25/3/16

CAPÍTULO XIII. LINDO JOSÉ, BUENO JOSÉ.

El sábado descansé toda la mañana. Esa noche planeamos ir a un cumpleaños con Tania. Lo que más me atraía de la noche venidera era que Gabriel y "El Oso" también irían al festejo. Llegó la noche y tomamos, Tania y yo, un ómnibus rumbo a la fiesta. En una esquina, nos encontramos con Javier, el novio de Tania, y otros dos chicos que no conocíamos y a los que casi ni miré. Javier era bastante delgado, debido a esa característica se ganó el apodo de "flaco Axxxa", su cabello era corto y enrulado, en mi opinión no era muy simpático. Estaban de novios hacía, por lo menos, un mes. Tania, físicamente, era bastante diferente al "flaco Axxxa". Ella no era muy alta, cabello negro, piel que tiraba al tostado, un tanto gordita, mucho más dotada que yo en busto. Tenía un carácter que resultaba compatible para que fuéramos amigas. Era una chica muy divertida, me hacía reír, la pasábamos bien juntas. Nos habíamos convertido en muy buenas amigas, confidentes, compinches. Yo la quería mucho y el sentimiento era del todo recíproco. Ella y Alejandra eran mis mejores amigas. Perdón, volvamos a la noche del 2 de diciembre de 1989.
·         ¿Gabriel y "El Oso" no venían? - le pregunte a Javier.
·         Creo que si, pero todavía no aparecen - me contestó
Emprendimos camino al cumpleaños. Mientras caminábamos, me dio tiempo a percatarme de que uno de los muchachos amigos de Javier estaba que se partía de lindo. Yo lo miraba de reojo y me parecía que él ni se fijaba en mí. Llegamos a la entrada del salón y se suscitó un inconveniente. Sólo Tania y yo teníamos invitación.
·      Hacemos así: Yo entro con Tania y vos entrás con Dieva como el novio - organizó Javier imponiéndome al chico en el que ni me había fijado como novio. Me desilusioné al pensar que el guapo se quedaría sin fiesta.
·         ¿Y José qué? - preguntó mi seudo-novio.
·         Yo me las arreglo después para entrar - afirmó José.
·         Bueno, vamos - dijo el organizador.
A mí no me gusto nada la idea de entrar con aquel chico y dudaba que José pudiera entrar más tarde. En la puerta chequearon las invitaciones y entramos sin problema. Adentro, me encontré con varios de mis compañeros de clase. Nos sentamos en una mesa cerca de una ventana. No había pasado ni una hora cuando vimos que José entraba al salón.
·         ¿Cómo hiciste para entrar? - le preguntaron.
·         Le tiré unos mangos al portero - respondió cancherísimo.
En mi mente, José se hacía inalcanzable, me parecía tan, pero tan lindo que ni imaginé que me pudiera prestar atención. Salimos a bailar en grupo con Tania y los chicos. Ahí José le hizo una broma a mi amiga y se rieron juntos. Bailaban frente a mí y yo podía contemplarlos "a piacere". Se me metió en la cabeza que a José le gustó Tania. Cuando las cumbias metieron su nariz en el ambiente, nos fuimos a sentar. Tania y yo teníamos un particular rechazo hacia ese tipo de música. José se sentó al lado de Javier y yo me quedé en la cabecera de la mesa a unos metros de él. En eso, veo que el lindo me dirige la mirada.
·         ¿Bailás? - me dijo de lejos.
·        ¿Ahora? - le pregunté asombrada por la propuesta y me contestó que sí moviendo la cabeza.
·         Cumbia, no - le respondí con cara de asco.
Me sentí contenta por la invitación y a su vez pensé que había desaprovechado mi cuarto de hora con José, que mi chance con él había pasado sin hacer uso de ella. Me pasó lo mismo que a Juan Pablo Castel, el protagonista de "El Túnel"(la novela de Ernesto Sábato), cuando le sucedió lo siguiente:
"La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud, mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo de llamarla. ¿Miedo de qué? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero de que se dispone en la vida a un solo número. Sin embargo, cuando desapareció, me sentí irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, perdida entre los millones de habitantes anónimos de Buenos Aires."
La atmósfera se llenó con música lenta. José se puso de pie y pude percibir que se dirigía hacia mi lugar, mi corazón se aceleró.
- ¿Bailás esta música? - me invitó y pude, a pesar de mis nervios, contemplar su aspecto físico con el cual me deleité.
-   Si - le contesté riéndome e incorporándome para quedar a su altura.
Yo si bien estaba nerviosa, a su vez me sentía confiada, segura de mí misma. Ya no era la misma chica tan ingenua a la cual Ricardo robara el primer beso. Ahora era yo quien los daba si quería, era yo quien incluso me atrevía a robarlos. Al acercarnos para bailar, casi me caigo encima de José, de hecho quedé pegada a él. No me dio vergüenza, al contrario, nos reímos y eso nos ayudó (al menos a mí me sirvió) para romper el hielo. No recuerdo que anteriormente hubiera bailado tan, pero tan unida a alguien como lo estaba con José. Él no era alto, éramos casi de la misma altura, su pelo era castaño claro y caía sobre un lado de su frente, era dueño de una cara hermosa con una sonrisa compradora y cálida. Del cuello para abajo también era lindísimo, parecía estar formado de la manera en que a mí me gustaba. La ropa le quedaba como pintada, aunque se me ocurre que sin ropa igual daría la impresión de encajar en las dimensiones concebidas por Da Vinci para su hombre de Vitrubio. Así de guapo se me hacía que estaba. La sensación de estar en sus brazos era de completo agrado, un sentimiento placentero me recorría el cuerpo. La comodidad era tal que me hubiera dormido adherida a su cuerpo.
·         ¿Cuántos años tenés? - me preguntó.
·         Quince. ¿Y vos? - le devolví la pregunta.
·         Dieciocho - me respondió.
·         ¿Conocés a "El Oso" y a Gabriel? - sondeé acerca de los chicos que, hipotéticamente deberían haber venido con él.
·         Claro, son compañeros míos de clase, "el flaco Axxa" también - me contó.
·         Entonces vas al 19 - saqué la conclusión, que no por obvia fue menos conclusión.
·         Si. ¿Vos también? - inquirió.
·         Si, al viejo y querido 19 - afirmé.
La charla continuó durante algunos minutos. Nuestros rostros estaban peligrosamente cerca. José olía deliciosamente, aquella noche no hubo nada de lo que conocí de él que no me resultara apetecible. Lo que latía que se venía, se vino nomás, nuestras bocas ansiosas se unieron. Ya me sentía cómoda en los brazos de José, pero mi comodidad aumentó al sentirme perdida plácidamente en sus labios. Mi boca y la suya parecieron haber sido hechas para articular entre sí sin ningún tipo de esfuerzo. Y en esa época mi interior le daba gracias a Diego por haber sido mi mentor en materia de besos. De todas formas, había una carga que pendía de mi conciencia, era el hecho de que mi relación con Daniel no era parte del pasado, sino que coexistía con lo que me estaba pasando. Al rato, nos fuimos a sentar, José pasó su brazo por encima de mi hombro. Él notó que algo me mantenía ausente.
·         ¿Qué te pasa? - me preguntó preocupado.
·         Nada - le dije levantando mis hombros y sin mirarlo a los ojos.
·         Si, ya sé que recién nos conocemos - me dijo como si esa fuera mi preocupación - pero no te preocupes por eso.
Me importaba tres pepinos y una lechuga que fuéramos prácticamente dos extraños, nada de lo que había sucedido se forzó, al contrario mi consentimiento era total. Me incomodaba el hecho de no ser libre del todo para despreocuparme y disfrutar sin culpa, el momento memorable que estaba viviendo junto a José. Cerca de las seis de la mañana, cuando el cumpleaños se extinguía, nos fuimos tomados de la mano. No puedo dejar de recordar lo cómoda que me sentía, lo feliz que me hacía que la frutilla de la torta se hubiera deshecho en mi boca. Al salir, Tania estaba con su novio y al mirarnos, una sonrisa pícara se dibujo en su rostro. Mi amiga estaba al tanto de que yo estaba completamente en offside, inhabilitada totalmente para anotar mi gol con José. No importó, seguí jugando, ya que el único árbitro del partido no era más que yo y me era imposible detenerme ante semejante idilio. Caminamos hasta que ubicamos donde sentarnos. Tania y Javier se detuvieron a unos cuantos metros de nosotros. Me senté en la falda del príncipe que me cobijó en su cuerpo. Comportamientos que en otras épocas o en otras relaciones me hubieran resultado demasiado atrevidos o me hubieran avergonzado, con José se convertían en algo común, los hechos se daban solos y con una naturalidad increíble. Nos besamos haciendo contacto en muchas partes de nuestros cuerpos, me sentía en el séptimo cielo y creo que a él le pasaba algo similar. Aquello era todo pasional, pasaba más por nuestra piel que por nuestro raciocinio. Por poco, no nos quemamos de lo elevadas que estaban nuestras temperaturas corporales. Tal era el agrado que, a mí que soy una de las más fervientes devotas del sol, me hubiera gustado que el alba demorara su aparición. Repentinamente, me separé de José, me paré y me senté a su lado. Permanecí pensando intentando hallar las palabras y el coraje para decirle lo que no me permití ocultar por más tiempo.
·         Ahora… ¿Qué pasa? - me preguntó sin demasiado asombro.
·         Nada, que tengo novio - exploté con la verdad.
·      Si, me imaginaba eso - dijo para mi asombro y abriendo nuevamente sus brazos para contenerme. Era misión imposible no dejarme contener por aquel caramelo, así que me abrigué en él nuevamente sentándome en su regazo.
·         ¿Hace mucho que estás con él? - me preguntó.
·         No, más o menos un mes - le respondí.
·         Y… ¿No querés romper con él? - inquirió.
·         No, no es eso, pasa que nuestras familias se conocen hace tiempo - respondí y sin querer me escuché dando la misma excusa estúpida que Daniel me diera para no terminar con Jessie. Pero, lo dejé así.
·         Está bien - me dijo él y seguimos abrazados con besos mezclados, todo mezclado.
Nos paramos y llamé a Tania para irnos. Ellos nos alcanzaron, y los cuatro nos encaminamos hacia Camino Maldonado. Una vez que Camino Maldonado se camuflaba para transformarse en 8 de octubre, doblamos a la izquierda. En Veracierto estaba la parada del 306 que nos dejaría en nuestro barrio. Allí esperamos. Los tímidos rayos del astro monarca que comenzaban a asomarse me permitieron afianzar el concepto de que José estaba para comérselo crudo. Me compró con su ternura, con su gracia, con sus ocurrencias. Aunque no me hubiera comprado, creo que de todas formas me hubiera regalado por el sólo hecho de sentir todo lo que sentí ese día junto a él. Divisamos que el 306 se acercaba y con él el momento de despedirnos.
·         Bueno, chau nos vemos - le dije y se acercó para besarme.
·         Nos vemos - me dijo y yo rezaba porque así fuera.
Lo nuestro quedó en un estado nebuloso de novela. Un "nos vemos" que podría interpretarse como quisiera mi imaginación. Ni siquiera intercambiamos números telefónicos, nada, quedó todo jugado al libre albedrío del destino. Me quedó la amarga sensación de que ese "nos vemos" fue un disfraz que, ocultaba más bien un "esto fue por una noche y nada más, chau". Ya en el ómnibus, me puse a conversar con Tania intentando que me tendiera una mano para aclarar mis ideas. La miré con rostro de confusión, ya que de lo único que estaba segura era de lo maravillosamente bien que me había hecho sentir José.
·         ¿Y qué onda? - preguntó mi amiga.
·         ¿Vos viste que divino que está José? - le pregunté sin necesitar su respuesta.
·         Si, está buenísimo - me dijo - ¿A vos qué te pareció?
·         A mí me encantó, me sentí bárbaro con él - le dije.
·    ¿Y en qué quedaron? ¿Qué vas a hacer con Daniel? - me preguntó con mucho interés.
·        No quedamos en nada, no sé si nos vamos a volver a ver. Yo no pensé que José me fuera a prestar atención. Ahora estoy metida en un lío - le dije un tanto confundida.
·         Si, José te va a buscar, estoy segura - me dio ánimo y le agregó alas a mi fantasía.
·         No creo, pero y si lo vuelvo a ver… ¿Qué hago con Daniel? - pregunté.
·         Yo que vos termino con él - me sugirió.
·         Bueno, ya veremos qué pasa - le dije y me dije.
Al llegar a casa, ya eran como las ocho de la mañana. Mi madre estaba acostada pero despierta.
·         Hola ¿Qué haces? - la saludé.
·         ¿Cómo te fue? - preguntó Graciela.
·         Bien, estuvo bueno - le dije.
·         ¿Vas a tomar algo? - preguntó por si tenía ganas de desayunar.
·         No, no tengo hambre - contesté y me quedé parada junto a la ventana de su cuarto - ¿Te puedo hacer una pregunta?
·         Si, claro - dijo.
·      ¿Qué hacés cuando pensás que una persona no te quiere? - mandé la pregunta preparando el camino.
·         ¿Y eso por qué lo preguntás? - dijo.
·         Por que estoy dudando acerca de los sentimientos de Daniel hacia mí - aclaré - Tampoco estoy segura de si quiero seguir con él.
·         Pero… ¿Qué pasa? - siguió indagando.
·         Nada, que lo mío con Daniel no sé si pasó porque a mí me gustaba él o porque…- y ahí me dio cierto remordimiento plasmar en palabras lo que sentía - Lo tomé como un desafió - concluí un tanto apesadumbrada.
·         ¿Cómo como un desafió? - preguntó con asombro.
·      Si, para probarme a mí misma que podía lograr que dejara a Jessie y estuviera conmigo - confesé - Ojo, está todo bien con él, pero hay algo que no me termina de convencer, algo falta, no estoy segura.
·         Y bueno, pensalo bien y después ves qué pasa - me aconsejó.
·         Si - le dije y me quedé reflexionando un rato más en su cuarto junto a la ventana.
Pensé un poco, pero no saqué nada en limpio, no tomé ninguna decisión, no podía tener nada claro. Las ideas confusas, junto con las imágenes que se me representaban a ojos cerrados y eso aunado a las emociones que había vivido hacía unas horas lograron armar un cóctel en mi mente, y terminé tan embriagada por la confusión que, preferí dejarme vencer por el sueño. Tal vez en sueños podría hallar la solución que en estado de vigilia no conseguía dilucidar.
Me desperté sin más claridad aparente que la de la imagen de José rondando mis pensamientos. No me acuerdo qué pasó el domingo siguiente, no sé si me encontré con Daniel. Tampoco recuerdo si hubiera querido verlo. A quien seguro vi fue a Tania y con ella seguimos especulando acerca de mi futuro. Tenía que ser ella con quien yo me confesara, a quien le contara lo que me pasaba, ya que era la única que estaba al tanto de mi verdadera situación. Tania continuó abrigando mis esperanzas con respecto a que volvería a encontrarme con José. El domingo concluyó sin novedades en el frente, tampoco en el fondo novedades hubo.
"Lunes otra vez sobre la ciudad, la gente que ves vive en soledad". Estrofa de una canción de "Sui generis" que acompañaba a encarar la jornada. "…desde mi ventana veo el verde tapiz", así era, desde mi ventana veía el verde fondo de mi casa que correspondía al glauco frente de la casa de Daniel. Los rayos solares bañaban la cama de Indara e invitaban a ser recibidos con la alegría que me provocaba un verano incipiente. Me dispuse para que el día transcurriera normalmente y que fuera lo que fuera, que pasara lo que pasara sin ninguna movida estratégica de mis piezas. Tendí las camas, lavé la vajilla, lavé algo de mi ropa y llegado el mediodía salí para la casa de mi abuela Olga. De lunes a viernes era en su casa en donde Indara y yo almorzábamos. Cómo las comidas de la abuela no había, esos churrascos jugosos que sólo a ella le quedaban así, Mmm, los tucos con el condimento justo. No sé, sus preparaciones se apreciaban con todos los sentidos. Después del almuerzo, volví a casa, donde me habré entretenido en alguna actividad. Más tarde, me duché tal como acostumbraba hacer todas las tardes en verano. Supongo que me reuní con mis amigos del barrio y entre ellos me encontré con Daniel. No me salió, ni aunque hubiera querido fingir, comportarme con Daniel de la misma forma que lo hacía antes de conocer a José. No sé si él lo advirtió, de todas formas ninguno de los dos éramos muy demostrativos de nuestros sentimientos para con el otro. Cerca de las nueve de la noche, retorné a casa. Mamá estaba preparando algo para comer. Nos sentamos a cenar y en medio de este ritual gastronómico, sonó el timbre. Pensamos que podía ser mi padre. Me levanté para abrir la puerta. Para mi sorpresa, quien estaba afuera de mi casa era Gabriel.
·         Hola. ¿Cómo andás? - saludé.
·         Bien. ¿Vos? - respondió a mi saludo - ¿Qué hacías?
·        Nada, estaba terminando de cenar - le dije y me quedé esperando averiguar por qué se había aparecido inesperadamente en mi casa.
·         Pero… ¿Podés salir un ratito? - me preguntó.
·         Si. ¿Qué pasa? - pregunté para poner fin a mi intriga.
·         Está José abajo - me dijo en voz bien baja para que sólo yo escuchara.
·         Ah, esperá un segundo - pude decirle antes de que las mariposas que comenzaban a revolotear en mi vientre me pusieran más nerviosa de lo que me puse al oír que José me estaba esperando.
Las mariposas me hacían cosquillas, me produjeron una mezcla de ansiedad y alegría. No tenía ni la menor idea de qué le iba decir a mi madre para poder salir.
·         Mamá, salgo un momento que está Gabriel afuera - le dije.
·         ¿Gabriel? - preguntó dado que no lo conocía.
·         Si, Gabriel, un amigo de Tania - puntualicé - Pasá Gabriel.
Gabriel entró y así se lo presenté a mi madre.
·         Bueno, bajo.  ¿Ta? - afirmé con un dejo de pregunta.
·         ¿No vas a terminar de comer? - preguntó mi madre.
·         Cuando vuelva termino - respondí.
Gabriel y yo salimos. Gabriel se había convertido en un emisario de los ángeles que estaban de mi lado esa noche.
·         ¿Qué hace José acá? - le pregunté al mensajero.
·         ¡Como si vos no supieras qué hace acá! - me respondió mofándose de mi estúpida pregunta con conocida respuesta - Vino a buscarte. Pasó primero por mi casa y me pidió que te pasara a buscar - me terminó de aclarar.
Yo que ya estaba poco menos que volando, me sentí un poco más cerca del cielo al acercarme al suelo que pisaba José. Cuando lo vi, mi corazón casi se escapa por mi boca. Estaba tan apetecible como cuando lo conocí. Había viajado en su bicicleta
·         Hola - lo saludé con un beso en la mejilla.
·         ¿Todo bien? - saludó él.
·         Si, bien - aseveré.
·     ¿Vamos a lo de Gabriel? - inquirió sabiendo que allí, donde estábamos, no podríamos estar tranquilos debido a "los moros en la costa" que podrían rondar el área.
·         Bueno, si querés, podés dejar la bici en casa - le sugerí.
Él aceptó subir el vehículo y me esperó afuera. Al entrar a casa, mi madre e Indara todavía estaban sentadas a la mesa.
·         Ma, voy dejar esta bicicleta acá - le dije a mamá.
·         ¿De quién es? - preguntó ella.
·         Es de José, un amigo - dije - La dejo acá porque vamos para lo de Tania.
Salí nuevamente y los tres partimos para las viviendas contiguas. Una vez allí, llamamos a Tania mediante el portero eléctrico. Tania bajó y permanecimos conversando por un corto lapso. Mi amiga me miraba y se reía. Llegado un momento, José y yo nos apartamos. Nos refugiamos del mundo en la semi oscuridad que bañaba el costado del edificio de Tania. José se apoyó en la pared y yo me paré frente a él. Casi enseguida, comenzamos a besarnos de la misma forma en que lo hicimos cuando nos conocimos. El mismo agrado que me había cubierto aquel día, volvió a hacerlo al juntar mi cuerpo al de José.
·         Que linda que estás - me dijo y me derretí. Mi nariz se estaba pelando debido al efecto del sol y eso me parecía atractivo. Me sentí hermosa al escuchar esas palabras regaladas por José.
·         No pensé que nos volveríamos a ver - le dije.
·         Yo quería volver a verte - aseguró.
·         Si, yo también, pero pensé que todo había quedado sólo en lo que pasó la noche que nos conocimos - le conté.
·         ¿Seguís con tu novio? - preguntó.
·         Todavía no le dije nada - respondí.
·         ¿Vas a terminar con él? - continuó preguntando.
·         Eso es lo que creo - le dije embobada con él, tonta con sus besos, idiotizada por sus manos que me rodeaban.
Tanto agrado me hizo convencer de que, Daniel debería quedar atrás para dejar ingresar a un José que hacía temblar el piso en el que me apoyaba. Me enteré que José, además de estudiar, trabajaba en un reparto de productos chacinados. Vivía con sus padres en el barrio de la "Curva de Maroñas". Era muy compinche de Javier y bastante amigo de Gabriel y "El Oso". Me resultaba un tipo simple, humilde, sin rebusques, que se mostraba tal cual era y que tal cual era me encantaba. Entre tanto encanto, llegó la hora en que me pareció conveniente retornar a mi casa. Nos despedimos de Gabriel y Tania, y luego rumbeamos hacia mi morada. Caminamos separados, ninguna actitud nuestra denotaba que podríamos ser algo más que simples conocidos. Llegamos hasta la escalera de mi edificio y en el ambiente se respiraba demasiada tranquilidad para una noche tan cálida. Luego de bajar su vehículo, nos despedimos con un tímido beso y quedamos en que me llamaría.
Mis segundos transcurrían y José se adhería a mis sueños, a mis fantasías, hasta mis pesadillas disfrutaba si él estaba en ellas. Mi mundo ideal, en aquel momento, no era posible imaginarlo sin él.
Al otro día de nochecita, fui para la casa de Beatriz. Allí estaba la barra con la que siempre me juntaba para entretenernos en los ratos de ocio. Daniel también estaba allí, pero además de él, también estaba Jessie. No me gustaba nada la presencia de la chica allí, pero nada podía hacer. Saludé con un 'hola' general. No me involucré demasiado en lo que estaban haciendo, mi mente estaba muy lejos de allí. Pero no tan lejos como para no percibir que entre Daniel y su ex-novia se suscitaron miradas y risitas que me molestaron. Bueno, nada nuevo, ella nunca dejó de sobrevolar el área, así que de alguna manera lo que se estaba dando podría haber sido previsible. Pasó un rato y me aburrí. Saludé y salí con destino a mi casa. Guillermo salió conmigo y me acompañó.
·         ¿Qué te pasa? - me preguntó.
·         Nada, que voy a terminar con Daniel - le respondí.
·         Pero… ¿Por qué? - continuó indagando.
·         Porque vos viste como estaba con Jessie - le dije.
·         Si, pero no hizo nada, sólo conversaban - dijo.
·         Si, bueno pero no da para más - aclaré.
·         ¿Estás segura que no pasa nada más? - investigaba como si conociera la razón subyacente.
·         Si, hay algo más - confesé.
·         A ver… ¿Qué es? - me preguntó con una sonrisa.
·         Conocí a otra persona - dije con vergüenza.
·     ¡Noooo! - me dijo llevándose las manos a la cara. Parecía entre sorprendido y apesadumbrado. - Ya me parecía que algo de eso había. ¿Qué vas a hacer? - siguió inquiriendo.
·         Ya te dije, terminar con Daniel - dije.
·         ¿Quién es el otro? - preguntó.
·         No lo conocés, lo conocí en un cumpleaños - le comenté.
·         ¿Ya estás saliendo con él? - continuaba la indagatoria.
·         Si - afirmé.
·         ¿Vas a seguir con él? - una pregunta más.
·         Por ahora sí - confirmé.
·         Bueno, ta - dijo como resignado.
Bueno, me voy, chau - lo saludé con un beso




No hay comentarios:

Publicar un comentario