26/2/16

CAPÍTULO X. COLOMBINAS DE 15 AÑOS.

Después de lo acontecido con Diego, tomé la decisión de permanecer sola por un tiempo, la opción de disfrutar mi adolescencia, mi libertad.
A mi libertad la continuaba coartando nadie más que yo misma. ¿Cómo? Permitiendo que el recuerdo de Ricardo siguiera jugando en mi mente. Una noche sabatina, decidimos salir a bailar con Magel, Marcelo y César. No pude tener mejor idea que sugerir ir a "Stones". Así rumbeamos hacia Carrasco. En las afueras del local se respiraba un aire demasiado adolescente. Quienes iban llegando no superaban los dieciocho años, cosa que a Magel y a Marcelo no les gustó mucho. Entonces nos fuimos de allí con destino al centro capitalino. Una vez allí, nos introdujimos en una discoteca que nada envidiaba a las que ya conocía. El lugar estaba al tope de gente, lo cual dificultaba moverse con comodidad. Cuando la música lenta inmiscuyó sus narices en el ambiente, Magel y Marcelo fueron a bailar. A César lo perdí de vista. Yo permanecí recostada a una pared sosteniendo los abrigos. Mi visión se difuminó en la nada, nada captaba mi atención, mi pensamiento no se situaba en aquel presente, al contrario, viajaba lejos de allí. Sorpresivamente, alguien logró bajarme a tierra. Un chico se paró frente a mí.
·         ¿Bailás? - me preguntó.
·         No – respondí.
·        Claro, le cuidás la ropa a otros y vos no te divertís – concluyó y me robó una sonrisa.
·         Puede ser – dije
De ahí en más el recuerdo de ese día se torna borroso, no evoco si bailé o no con quien me invitara, tampoco sé como concluyó la noche. Sólo tengo claro que parecía ser que cualquiera que no fuese Ricardo, perdía por goleada aún ante su recuerdo.
Llegó el mes de julio y con él se avecinaba mi cumpleaños número quince. Mi excitación por ese acontecimiento era total. Los preparativos marchaban viento en popa. Mis padres corrían con todos los gastos, vendieron un terreno que teníamos en la bellísima Cuchilla Alta para hacerles frente. Por aquellos días yo volví a vivir colgada de las nubes. Me sentía una Colombina, tan libre, con un vuelo tan ligero, con unas alas tan abiertas… 
Cerca de casa, donde mi tío Elio guardaba su auto, vivía un chico llamado Roberto. La madre de Roberto se enteró del festejo de mi cumpleaños, y le dejó entrever a mi tío el interés que tenía porque su hijo fuera invitado. El muchacho tenía un aire que lo hacía interesante, era atractivo, pero algo en él lo convertía en inalcanzable. Cuando mi tío me comentó lo de la posible invitación de Roberto, quedé fascinada con la idea y el chico se me hizo un paso menos inalcanzable. Un sobre llevaría su nombre.
Uno de los días que corrían, tocó ir a elegir la música. La persona encargada de musicalizar el evento se llamaba Gustavo, un ser extremamente amable y simpático. Yo pedí especialmente que los temas lentos no faltaran a la fiesta y solicité incluir "Hotel California".
El ansiado día llegó, un sábado 12 de agosto del año 1989. Una noche de invierno que más que invierno parecía primavera. Los nervios le ganaban a mi tranquilidad. Cuando entré en el salón lleno de gente que me esperaba, me sentí levitar, me pareció estar viviendo un sueño. Todos los allí presentes reclamaban mi atención, yo era el centro de atracción esa noche. Bailé con todos los que bailaron. Me dirigí a la mesa en la que estaba Roberto.
·         ¿Vienen a bailar? - pregunté.
·         Bueno, pero sólo si vos bailás con nosotros - pidió Roberto.
·         Si, dale - contesté volando más de lo que ya volaba.
No sé con qué argumento me hice la cabeza con aquel joven elegante. Toda la noche mis ilusiones estuvieron centradas en él. De repente, me salí de la ronda y fui a buscar a Diego, sí el mismo Diego de unos meses pasados, para atraerlo a bailar con nosotros. Creo que algo en mi debió delatar mi interés en Roberto.
·         ¿Quiénes son? - preguntó Diego haciendo referencia a Roberto y compañía.
·         Unos conocidos - le respondí.
·         ¿De tu barrio? - siguió Diego.
·         Si - contesté embelesada por tanto interés.
Diego seguía estando lindísimo, pero nada conseguía apartarme de mi centro de interés. Cuando la música lenta comenzó a escucharse, me senté a esperar. Y pude haber esperado así la noche entera. Al escuchar "Hotel California" me levanté y le pedí a mi primo César que bailara conmigo, aceptó, pero obviamente aquello era más aburrido que bailar con un hermano, igual disfruté de la canción. No pasó mucho tiempo cuando veo que Roberto y su amigo se acercan a mí.
·         Nosotros nos vamos - dijo Roberto tirándome el alma al piso.
·         ¿Qué pasó? - pregunté preocupada.
·         No me siento bien - respondió él y después nos despedimos.
Llegó el momento de cortar la torta y mientras sonaban las conocidas canciones para ese momento, de mis ojos se desprendió un mar de llanto, me emocioné sobremanera. En parte mis lágrimas se debían a la partida de Roberto, pero hasta ahora lloro emocionándome a mares en los cumpleaños de quince, al escuchar “Quince primaveras”. Cerca de las cinco de la mañana, todo había terminado. Disfruté mucho ese día.


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