27/7/20

CAPÍTULO LIX. "AMOR"

Llegó un 17 de diciembre e íbamos a salir con Luis, Daniel y Fernanda. A último momento nos llaman para avisarnos que no podían ir. ¿Cuándo no?, la calderita de lata que era yo en esos tiempos remonté como cometa en día ventoso.

- No, no puede ser que nos avisen a último momento – protesté delante de Luis – Y ahora nos quedamos aburridos acá.
- Pará, no te pongas así – me calmó Luis – Si querés, podemos salir nosotros dos – propuso.
- Pero… ¿Y quién sostiene mi silla? - pregunté.
- La sujetamos con la cadena – sugirió – Es seguro que no te movés.

Lo pensé, sería la primera vez que viajaría sola con otra persona en mi camioneta. Antes de aburrirme en casa, preferí aceptar la propuesta de mi amigo. Y así fue que partimos con rumbo incierto. Subimos a la camioneta y Luis sujeto mi silla a la pared del vehículo para que no se moviera. Enseguida nos fuimos y recuerdo haber tomado por la calle Rivera. Luis detuvo la camioneta en una esquina, compró dos sidras pequeñas y pizza con muzzarela. Yo lo dejaba actuar, sentía más inseguridad que un perro viajando en bote. Luego nos dirigimos a la rambla. Detuvo la camioneta en la costa, bajó y volvió a subir en la parte de atrás donde yo viajaba. Mientras hablábamos, comíamos y bebíamos. Me miraba con una cara de ternura indescriptible. No sé cómo pasamos a hablar de mi aspecto físico.

- Porque vos sos... Linda – dijo él.
- Mirá, ¿y eso? - pregunté.
- El Dano cuando te conoció me lo dijo y Jorge también opina lo mismo – aclaró – Además, Jorge me dijo que me apurara contigo porque si no Gabriel me iba a ganar de mano – hizo referencia a mi relación con mi amigo Gabriel.
- Y eso, ¿qué tiene que ver? - pregunté – Gabriel y yo somos re amigos.

De pronto se sentó frente a mí. Y comenzó a desempolvar sus sentimientos.

- Yo aprecio mucho la amistad que tenemos vos y yo – dijo – Y no quisiera que nada cambiara eso. Me siento muy cerca de vos, te quiero. He leído mucho sobre lesión medular, sé como se ven afectados ustedes.

Yo lo escuchaba sin pronunciar palabra y analizando cada palabra vertida por Luis.

- Vos me gustás – dijo francamente.

Ahí no me quedó duda, o caía o caía de la nube que yo quise formarme para no ver que Luis se había enamorado de mí. Lo miré a los ojos y...

- Vení – le dije – haciéndole una seña con mi mano izquierda ya que se encontraba muy lejos para que yo pudiera expresarle el amor que él hizo nacer en mí.

Se acercó y tomé su rostro con mis manos mientras nos besamos. Hacía cuatro años que mis labios no rozaban los de otra persona, fue muy bonito, fue tan natural, mágico y a su vez diferente a lo "normal". Lo miré a los ojos.

- Lo que no me gustaría sería sufrir en esta relación – dije tontamente sin saber que el amor también duele.
- Estoy tan contento – expresó él – Tenía muchísimo miedo de plantearte esto, no quería perder tu amistad, no lo puedo creer.

Mientras amanecía retornamos a mi casa. Me sentía diferente, me costaba hacerme a la idea de que Luis además de ser mi amigo también se había convertido, a partir de esa madrugada, en mi novio.

7/6/20

CAPÍTULO LVIII "REALMENTE AMIGO, CONFUSAMENTE ENAMORADO PARA MÍ "


Durante los últimos meses del año '94, nos dedicamos a salir casi todos los fines de semana a buscar una casa que pudiéramos comprar en la Costa de Oro, casa ésta que debía ajustarse a mis nuevos requerimientos. Este proyecto se materializó en una adquisición en Pinamar, una casa a pocos metros de la playa. A pesar de haber sufrido el accidente en esas mismas aguas, nada había hecho que yo dejara de adorar la Costa de Oro. Excepto por San Luis que me provocaba una sensación de melancolía tristísima, el resto de esa costa me seguía atrayendo, el agua seguía seduciéndome con su encanto.
Mi relación con Luis era de una pureza inusitada. Una amistad limpia. Él parecía comprenderme tanto, me ayudaba tanto.
Cierto fin de semana de octubre, Luis viajó a Piriápolis con unos amigos. Cuando regresó pasó por mi casa. Me trajo de obsequio un pato confeccionado en forma artesanal con caracoles.
- Gracias – le dije al aceptarlo.
Para mí, era un simple presente como podría habérmelo brindado algún otro amigo, nada más.
- Fijate abajo – dijo mi madre haciendo referencia a la base del pato.
Di vuelta la artesanía y debajo estaba escrito en color verde: “Te quiero” Luis y la fecha. Mi corazón se aceleró, me dio una vergüenza terrible. No llegaba a comprender la magnitud de aquel “Te quiero”, me desorienté por unos segundos. Rápidamente volví a mi eje y razoné: es un “Te quiero” de amigos.
- Gracias – dije nuevamente – está muy lindo.
A los pocos días, comenté lo sucedido con Gabriel. Él me ayudó a dilucidar que ese regalo no podía provenir de otro sentimiento que no fuera la nívea amistad que me unía a Luis.
Hubo un incidente que casi me hace borrar de la vida de Luis. Una persona estaba muy interesada en que Luis terminara su amistad conmigo e intento hacerme sentir mal al respecto. Dicha persona me dijo por teléfono un día: ¿Pensás que Luis no tiene otra cosa que hacer que servirte a vos? El alma se me cayó al piso. Yo respondí: No es esa mi intención para nada, ya lo sé. Nunca esperé que me dijeran algo así. A la noche Luis me llamó por teléfono. Le comenté lo ocurrido.
- Mirá Luis – dije – Si yo te perjudico prefiero que no nos veamos más.
- Pero, ¿qué decís? - dijo Luis – Me matás si hacés eso.
Y con sus palabras me di cuenta que nadie tenía derecho a deshacer una historia tan bonita.
Un amigo inseparable de Luis comenzó a tener reacciones raras para conmigo. Iba a casa sin avisarle a Luis. Una vez le comenté que me gustaba determinada canción y a los pocos días se apareció en casa sin previo anuncio para darme la letra escrita del tema. Otro día viajamos a Piriápolis y este chico se sentó en el asiento de atrás de mi camioneta enfrente a mí. Lo noté demasiado exhibicionista, trataba de que notara su linda apariencia exterior, abría sus piernas y las apoyaba en las ruedas de mi silla. Yo pensaba: ¿A éste qué le pasa? Poca bola recibía de mi parte.
Una noche salimos con Luis, el tontillo amigo de Luis y mi hermana. A la vuelta y antes de despedirnos, Luis introdujo su mano en uno de los bolsillos de mi camisa y...
- Esto es para vos – dijo.
Yo me sobresalté y dije...
- ¿Qué es? - pregunté.
- Es tuyo, miralo después – me dio un beso y se fue.
Al entrar a casa le pedí a Indara que extrajera el papelito de mi bolsillo. Para mi sorpresa las letras en el papel decían:

Y en aquella noche tormentosa de mi vida
Llegué al rancho que me acogió con alegría.
El olor de mi niñez me inundó
Y por los cauces acodados de mi alma
El flujo lento del dolor acabó.
Llegado el amanecer veo mi jardín
Y entre las ramas salvajes de los pinos
Los trinos de los pájaros me hablan de ti.
Sigo con la química.
Chau.
Lucho 30/10/1994

Lo leía y releía y mi cabeza no llegaba a hacerse la idea de que Luis hubiera escrito eso para mí. No era la idea que yo tenía de mi relación con él. El libreto me estaba confundiendo, no era ese mi papel en la obra.
Cierta noche, mi tío Héctor vino a casa de visita. Cuando estaba por irse, se me ocurrió pedirle a Luis, quien también estaba en casa, si podía llevarlo hasta su casa en mi camioneta. Luis me dijo que no podía ya que se había comprometido con su amigo a acompañarlo por un tema de trabajo. Sin tener ningún derecho a hacerlo, me ofusqué con Luis. Él lo notó pero igualmente acompañó a su amigo. Antes de la medianoche, golpearon a mi puerta. Era Luis, había pasado por casa antes de irse a dormir.
-         Es para vos – me dijo regalándome un delicioso alfajor de chocolate.
-         Y esto, ¿por qué? – le pregunté riéndome.
-         Estaba impaciente por llegar – dijo – Disculpame que no pude llevar a tu tío.
-         No, disculpame vos – respondí – No tenías por qué hacerlo.
-         Me siento tan bien contigo, me siento cómodo – reflexionó.
A mí me subían los colores a la cara. Esas actitudes me hacían poner nerviosa y también lograban que pusiera en duda los sentimientos de Luis hacia mí. Borraba rápidamente las dudas y seguía pensando que Luis sólo podría quererme como una buena amiga.
Con Luis salíamos juntos a todos lados. Él me presentó dos amigos nuevos. Daniel y Fernanda eran pareja, me resultaron súper simpáticos. Fuimos juntos a la feria del libro y el grabado. Mientras la recorríamos, me detuve a contemplar un espejo confeccionado en mate.
- ¿Te gusta? - me preguntó Luis.
- Si – respondí reflejándome en el espejo.
- Te lo regalo si lo querés – dijo.
- No, gracias – dije entre sorprendida y confusa.

La noche se desplegaba con un manto estelar precioso. Antes de entrar a casa, nos quedamos a contemplar el cielo con Luis. Al ayudarme a entrar a casa, me acarició el cabello.
- ¿Qué hacés? - le pregunté alejando mi cabeza de su mano.
- Nada – dijo tímidamente.
Nos despedimos y la cosa quedó por ahí.
Llegó el día de las elecciones nacionales en noviembre de 1994. Sería mi debut votando en estas instancias. Luis me acompañó a sufragar. Después me quedé tomando sol en la puerta de mi casa. Al rato, Luis me llamó por teléfono.

- Hola – dije.
- Hola – dijo Luis.
- ¿Qué hacés? - pregunté.
- Nada quería saber si más tarde nos vemos – dijo él.
- Y si, a mi me gustaría ir a festejar – comenté.
- Bueno, entonces paso por tu casa después, gorda – dijo tiernamente.
- ¿Cómo me llamaste? - pregunté ácida como una lima.
- Gorda – dijo como con vergüenza.
- Y… ¿Por qué? - pregunté confundida.
- Cariñosamente – respondió.
- Bueno, nos vemos después – dije y corté.

Las señales estaban, que yo no las quisiera ver era algo muy diferente. Me negaba a pensar que Luis o cualquier otro hombre podrían fijarse en mí. Menos Luis, él era mi amigo del alma. Hubo un día en que se convirtió en mi amigo del alma. Estábamos sentados en mi cuarto haciendo no sé qué y a mí se me ocurrió algo al ver un papel.
- Que ganas me dan de poder tomar una tijera, cortar ese papel y formar muñequitos que queden entrelazados – dije.
- ¿Querés que yo lo haga por vos? - me preguntó y me descolocó.
Pensé para mi interior: este chico realmente se da cuenta de mis ganas de crear. No podía creer como se hacía eco de mis necesidades, como quiso convertirse en mis manos para satisfacer mi voluntad de creación. Me convenció con eso de que realmente sentía lo que yo precisaba. Era como un poco mucho lo que Luis había demostrado. No tenía palabras para catalogarlo, estaba fuera de categorización lo que Luis significaría para mí desde ese momento.
- No, gracias. Está bien – le respondí mirándolo con ojos de entendimiento.

CAPÍTULO LVII “ALOHA DOLOR”


Durante el año 1994 concluí mis estudios secundarios. Hice sexto de Medicina y tenía en mente concurrir a Facultad de Ciencias y seguir la carrera de Bioquímica. La idea de radicarme en EEUU para estudiar se había desvanecido de mi mente. El Uruguay me tiraba muchísimo, el alejarme de mi familia no era lo mío.
A fines de 1994, un dolor indefinido comenzó a molestar mi cuerpo. Decidí, a sugerencia de mis padres, hacer una consulta con un neurólogo con quien ya había tenido un encuentro al poco tiempo de mi accidente, el Dr. Ricardo Alberti. Me resultó un ser muy amable y sincero. Me explicó que mi dolor correspondía a una consecuencia de mi lesión medular. En los lesionados medulares se ve afectado el sistema de control del umbral doloroso y para contrarrestarlo me indicó medicación. Hubo algo que me sorprendió en Alberti, cuando nos quedamos solos se suscitó un diálogo muy particular.
- ¿Qué edad tenés ahora? - me preguntó.
- 20 – respondí.
- ¿Vos sabés que a pesar de tu lesión medular podés mantener relaciones sexuales? - continuó inquiriendo.
- Si, lo sé – contesté sorprendida.
- Sos una muchacha preciosa, tendrías que conocer a alguien que tenga también una discapacidad – dijo y yo seguía sorprendiéndome.
- ¿Y si se trata de una persona que no tenga discapacidad? - pregunté mirando hacia afuera donde se recortaba la figura de Luis que también me había acompañado.
- Y bueno, tendrían que buscar la manera – dijo él.

El encuentro culminó y yo me quedé pensando: Debe de ser mucho más fácil mantener una relación con alguien que no tenga discapacidad.
No está para nada de más contarles que de todas las medicaciones que me indicaron para contrarrestar el dolor, ninguna de ellas surtió efecto favorable. A excepción de una, a la cual podía recurrir en caso de una crisis aguda: Demerol suministrado por goteo vía intravenosa. La primera vez que lo probé, me sentí ingresar en un mundo paralelo, las imágenes reales comenzaron a desdibujarse y me sumergí en una sensación placentera que me llevó a dormirme. Al otro día, me desperté y el dolor seguía estando pero suavizado. Para hacérselas corta, "mi dolor", con el paso del tiempo fue incrementando su crudeza. He tenido que aprender a vivir con él, no existe día en que no nos demos el clásico "Buen día". Hay momentos en los que hacemos las paces y somos muy buenos amigos...