Después de lo acontecido
con Diego, tomé la decisión de permanecer sola por un tiempo, la opción de
disfrutar mi adolescencia, mi libertad.
A mi libertad la
continuaba coartando nadie más que yo misma. ¿Cómo? Permitiendo que el recuerdo
de Ricardo siguiera jugando en mi mente. Una noche sabatina, decidimos salir a
bailar con Magel, Marcelo y César. No pude tener mejor idea que sugerir ir a
"Stones". Así rumbeamos hacia Carrasco. En las afueras del local se
respiraba un aire demasiado adolescente. Quienes iban llegando no superaban los
dieciocho años, cosa que a Magel y a Marcelo no les gustó mucho. Entonces nos
fuimos de allí con destino al centro capitalino. Una vez allí, nos introdujimos
en una discoteca que nada envidiaba a las que ya conocía. El lugar estaba al
tope de gente, lo cual dificultaba moverse con comodidad. Cuando la música
lenta inmiscuyó sus narices en el ambiente, Magel y Marcelo fueron a bailar. A
César lo perdí de vista. Yo permanecí recostada a una pared sosteniendo los
abrigos. Mi visión se difuminó en la nada, nada captaba mi atención, mi
pensamiento no se situaba en aquel presente, al contrario, viajaba lejos de
allí. Sorpresivamente, alguien logró bajarme a tierra. Un chico se paró frente
a mí.
·
¿Bailás? - me preguntó.
·
No – respondí.
· Claro, le cuidás la ropa a otros y vos no te divertís – concluyó y
me robó una sonrisa.
·
Puede ser – dije
De ahí en más el recuerdo de ese día
se torna borroso, no evoco si bailé o no con quien me invitara, tampoco sé como
concluyó la noche. Sólo tengo claro que parecía ser que cualquiera que no fuese
Ricardo, perdía por goleada aún ante su recuerdo.
Cerca de casa, donde mi
tío Elio guardaba su auto, vivía un chico llamado Roberto. La madre de Roberto
se enteró del festejo de mi cumpleaños, y le dejó entrever a mi tío el interés
que tenía porque su hijo fuera invitado. El muchacho tenía un aire que lo hacía
interesante, era atractivo, pero algo en él lo convertía en inalcanzable.
Cuando mi tío me comentó lo de la posible invitación de Roberto, quedé
fascinada con la idea y el chico se me hizo un paso menos inalcanzable. Un
sobre llevaría su nombre.
Uno de los días que
corrían, tocó ir a elegir la música. La persona encargada de musicalizar el evento
se llamaba Gustavo, un ser extremamente amable y simpático. Yo pedí
especialmente que los temas lentos no faltaran a la fiesta y solicité incluir
"Hotel California".
El ansiado día llegó, un
sábado 12 de agosto del año 1989. Una noche de invierno que más que invierno
parecía primavera. Los nervios le ganaban a mi tranquilidad. Cuando entré en el
salón lleno de gente que me esperaba, me sentí levitar, me pareció estar
viviendo un sueño. Todos los allí presentes reclamaban mi atención, yo era el
centro de atracción esa noche. Bailé con todos los que bailaron. Me dirigí a la
mesa en la que estaba Roberto.
·
¿Vienen a bailar? - pregunté.
·
Bueno, pero sólo si vos bailás con nosotros - pidió Roberto.
·
Si, dale - contesté volando más de lo que ya volaba.
No sé con qué argumento me
hice la cabeza con aquel joven elegante. Toda la noche mis ilusiones estuvieron
centradas en él. De repente, me salí de la ronda y fui a buscar a Diego, sí el
mismo Diego de unos meses pasados, para atraerlo a bailar con nosotros. Creo
que algo en mi debió delatar mi interés en Roberto.
·
¿Quiénes son? - preguntó Diego haciendo referencia a Roberto y
compañía.
·
Unos conocidos - le respondí.
·
¿De tu barrio? - siguió Diego.
·
Si - contesté embelesada por tanto interés.
Diego seguía estando lindísimo,
pero nada conseguía apartarme de mi centro de interés. Cuando la música lenta
comenzó a escucharse, me senté a esperar. Y pude haber esperado así la noche
entera. Al escuchar "Hotel California" me levanté y le pedí a mi
primo César que bailara conmigo, aceptó, pero obviamente aquello era más
aburrido que bailar con un hermano, igual disfruté de la canción. No pasó mucho
tiempo cuando veo que Roberto y su amigo se acercan a mí.
·
Nosotros nos vamos - dijo Roberto tirándome el alma al piso.
·
¿Qué pasó? - pregunté preocupada.
·
No me siento bien - respondió él y después nos despedimos.
Llegó el momento de cortar
la torta y mientras sonaban las conocidas canciones para ese momento, de mis
ojos se desprendió un mar de llanto, me emocioné sobremanera. En parte mis
lágrimas se debían a la partida de Roberto, pero hasta ahora lloro
emocionándome a mares en los cumpleaños de quince, al escuchar “Quince
primaveras”. Cerca de las cinco de la mañana, todo había terminado. Disfruté
mucho ese día.
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