7/6/20

CAPÍTULO LVIII "REALMENTE AMIGO, CONFUSAMENTE ENAMORADO PARA MÍ "


Durante los últimos meses del año '94, nos dedicamos a salir casi todos los fines de semana a buscar una casa que pudiéramos comprar en la Costa de Oro, casa ésta que debía ajustarse a mis nuevos requerimientos. Este proyecto se materializó en una adquisición en Pinamar, una casa a pocos metros de la playa. A pesar de haber sufrido el accidente en esas mismas aguas, nada había hecho que yo dejara de adorar la Costa de Oro. Excepto por San Luis que me provocaba una sensación de melancolía tristísima, el resto de esa costa me seguía atrayendo, el agua seguía seduciéndome con su encanto.
Mi relación con Luis era de una pureza inusitada. Una amistad limpia. Él parecía comprenderme tanto, me ayudaba tanto.
Cierto fin de semana de octubre, Luis viajó a Piriápolis con unos amigos. Cuando regresó pasó por mi casa. Me trajo de obsequio un pato confeccionado en forma artesanal con caracoles.
- Gracias – le dije al aceptarlo.
Para mí, era un simple presente como podría habérmelo brindado algún otro amigo, nada más.
- Fijate abajo – dijo mi madre haciendo referencia a la base del pato.
Di vuelta la artesanía y debajo estaba escrito en color verde: “Te quiero” Luis y la fecha. Mi corazón se aceleró, me dio una vergüenza terrible. No llegaba a comprender la magnitud de aquel “Te quiero”, me desorienté por unos segundos. Rápidamente volví a mi eje y razoné: es un “Te quiero” de amigos.
- Gracias – dije nuevamente – está muy lindo.
A los pocos días, comenté lo sucedido con Gabriel. Él me ayudó a dilucidar que ese regalo no podía provenir de otro sentimiento que no fuera la nívea amistad que me unía a Luis.
Hubo un incidente que casi me hace borrar de la vida de Luis. Una persona estaba muy interesada en que Luis terminara su amistad conmigo e intento hacerme sentir mal al respecto. Dicha persona me dijo por teléfono un día: ¿Pensás que Luis no tiene otra cosa que hacer que servirte a vos? El alma se me cayó al piso. Yo respondí: No es esa mi intención para nada, ya lo sé. Nunca esperé que me dijeran algo así. A la noche Luis me llamó por teléfono. Le comenté lo ocurrido.
- Mirá Luis – dije – Si yo te perjudico prefiero que no nos veamos más.
- Pero, ¿qué decís? - dijo Luis – Me matás si hacés eso.
Y con sus palabras me di cuenta que nadie tenía derecho a deshacer una historia tan bonita.
Un amigo inseparable de Luis comenzó a tener reacciones raras para conmigo. Iba a casa sin avisarle a Luis. Una vez le comenté que me gustaba determinada canción y a los pocos días se apareció en casa sin previo anuncio para darme la letra escrita del tema. Otro día viajamos a Piriápolis y este chico se sentó en el asiento de atrás de mi camioneta enfrente a mí. Lo noté demasiado exhibicionista, trataba de que notara su linda apariencia exterior, abría sus piernas y las apoyaba en las ruedas de mi silla. Yo pensaba: ¿A éste qué le pasa? Poca bola recibía de mi parte.
Una noche salimos con Luis, el tontillo amigo de Luis y mi hermana. A la vuelta y antes de despedirnos, Luis introdujo su mano en uno de los bolsillos de mi camisa y...
- Esto es para vos – dijo.
Yo me sobresalté y dije...
- ¿Qué es? - pregunté.
- Es tuyo, miralo después – me dio un beso y se fue.
Al entrar a casa le pedí a Indara que extrajera el papelito de mi bolsillo. Para mi sorpresa las letras en el papel decían:

Y en aquella noche tormentosa de mi vida
Llegué al rancho que me acogió con alegría.
El olor de mi niñez me inundó
Y por los cauces acodados de mi alma
El flujo lento del dolor acabó.
Llegado el amanecer veo mi jardín
Y entre las ramas salvajes de los pinos
Los trinos de los pájaros me hablan de ti.
Sigo con la química.
Chau.
Lucho 30/10/1994

Lo leía y releía y mi cabeza no llegaba a hacerse la idea de que Luis hubiera escrito eso para mí. No era la idea que yo tenía de mi relación con él. El libreto me estaba confundiendo, no era ese mi papel en la obra.
Cierta noche, mi tío Héctor vino a casa de visita. Cuando estaba por irse, se me ocurrió pedirle a Luis, quien también estaba en casa, si podía llevarlo hasta su casa en mi camioneta. Luis me dijo que no podía ya que se había comprometido con su amigo a acompañarlo por un tema de trabajo. Sin tener ningún derecho a hacerlo, me ofusqué con Luis. Él lo notó pero igualmente acompañó a su amigo. Antes de la medianoche, golpearon a mi puerta. Era Luis, había pasado por casa antes de irse a dormir.
-         Es para vos – me dijo regalándome un delicioso alfajor de chocolate.
-         Y esto, ¿por qué? – le pregunté riéndome.
-         Estaba impaciente por llegar – dijo – Disculpame que no pude llevar a tu tío.
-         No, disculpame vos – respondí – No tenías por qué hacerlo.
-         Me siento tan bien contigo, me siento cómodo – reflexionó.
A mí me subían los colores a la cara. Esas actitudes me hacían poner nerviosa y también lograban que pusiera en duda los sentimientos de Luis hacia mí. Borraba rápidamente las dudas y seguía pensando que Luis sólo podría quererme como una buena amiga.
Con Luis salíamos juntos a todos lados. Él me presentó dos amigos nuevos. Daniel y Fernanda eran pareja, me resultaron súper simpáticos. Fuimos juntos a la feria del libro y el grabado. Mientras la recorríamos, me detuve a contemplar un espejo confeccionado en mate.
- ¿Te gusta? - me preguntó Luis.
- Si – respondí reflejándome en el espejo.
- Te lo regalo si lo querés – dijo.
- No, gracias – dije entre sorprendida y confusa.

La noche se desplegaba con un manto estelar precioso. Antes de entrar a casa, nos quedamos a contemplar el cielo con Luis. Al ayudarme a entrar a casa, me acarició el cabello.
- ¿Qué hacés? - le pregunté alejando mi cabeza de su mano.
- Nada – dijo tímidamente.
Nos despedimos y la cosa quedó por ahí.
Llegó el día de las elecciones nacionales en noviembre de 1994. Sería mi debut votando en estas instancias. Luis me acompañó a sufragar. Después me quedé tomando sol en la puerta de mi casa. Al rato, Luis me llamó por teléfono.

- Hola – dije.
- Hola – dijo Luis.
- ¿Qué hacés? - pregunté.
- Nada quería saber si más tarde nos vemos – dijo él.
- Y si, a mi me gustaría ir a festejar – comenté.
- Bueno, entonces paso por tu casa después, gorda – dijo tiernamente.
- ¿Cómo me llamaste? - pregunté ácida como una lima.
- Gorda – dijo como con vergüenza.
- Y… ¿Por qué? - pregunté confundida.
- Cariñosamente – respondió.
- Bueno, nos vemos después – dije y corté.

Las señales estaban, que yo no las quisiera ver era algo muy diferente. Me negaba a pensar que Luis o cualquier otro hombre podrían fijarse en mí. Menos Luis, él era mi amigo del alma. Hubo un día en que se convirtió en mi amigo del alma. Estábamos sentados en mi cuarto haciendo no sé qué y a mí se me ocurrió algo al ver un papel.
- Que ganas me dan de poder tomar una tijera, cortar ese papel y formar muñequitos que queden entrelazados – dije.
- ¿Querés que yo lo haga por vos? - me preguntó y me descolocó.
Pensé para mi interior: este chico realmente se da cuenta de mis ganas de crear. No podía creer como se hacía eco de mis necesidades, como quiso convertirse en mis manos para satisfacer mi voluntad de creación. Me convenció con eso de que realmente sentía lo que yo precisaba. Era como un poco mucho lo que Luis había demostrado. No tenía palabras para catalogarlo, estaba fuera de categorización lo que Luis significaría para mí desde ese momento.
- No, gracias. Está bien – le respondí mirándolo con ojos de entendimiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario