7/6/20

CAPÍTULO LVII “ALOHA DOLOR”


Durante el año 1994 concluí mis estudios secundarios. Hice sexto de Medicina y tenía en mente concurrir a Facultad de Ciencias y seguir la carrera de Bioquímica. La idea de radicarme en EEUU para estudiar se había desvanecido de mi mente. El Uruguay me tiraba muchísimo, el alejarme de mi familia no era lo mío.
A fines de 1994, un dolor indefinido comenzó a molestar mi cuerpo. Decidí, a sugerencia de mis padres, hacer una consulta con un neurólogo con quien ya había tenido un encuentro al poco tiempo de mi accidente, el Dr. Ricardo Alberti. Me resultó un ser muy amable y sincero. Me explicó que mi dolor correspondía a una consecuencia de mi lesión medular. En los lesionados medulares se ve afectado el sistema de control del umbral doloroso y para contrarrestarlo me indicó medicación. Hubo algo que me sorprendió en Alberti, cuando nos quedamos solos se suscitó un diálogo muy particular.
- ¿Qué edad tenés ahora? - me preguntó.
- 20 – respondí.
- ¿Vos sabés que a pesar de tu lesión medular podés mantener relaciones sexuales? - continuó inquiriendo.
- Si, lo sé – contesté sorprendida.
- Sos una muchacha preciosa, tendrías que conocer a alguien que tenga también una discapacidad – dijo y yo seguía sorprendiéndome.
- ¿Y si se trata de una persona que no tenga discapacidad? - pregunté mirando hacia afuera donde se recortaba la figura de Luis que también me había acompañado.
- Y bueno, tendrían que buscar la manera – dijo él.

El encuentro culminó y yo me quedé pensando: Debe de ser mucho más fácil mantener una relación con alguien que no tenga discapacidad.
No está para nada de más contarles que de todas las medicaciones que me indicaron para contrarrestar el dolor, ninguna de ellas surtió efecto favorable. A excepción de una, a la cual podía recurrir en caso de una crisis aguda: Demerol suministrado por goteo vía intravenosa. La primera vez que lo probé, me sentí ingresar en un mundo paralelo, las imágenes reales comenzaron a desdibujarse y me sumergí en una sensación placentera que me llevó a dormirme. Al otro día, me desperté y el dolor seguía estando pero suavizado. Para hacérselas corta, "mi dolor", con el paso del tiempo fue incrementando su crudeza. He tenido que aprender a vivir con él, no existe día en que no nos demos el clásico "Buen día". Hay momentos en los que hacemos las paces y somos muy buenos amigos...


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