el accidente
– me dijo Gilberto un día.
- ¿Qué decís? ¿Por qué? - le pregunté.
- Porque mi vida no tenía mucho sentido
antes de la lesión – aclaró.
- ¿Y eso a que se debía? - continué
preguntando.
- A que yo vivía sin prestar atención a
las cosas importantes de la existencia y tampoco me interesaba mucho por las
personas – dijo.
- Ah, ¿Mirá? - decía yo atenta a su
charla.
- Si, salía con mujeres sin preocuparme
por ellas, por sus sentimientos menos me interesaba – seguía relatando – Salía
y me emborrachaba, un desastre.
- Pero eso no quiere decir que
merecieras tener el accidente – le dije.
- No sé, pero todo tiene mucho más gusto
ahora – concluyó.
Creo recordar que Gilberto mencionó
haber encontrado a Dios en su vida posterior al infortunio. Haber conocido a
este cuadripléjico fue una de las mejores cosas que me pasó en San Pablo. Era
un ser totalmente querible, me encantó haberme convertido en su mejor amiga en
la AACD.
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