Ya era casi noviembre, el
verano se asomaba, las noches daban para disfrutarlas. Por esos días me había
hecho muy afecta a los jóvenes de una familia vecina. Una de ellas era Beatriz,
una gordita simpática, chistosa y con una risa contagiosa, era fácil quererla.
Guillermo era hermano de Bea, era unos años mayor que yo, también se desprendía
de él la gracia y un toque de madurez. Daniel, Ramón y Rafael eran hermanos,
primos de Bea y Guillermo. Era Ramón el que me llamaba más la atención desde
hacía un par de años. No entiendo cómo llamaban la atención si a cual de los
tres hablaba menos.
Una huelga de docentes
interrumpía las clases en secundaria, para mí significaron unas vacaciones
caídas del cielo. Nos juntábamos de tardecita y pasábamos hasta la madrugada
jugando a las cartas, a la lotería y riéndonos de pavadas. Daniel tenía novia,
pero de alguna u otra manera yo logré atraer su atención. Cuando jugábamos a
los naipes, se las ingeniaba para tocar mi pierna y que yo lo notara, a mí no
me molestaba. Me las arreglé para atraerle cada vez más. Una noche, nos fuimos
todos a la rambla y a mí se me pasó por alto la hora de regresar, decidí llamar
a casa.
·
Hola. ¿Mamá? - pregunté.
·
Si soy yo. ¿Dónde estás? - respondió Graciela con voz de
adormecida.
·
Estoy acá en la rambla con los chiquilines - le dije.
·
Ay Dieva, pero es tardísimo - objetó ella.
·
¿Me puedo quedar un rato más? Mirá, te paso con Gustavo - y ahí le
pasé la responsabilidad a aquel chico no mucho mayor que y que tenía un aire de
protector.
Gustavo era más bueno que
Lassie atada. Éramos vecinos desde hacía muchos años, nos conocíamos desde
chicos, pero nos hicimos realmente amigos durante nuestra adolescencia. Hubo un
tiempo en el cual Gustavo me gustó en cierta forma. Yo tendría unos diez u once
años, pero fue algo más que fugaz. Ese breve lapso comenzó un día en que fuimos
a chequear con él una tarea domiciliaria que le asignaron en la escuela a mi
amiga Alejandra, y dado que estaban en la misma clase, Tamxxxco fue el elegido
para erradicar dudas. Nunca dejé que se enterara de mi fútil enamoramiento. Por
el contrario él sí me dejó notar su preferencia en gustos la vez que me gritó
un gracioso "¡Dieva, te amo!", a propósito del cual lo único que me
provocó fue una carcajada compartida con mi amiga. Años más tarde, nos volvimos
buenos amigos, teníamos confianza el uno con el otro. Al grano, Gustavo
conversó con mi madre.
·
Si, señora no se haga problema, estamos todos acá - confirmó
Gustavo
Y parece que Graciela
aceptó las aseveraciones del caso y no inquirió más nada. La noche estaba
deliciosa, en el cielo se salpicaban estrellas por donde se mirara, la
temperatura más que agradable, la compañía se disfrutaba. Caminábamos por la
arena, nos moríamos de risa con Beatriz que siempre tenía algo más que gracioso
para decir. Daniel y yo nos atraíamos de más, pero yo no me olvidaba del
detalle de que existía una novia. Detalle aparte, me propuse superar todos los
obstáculos para que él y yo llegáramos más allá de la amistad.
Durante aquel período de
huelga, mi amistad con Ramón (el hermano de Daniel que, por ser el que menos
hablaba se ganó el apodo de "mudo") se confirmaba, me encantaba que
entre nosotros existiera ese vínculo tan fraterno a mi entender. Una tarde,
convenimos juntarnos en mi casa para preparar empanadas para todos. El diálogo
lo propiciaba casi siempre yo, pero lograba sacarle algunas oraciones. Nos
divertimos entre la mezcla de harina, sal, aceite, carne, cebolla y sonrisas
más que palabras. Nos quedó bien la receta. Hoy me doy cuenta que mi receta era
gustarle también a Ramón.
Volviendo a Daniel, la
cosa se ponía cada vez más tibia. Una tarde me invité a acompañarlo para hacer
unas compras en "Manzanares", él no puso ninguna objeción. Buscamos
nuestras bicicletas y partimos. Atravesamos ese pulmón que, por suerte, está
inserto en nuestro barrio, el "Parque Rivera". En las postrimerías de
noviembre, el ambiente era una delicia, árboles frondosos por doquier, sombra
reparadora cuando se quisiera, un lago que albergaba distintas especies de
aves, una maravilla natural. Me sentía compinche de Daniel. Andar en bicicleta
era un ejercicio agradable, agotador pero se disfrutaba, más aún si la compañía
me gustaba.
El cumpleaños de Bea se
acercaba. Con ese motivo salimos, con Daniel, en busca de un presente. Paramos
en MOSCA y entramos. Nos decidimos por un leoncito de peluche, que venía dentro
de una caja de metal. Luego fuimos a mi casa y allí analizamos el regalo.
Encontramos una tarjeta de esas donde se escribe el nombre del destinatario del
obsequio y el de quien lo remite. Nos pusimos a ensayar la letra y a decidir
qué nombre pondríamos primero, si sería: Dieva y Daniel o Daniel y Dieva. Él
quería que el suyo se viera en primer lugar y yo pretendía lo contrario. Creo
que al final gané yo, y así mi nombre se inscribió primero.
La noche del 18 de
noviembre, fuimos juntos al cumpleaños. Le dimos a Bea su regalo y cuando leyó
en voz alta nuestros nombres, un "¡Ahh!" se desprendió de bocas de
algunos allí presentes. De un modo u otro, el hecho de regalar juntos nos
vinculó como pareja, cosa que entre nosotros no había sido confirmada.
La idea de conquistar a
Daniel se aferraba cada vez más en mi mente y sentía que de a poco lo estaba
logrando. Pero, una noche en casa de Beatriz, nos disponíamos a salir hacia la
rambla y me doy cuenta que se suma cierta personita al grupo de siempre. Era
Jessie, la novia de Daniel. Yo monté en cólera, cosa que no me costaba
demasiado, hervía de bronca. ¿Qué tenía ella que hacer entre nosotros? Entonces,
salí como una tromba propulsada por la rabia, me dirigía poco menos que volando
hacia mi casa dispuesta a abortar la idea de ir a la costa. Cuando estaba
cruzando el pasillo que me conducía a casa, alguien me sujetó del brazo
impidiéndome continuar mi camino. Era Guillermo, que pareció haber corrido casi
tan rápido como yo. Me sentí aliviada al darme cuenta de que alguien tomó en
cuenta mi huida.
·
¿Qué pasó? ¿Por qué saliste disparando? - preguntó Guillermo.
·
¿Para qué voy a ir yo si va ella? Yo sobro - dije.
·
Pará, tranquilizate. Nada que ver. Dejalo pasar y vení con
nosotros, no te vas a perder una noche lindísima por esa pavada - argumentó él.
·
No, no voy nada - seguí yo, queriendo que insistiera.
·
Dale, vamos, vení - así insistió y nos fuimos.
Esa noche me divertí, es
cierto, pero decidí aclararle las cosas a Daniel y pedirle que decidiera. En
aquel momento, no le presté demasiada importancia al hecho de lo que hizo
Guillermo. Obviamente le importaba mi presencia, si fuera de otra manera… ¿Por
qué me seguió? Mi meta estaba en Daniel y no en lo interesante que era
Guillermo.
Pasaron unos días y llegó
el momento de aclararle la situación a Daniel. Estábamos sentados en la
escalera de nuestros edificios, uno al lado del otro.
·
Decime, nosotros salimos a todos lados juntos, la pasamos re bien,
entonces… ¿Por qué seguís con Jessie? - lo encaré.
·
Tenés razón, con vos todo bien. El problema es que con ella hace
un tiempo que estoy saliendo, viven muy cerca de casa, mis padres conocen bien
a la familia de ella... - me dio esa excusa de porquería.
·
Bueno, la cosa es que, o terminás con ella o lo nuestro así, no va
más. Yo no sigo jugando el papel de estúpida - puse los puntos sobre las íes.
·
Dame unos días - me pidió y así quedamos.
Los días pasaban y uno de
ellos me crucé con Gustavo. Nos pusimos a hablar de la situación en la que me
encontraba con Daniel.
·
Si, yo le digo a Daniel que yo me quedaría con lo de abajo y no
con lo de arriba - aclaró Gustavo.
Su comentario me descolocó
en principio. Creí entender que con "lo de abajo" hacía referencia a
mis caderas y "lo de arriba" serían los pechos de Jessie, ya que yo
me consideraba más agraciada en "lo de abajo". Pero enseguida
reaccioné, Gustavo no podía ser tan directo. El arriba y el abajo correspondían
al lugar donde vivíamos, Jessie en un segundo piso y yo en el primero. Ergo, yo
era lo de abajo. Levanté mis hombros queriendo mostrar indiferencia, como
diciendo: que haga lo que quiera. Mi indiferencia no era tal, me importaba, y
mucho, saber cómo se dilucidaría el asunto. Concluí que en Gustavo tenía un
aliado, un admirador, alguien que apostaba sus fichas a mí.
Una noche, nos encontró a
Daniel y a mí hablando. Estábamos parados en el corredor de mi piso y de
repente llegó la noticia.
·
Se terminó todo con Jessie - dijo tímidamente.
·
Que bien - dije yo.
No entendía por qué
permanecía tan alejado de mí, no hallaba la razón por la cual no se acercaba.
Como no hallé tal motivo, me fui acercando yo.
·
Así que te liberaste - afirmé riéndome y un poco más cerca de él.
·
Si - confirmó Daniel.
·
Entonces, nosotros… - le dejé el campo preparado.
No me acuerdo bien cómo siguió la charla, pero llegó un instante en el cual no di posibilidad de diálogo alguno, o me besaba o lo besaba. Sentí su nerviosismo, lo encaré y terminamos por juntar nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros cuerpos. Nunca antes me había sentido tan atrevida, tan confiada de mí misma, me gustó la sensación de manejar la situación. A más de veinte años de acontecido mi accidente, Bea me contó que esa noche, Ramón desahogó sus penas con ella, dado que estaba decidido a pedirme ser su novio. Su hermano se adelantó. Creo que si Ramón se hubiera animado antes, habríamos vivido un bello noviazgo, ya que él me atraía mucho.
En noviembre de 2012, me enteré que aquel día de noviembre, cuando Daniel y yo hicimos formal nuestro noviazgo, hice caer la esperanza que tenía Ramón de invitarme a ser su novia. Parece que el callado hermano de Daniel la pasó mal esa noche y, yo ni por aproximación imaginé eso.
A los pocos días, la huelga de docentes terminó. Tuvimos que volver a clases, a terminar lo que había quedado suspendido. Ramón y yo íbamos al mismo liceo en el mismo turno, de 12:00 a 16:00 horas. Daba lástima tener que estar entre paredes esas cuatro horas. Varias tardes después de clases, nos encontrábamos con Ramón para irnos a la playa. Una vez allí, nos reuníamos con el resto del grupete que ya estaría aprovechando la belleza de esos días. La playa la encontrábamos repleta de gente. Lo primero que hacíamos era dejar los bártulos en la arena, sacarnos la ropa que cubría los trajes de baño y salir disparados a sumergirnos en el agua. Nos quedábamos un par de horas y retornábamos a nuestras casas para recibir otra agua, esta vez el agua de la ducha que barrería la sal de nuestros cuerpos. En mi mente todavía permanece el aroma de la crema de enjuague para el cabello que usaba después de un baño en el mar, luego de un baño de sol. ¡Que pocas eran mis preocupaciones en ese entonces!.
Daniel y yo seguíamos juntos. Nunca me hubiera
imaginado verme enganchada en una relación con él. Todo iba bien, nada que me
enloqueciera, pero bien. Salíamos juntos, nos acompañábamos, él me hacía
compañía mientras yo cocinaba, yo iba con él cuando jugaba al fútbol. No había
nada de locas pasiones entre nosotros. Cierto día, algo movió la tranquilidad
de nuestra relación. Yo fui a su casa a buscarlo para irnos a la rambla, una
noche en la cual él estaba solo. Me abrió la puerta, recién se había dado una
ducha, pasé a su cuarto a esperar que terminara de vestirse (yo seguía siendo
la misma paloma de antes, diga uno que Daniel no era ningún cóndor, si no
podría haber muerto en sus fauces). Al rato, se paró frente a mí, era unos
centímetros más alto que yo, e inesperadamente me tomó por debajo de mis brazos
y me pegó contra su cuerpo. ¡Wow! ¿Y esto? Realmente me sorprendió, no era
característico de Daniel ese tipo de demostraciones. Me apretó más contra él y
me robó un terrible beso, riquísimo. Realmente el beso elevó mi temperatura,
mis pulsaciones se dispararon. No tuve la fuerza para despegarme de él, es más
aunque la hubiera tenido no habría querido separarme de su cuerpo. Pero nada,
no fuimos más allá del beso que me movió el piso.
En una de esas adorables noches, Tania me
propuso salir a bailar con un par de conocidos suyos. No existía impedimento
que no me dejara disfrutar de dos acciones que me fascinaban: bailar y conocer
gente. Cerca de las once de la noche, fui a casa de mi amiga. Una vez en su
cuarto, ella encendió, a puerta cerrada, un cigarrillo.
·
¿Querés? - me invitó a tragar humo.
·
No, dejá - preferí no fumar.
Enseguida tocaron a la
puerta de la casa de Tania y mientras ella atendió yo esperé en la habitación.
Luego mi amiga volvió pero con compañía. Me presentó a Gabriel y a quien se
apodaba "El Oso". Gabriel, un gordito simpático, muy gracioso, que yo
ya conocía de vista del barrio y del ámbito liceal, tenía 16 años y buenos
sentimientos para compartir. A "El Oso", Tania me lo había descrito
como un divino físicamente, y no estaba equivocada. "El Oso" no era
muy alto, tampoco muy delgado, tenía el pelo enrulado y largo hasta los
hombros, sus ojos eran de un color grisáceo espectacular, su sonrisa cautivaba.
Salimos para rumbear hacia "Freedom", una discoteca en Pocitos.
Caminamos hasta la calle Rivera y ese tramo fue suficiente para predecir que
pasaríamos un buen rato juntos, nos estábamos riendo a doler. Tomamos un taxi y
nos bajamos en nuestro destino. El lugar tenía un dejo de distinguido.
Bailamos, hablamos, nos reímos, hablamos, bailamos. Entrada la madrugada, nos
sentamos en una sala apartada de la pista de baile. Ahí pudimos conversar
mejor, reírnos más, conocernos sin obstáculos. "El Oso" captaba mi
atención. Cerca del amanecer, dejamos el lugar. Volvimos a caminar y cuando
estábamos cerca del zoológico vimos un llamativo cartel. Dado que vivíamos en
época pre-electoral, la ciudad estaba tapizada de propaganda política. A mí se
me antojó que quería tener aquella chapa pintada de naranja. "El Oso"
y Gabriel se dispusieron a hurtar el letrero que, por medio de alambres, estaba
sujeto a una columna. La tarea se tornó un tanto complicada, se requería ser
buen trepador para alcanzar el objetivo. Costó bastante pero, la operación
resultó fructífera. "El Oso" logró descolgarlo y un hilillo de sangre
se desprendió de uno de sus dedos. En eso divisamos que venía el ómnibus que
nos servía y corrimos para alcanzarlo. Una vez en la plataforma del vehículo,
comencé a reclamar por la propiedad del cartel.
·
No, el cartel es mío - dijo el herido.
·
Si, vos no hiciste nada para bajarlo - lo secundó Gabriel.
·
Dale, fui yo quien lo pidió - dije yo.
Tania se reía. Yo seguí
implorando por lo que quería y "El Oso" amenazó con mancharme la cara
con el líquido rojo que se desprendía de su mano.
·
¿A que no te animás a mancharte de sangre? - me retó el chico.
Yo estuve lejos de
asustarme y moví mi cara hasta que me encontré con su mano. Quien me amenazó se
sintió amenazado por la sorpresa, no imaginó que yo no me amedrentaría. Me miró
impresionado por mi conducta. Mi cara se manchó y yo me reí fascinada con mi
osadía. "El Oso" se sonreía en forma cómplice. El objeto de la
disputa terminó bajo mi propiedad. Me divertí de más esa noche.
Una de mis compañeras de
clase cumpliría quince años y yo estaba invitada a su fiesta. El mismo sábado,
se me ocurrió sugerirle a Daniel que me acompañara al festejo. Al principio, se
resistió argumentando que no tenía ropa adecuada a la ocasión. Yo lo ayudé
proponiéndole el atuendo que podría vestir: una camisa (no podía decir que no
tenía), un pantalón de pana (yo sabía que existía), unos zapatos (de Ramón) y
un saco (que yo le proporcionaría). Listo, ya no había excusa válida para no
venir conmigo. De noche, nos juntamos y fuimos al cumpleaños. Yo me sentía muy
bien acompañada con Daniel a pesar de su timidez. Pasamos un lindo momento.
Alrededor de mi relación
con Daniel nunca dejó de estar presente la existencia de su ex, Jessie. Siempre
revoloteaba por las cercanías. Además, Bea también era amiga de la chica, así
que inevitablemente, y porque se adicionaba el hecho de que era mi vecina, la
veía más a menudo de lo que yo quería.
El 1º de diciembre,
amaneció en un viernes espléndido. Alejandra y yo fuimos temprano a la playa
"Honda". El agua de la mañanita tenía una tranquilidad que invitaba a
confiar en ella. Las olas se deshacían mansas en la orilla. Nos bañamos y
tomamos sol. Cerca del mediodía, decidimos emprender la retirada. La playa que
para ese entonces ya estaba bastante poblada, se pobló todavía más al arribar mis
amigos del barrio. Con eso bastó para que la idea de dejar la playa se
desvaneciera de mi mente.
·
Ale, yo me voy a quedar - le dije a mi amiga.
·
Bueno, hacé lo que quieras - me contestó medio enojada.
·
Chau, nos vemos - me despedí.
El sol abrasaba, el agua
helada en la que nos bañábamos ayudaba a contrarrestar el calor. La tarde
transcurrió rápido. Al momento de irnos, Daniel me invitó a irme con él en su
bicicleta. Rechacé la oferta y le dije que volvería caminando junto con Ramón,
quien tampoco había llevado bicicleta. Daniel no pareció molestarse. Al llegar
a casa, me duché, luego me vestí con vistas a un casamiento al que más tarde
tendría que asistir con mis padres. Acto seguido, fui a casa de Beatriz. Allí
estaba Daniel y algunos chicos más. Noté que Daniel actuaba distante conmigo.
·
¿Podemos salir que quiero hablar contigo? - le pregunté
levantándome.
·
Si - asintió él.
·
¿Qué te pasa? - inquirí una vez en el balcón.
·
¿No te diste cuenta qué pasó? - preguntó Daniel.
·
No, a ver decime - le pedí.
·
No viniste conmigo pero aceptaste volver con mi hermano - expuso
él.
·
Si. ¿Y? - seguí probándolo.
·
Que tu novio soy yo, tendrías que haber venido conmigo - argumentó
él.
·
No digas pavadas, Ramón es mi amigo y vine con él. ¿Qué problema?
- le dije.
·
Si y yo quedé como un boludo delante de los demás - continuó él.
·
Ah claro, a vos te importó porque te dijeron los demás - le afirmé
molesta - No porque te dieron celos.
·
No, además me molestó a mí - dijo.
·
Ta, si pero porque te abrieron los ojos los demás - le dije.
·
Si, Guillermo y Gustavo me hicieron ver que fui un pelotudo -
seguía la conversación.
·
Bueno, está todo bien, si te molestó disculpame, pero la próxima
vez date cuenta vos de cómo son las cosas - le aclaré y se rió.
·
Bueno, me tengo que ir, nos vemos mañana - me despedí con un beso
en el que nuestros labios encajaron como nunca. Me fui contenta.
Después volví a mi casa y
ya mis padres estaban casi listos para salir. Me fui a maquillar y noté que mi
rostro estaba más que irritado por el efecto acumulado del sol. Me ardía terriblemente,
incluso diminutas ampollas asomaban en mis mejillas. Me acicalé los ojos y los
labios y nos fuimos. En la fiesta de boda no conocía a casi nadie. La casa
contaba con un fondo amplio y arbolado. La noche daba una mano para
aprovecharla. Se disfrutó si, nada fenomenal pero… Estuvo bien.
Mmmmmmmm te gustaba Daniel o Ramón??? Que líos de sentimientos a esa edad! Me volves a la adolescencia Dieva!!
ResponderEliminarEsa es la pureza, la revolución adolescente. ¿Qué podíamos tener más claro que el disfrute a esa edad no? Evidentemente, me gustaba vivir la vida. Es cierto, lugares comunes en todas las adolescencias. ¡Gracias por el bello comentario! And goes on...
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