15/3/16

CAPÍTULO XII. HUELE A VERANO.

Ya era casi noviembre, el verano se asomaba, las noches daban para disfrutarlas. Por esos días me había hecho muy afecta a los jóvenes de una familia vecina. Una de ellas era Beatriz, una gordita simpática, chistosa y con una risa contagiosa, era fácil quererla. Guillermo era hermano de Bea, era unos años mayor que yo, también se desprendía de él la gracia y un toque de madurez. Daniel, Ramón y Rafael eran hermanos, primos de Bea y Guillermo. Era Ramón el que me llamaba más la atención desde hacía un par de años. No entiendo cómo llamaban la atención si a cual de los tres hablaba menos.
Una huelga de docentes interrumpía las clases en secundaria, para mí significaron unas vacaciones caídas del cielo. Nos juntábamos de tardecita y pasábamos hasta la madrugada jugando a las cartas, a la lotería y riéndonos de pavadas. Daniel tenía novia, pero de alguna u otra manera yo logré atraer su atención. Cuando jugábamos a los naipes, se las ingeniaba para tocar mi pierna y que yo lo notara, a mí no me molestaba. Me las arreglé para atraerle cada vez más. Una noche, nos fuimos todos a la rambla y a mí se me pasó por alto la hora de regresar, decidí llamar a casa.
·         Hola. ¿Mamá? - pregunté.
·         Si soy yo. ¿Dónde estás? - respondió Graciela con voz de adormecida.
·         Estoy acá en la rambla con los chiquilines - le dije.
·         Ay Dieva, pero es tardísimo - objetó ella.
·         ¿Me puedo quedar un rato más? Mirá, te paso con Gustavo - y ahí le pasé la responsabilidad a aquel chico no mucho mayor que y que tenía un aire de protector.
Gustavo era más bueno que Lassie atada. Éramos vecinos desde hacía muchos años, nos conocíamos desde chicos, pero nos hicimos realmente amigos durante nuestra adolescencia. Hubo un tiempo en el cual Gustavo me gustó en cierta forma. Yo tendría unos diez u once años, pero fue algo más que fugaz. Ese breve lapso comenzó un día en que fuimos a chequear con él una tarea domiciliaria que le asignaron en la escuela a mi amiga Alejandra, y dado que estaban en la misma clase, Tamxxxco fue el elegido para erradicar dudas. Nunca dejé que se enterara de mi fútil enamoramiento. Por el contrario él sí me dejó notar su preferencia en gustos la vez que me gritó un gracioso "¡Dieva, te amo!", a propósito del cual lo único que me provocó fue una carcajada compartida con mi amiga. Años más tarde, nos volvimos buenos amigos, teníamos confianza el uno con el otro. Al grano, Gustavo conversó con mi madre.
·         Si, señora no se haga problema, estamos todos acá - confirmó Gustavo
Y parece que Graciela aceptó las aseveraciones del caso y no inquirió más nada. La noche estaba deliciosa, en el cielo se salpicaban estrellas por donde se mirara, la temperatura más que agradable, la compañía se disfrutaba. Caminábamos por la arena, nos moríamos de risa con Beatriz que siempre tenía algo más que gracioso para decir. Daniel y yo nos atraíamos de más, pero yo no me olvidaba del detalle de que existía una novia. Detalle aparte, me propuse superar todos los obstáculos para que él y yo llegáramos más allá de la amistad.
Durante aquel período de huelga, mi amistad con Ramón (el hermano de Daniel que, por ser el que menos hablaba se ganó el apodo de "mudo") se confirmaba, me encantaba que entre nosotros existiera ese vínculo tan fraterno a mi entender. Una tarde, convenimos juntarnos en mi casa para preparar empanadas para todos. El diálogo lo propiciaba casi siempre yo, pero lograba sacarle algunas oraciones. Nos divertimos entre la mezcla de harina, sal, aceite, carne, cebolla y sonrisas más que palabras. Nos quedó bien la receta. Hoy me doy cuenta que mi receta era gustarle también a Ramón.
Volviendo a Daniel, la cosa se ponía cada vez más tibia. Una tarde me invité a acompañarlo para hacer unas compras en "Manzanares", él no puso ninguna objeción. Buscamos nuestras bicicletas y partimos. Atravesamos ese pulmón que, por suerte, está inserto en nuestro barrio, el "Parque Rivera". En las postrimerías de noviembre, el ambiente era una delicia, árboles frondosos por doquier, sombra reparadora cuando se quisiera, un lago que albergaba distintas especies de aves, una maravilla natural. Me sentía compinche de Daniel. Andar en bicicleta era un ejercicio agradable, agotador pero se disfrutaba, más aún si la compañía me gustaba.
El cumpleaños de Bea se acercaba. Con ese motivo salimos, con Daniel, en busca de un presente. Paramos en MOSCA y entramos. Nos decidimos por un leoncito de peluche, que venía dentro de una caja de metal. Luego fuimos a mi casa y allí analizamos el regalo. Encontramos una tarjeta de esas donde se escribe el nombre del destinatario del obsequio y el de quien lo remite. Nos pusimos a ensayar la letra y a decidir qué nombre pondríamos primero, si sería: Dieva y Daniel o Daniel y Dieva. Él quería que el suyo se viera en primer lugar y yo pretendía lo contrario. Creo que al final gané yo, y así mi nombre se inscribió primero.
La noche del 18 de noviembre, fuimos juntos al cumpleaños. Le dimos a Bea su regalo y cuando leyó en voz alta nuestros nombres, un "¡Ahh!" se desprendió de bocas de algunos allí presentes. De un modo u otro, el hecho de regalar juntos nos vinculó como pareja, cosa que entre nosotros no había sido confirmada.
La idea de conquistar a Daniel se aferraba cada vez más en mi mente y sentía que de a poco lo estaba logrando. Pero, una noche en casa de Beatriz, nos disponíamos a salir hacia la rambla y me doy cuenta que se suma cierta personita al grupo de siempre. Era Jessie, la novia de Daniel. Yo monté en cólera, cosa que no me costaba demasiado, hervía de bronca. ¿Qué tenía ella que hacer entre nosotros? Entonces, salí como una tromba propulsada por la rabia, me dirigía poco menos que volando hacia mi casa dispuesta a abortar la idea de ir a la costa. Cuando estaba cruzando el pasillo que me conducía a casa, alguien me sujetó del brazo impidiéndome continuar mi camino. Era Guillermo, que pareció haber corrido casi tan rápido como yo. Me sentí aliviada al darme cuenta de que alguien tomó en cuenta mi huida.
·         ¿Qué pasó? ¿Por qué saliste disparando? - preguntó Guillermo.
·         ¿Para qué voy a ir yo si va ella? Yo sobro - dije.
·         Pará, tranquilizate. Nada que ver. Dejalo pasar y vení con nosotros, no te vas a perder una noche lindísima por esa pavada - argumentó él.
·         No, no voy nada - seguí yo, queriendo que insistiera.
·         Dale, vamos, vení - así insistió y nos fuimos.
Esa noche me divertí, es cierto, pero decidí aclararle las cosas a Daniel y pedirle que decidiera. En aquel momento, no le presté demasiada importancia al hecho de lo que hizo Guillermo. Obviamente le importaba mi presencia, si fuera de otra manera… ¿Por qué me seguió? Mi meta estaba en Daniel y no en lo interesante que era Guillermo.
Pasaron unos días y llegó el momento de aclararle la situación a Daniel. Estábamos sentados en la escalera de nuestros edificios, uno al lado del otro.
·         Decime, nosotros salimos a todos lados juntos, la pasamos re bien, entonces… ¿Por qué seguís con Jessie? - lo encaré.
·         Tenés razón, con vos todo bien. El problema es que con ella hace un tiempo que estoy saliendo, viven muy cerca de casa, mis padres conocen bien a la familia de ella... - me dio esa excusa de porquería.
·         Bueno, la cosa es que, o terminás con ella o lo nuestro así, no va más. Yo no sigo jugando el papel de estúpida - puse los puntos sobre las íes.
·         Dame unos días - me pidió y así quedamos.
Los días pasaban y uno de ellos me crucé con Gustavo. Nos pusimos a hablar de la situación en la que me encontraba con Daniel.
·         Si, yo le digo a Daniel que yo me quedaría con lo de abajo y no con lo de arriba - aclaró Gustavo.
Su comentario me descolocó en principio. Creí entender que con "lo de abajo" hacía referencia a mis caderas y "lo de arriba" serían los pechos de Jessie, ya que yo me consideraba más agraciada en "lo de abajo". Pero enseguida reaccioné, Gustavo no podía ser tan directo. El arriba y el abajo correspondían al lugar donde vivíamos, Jessie en un segundo piso y yo en el primero. Ergo, yo era lo de abajo. Levanté mis hombros queriendo mostrar indiferencia, como diciendo: que haga lo que quiera. Mi indiferencia no era tal, me importaba, y mucho, saber cómo se dilucidaría el asunto. Concluí que en Gustavo tenía un aliado, un admirador, alguien que apostaba sus fichas a mí.
Una noche, nos encontró a Daniel y a mí hablando. Estábamos parados en el corredor de mi piso y de repente llegó la noticia.
·         Se terminó todo con Jessie - dijo tímidamente.
·         Que bien - dije yo.
No entendía por qué permanecía tan alejado de mí, no hallaba la razón por la cual no se acercaba. Como no hallé tal motivo, me fui acercando yo.
·         Así que te liberaste - afirmé riéndome y un poco más cerca de él.
·         Si - confirmó Daniel.
·         Entonces, nosotros… - le dejé el campo preparado.

No me acuerdo bien cómo siguió la charla, pero llegó un instante en el cual no di posibilidad de diálogo alguno, o me besaba o lo besaba. Sentí su nerviosismo, lo encaré y terminamos por juntar nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros cuerpos. Nunca antes me había sentido tan atrevida, tan confiada de mí misma, me gustó la sensación de manejar la situación. A más de veinte años de acontecido mi accidente, Bea me contó que esa noche, Ramón desahogó sus penas con ella, dado que estaba decidido a pedirme ser su novio. Su hermano se adelantó. Creo que si Ramón se hubiera animado antes, habríamos vivido un bello noviazgo, ya que él me atraía mucho.

En noviembre de 2012, me enteré que aquel día de noviembre, cuando Daniel y yo hicimos formal nuestro noviazgo, hice caer la esperanza que tenía Ramón de invitarme a ser su novia. Parece que el callado hermano de Daniel la pasó mal esa noche y, yo ni por aproximación imaginé eso. 

A los pocos días, la huelga de docentes terminó. Tuvimos que volver a clases, a terminar lo que había quedado suspendido. Ramón y yo íbamos al mismo liceo en el mismo turno, de 12:00 a 16:00 horas. Daba lástima tener que estar entre paredes esas cuatro horas. Varias tardes después de clases, nos encontrábamos con Ramón para irnos a la playa. Una vez allí, nos reuníamos con el resto del grupete que ya estaría aprovechando la belleza de esos días. La playa la encontrábamos repleta de gente. Lo primero que hacíamos era dejar los bártulos en la arena, sacarnos la ropa que cubría los trajes de baño y salir disparados a sumergirnos en el agua. Nos quedábamos un par de horas y retornábamos a nuestras casas para recibir otra agua, esta vez el agua de la ducha que barrería la sal de nuestros cuerpos. En mi mente todavía permanece el aroma de la crema de enjuague para el cabello que usaba después de un baño en el mar, luego de un baño de sol. ¡Que pocas eran mis preocupaciones en ese entonces!.

Daniel y yo seguíamos juntos. Nunca me hubiera imaginado verme enganchada en una relación con él. Todo iba bien, nada que me enloqueciera, pero bien. Salíamos juntos, nos acompañábamos, él me hacía compañía mientras yo cocinaba, yo iba con él cuando jugaba al fútbol. No había nada de locas pasiones entre nosotros. Cierto día, algo movió la tranquilidad de nuestra relación. Yo fui a su casa a buscarlo para irnos a la rambla, una noche en la cual él estaba solo. Me abrió la puerta, recién se había dado una ducha, pasé a su cuarto a esperar que terminara de vestirse (yo seguía siendo la misma paloma de antes, diga uno que Daniel no era ningún cóndor, si no podría haber muerto en sus fauces). Al rato, se paró frente a mí, era unos centímetros más alto que yo, e inesperadamente me tomó por debajo de mis brazos y me pegó contra su cuerpo. ¡Wow! ¿Y esto? Realmente me sorprendió, no era característico de Daniel ese tipo de demostraciones. Me apretó más contra él y me robó un terrible beso, riquísimo. Realmente el beso elevó mi temperatura, mis pulsaciones se dispararon. No tuve la fuerza para despegarme de él, es más aunque la hubiera tenido no habría querido separarme de su cuerpo. Pero nada, no fuimos más allá del beso que me movió el piso.

En una de esas adorables noches, Tania me propuso salir a bailar con un par de conocidos suyos. No existía impedimento que no me dejara disfrutar de dos acciones que me fascinaban: bailar y conocer gente. Cerca de las once de la noche, fui a casa de mi amiga. Una vez en su cuarto, ella encendió, a puerta cerrada, un cigarrillo.

·         ¿Querés? - me invitó a tragar humo.
·         No, dejá - preferí no fumar.
Enseguida tocaron a la puerta de la casa de Tania y mientras ella atendió yo esperé en la habitación. Luego mi amiga volvió pero con compañía. Me presentó a Gabriel y a quien se apodaba "El Oso". Gabriel, un gordito simpático, muy gracioso, que yo ya conocía de vista del barrio y del ámbito liceal, tenía 16 años y buenos sentimientos para compartir. A "El Oso", Tania me lo había descrito como un divino físicamente, y no estaba equivocada. "El Oso" no era muy alto, tampoco muy delgado, tenía el pelo enrulado y largo hasta los hombros, sus ojos eran de un color grisáceo espectacular, su sonrisa cautivaba. Salimos para rumbear hacia "Freedom", una discoteca en Pocitos. Caminamos hasta la calle Rivera y ese tramo fue suficiente para predecir que pasaríamos un buen rato juntos, nos estábamos riendo a doler. Tomamos un taxi y nos bajamos en nuestro destino. El lugar tenía un dejo de distinguido. Bailamos, hablamos, nos reímos, hablamos, bailamos. Entrada la madrugada, nos sentamos en una sala apartada de la pista de baile. Ahí pudimos conversar mejor, reírnos más, conocernos sin obstáculos. "El Oso" captaba mi atención. Cerca del amanecer, dejamos el lugar. Volvimos a caminar y cuando estábamos cerca del zoológico vimos un llamativo cartel. Dado que vivíamos en época pre-electoral, la ciudad estaba tapizada de propaganda política. A mí se me antojó que quería tener aquella chapa pintada de naranja. "El Oso" y Gabriel se dispusieron a hurtar el letrero que, por medio de alambres, estaba sujeto a una columna. La tarea se tornó un tanto complicada, se requería ser buen trepador para alcanzar el objetivo. Costó bastante pero, la operación resultó fructífera. "El Oso" logró descolgarlo y un hilillo de sangre se desprendió de uno de sus dedos. En eso divisamos que venía el ómnibus que nos servía y corrimos para alcanzarlo. Una vez en la plataforma del vehículo, comencé a reclamar por la propiedad del cartel.
·         No, el cartel es mío - dijo el herido.
·         Si, vos no hiciste nada para bajarlo - lo secundó Gabriel.
·         Dale, fui yo quien lo pidió - dije yo.
Tania se reía. Yo seguí implorando por lo que quería y "El Oso" amenazó con mancharme la cara con el líquido rojo que se desprendía de su mano.
·         ¿A que no te animás a mancharte de sangre? - me retó el chico.
Yo estuve lejos de asustarme y moví mi cara hasta que me encontré con su mano. Quien me amenazó se sintió amenazado por la sorpresa, no imaginó que yo no me amedrentaría. Me miró impresionado por mi conducta. Mi cara se manchó y yo me reí fascinada con mi osadía. "El Oso" se sonreía en forma cómplice. El objeto de la disputa terminó bajo mi propiedad. Me divertí de más esa noche.
Una de mis compañeras de clase cumpliría quince años y yo estaba invitada a su fiesta. El mismo sábado, se me ocurrió sugerirle a Daniel que me acompañara al festejo. Al principio, se resistió argumentando que no tenía ropa adecuada a la ocasión. Yo lo ayudé proponiéndole el atuendo que podría vestir: una camisa (no podía decir que no tenía), un pantalón de pana (yo sabía que existía), unos zapatos (de Ramón) y un saco (que yo le proporcionaría). Listo, ya no había excusa válida para no venir conmigo. De noche, nos juntamos y fuimos al cumpleaños. Yo me sentía muy bien acompañada con Daniel a pesar de su timidez. Pasamos un lindo momento.
Alrededor de mi relación con Daniel nunca dejó de estar presente la existencia de su ex, Jessie. Siempre revoloteaba por las cercanías. Además, Bea también era amiga de la chica, así que inevitablemente, y porque se adicionaba el hecho de que era mi vecina, la veía más a menudo de lo que yo quería.
El 1º de diciembre, amaneció en un viernes espléndido. Alejandra y yo fuimos temprano a la playa "Honda". El agua de la mañanita tenía una tranquilidad que invitaba a confiar en ella. Las olas se deshacían mansas en la orilla. Nos bañamos y tomamos sol. Cerca del mediodía, decidimos emprender la retirada. La playa que para ese entonces ya estaba bastante poblada, se pobló todavía más al arribar mis amigos del barrio. Con eso bastó para que la idea de dejar la playa se desvaneciera de mi mente.
·         Ale, yo me voy a quedar - le dije a mi amiga.
·         Bueno, hacé lo que quieras - me contestó medio enojada.
·         Chau, nos vemos - me despedí.
El sol abrasaba, el agua helada en la que nos bañábamos ayudaba a contrarrestar el calor. La tarde transcurrió rápido. Al momento de irnos, Daniel me invitó a irme con él en su bicicleta. Rechacé la oferta y le dije que volvería caminando junto con Ramón, quien tampoco había llevado bicicleta. Daniel no pareció molestarse. Al llegar a casa, me duché, luego me vestí con vistas a un casamiento al que más tarde tendría que asistir con mis padres. Acto seguido, fui a casa de Beatriz. Allí estaba Daniel y algunos chicos más. Noté que Daniel actuaba distante conmigo.
·         ¿Podemos salir que quiero hablar contigo? - le pregunté levantándome.
·         Si - asintió él.
·         ¿Qué te pasa? - inquirí una vez en el balcón.
·         ¿No te diste cuenta qué pasó? - preguntó Daniel.
·         No, a ver decime - le pedí.
·         No viniste conmigo pero aceptaste volver con mi hermano - expuso él.
·         Si. ¿Y? - seguí probándolo.
·         Que tu novio soy yo, tendrías que haber venido conmigo - argumentó él.
·         No digas pavadas, Ramón es mi amigo y vine con él. ¿Qué problema? - le dije.
·         Si y yo quedé como un boludo delante de los demás - continuó él.
·         Ah claro, a vos te importó porque te dijeron los demás - le afirmé molesta - No porque te dieron celos.
·         No, además me molestó a mí - dijo.
·         Ta, si pero porque te abrieron los ojos los demás - le dije.
·         Si, Guillermo y Gustavo me hicieron ver que fui un pelotudo - seguía la conversación.
·         Bueno, está todo bien, si te molestó disculpame, pero la próxima vez date cuenta vos de cómo son las cosas - le aclaré y se rió.
·         Bueno, me tengo que ir, nos vemos mañana - me despedí con un beso en el que nuestros labios encajaron como nunca. Me fui contenta.

Después volví a mi casa y ya mis padres estaban casi listos para salir. Me fui a maquillar y noté que mi rostro estaba más que irritado por el efecto acumulado del sol. Me ardía terriblemente, incluso diminutas ampollas asomaban en mis mejillas. Me acicalé los ojos y los labios y nos fuimos. En la fiesta de boda no conocía a casi nadie. La casa contaba con un fondo amplio y arbolado. La noche daba una mano para aprovecharla. Se disfrutó si, nada fenomenal pero… Estuvo bien. 

2 comentarios:

  1. Anónimo17/3/16

    Mmmmmmmm te gustaba Daniel o Ramón??? Que líos de sentimientos a esa edad! Me volves a la adolescencia Dieva!!

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  2. Esa es la pureza, la revolución adolescente. ¿Qué podíamos tener más claro que el disfrute a esa edad no? Evidentemente, me gustaba vivir la vida. Es cierto, lugares comunes en todas las adolescencias. ¡Gracias por el bello comentario! And goes on...

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