Llegó un 17 de diciembre e íbamos a salir con Luis, Daniel y Fernanda. A último momento nos llaman para avisarnos que no podían ir. ¿Cuándo no?, la calderita de lata que era yo en esos tiempos remonté como cometa en día ventoso.
- No, no puede ser que nos avisen a último momento – protesté delante de Luis – Y ahora nos quedamos aburridos acá.
- Pará, no te pongas así – me calmó Luis – Si querés, podemos salir nosotros dos – propuso.
- Pero… ¿Y quién sostiene mi silla? - pregunté.
- La sujetamos con la cadena – sugirió – Es seguro que no te movés.
Lo pensé, sería la primera vez que viajaría sola con otra persona en mi camioneta. Antes de aburrirme en casa, preferí aceptar la propuesta de mi amigo. Y así fue que partimos con rumbo incierto. Subimos a la camioneta y Luis sujeto mi silla a la pared del vehículo para que no se moviera. Enseguida nos fuimos y recuerdo haber tomado por la calle Rivera. Luis detuvo la camioneta en una esquina, compró dos sidras pequeñas y pizza con muzzarela. Yo lo dejaba actuar, sentía más inseguridad que un perro viajando en bote. Luego nos dirigimos a la rambla. Detuvo la camioneta en la costa, bajó y volvió a subir en la parte de atrás donde yo viajaba. Mientras hablábamos, comíamos y bebíamos. Me miraba con una cara de ternura indescriptible. No sé cómo pasamos a hablar de mi aspecto físico.
- Porque vos sos... Linda – dijo él.
- Mirá, ¿y eso? - pregunté.
- El Dano cuando te conoció me lo dijo y Jorge también opina lo mismo – aclaró – Además, Jorge me dijo que me apurara contigo porque si no Gabriel me iba a ganar de mano – hizo referencia a mi relación con mi amigo Gabriel.
- Y eso, ¿qué tiene que ver? - pregunté – Gabriel y yo somos re amigos.
De pronto se sentó frente a mí. Y comenzó a desempolvar sus sentimientos.
- Yo aprecio mucho la amistad que tenemos vos y yo – dijo – Y no quisiera que nada cambiara eso. Me siento muy cerca de vos, te quiero. He leído mucho sobre lesión medular, sé como se ven afectados ustedes.
Yo lo escuchaba sin pronunciar palabra y analizando cada palabra vertida por Luis.
- Vos me gustás – dijo francamente.
Ahí no me quedó duda, o caía o caía de la nube que yo quise formarme para no ver que Luis se había enamorado de mí. Lo miré a los ojos y...
- Vení – le dije – haciéndole una seña con mi mano izquierda ya que se encontraba muy lejos para que yo pudiera expresarle el amor que él hizo nacer en mí.
Se acercó y tomé su rostro con mis manos mientras nos besamos. Hacía cuatro años que mis labios no rozaban los de otra persona, fue muy bonito, fue tan natural, mágico y a su vez diferente a lo "normal". Lo miré a los ojos.
- Lo que no me gustaría sería sufrir en esta relación – dije tontamente sin saber que el amor también duele.
- Estoy tan contento – expresó él – Tenía muchísimo miedo de plantearte esto, no quería perder tu amistad, no lo puedo creer.
Mientras amanecía retornamos a mi casa. Me sentía diferente, me costaba hacerme a la idea de que Luis además de ser mi amigo también se había convertido, a partir de esa madrugada, en mi novio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario