Tuve la noticia de que podría abandonar
el centro por un fin de semana. Lo pasaría con mi madre en casa de los
uruguayos donde ella permanecía. Micaela, una chica de la edad de mi hermana,
era la hija de Stella y Sardinha, los dueños de casa. Un auto, que no recuerdo
a quien pertenecía, fue el vehículo que me trasladó hasta Jardim Miriam. Dada
la imposibilidad de trasladarme por mis propios medios desde la silla de ruedas
hacia el asiento delantero del coche, tuve que solicitar quien me asistiera en
esa tarea. Debía ser alguien con suficiente fuerza. Acá, en Uruguay, si tenía
necesidad de salir en auto lo hacía en el auto de mi tío Elio, hermano de mamá,
o en el de Horacio (un vecino, marido de una compañera de trabajo de mamá).
Quienes me ayudaban a traspasarme eran mi tío Héctor, mi tío Carlos, Marcelo
(el esposo de Magel), Juancito (un gran buen vecino). Pero allá en San Pablo no
los tenía, así que no pudimos tener mejor ocurrencia que pedirle a quien se
estaba convirtiendo en un lindo, lindísimo amigo: Jarley. Creo que la idea fue
mía. Stella habló con él y enseguida aceptó ayudarme. Yo encantada con que él
me acompañara y me tomara en sus brazos. Con total naturalidad me asistió.
Llegamos a casa de Stella un sábado radiante y templado. Jarley me acompañó
hasta adentro y una vez allí se despidió.
·
¿Te tomas una cervecita? - invitó Stella al
morocho.
·
No, gracias – dijo Jarley.
·
Dale que está caluroso – insistió la dueña de
casa.
Yo lo miraba embelesada esperando que
aceptara tomar el refrigerio y así permaneciera un rato más cerca de mí. Pero
no, realmente tenía que irse y así lo hizo. Hasta pronto Jarley.
Los Sardinha resultaron seres muy
hospitalarios, cálidos. Eran una mezcla entre brasileros y uruguayos. Stella
era uruguaya de pura cepa. Sardinha un bahiano peculiar. Micaela, nacida en
Brasil, hablaba un español salpicado con términos portugueses. Esta chica
enseguida empatizó conmigo, me adoptó cual si fuera su hermana mayor. Era súper
cariñosa tanto conmigo como con mi madre, con quien pasaba la mayor parte de su
día. Me ayudaba sin reparos, nos abrigó de solidaridad. Llegó a idolatrarme
creo, como todo pequeño que imita a su hermano mayor en sus gustos. Raúl era el
hermano mayor de Micaela, un joven muy simpático.
El domingo de mañana, Micaela entró en
la casa con un esmalte para uñas. Nos lo mostró y a mí me encantó.
·
¡Que lindo! ¿Dónde lo compraste? - pregunté.
·
En la farmacia, había muchos más colores –
respondió Micaela.
·
¿Queda lejos? - indagué.
·
No, acá a la vuelta.
·
Ma, podríamos ir hasta ahí – sugerí.
·
Bueno, vamos – aceptó Graciela.
Y así nos mandamos a la calle cual si
estuviéramos en nuestro barrio montevideano. Micaela salió con nosotros. Mamá
manejaba mi silla. Al salir al cordón e intentar bajarlo, nos percatamos de que
no resultaría tan fácil como en Montevideo. El relieve brasileño distaba mucho
de nuestra suave penillanura. Los morros y cuchillas en San Pablo y en Jardim
Miriam eran de una sinuosidad pronunciada. Así como intentamos descender a la
calzada así terminamos mi silla y yo encima del auto que allí estaba
estacionado. Por poco no terminé de bruces en el piso, gracias a que ese rodado
se interpuso en nuestro accidentado camino. Mamá se puso muy nerviosa, yo tenía
terror de volver a caerme, Micaela nerviosa también. Intentaron ayudarme pero
lo único que alcanzaron hacer fue mantener mi peso contra el vehículo, nada de
poder acceder a la acera nuevamente. Todo esto transcurrió en fracciones de
segundos, la misma cantidad de tiempo que bastó para que Raúl, que afortunadamente
estaba llegando a su casa, se percatara de nuestra situación y nos ayudara a
retornar a piso seguro. Un susto de novela brasileña. Me olvidé de la idea de
acceder a salir en aquel vecindario.
Fue linda la experiencia de pasar un
fin de semana fuera del centro de rehabilitación.
El barrio donde se situaba la AACD era
precioso. El jardín que se desplegaba frente al nosocomio era bellísimo, las
azaleas fucsias brotaban por doquier, los verdes armonizaban en diversos
matices, los pájaros entonaban melodías disfrutables. A pocos metros se hallaba
el imponente Parque de Ibirapuera. Un sábado, Ruben y otros estudiantes nos
invitaron a visitarlo y accedimos con gusto. El parque contaba con un inmenso
lago que albergaba diversas especies de aves, era una delicia natural.
¡Qué interesante lo que contás, Dieva! Es el primer capítulo que leo, pero cuando pueda leeré los otros.He andado muy complicada, pero tengo buenas noticias. : mañana Natalia empieza a trabajar en un empleo nuevo.
ResponderEliminarBeso grande
Silvia
Gracias Silvia querida! Muy alegre me dejas con la noticia de Natalia. Siempre adelante y en nuestra bella lucha cotidiana. Beso grande.
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