Durante el año 1994
concluí mis estudios secundarios. Hice sexto de Medicina y tenía en
mente concurrir a Facultad de Ciencias y seguir la carrera de
Bioquímica. La idea de radicarme en EEUU para estudiar se había
desvanecido de mi mente. El Uruguay me tiraba muchísimo, el alejarme
de mi familia no era lo mío.
A fines de 1994, un
dolor indefinido comenzó a molestar mi cuerpo. Decidí, a sugerencia
de mis padres, hacer una consulta con un neurólogo con quien ya
había tenido un encuentro al poco tiempo de mi accidente, el Dr.
Ricardo Alberti. Me resultó un ser muy amable y sincero. Me explicó
que mi dolor correspondía a una consecuencia de mi lesión medular.
En los lesionados medulares se ve afectado el sistema de control del
umbral doloroso y para contrarrestarlo me indicó medicación. Hubo
algo que me sorprendió en Alberti, cuando nos quedamos solos se
suscitó un diálogo muy particular.
- ¿Qué
edad tenés ahora? - me preguntó.
- 20 – respondí.
- ¿Vos
sabés que a pesar de tu lesión medular podés mantener relaciones
sexuales? - continuó inquiriendo.
- Si, lo sé –
contesté sorprendida.
- Sos una muchacha
preciosa, tendrías que conocer a alguien que tenga también una
discapacidad – dijo y yo seguía sorprendiéndome.
- ¿Y
si se trata de una persona que no tenga discapacidad? - pregunté
mirando hacia afuera donde se recortaba la figura de Luis que también
me había acompañado.
- Y bueno, tendrían
que buscar la manera – dijo él.
El encuentro culminó
y yo me quedé pensando: Debe de ser mucho más fácil mantener una
relación con alguien que no tenga discapacidad.
No está para nada
de más contarles que de todas las medicaciones que me indicaron para
contrarrestar el dolor, ninguna de ellas surtió efecto favorable. A
excepción de una, a la cual podía recurrir en caso de una crisis
aguda: Demerol suministrado por goteo vía intravenosa. La primera
vez que lo probé, me sentí ingresar en un mundo paralelo, las
imágenes reales comenzaron a desdibujarse y me sumergí en una
sensación placentera que me llevó a dormirme. Al otro día, me
desperté y el dolor seguía estando pero suavizado. Para hacérselas
corta, "mi dolor", con el paso del tiempo fue incrementando
su crudeza. He tenido que aprender a vivir con él, no existe día en
que no nos demos el clásico "Buen día". Hay momentos en
los que hacemos las paces y somos muy buenos amigos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario