Mi vida se
topó nuevamente con la de Roberto, unos días después del festejo de mi
cumpleaños. Yo llegaba del liceo y advertí que la madre del joven se dirigía a
hacer mandados. No tuve mejor idea que correr para saludarla. Intenté que el
encuentro pareciera casual.
- Hola. ¿Cómo le va? – saludé a la señora con un beso.
- Bien. ¿Y vos? – me preguntó.
- Muy bien – respondí.
- ¿Sabés que hoy es el cumpleaños de Robertito? – me informó y me empalagué con el dato.
- Ah, no sabía – contesté.
- Si, llamalo luego para saludarlo – sugirió.
Yo, embelesada
con saber que tenía otra oportunidad para contactarme con Roberto. Ella,
fascinada conmigo, se mandó varias veces cual Celestina. Me despedí de ella y
me fui a casa, donde ensayaría mi diálogo con el joven que captaba
poderosamente mi atención.
- Y así llamé para saludar a Roberto.
- Hola, soy Dieva. ¡Feliz cumpleaños! – saludé.
- Hola. ¡Que sorpresa! Gracias. – dijo él.
- ¿Cómo pasaste en mi cumpleaños? - pregunté.
- Bien. Disculpá que tuve que irme antes - dijo.
- Bueno, si te sentiste mal. Todo bien - dije - Un día de estos, paso por tu casa y te llevo el souvenir.
Yo buscaba cualquier excusa, por tonta que ésta fuera, para verlo en persona.
- Dale, genial. Te espero - expresó.
- Bueno, te dejo. Que pases lindo. Un beso - me despedí.
- Chau. Un beso - concluyó él.
A los pocos días, fui por la casa de Roberto. Él no estaba, por lo tanto le
dejé el souvenir a su madre.
Un día, yo estaba esperando un ómnibus en la parada frente a casa de Roberto.
De repente, lo veo aparecer. Estaba muy lindo, lo acompañaba una raqueta de
tenis y más apuesto se me hizo. Se acercó y me saludó con un beso.
- ¿Cómo estás? - preguntó.
- Bien. ¿Recibiste el souvenir? - pregunté.
- Si, muy lindo - dijo - El otro día, se me pasó, podía haberte dicho que pasaras por casa en mi cumpleaños.
- No importa, todo bien - dije mintiendo, nada hubiera querido más que esa invitación.
- Bueno, sigo. Nos vemos - se despidió con otro beso.
Después de ese día, dejé de pensar asiduamente en Roberto. Hasta que llegaron
los días previos al seis de enero de 1990. Tania estaba en casa y no sé cómo
salió el tema del chico en cuestión. Mi amiga me alentó a llamarlo y allá
marché yo rumbo al teléfono. ¡Que poco que costaba convencerme en ciertos
temas!
- Hola. ¿Roberto? - pregunté.
- Si, soy yo. ¿Quién habla? - inquirió.
- Dieva. ¿Cómo estás? - dije.
- Dieva. ¿Qué hacés? - dijo él.
- Acá, en casa con una amiga - le informé.
Divagamos un rato en nuestra charla, cuando una frase alertó mis hormonas.
- Tendrías que pasar por casa - dijo - A buscar un beso que tengo para vos debajo del árbol de Navidad.
- Jaja, que gracioso - dije medio nerviosa.
Hablamos algo más y nos despedimos. Yo colgué el teléfono casi levitando.
Esa fue la últimas vez que hablé
con él en forma bípeda.
Un par de
meses después de mi cumpleaños número quince, nos reuniríamos en casa de
Leticia para ver el video de mi fiesta. En el camino de ida me crucé con Diego
y Miguel.
- Hola. ¿Cómo andan? - saludé.
- ¿Qué hacés por acá? - me preguntaron.
- Vine a mostrar las fotos y el video de mi cumpleaños - respondí - Si quieren después pasen por la casa de Leticia.
- Bueno, capaz que nos vemos entonces - se despidieron.
Una vez
en casa de Leticia, comimos algo, miramos las fotos y ainda mais. Después de
unas horas sonó el portero eléctrico. Me alegré al saber que eran Diego y
Miguel. Subieron y se sentaron alrededor de la mesa. Yo busqué el álbum de
fotos y se lo entregué a Diego.
- Ahhh, primero a él - se burló Miguel ante el orden que impuse para ver las fotos.
Yo me reí
con un toque de vergüenza, pero me dio gusto que me relacionara con Diego. Era
como si algo de nuestra relación todavía permaneciera latente.
Los
sábados subsiguientes, los cumpleaños de quince fueron figurita repetida. En
cada fiesta me divertía hasta más no poder, me sentía libre, libre para bailar
con quien quisiera, libre para coquetear con el que se me antojara. No me
enganchaba con nadie, sólo seducía y disfrutaba hacerlo, disfrutaba sentir que
yo era atrayente para algún que otro chico. Llegaba a casa cerca de las seis de
la mañana, exhausta, caía como piedra en la cama. El domingo dormía hasta
pasado mediodía. ¡Que días aquellos!
La
libertad era mi valor fundamental, la independencia era mía…
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