11/4/16

CAPÍTULO XV. ¿LA LUMINOSIDAD ES EL LÍMITE?.


·         Agustina es una imbécil - dije con bronca.
·         ¿Qué pasó? - preguntó Tania.
·         Hace rato que está re cargando a José - dije - Como si yo fuera estúpida.
Salimos del baño y me topé con "El Oso" que estaba sentado a la mesa. Ahí lo encaré.
·         ¿Qué te pasa conmigo? - le pregunté - ¿Por qué no me hablás?
Me miró con un desprecio que me traspasó. Esos divinos ojos grisáceos que, otrora, parecían irradiar cariño, despidieron un veneno que por poco no me intoxicó.
·         Nada - dijo más seco que el desierto de Atacama.
·         Dale, decime - intenté suavizar la situación y le dije alguna otra estupidez para que se riera.
Nada, seguía tan parco como estaba. No se le movió un pelo. Ahí vinieron a mi mente las palabras de José: " Después que supo que yo estaba contigo como que se enojó conmigo. ¡Con razón!". Se me ocurrió que pudo haberle molestado mi relación con su amigo. Nunca pude demostrar esa hipótesis. Toda la madrugada me cortó el rostro. Dado mi rebote, decidí marcar mi territorio y prestarle un poco de atención a quien sí me correspondía más de lo que me merecía. Me zambullí en el sofá al lado de José y me acurruqué contra él buscando su abrazo. Me abrazó y busqué su boca con la mía en un intento desesperado para que Agustina lo notara. Él respondió a todas mis arremetidas, como si supiera mi objetivo y también tratando de que la vampiresa dejara de acosarlo. Descansé un rato en el pecho de mi aliado y percibí que el amanecer no iba a tardar en hacerse presente.
·         ¿Vamos? - le propuse a José.
·         Bueno - aceptó él.
Me incorporé y la cabeza me dio un poco vueltas. Trastabillé al dar un paso, Agustina lo notó e intentó ayudarme.
·         ¡Dejame! - le dije con desprecio y se alejó enseguida.
·         ¿No querés que te acompañe? - me sugirió.
·         No, dejá que me voy con José - contesté.
Salimos de la casa de Tania y cuando estábamos bajando las escaleras, volví a aparentar un mareo para caer en los brazos de José. No sé que perseguía con aquel comportamiento estúpido, hacerme la artista para llamarle la atención, realmente no necesitaba hacerme pasar por borracha para conseguirlo. José aguantó mi peso contra su cuerpo.
·         No, dejame que puedo sola - le dije.
·         Vení que te vas a caer - me dijo riéndose.
Y así seguimos bajando abrazados. Recorrimos el camino que conducía a mi casa y al llegar a la escalera nos detuvimos. Ya se podía distinguir lo celeste que estaba el cielo. La claridad del alba me habilitó para observar nítidamente el rostro de José. A pesar de ser tan lindo, tan tierno, tan tantas cosas, ya no me sobraban las ganas de abrazarlo, tampoco derrochaba voluntad para besarlo. Mi entusiasmo hacia él había mermado de una manera que, hubiera parecido incomprensible si, en mis subterráneos mentales no se escondiera Flavio. José se acercó para besarme pero lo detuve.
·         ¿Qué pasa? - preguntó José.
·         Nada, que no estoy cómoda con nuestra relación - le contesté con tristeza.
·         Pero, vos me gustás, yo te quiero - me dijo dándome un sobre celeste.
·         Si, pero prefiero que la dejemos por acá - dije algo por el estilo.
Las palabras " Vos me gustás, yo te quiero" rebotaron contra las paredes de mi cráneo generando un eco que se tornó insoportable. No pudo haberme dicho nada más dulce. "Vos me gustás, yo te quiero", "Vos me gustás, yo te quieroooooo"… Y a mi boca no venían las palabras que contrarrestaran el "Vos me gustás, yo te quiero". Y así fue que me quedé sin palabras, apenas pude ordenar las letras para vocalizar un frío chau. José soltó el sobre en mi mano antes de que partiera con el corazón partido. Huí de la dolorosa escena. Ya en mi casa, abrí el sobre y extraje su contenido. Una postal navideña me sorprendió. Nunca me imaginé una actitud así que proviniera de él, una tarjeta de Navidad nunca, no iba con su estilo. Sin duda, era mucho más sensible de lo que aparentaba. Volví a sentirme el verdugo de la historia, quien mataba las ilusiones que iban cobrando alas. Pero este verdugo no era implacable, al contrario sufría mucho cada vez que ejecutaba una condena. Quedé devastada esa mañana, pero fui leal a mis sentimientos.
De a poquito José empezaba a dejar de dolerme, claro que todo esto propulsado por la presencia de Flavio en mi vida. No sé cuando habré dejado de dolerle yo a él, pero se me ocurre que no le dolí por mucho tiempo. Hubo un momento en que José volvió a mover mis sentimientos. Tania me comentó que se encontró con él y mi inquietud por saber qué habían hablado entró en ebullición.
·         ¿Mirá? ¿Cómo anda? - quise averiguar.
·         Bien, subió a casa y tomamos una Coca-Cola - respondió.
Una caldera de lata puesta al fuego era un poroto comparada a como reaccioné yo cuando me enteré del asunto del refresco que compartieron en los cuarteles de Tania. Los celos me dominaron por completo. Ella con José y en su casa. No, no pude concebirlo. Yo ya no estaba con él pero no me hacía a la idea de verlo con alguien que no fuera yo. Menos fraguaba en mi mente que ese alguien fuera mi amiga. Yo ya tenía bastante claro que, a ella José no le disgustaba en lo absoluto. Molesta era poco adjetivo para catalogar mi estado de ánimo, furiosa se acercaba más a lo que yo sentía.
·         ¿Por qué no me avisaste? - pregunté con rabia.
·         Él no quiso que te avisara - me respondió.
Era totalmente lógico que no quisiera invitarme a reunirme con ellos. Yo más desubicada no podía estar. ¿Qué pretendía? Que después de haber roto con él, encima me buscara para compartir un rato como amigos. Si, efectivamente eso era lo que yo pretendía. Se me olvidó que, José no era Gerardo. José tenía más claro que el agua como actuar para no quedar como suplicante ante un amor no correspondido.
·         ¡Noooo, claro, lo hicieron de gusto! - seguía disparando fuera del blanco. Los celos me cegaban - Reúnanse solos y dejen a Dieva afuera como una estúpida.
·         Pará, que no es así - trataba de calmarme Tania - ¿Querías que te avisara después de lo que pasó entre ustedes?
Ahí, una pizca de cordura me tomó por el brazo y me dio por analizar rápidamente lo que había acontecido. El puzzle encastró todas sus piezas armoniosamente. Tenía razón, me quedó clarísimo que no tenía ningún motivo para reaccionar como lo había hecho. Después de ese incidente, José continuó esfumándose de mis laberintos mentales.
Alguien parecía empezar a conocer los recovecos de mi cerebro. Flavio comenzaba a perfilarse como un compañero con intereses muy compatibles con los míos. A su lado, me sentía como un aprendiz. Me parecía que sus experiencias de vida eran bastante más vastas que las mías. En realidad, no me parecía sino que era un hecho que Flavio tenía mucho más juego en la cancha de la vida de lo que podría tener yo. Estaba bueno escucharlo hablar de las cosas que él conocía y de las que yo no tenía ni idea, me ayudaba a sumergir en un mundo nuevo. Era lindo pensar que me aguardaba un arco iris de vivencias a saborear.
Una noche, durante una de esas prolongadas conversaciones telefónicas que manteníamos con Flavio, se hicieron presentes unas palabras que nunca antes me habían sido dichas.
·         Te amo - me dijo y me descolocó.
·         Si, yo también te amo - me sorprendí diciendo una frase que tampoco antes la había dicho a nadie.
¿Amar? ¿En qué momento los "te quiero" dieron paso a un "te amo" que sonaba tan sincero? ¿Realmente daba el poco tiempo que hacía que nos conocíamos para considerar que nos amábamos? No creo, no sé, tal vez en ese instante si nos amábamos recíprocamente. De todas formas, fue hermosa la sensación de oír un "te amo" en el transcurso de nuestra etapa de completo enamoramiento. Los "te amo" se continuaron diciendo, tanto por parte de él como de mi parte.
El fin de año me encontró ilusionada con Flavio, feliz respecto a mi relación con él recién gestada. Ese 31 de diciembre, fuimos a pasarlo en casa de mi abuelo Juan. Mi abuelo otra persona adorable, un ídolo en mis sentimientos, un tipo inteligente, hospitalario, mi abuelo Juan. Nos adoraba a mi hermana y a mí. Pasamos un fin de año tranquilo. El ambiente de las fiestas en el barrio de mi abuelo, era muy diferente a lo que acontecía en nuestro barrio, hacía falta un poco de bullicio, sobraba la calma. Después de las doce de la noche, el tedio que abundaba me hizo extrañar el espíritu festivo, añoré estar con mis amigos, eché de menos a Flavio. Toda esa nostalgia me propulsó en dirección al teléfono.
·         Hola. ¡Feliz año nuevo! - reconocí la voz y saludé.
·         Dievi… ¿Qué hacés? - dijo Flavio.
·         Nada, acá en la casa de mi abuelo. ¿Vos cómo estás? - le pregunté.
·         Bien, todo bien - respondió.
·         Ésto acá es un embole que ni te imaginás - le comenté.
·         ¿Qué vas a hacer mañana? - preguntó.
·         No sé, supongo que nos quedaremos acá y más tarde iremos para mi casa - contesté.
·         Bueno, entonces nos vemos el martes. ¿Te parece? - sugirió.
·         Bueno, está bien - acepté - nos vemos entonces. Un beso.
·         Un beso - se despidió.
Mi relación con Flavio continuó tal y como previamente conté. Luego de la luminosidad y alegría de esos días, se vino la oscuridad y la infelicidad.







2 comentarios:

  1. Anónimo11/4/16

    DIE, DISFRUTO DE CADA UNA DE TUS ENTREGAS, ENTRE RISAS Y SUSPIROS. CUÁNTO AMOR!!

    ResponderEliminar
  2. Gracias! Mi disfrute es saber que llega de esa manera a ti.

    ResponderEliminar