2/4/16

CAPÍTULO XIV. SEE YOU LATER JOSÉGATOR.


El verano estaba cada vez más cerca. José se acercaba también cada vez más a mi vida. No sé si hablé con Daniel para aclarar las cosas. Por cierto, nunca le dije nada acerca de José. Daniel casi enseguida volvió con Jessie y yo seguí por mi lado.
José continuó pasándome a buscar y salíamos casi siempre junto con Tania, Javier, Gabriel y otros chicos amigos de ellos. Nos divertíamos a más no poder. Una noche, íbamos hacia la rambla y antes de llegar nos detuvimos en las canteras cerca del "Molino de Pérez". José y yo quedamos rezagados. Nos sentamos en una loma cubierta por un tierno y verde césped. Allí comenzamos a besarnos con la oscuridad como aliada. La forma que tenía José de besar era algo más que sensual, mi piel temblaba cada vez que él la rozaba. Entre besos y abrazos mi mente voló, me imaginaba recostada sobre mi espalda y José casi encima de mí besándome apasionadamente. Dentro de mis jóvenes quince años y hasta ese entonces, aquel fue el pensamiento más erótico que tuve. Pero mi mente fue más lejos de lo que en efecto pasó. Después de unos minutos, nos levantamos y continuamos nuestro camino.
José fumaba. Yo nunca antes había besado a alguien que tuviera ese desagradable vicio. Pero en la boca de José, el gusto a tabaco se transformaba en miel.
Yo pasaría a cuarto año de liceo y me tocaba recibir la bandera de los Treinta y Tres Orientales. Esa tarde el calor abrumaba, no daban ganas de vestir uniforme liceal, pero la ocasión obligaba. Mi amiga Gabriela sería escolta del Pabellón Nacional. Mi madre iba a presenciar el acto, también iban a estar allí Gabriel, "El Oso" y José. Cuando me nombraron y pasé a recibir la bandera además de aplausos, escuche las ovaciones de mis amigos.
·         ¡Bien Dieva! - gritaron y me subió toda la vergüenza al cerebro.
Al finalizar el acto, me reuní con mi madre. Íbamos bajando las escaleras y nos encontramos con mis amigos. Los saludamos y le presenté a José a mi madre. Claro que seguía siendo un "amigo" y como tal lo saludé. Mi madre se adelantó y yo me quedé unos segundos charlando con José camuflado de amigo.
·         ¿Nos vemos después? - preguntó él.
·         Si, nos vemos - asentí.
Tal cual quedamos, más tarde nos vimos. José vino en su bicicleta y yo la entré a mi casa. Antes de salir, crucé unas palabras con mamá.
·         Ma, salgo un rato - le dije.
·         Bueno - dijo ella.
·         Ah, una cosa, mirá que José no es sólo mi amigo - confesé.
·         Si, ya me di cuenta - aseveró riéndose.
·         Bueno, chau - así se aclararon las cosas y yo volé sin querer seguir hablando del tema.
Íbamos caminando uno al lado del otro, cuando veo que va llegando mi padre. Ahí si que mi corazón se acercó a mi boca. Nada, seguimos caminando y nos topamos con él.
·         Hola. ¿Cómo andás? - lo saludé con un beso.
·         Bien. ¿Vos? - respondió mi padre.
·         Bien. Él es José - así lo presenté.
·         ¿Qué tal como le va? - saludó mi padre y se dieron la mano.
·         Bueno, yo vuelvo en un rato, nos vemos - me despedí y seguimos hacia no sé dónde.
No sé dónde disfrutamos estando juntos, no importa dónde pasamos bárbaro, quién sabe dónde cada vez pasaba mejor con José. Antes de decirnos adiós hasta el próximo encuentro, nos detuvimos en la oscuridad que bañaba un pasaje cercano a mi casa. Esta vez fue a mi espalda a la que le tocó recostarse contra la pared. Nos besamos durante unos minutos y en eso sentí la mano de José acariciando mis pechos. Aquella sensación si que era nueva, nadie antes se había atrevido a tanto. Todo se dio tan naturalmente, nunca mejor aplicado el dicho "una cosa llevó a la otra". El momento pareció prolongarse eternamente. Definitivamente José me acercaba cada vez más al cielo, al paraíso, me transportaba a un lugar donde lo que existía a mi alrededor se desvanecía, sólo contaba lo que yo estaba sintiendo con la mano de aquel ángel que jugueteaba en mi pecho. No lo detuve, el placer me lo impedía. Se detuvo sólo, tan inesperadamente como había comenzado. Nos despedimos hasta más ver, hasta más tocar, hasta más… Sorpresas.
Con el paso de los días, comencé a conocer más a José. Le gustaban extremadamente las cumbias. Tomaba mate dulce. Él era dulce y a veces se salaba. Fumaba y fumaba. Se llevaba bien con mi hermana. Seguía siendo un tipo simple, lindo, agradable.
Una tarde, José y yo fuimos hasta la casa de mi abuela. Le presenté a José y la abuela se fascinó con él. Nos hizo pasar. Le mostró orgullosa el pesebre armado por ella. El dulce hasta parecía interesado en aquella representación inerte. Mi abuela se convirtió en fanática de José. Tan devota del chico llegó a ser que, un día se atrevió a solicitarle a mi amiga Alejandra que me aconsejara para que yo no fuera a dejar a José.
·         ¡Es tan bueno con Indara! - le dijo a Ale - Pero no le cuentes nada a Dieva.
¿Cómo? ¡Qué ingenuidad pensar que Ale no me fuera a contar! Era una de mis mejores amigas, por supuesto que lo primero que hizo fue contarme. Ale y yo nos morimos de risa ante semejante petición por parte de la abuela. Entre Alejandra y yo existía un vínculo muy especial. Nos conocíamos desde que teníamos por lo menos cinco años. Sabíamos casi todo la una acerca de la otra, nos confiábamos todo a ciegas. Teníamos un código privado de comunicación. Juntas nos reíamos tanto que parecía que la vida la dejábamos en una carcajada. Alejandra era una chica inteligente. Pasamos muchas cosas juntas, momentos felices y de los amargos también. Éramos realmente amigas.
Hablando con José en una oportunidad, salió el tema de cómo Gabriel, "El Oso" y yo nos habíamos conocido. Le conté todo, y cuando llegué a contarle la anécdota del cartel y la sangre de "El Oso" en mi cara, me sorprendí con el comentario de José.
·         ¡Así que vos eras la chica de la sangre! - exclamó él como si ya conociera la historia.
·         Si, pero… ¿Cómo la de la sangre? - le pregunté.
·         Nada, porque "El Oso" le contó a casi toda la clase, ese cuento de que le había manchado la cara con sangre a una chica - me contó - Pero casi nadie le creyó.
·         Ah, mirá vos - dije y me conformó la idea de la importancia y la trascendencia que había tenido la historia. Se había regado al mejor estilo de una leyenda urbana.
·         Después que supo que yo estaba contigo, como que se enojó conmigo - acotó - ¡Con razón! - concluyó y no le di importancia.
Las visitas de José eran cada vez más asiduas. El verano de la mano de las vacaciones se prestaba para ello, para visitar, para enamorar y enamorarse. Yo vivía enamorada de la vida, de las oportunidades que ella ponía ante mí, de las posibilidades que me brindaba de comenzar a explorar mi adolescencia acompañada y dejándome acompañar. Vivía cada momento tan intensamente como podía. No me atormentaba el pasado, tampoco me preocupaba el futuro. El pasado ya había sido pisado, excepto por una vaga huella de Ricardo que cada vez se esfumaba más. El futuro no existía.
José y yo nos adueñábamos de las tardecitas, de las noches, de las madrugadas y de los amaneceres. Una de esas auroras, regresábamos de algún lugar y, después de despedirnos de nuestros amigos, nos quedamos sentados frente al edificio de Tania. Después de un momento de besos, José se atrevió a seguir explorando mi cuerpo, ayudándome a explorar nuevas emociones. Su mano comenzó a subir por una de mis piernas, parecía ser que mi pecho era capítulo ya leído. Yo seguía sorprendiéndome, mis pulsaciones definitivamente iban en aumento. Nuestras lenguas entreveradas y su mano acariciándome, siguió subiendo hasta casi toparse con mi prenda interior. Mi éxtasis era total, disfrutaba cada movimiento de su mano que me acercaba a una dimensión que comenzaba a conocer y que me estaba matando de placer. Igual que las veces anteriores, no lo detuve, no pude. Él sabía como manejar la situación, manejaba muy bien los tiempos, preparaba bien el campo. Se detuvo en el momento que quiso y yo quería más, pero obviamente de eso no le dije nada. Él manejaba las riendas y yo obedecía. Hasta ahí llegamos.
Las fiestas se acercaban y mi vida era una fiesta. Mi relación con José llevaría unas tres semanas de intenso contacto. Fue por esa época cuando, inesperadamente, la vida presentó nuevamente a Flavio ante mí y a mí ante él. Como ya conté me embelesé con él, me fui al carajo, mandé todo al carajo. No me importó nada y tuve la brillante idea de llamarlo por teléfono. Después de hablar con él, más interesante se me hizo, más me atrajo, más quería conocerlo. De ahí en más, José comenzó a perder brillo ante mis ojos. No sentía el mismo sabor en sus besos. La figura de Flavio se agrandaba en mi mente y la de José perdía dimensión.
Alejandra, Andrea, la hermana de Ale que tendría como dieciocho años, José y yo fuimos al "Parque Rivera" una tarde. Yo me comporté de una forma muy antipática, fui más que descortés con José. No le presté atención en todo el rato que compartimos. Me dediqué a hablar en nuestro código con Ale, nos reíamos en nuestro idioma y muy lejos estuvieron ellos de comprendernos. Si no hubiera sido por Andrea que hablaba con José, el pobre hubiera estado pintado. Ellos intercambiaban información. Si el momento hubiera sido otro, hasta celos habría sentido, pero…No pude haber estado más lejos de sentir celos. Muy mal estuve, supongo que buscaba que él perdiera interés en mí tal como yo lo estaba perdiendo en él. Nada, sólo le presté atención a Ale. Cuando volvíamos a mi casa, se nos unieron Tania y Gabriel. Una vez en casa, nos pusimos a escuchar música. Yo sintonicé emisora "Del Sol" y al rato José movió el dial para una radio que transmitía cumbias. Eso me ofuscó, las cumbias me desagradaban al máximo. Mi cara tomó una expresión desagradable. Volví a cambiar de emisora.
·         Dale, dejame escuchar la otra radio - me pidió José.
·         Vos sabés que las cumbias me superan - le dije.
·         Sólo un ratito - suplicó.
En eso sonó el teléfono y atendí. No recuerdo quien era que llamó. Mientras yo hablaba, José se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y en una tiernísima actitud intentó besar mi boca. Las riendas habían pasado ahora a mis manos. Esquivé su beso y él me quedó mirando sin entender qué pasaba. Terminé de hablar, colgué el teléfono y me apoyé contra la pared mirando, sin prestar la más mínima atención a lo que quienes estaban alrededor hacían. José se acercó nuevamente.
·         ¿Qué te pasa? - me preguntó.
·         Nada - dije apenas y esquivando esta vez su mirada.
Me abrazó y me dejé abrazar. Ya no me pasaba casi nada con José, no me recorría el mismo agrado de los días anteriores. Flavio sobrevolaba mi cabeza.
Pasaban los días y yo seguí hablando con Flavio. Un día, nos encontramos y después de eso José quedó guardado en un recóndito rincón de mi mente, de mi corazón y de mi piel. Flavio pasó a ocupar todo mi ser. Éramos tan compatibles, nos sentíamos tan bien juntos.
Llegó Nochebuena. Ese día antes que la noche desplegara su velo, íbamos a visitar a mi abuela Renée. Estando en su casa, una idea se introdujo en mi mente.
- Abuela, me gustaría que le dijeras a Silvia que, yo quiero ser la madrina de su primer hijo – desplegué mi pensamiento.
Silvia es mi prima mayor, la cual se había casado ese mismo año.
- Bueno, como no m’ija, yo le digo – confirmó mi abuela.
Y ese deseo quedó flotando en el aire.
Como todos los años anteriores, mi familia iría a pasar estas fiestas junto con mi abuela Olga y mi tío Elio. En el barrio predominaba el alboroto. Gente que iba y que venía acarreando bebidas, comida, fuegos artificiales. La alegría que se respiraba en el ambiente era adictiva. Cenamos en lo de la abuela, intercambiamos regalos, disfrutamos del espectáculo de pirotecnia que se plasmaba en el cielo exactamente a medianoche y así se consumió la Nochebuena para dar paso a la Navidad. A mí me interesaba un tanto más la madrugada, cuando podría reunirme con mis amigos. Nos encontraríamos con José en la casa de Tania. Iba camino a la casa de mi amiga, cuando lo divisé casi llamando al portero eléctrico. Me pareció linda su imagen en la distancia, tan lindo como la primera vez que lo vi. Me provocaba abrazarlo.
·         ¡José! - le grité para que me esperara antes de subir.
Me precipité a correr hacia él impulsada quien sabe por qué catalizador. Recuerdo haberme sentido como protagonizando un comercial televisivo de gente enamorada. La estrofas del comercial de “Coca Cola” que cantaba Robin Beck resonaban en mi mente:




First time, first love

Oh what feeling is this
Electricity flows
With the very first kiss
Like a break in the clouds
And the first ray of sun
I can feel it inside
Something new has begun
And it's taking control
Of my body and mind
It began when I heard I love you

For the very first time
For the very first time

This life, this love
All the sweetness I feel
So mysterious yet
So incredibly real
It's an uncharted scene
It's an unopened door
But you gotta reach out
And you gotta explore
Even though you're not sure
Till the moment arrives
There he is and you know you're in love

For the very first time
For the very first time

And baby when I met you
Every feeling I had was new
I don't think there are words
To describe the sensation

It's an uncharted scene
It's an unopened door
But you gotta reach out
And you gotta explore
And when something happens
That words can't define
Only then do you know you're in love

For the very first time
For the very first time
For the very first time


Primera vez, primer amor
Oh que sentimiento es este
Chorros de electricidad
Con el primer beso
Como una rotura en las nubes
Y el primer rayo de sol
Puedo sentirlo dentro
Algo nuevo ha empezado
Y está tomando el control
De mi cuerpo y mi mente
Empezó cuando oí te quiero

Es la primera vez
Es la primera vez

Esta vida, este amor
Todo la dulzura que siento
Tan misteriosa todavía
Tan increíblemente real
Es una desconocida escena
Es una puerta sin abrir
Pero consigues alcanzarla
Y consigues explorarla
Incluso aunque no estés seguro
Hasta que llega el momento
Él está allí y sabes que estás enamorado

Es la primera vez
Es la primera vez

Y, baby cuando te encontré 
Cada sentimiento que tuve fue nuevo
Creo que no hay palabras
Para describir la sensación

Es una escena desconocida
Es una puerta sin abrir
Pero consigues alcanzarla
Y consigues explorarla
Y cuando algo ocurre
No hay palabras que puedan definirlo
Sólo entonces sabes que estás enamorado

Es la primera vez
Es la primera vez
Es la primera vez
Sin embargo, yo ya estaba a años luz de estar enamorada de José, pero fue un instante de arrebato. Al llegar a él, lo abracé y le di un beso en la boca. Subimos juntos y arriba estaban Tania, Gabriel, "El Oso" y otra gente. Al saludar a "El Oso", noté que no me dio casi bolilla. Al poco rato, llegó Agustina, una chica que conocíamos del barrio e iba al mismo liceo que nosotros. Era una simple conocida, no llegaba a poder ser considerada amiga. Agustina tenía catorce años, era delgada, tenía un cabello lacio y castaño hermoso, era linda, demasiado confianzuda para mi gusto, pero la soportábamos sin mucho esfuerzo. Le presenté a José, dado que ni idea tenía ella de quien era mi novio actual. Noté que el caramelo la endulzó. Eso me molestó un poco, aunque a mí la golosina ya no me acaramelaba. Tomamos unos tragos de cerveza. Yo le hablaba a "El Oso" y su indiferencia me cortaba. No me explicaba qué lo movía a actuar así. Después de unos cuantos sorbos más de cerveza, me comencé a alegrar más de lo que ya estaba. Fingí una ebriedad que no era tal, un poco mareada sí estaba, pero era perfectamente consciente de todos mis actos. Simulé no controlar mi equilibrio, así como tampoco las idioteces que decía. Tania y yo moríamos de risa. Lo idiota que me puse no fue tanto como para no percibir que Agustina, aprovechando mi desinterés, se convirtió en un tiburón dispuesto a devorarse la tierna carne de José. Toda la madrugada lo atacó, pero él no dejó que le hiciera mella. Mientras tanto "El Oso" seguía sin prestarme atención. Entramos con Tania al baño a seguir riéndonos.



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