19/2/16

CAPÍTULO IX. CAEN LAS HOJAS DE OTOÑO.

Miguel volvió a llamarme para salir un sábado de noche, pero sutilmente le dejé entrever que saldría con mi novio. Esa fue una mentira más grande que mi orgullo. Ricardo ni pensaría en mí aquel sábado, se me ocurre. Dejé a Miguel más pintado que un cuadro de Miró.
Vuelta a clases y, como siempre, los primeros días no teníamos demasiado para hacer. Le conté a Gaby acerca de mi "novio" y de como ese rubio entusiasmaba mis sentimientos. Ella se sorprendió, casi no pudo creer que su amiga, la estudiosa de Dieva hubiese pasado un verano tan agitado.
GABY
En el liceo Nº 19, al comenzar el segundo año de clases, una compañera llamó mi atención. Además de Alejandra, Tania y Leticia, yo no tenía más amigas, sí chicas conocidas, pero no amigas en quien confiar. Resulta que, una adolescente, de baja estatura, cabello negro muy enrulado, mejillas rellenas, sonrisa simpática, pareciéndose a una muñequita linda, con mucho maquillaje en su rostro, captó mi interés. La había escuchado participar oralmente en alguna que otra clase y me pareció una persona inteligente. En mi primer año de enseñanza secundaria, yo no había conocido compañeras demasiado sesudas, ni por demás estudiosas. Creo que estaba necesitando de alguien que me retara en mi inteligencia, en mi capacidad de comprensión, alguien con quien estudiar e intercambiar conocimientos varios, con quien reírme y hacer reír, en fin. Luego de un par de días, la chica se convirtió en mi objetivo como camarada de estudio y, ¿por qué no como amiga? Como afortunadamente a los amigos los elegimos, entonces decidí que ella terminaría siendo mi amiga y viceversa.
Durante una clase de Francés, la profesora estaba llamando, aleatoriamente, alumnos que pasaran al pizarrón. La chica objetivo estaba sentada un banco detrás de mí.
·       Carxxxna - dijo la profesora como solían llamarnos por el apellido.
La llamaba a ella. La docente le pidió que pasara a escribir la tercera persona en singular del verbo ser. Noté que no sabía realmente cual era la respuesta. Carxxxna se puso de pie, avanzó hacia el temible pedazo de madera pintado de negro y pasó a mi lado.
·       É - le susurré al paso.
Llegó al pizarrón, tomó la tiza y escribió: Il é. Me sentí sabionda, una bobada, pero así fue. La mano había sido dada, la primera movida estaba hecha. Después a esperar.
·       Gracias - dijo Carxxxna al volver a su asiento y yo me sonreí.
Y no esperé mucho. Sonó el timbré que indicaba la hora del recreo. No salí al patio, me quedé conversando con Carxxxna y otras compañeras. Su nombre era Gabriela, así comenzó nuestra amistad que se afianzó con el paso del tiempo. A partir de allí, nos comenzamos a sentar en el mismo banco, chequeábamos los ejercicios juntas, combinábamos para estudiar, sin darnos cuenta (o sí) competíamos por las notas, pero éramos un buen equipo. En los trabajos en grupo, siempre nos iba bien. En una palabra (y sin modestia aparte) Carxxxna-Larrosa, Larrosa-Carxxxna fueron las tragas de aquel segundo y tercer año. Si alguien tenía una duda, el referente con quien erradicarla, sin pasar por el docente, éramos nosotras. Recuerdo un día en un escrito de Física, el profesor se durmió durante la prueba, y ahí todo el mundo empezó a copiar del cuaderno de Gaby y del mío.
Nuestra relación trascendió el ámbito del liceo. Conocimos las familias de cada una. Cada vez que nos reuníamos para hacer algún trabajo, la mamá de Gaby cocinaba cosas deliciosas para degustar al momento que tomáramos un descanso. Nos divertíamos muchísimo, nos convertimos en inseparables.
Gaby tenía un aire de puritana. Atraía bastante a los chicos, en una votación informal que hicieron los varones de la clase, ella junto con otra compañera fueron elegidas como las más lindas. A Gabriela le causó gracia aquella estupidez de los inmaduros muchachos, pero no dejaba de ser un halago para su persona.
Bueno, ya contaba con una nueva amistad.


Llamé un par de veces a Ricardo, incluso él me dio el número de su abuela que, vivía cerca de mi liceo (eso me daba una excusa para invitarlo a que me pasara a buscar). Nunca se dio que me fuera a buscar, lo peor fue que nunca pintó verlo más, me aburrí de llamarlo sin encontrar mucho interés de su parte. Su alegato fue que, vivíamos muy lejos uno de otro. Quedó claro que le importó casi nada que él fuera el número uno para mí. Yo debo de haber sido un número más en sus historias de conquistas. ¡Qué lástima! A mí me dolió un montón, sufrí una gran desilusión. Ricardo acabó con la pizca de inocencia que me quedaba. Creía que aquella angustia no tendría fin, no sabía lo que una gran angustia podía llegar a ser. Claro que todas las angustias son relativas al momento que uno está viviendo. En marzo del '89 la ausencia de Ricardo fue la causante de la opresión en mi pecho que, no dejaba salir al pájaro de colores que, en libertad, era mi alegría.
Nuestra amistad con la familia de Leticia siguió viento en popa. Íbamos muy seguido a su casa. Una de esas veces, los chicos que estaban en el cumpleaños de Leticia, entre ellos Miguel, yacían debajo de la sombra reparadora de un edificio. Los miré, tratando que no advirtieran que estaban siendo por mí observados. Uno de ellos llamó particularmente mi atención. En ese momento, no podría haberlo descrito porque sólo le di una ojeada. Miguel se levantó, nos saludamos y después seguí hacia el edificio de Leticia. Al darles la espalda, dijeron alguna tontería que no recuerdo. Una vez en lo de Leticia, pude averiguar que el lindo que capturó mi mirada furtiva se llamaba Diego, tenía diecinueve años y era el manjar del complejo habitacional. Pasé unas horas en casa de mi amiga y luego ella me acompañaría a esperar el 112, mi ómnibus de vuelta (el cual tenía fama de ser muy diferente al tiempo, ya que el tiempo pasa). En el camino, nos encontramos con Miguel y la lindura de su amigo estaba junto a él. Cuando lo vi de cerca (a Diego, digo) faltó poco para que mi maxilar inferior se cayera y quedara boquiabierta. Realmente era un manjar, de pelo oscuro brilloso, semilargo, lacio, unos ojitos de caramelo para saborear de a poquito, era más bajo que yo, una cara de ángel, tenía una atractiva complexión corporal. Miguel se ofreció a acompañarnos hasta la parada y arrastró a su callado amigo con él. Durante el camino, pude comprobar que Diego no era tan callado, es más, tenía comentarios que me causaban mucha gracia, su humor dejaba entrever que era un tipo inteligente. Cuanto más hablaba más me atraía. No me atreví a mirarlo a los ojos hasta que llegamos a la parada, ahí no tuve más remedio ya que se paró frente a mí. Era casi divino, no se me cruzó por la cabeza que me prestara atención. Además, mi supuesta amiga me apalabró diciendo que él le estaba "arrastrando el ala". Mientras mi transporte no se divisaba, pude seguir endulzándome con el morocho que comenzaba a darle un poquito de alas al colorido pájaro que quería salir de mi pecho.
·       ¿Vos tenés una novia? - le pregunté a Miguel, intentando ser graciosa.
·       No - me contestó riéndose y eso me dio pie para lanzarle la pregunta a Diego.
·       ¿Y vos tenés una novia? - le inquirí al que realmente me importaba.
·       ¿Una? - preguntó sonriendo - No, no tengo una novia - aclaró para mi tranquilidad.
Seguimos hablando hasta que el inoportuno 112 apareció en la lejanía. Me despedí de ellos, con ganas de llevarme a Diego en un bolsillo. Seguí pensando en él por un rato, pero pronto se desvaneció de mis pensamientos debido a que no tenía, a mi entender, ninguna chance con él.
Un día 29, se planeó una comida en casa de Leticia. Como era 29 entonces, tradición obligaba, el menú sería ñoquis. Llegamos con mi familia y enseguida Leticia me comunicó que algún amigo de ella estaba cumpliendo años. Entonces, me invitó para que después de la cena fuéramos un rato a ese cumpleaños. A mí me dio un poco de vergüenza ir sin casi conocer a nadie, pero me mandé igual. No me arrepentí ni una pizca de haber aceptado. No me acuerdo de quién era el onomástico, si recuerdo clarísimo que estaba Miguel, algunos de los chicos que vi en la fiesta de Leticia y el durazno de la torta fue que Diego también asistió a la reunión. Al verlo, mis hormonas se armaron un cóctel delicioso. El dulce estaba a punto para ser degustado: su cabello me obnubiló, sus ojillos chinescos aflojaban mis piernas, un jean gastado y una remera roja satinada de equipo de fútbol, que le quedaba como pintada, completaban el cuadro. Cuando lo vi, agradecí a todas las deidades que me permitieran tener el sentido de la visión intacto. La reunión estaba por demás entretenida. Humo de cigarrillos se respiraba en el ambiente. El tema de conversación se desvió hacia los cilindros tóxicos. Y nació una pregunta que (después me enteraría) me vendió.
·       ¿Vos fumás? - le pregunté directamente a Diego.
·       No - me dijo con una sonrisa picaresca.
Me tuve que ir sin querer irme. Me fui casi que volando y el pájaro estuvo a punto de escaparse de mi tórax. Diego empezaba a carcomer mi cabeza sin que yo quisiera demasiado que eso pasara y no me permití generarme grandes expectativas.
La historia siguió su curso. Un viernes después del atardecer, yo tenía mi casa a entera disposición; un viernes...Viernes, me encantaba y me sigue encantando ese día de la semana, preludio de fin de semana, noche de reláx. El sonar del teléfono interrumpió la calma que sobrevolaba el ambiente. Levanté el tubo esperando que llamara cualquier persona menos la que respondió del otro lado.
·       Hola - contesté.
·       Hola. ¿Dieva? - dijo la linda voz.
·       Si, soy yo. ¿Quién habla? - dije casi sabiendo quien era.
·       Diego - respondió borrando de un plumazo el "casi".
Cómo había conseguido mi teléfono fue el pensamiento que fugazmente cruzó mi cabeza. Yo no se lo había dado. De última, lo importante es que fue una sorpresa agradable. El llamado de Diego no figuraba de ninguna forma en mis planes.
·       ¿Qué hacés? - le pregunté.
·       Quería saber si mañana querés salir conmigo - me dijo y me dejó desconcertada.
·       Pero…. ¿Vos no tenés una historia con Leticia? - me mandé al frente.
·       No. ¿De dónde sacaste eso? - me contestó con asombro.
·       Me lo dijo ella - no titubeé al responder y ahí prendí fuego a mi amiga.
·       Pero no, nada que ver - dijo riéndose y aclarándome el tergiversado asunto.
·       ¡Ah, bueno! ¡Ésta es la mía! - pensé para mí.
·       Bueno, pero vamos con Leticia y Miguel también - sugerí ya que me moría de vergüenza si tenía que salir a solas con el morocho.
·       Está bien, como quieras - aceptó sin objeciones - Entonces, mañana nos vemos ¿Cómo hacemos?
·       Mañana de tarde voy para la casa de Leticia. ¿Te parece? - dije.
·       Si, está bien, nos vemos mañana. Un beso - se despidió.
·       Hasta mañana. Un beso - saludé.
Después de eso, me quedé sonriendo al aire. Abrí mi pecho para liberar el pájaro y junto con él le di alas a mis ilusiones nuevamente. Salí de casa y bajé las escaleras en tres pasos, mis pies también parecieron cobrar alas. Fui a casa de mi abuela, a hacer no sé que cosa y cuando volví, mi casa ya no estaba sola. Mi padre había vuelto de trabajar y lo saludé contentísima.
·       ¿Sabés que me llamó Diego? - le dije sabiendo que no sabía.
·       ¡Otra vez ese estúpido! - dijo y me confundió por un instante.
·       ¡Pero no, estás entreverando las cosas! No dije Ricardo, te hablo de Diego el amigo de Leticia - le aclaré el panorama.
·       ¡Ah! Pensé que era el idiota ese de San Luis - expresó para contribuir a mi calma.
·       Me invitó a salir con él mañana - le planteé el juego para que me habilitara a jugarlo.
·       Me parece bien - y mi calma se completó.
Al poco rato, llamé a Leticia y le di la noticia de que el galán me había llamado. Se puso un tanto nerviosa cuando le pregunté por qué me había contado una historia que Diego desmintió. No supo qué, ni cómo responderme. Lo que más le preocupó fue el enterarse de que yo la había dejado mal parada con respecto a Diego. No me fue difícil imaginarme la vergüenza que estaba viviendo. La cosa quedó por ahí y pasamos a arreglar detalles para el día siguiente.
Cuando el sábado estaba bajando su telón de día y daba paso a un fresco atardecer, comencé a meter unas ropas, maquillaje y otras chucherías en una mochila y me apronté para salir. Una vez en casa de mi amiga, nos producimos para salir. Esa sería la primera vez que saldría a bailar a otra discoteca que no fuera "El Timón". Mi nerviosismo se incrementaba con el pasar de los segundos. Pollera negra que llegaba a mis tobillos, camisa blanca, saco gris de cashmere, unas zapatillas negras comodísimas que llamábamos "Chinas" debido a su origen, en mi cabello una bandana blanca con toques de color lila que era de Alejandra (otra amiga). Si había algo que nunca olvidaba, eso era el perfume, y por esa época usaba una fragancia con dejos muy cítricos, su nombre era "Alada" o algo parecido.
El olfato es uno de los sentidos que más estimula mi memoria, existen olores que asocio con determinados momentos de mi vida: olores de invierno, aromas de verano, fragancias de adolescencia y un poco más, esencias que me impulsan a evocar tiempos pasados no del todo pisados. Volviendo al tema, terminamos nuestro arreglo personal y bajamos para encontrarnos con Diego y Miguel. Nos saludamos y después decidimos donde ir. Mis sugerencias acerca de lugares donde ir a bailar fueron nulas, Montevideo un sábado de noche era algo casi desconocido para mí. Fuimos a "Kaia", en Rivera y Boulevard Artigas. Una larga fila de gente aguardaba para comprar el ticket de entrada, pasamos a formar parte de esa excitada multitud. Al ingresar, nos recibió un ambiente en el cual la vista y el oído tenían que esforzarse más de lo debido, una penumbra que se interrumpía con luces fugaces y la música que sonaba a altísimo volumen. Al principio, me sentí como sapo de otro pozo donde los únicos sapos conocidos eran Miguel, Leticia y Diego. Los cuatro bailamos juntos por un rato, después nos separamos. Leticia y Miguel se apartaron por un lado y Diego y yo nos fuimos por otro. Yo seguí al morocho, subimos una escalera y nos abrimos paso entre el confuso gentío para acceder a sentarnos en un banco recostado a una pared. Ahí intentamos, alzando nuestras voces, para superar el sonido de la música, averiguar un poco más el uno del otro.
·       ¿Con quién vivís? - le pregunté.
·       Con mi viejo y con mi hermana - respondió.
·       ¿Tu hermana es menor o mayor que vos? - seguí inquiriendo.
·       Es más chica que yo, se llama Verónica - creo que ese fue el nombre que me dijo.
Y a través del interrogatorio supe que su madre había muerto, que Diego estaba yendo a  Facultad de Química, que era hincha a muerte de Cerrito, le encantaba el fútbol, y algún que otro dato más sobre su historia y existencia.
·       ¿Qué te pusiste, unas ruedas de bicicleta? - bromeó tocando los aros que pendían de mis orejas.
·       Si, puede ser - le dije esbozando una sonrisa que ayudó a dibujar en mi rostro una expresión irónica que decía: ¡Que gracioso que sos!
La melodía lenta que comenzó a escucharse interrumpió nuestra charla. Creo que nosotros sabíamos que de un momento a otro eso tenía que suceder, es más estábamos deseosos porque eso pasara.
·       ¿Vamos? - dijo Diego invitándome a bailar con él.
·       Si - respondí.
Nos paramos y deshicimos el camino que nos había conducido hacia el banco. Una vez abajo, nos acercamos el uno al otro.
·       ¿Tenés tacos puestos? - dijo al notar que parada muy cerca de él yo le ganaba en estatura.
·       No - le dije sin asombro.
·       No te creo - dijo realmente no creyéndolo.
·       Te juro, tengo Chinas puestas - le afirmé mostrándole mi calzado.
·       Sos alta - dijo confirmándome algo que era evidente.
Diego se acercó más a mí y tomó con sus manos mi cintura, yo rodeé con mis brazos su cuello. Transcurrieron unos minutos durante los cuales seguimos conversando, luego él puso su cara frente a la mía, acercó su boca a mis labios y, sin palabras de por medio, nos besamos. Yo me encontraba prevenida, sabía que ese beso era inminente. Lindo beso. Seguido al beso, Diego me miró a los ojos.
·       ¿Estás llorando? - me preguntó.
·       No. ¿Qué decís? - le dije desconcertada.
·       Si, estás llorando - afirmó pasando su dedo por mi rostro.
·       Te digo que no - reafirmé.
Nunca me creyó y yo no lloré ni una gota esa noche. Después de un rato, salimos del local y vimos que en la acera de enfrente estaban Leticia y Miguel muy acaramelados ellos. Dimos unos pasos más y yo apoyé mi cuerpo contra un muro cerca de la esquina, Diego se pegó frente a mí. Hablamos, nos besamos, nos besamos, hablamos.
·       Te queda linda esa bandana - me dijo tocando mi cabello.
Yo no contesté, pero me hinché de vanidad. Lo observaba. Los ojos de Diego eran algo exquisito de contemplar, eran oscuramente chispeantes, el pelo, también oscuro, que caía sobre ellos los convertían en deliciosamente atractivos. Su cara era para enmarcarla y no dejar de mirarla.
·       Te queda bien por tu cerquillo - siguió diciendo aludiendo al pedazo de tela que cubría parte de mi cabeza. Mi vanidad pedía que los halagos continuaran saliendo de su dulce boca.
Al rato, nuestra compañía inicial apareció y el idilio se interrumpió. Decidimos volver al barrio del cual zarpamos. Diego y yo caminábamos unidos, abrazados como si nuestra relación fuera a perdurar por un largo lapso. Sin embargo, Leticia y Miguel no parecían demasiado interesados el uno en el otro. Al llegar al barrio, me despedí de Diego y subí a casa de Leticia. Ya era de día y me alisté para introducirme en un profundo sueño, pero antes intercambiamos unas palabras con mi amiga.
·       ¿Y qué tal todo con Diego? - preguntó Leticia.
·       Nada, todo bien, me gusta - respondí sin ahondar demasiado en el tema.

Analizando mi reciente relación con Diego, llegué a la conclusión de que algo faltaba, no sabía qué, pero algo no cerraba. El cansancio me pudo y me llevó a dormir.
Pasado el mediodía del domingo, me levanté y almorcé con la familia de mi amiga. A la tardecita, me reuní con Diego y seguimos conversando. Él era inteligente, gracioso, tierno, maduro, lindo, era agradable estar con él. Podía sentir que yo le gustaba al morocho cinco años mayor que yo y él me gustaba a mí. Estuvimos juntos durante un par de horas, después preparé mis bártulos para retornar a mi morada.
Días después, Diego me pasó a buscar a la salida del liceo, me esperaba en la parada del 112. Yo llegué acompañada por Tania, los presenté, luego ella quedó esperando el ómnibus y nosotros nos dirigimos hacia el centro. Caminamos tomados de la mano y yo le pedía a Diego que caminara lo más erguido que pudiera para que, al menos, aparentáramos ser de la misma altura. Al llegar al lugar donde se situaba "La Liguria", nos encaminamos hacia el sur rumbo a la placita entre el hospital Pasteur y la iglesia de San Agustín. Allí nos sentamos en un banco. En el ambiente podía respirarse el otoño, las hojas ya habían comenzado a desprenderse de los árboles, los tonos marrones, amarillos, rojizos eran los colores de aquel marzo que comenzaba a pasar de templado a fresco. Hablamos bastante, si había algo que me gustaba de Diego era que se podía conversar con él, le daba un toque interesante, maduro a cada tertulia. Al rato, nuestra charla se desvió hacia una anécdota acerca de un compañero de Diego. Resultó ser que la persona había conocido una chica y ahí Diego siguió relatando.
·       Después pasó lo que tenía que pasar - dijo Diego.
·       ¿Qué pasó? - pregunté yo sabiendo la respuesta.
·       Esto… - me contestó con un prolongado y profundo beso que yo disfruté como si hubiese salido de una novela romántica.
Diego era un erudito en lo que a besos se refería, no porque él hiciera alusión al tema, no, al contrario nunca hizo ningún alarde de su condición de buen besador, pero en cada unión de nuestras bocas se podía sentir su experiencia en el campo. Besos a un lado, seguimos conversando aunque de vez en cuando salpicábamos nuestra charla con algún sabroso beso que nos unía en un abrazo.
·       ¿Cómo se te ocurrió invitarme a salir? - le pregunté.
·       Yo ya te conocía del cumpleaños de Leticia - me contestó - Quería invitarte a bailar pero Miguel se me adelantó.
·       ¿Y después? - seguí interesada en el relato.
·       Después, el día del otro cumpleaños, Miguel y Álvaro me hicieron ver que yo te gustaba y me alentaron para que te llamara - continuó relatando.
·       ¿Y cómo se dieron cuenta? - pregunté.
·       Cuando me preguntaste si yo fumaba - dijo él.
·       Te juro que ni me di cuenta que resultara tan obvio que vos me gustabas - le aclaré.
Después volvimos hacia 8 de octubre donde abordé mi buque de regreso a casa.
Los días pasaban y los encuentros con Diego se sucedían como los días, uno tras otro.
Él me esperaba a la salida del liceo y me acompañaba hasta la Aduana, donde yo iba al club Aebu. Todo iba bien, me sentía protegida, me sentía querida.
Uno de esos días, Diego fue por mi casa. Él llegó y le pregunté si me acompañaba a la casa de mi amiga Alejandra. Yo estaba muy interesada en que mi amiga, mi mejor amiga, lo conociera y así fuimos a su casa. Golpeé a la puerta y Ale salió, los presenté y a los pocos minutos, Diego y yo subimos a casa. Las únicas personas en casa éramos nosotros dos. Le mostré mi cuarto (fui una kamikaze sin percibirlo). En una de las paredes estaba pegado un dibujo que yo había hecho. En el papel se plasmaba una niña sentada en una silla, se lo enseñé y le gustó.
Yo entendí que le gustó bastante. Salimos del cuarto y recostados a la puerta de salida nos besamos. La puerta debe haber transpirado debido al calor que se desprendía de nuestros cuerpos pegados en un beso. Después de un rato, Diego partió.
En una noche tirando a fresca, Diego me esperó a mi salida del club. Esperamos el ómnibus y cuando subimos nos sentamos en la fila de los últimos asientos, yo me ubiqué junto a una ventana. Enseguida abrí mi mochila y saqué una carpeta, extraje una hoja y se la di a Diego. Era una copia del dibujo que estaba en la pared de mi cuarto.
·       ¿Y ésto? - preguntó Diego y me sorprendió la pregunta.
·       Nada, es el dibujo que me dijiste que te gustó - respondí.
·       Si, pero… ¿Qué significa? - siguió preguntando y confundiéndome más todavía.
·       Lo volví a dibujar para que lo tuvieras - le dije ya un tanto ofuscada.
·       Si pero no entiendo - continuó diciendo.
·       No hay nada que entender, es un simple dibujo que quiero regalarte - dije ya enojada.
·       No, pensé que podría significar que la nena eras vos pensando en mí - dijo él y yo me entrompé en vano sin entender lo dulce de aquel pensamiento.
El resto del viaje lo pasamos sin hablarnos, yo ni siquiera lo miré, mi vista quedó proyectada a todo lo que ocurría fuera del ómnibus. Diego descendió en su destino, sin despedirse. Yo ni lo miré y seguí viaje.

Los días pasaron, ni yo llamé a Diego ni él me llamó a mí. Parecía ser que a orgullosos ni Cexxxni le ganaría a Larrosa, ni Larrosa le ganaría a Cexxxni.
Una cena en casa de Leticia nos reunió nuevamente con aquella familia. Después de comer, apareció Pepe, un vecino del barrio que me caía simpático.
·       Diego me dijo que pasaras por la casa - me dijo Pepe tratando de que nadie más que yo se enterase del mensaje.
Bajé hasta la casa de Diego y llamé al portero eléctrico.
·       ¿Quién? - preguntó la voz del otro lado, voz que reconocí enseguida. La voz de Diego era linda, una voz muy varonil, seductora, derretía sólo con escucharlo.
·       Dieva - contesté.
Enseguida divisé al "manteca" que se dirigía a abrir la puerta.
·       Hola. ¿Qué pasó? - dijo él sin beso de por medio.
·       No sé, me dijo Pepe que querías que pasara por acá - aclaré.
·       A mí me dijo que vos querías hablar conmigo - y se aclaró más todavía la situación.
Por unos segundos el aire podía cortarse con un cuchillo, ninguno de los dos emitió palabra alguna. No tengo la más pálida idea de cómo se enteró Pepe del distanciamiento entre Diego y yo, pero eso poco importó, lo bueno fue la movida bienintencionada que se mandó para volver a unirnos.
·       No entendí por qué te enojaste el otro día - dijo Diego.
·       No sé, yo sólo quise regalarte el dibujo pero no existía un por qué - dije.
·       Te quedaste mirando para afuera del ómnibus a todo tipo que pasaba - dijo él sin imaginar que en el único tipo en yo pensaba era en él.
No recuerdo cómo siguió la conversación, pero en algún momento todo se arregló y la noche nos encontró besándonos con la discusión ya olvidada. Diego me contó acerca de una relación que había iniciado un tiempo atrás con una chica pelirroja vecina, y de como todo terminó mal por causa de su hermano que inmiscuyó su nariz.
·       Sabés, yo no me engancho con nadie a menos que realmente me interese y piense que la relación va a durar - dijo Diego y me sentí "la elegida".
Desde la casa de Leticia, se divisaba perfectamente el frente del edificio de Diego. Leticia parecía una fiera enjaulada, a cada rato se asomaba por la ventana para intentar ver qué ocurría entre Diego y yo. En aquel momento, no me percaté pero quedarnos expuestos al frente del edificio fue un error enorme. ¿Qué nos importaba a nosotros que Leticia nos observara? Nosotros seguimos empalagadísimos por un rato más. Tuve la oportunidad de saborear lo gustoso de una reconciliación. Después del beso de despedida, cuando ya me estaba yendo, unas palabras que brotaron de mi boca me sorprendieron, nos sorprendieron.
·       Chau mi amor - dije yo sintiéndome rarísima después de decir aquello.
·       ¿Qué dijiste? - dijo Diego también sorprendido y con una sonrisa dibujada en su rostro. La sorpresa se debía a que palabras tan tiernas, tan románticas, no eran características en mí, pero algo me había provocado pronunciarlas.
·       Mi amor… ¿Por qué? - dije sin echarme atrás.
·       Porque nunca me llamaste así - respondió.
·       Bueno chau - dije rápidamente y me fui.
Llegó semana Santa y unos días libre de clases se presentaban. Miriam, la mamá de Leticia, propuso ir a pasar esos días en la casa de San Luis. A sus oídos había llegado el rumor de que habría un baile en El Timón y nos lo comunicó. La idea del baile me sedujo por completo, me devoraba la fantasía de volver a encontrarme con Ricardo en el lugar donde nos conocimos. No había conseguido apartarlo de mi mente, estaba más adherido que un chicle al hormigón en un día de sol radiante.
El viernes previo a la semana santa, de turismo o criolla, Diego y yo nos encontramos a la hora de mi salida del liceo y fuimos a la ya conocida plaza frente al Pasteur. Allí le comuniqué que esa misma noche partiría rumbo a la Costa de Oro. La tarde transcurrió tranquila hasta nuestra despedida. Cuando llegué a casa metí algunas pilchas y otros petates en mi mochila, me despedí de mis padres y a la nochecita me disparé hacia casa de Leticia. Una vez allí, unas ganas locas me provocaban ir a despedirme nuevamente del morocho dulce, moría por pasar por su casa y darle un gran beso previo a mi partida, pero me quedé con las ganas.
Llegamos a San Luis en una noche fresca y estrellada. El balneario distaba mucho de ser el San Luis del verano, más allá de la gente que moraba todo el año en el lugar y nosotros, nadie más rondaba el área. Se extrañaba mucho la atmósfera veraniega, el ambiente de verano se había esfumado para dar paso al fresco otoño. Esa noche nos acostamos temprano.
Amaneció en un sábado apacible. Hicimos todo lo posible por averiguar acerca del mencionado baile en El Timón, pero ni "mu" del asunto, ningún rumor, aunque fuera volátil, llegó a nuestros oídos. Mis esperanzas se iban desvaneciendo con el paso de las horas, cada vez menos eran mis ilusiones de que la idea del acontecimiento fuera cierta. El hastío abundaba. Para ir a la playa estaba demasiado frío. Otra actividad que pudiera resultar atractiva a las adolescentes que éramos no había. En el transcurso de la tarde, pude notar que Gerardo de enfrente estaba por la zona, mis sentidos se pusieron alerta, los de Leticia se avivaron aún más. Gerardo no le era ni una pizca indiferente a mi amiga, se notaba que el chico le llamaba poderosamente la atención. Para ser sinceros, en medio de aquel tedio, también a mí Gerardo me movía el piso. La noche se desplegó nuevamente, nosotras dábamos vueltas por mi casa y en eso, no sé cómo, apareció Gerardo en mi portón. Allá salimos. No mostré demasiado entusiasmo en mi exterior, pero por dentro estaba agradecidísima por su presencia allí.
·       Hola, pasaba a saludar - dijo Gerardo.
·       Hola. ¿Todo bien? - dije yo.
·       Si, bien - respondió Gerardo.
·       ¿Vos oíste algo de que hubiera un baile en El Timón? - aproveché para sondear con el lugareño.
·       No, yo no me enteré de nada - dijo el chico confirmando lo que ya veníamos sospechando.
·       ¿Qué oyó mi madre entonces? - se preguntó Leticia.
·       No sé, pero seguro que cualquier bolazo - aseguré yo con un dejo de desilusión y bronca. Gerardo se sonrió.
·       ¿No querés pasar y jugamos un partido de cartas? - le sugerí yo, tratando de tentarlo nuevamente.
·       Ay, si dale pasá - invitó Leticia.
·       No - dijo él inteligentemente - No me quiero endulzar - continuó dirigiéndose a mi persona y con eso me mató, no me dio lugar a responderle. Adoré saber que yo lo seguía teniendo bajo mis redes, mi autoestima se hinchaba, pero Gerardo se desinflaba y eso no me gustaba. Me hubiera encantado que pasara a mi casa, pero no tuve el coraje para insistirle. Cruzamos algunas palabras más y él se despidió. Nosotras retornamos al aburrimiento.
A los pocos días, volvimos a la capital y yo mantenía intactos mis deseos de volver a ver a Ricardo, pero lo que tanto ansiaba ni por asomo ocurrió, ni rastro del rubio protagonista de mis fantasías.
La relación con Diego continuaba, pero estaba perdiendo algo de brillo. Casi siempre me acompañaba hasta la aduana en donde, antes de ingresar al club, dábamos algunas vueltas por el barrio como excusa para estar juntos. Una de esas veces, nos regocijamos con la hermosura de una tarde en la escollera Sarandí. El sol se reflejaba en la marrón agua cercana al Puerto de Montevideo que rompía contra el muelle. Algunos pescadores desplegaban sus cañas en procura del algún pobre pez que mordiera la carnada. Recorrimos la estructura hasta alcanzar su punta, en cada tramo se podía leer en el muro la profundidad que alcanzaba el nivel del agua. Era la primera vez que visitaba el lugar y me pareció adorable, tranquilizador, apacible. Desde la punta emprendimos, con ganas de permanecer, el retorno porque comenzaba a hacerse tarde para mi clase de gimnasia. Antes de entrar al club, me senté en un muro, Diego se quedó de pie. No sé cómo ni por qué, nuestra charla se centró en mis tobillos.
·       ¿Son gruesos tus tobillos? - me preguntó.
·       Creo que sí - le dije pensando que lo eran y que así sería más atractivo para él.
·       A ver, levantá tu pierna - me pidió y así lo hice. A través de mis medias de algodón, con su mano midió mi tobillo y eso me dio un tanto de vergüenza.
·       No son gruesos - concluyó mi examinador y yo levanté mis hombros restándole importancia al tema.
Me acompañó hasta la puerta de Aebu, donde nos despedimos hasta la hora de mi salida. Él pasaría a buscarme.
Una vez adentro, procedí a la rutina que me tocaba seguir cada martes y jueves de seis a ocho de la noche. Primero, entrar al vestuario, acomodar mi mochila y mi abrigo, desvestirme para volver a vestirme para mi clase, después de la clase ducharme, meterme dentro de mi malla de baño para entrar en el ámbito donde me sentía más a gusto: la pileta, el agua, mi libertad. Al rato me sumergí en la tibia agua que me sedujo y con la cual me entreveré placenteramente. En uno de mis clavados, uno de los profesores me señaló y le enseñó a alguien que mi clavado era excelente y me pidió volver a efectuarlo.
·       ¿Ves? No salpica ni una gota de agua - comentó el instructor y yo me sentí halagada.
Después de la natación, otra ducha relajante y perfumada con shampoo y crema de enjuague, algo que siempre adoré es que mi cabello desprendiera un aroma agradable. Varios minutos permanecía bajo el chorro masajeador de la ducha. Una vez afuera, me vestía nuevamente para salir. Algo que me ocurría en aquel vestuario, era que casi todas las chicas me parecían más bonitas que yo, me sentía como el patito feo, no sé por qué. No me agradaba del todo concurrir al club, menos que quedara tan alejado de mi casa, pero era consciente de que todo aquel ejercicio físico era necesario para mi cuerpo. Cuando salí, sentí al toque el cambio entre la temperatura interna y la externa, podía ver el vapor de aire saliendo de mi boca al exhalar. Diego me esperaba, me daba una gran seguridad que él me acompañara por aquellas calles no muy generosamente iluminadas. Llegamos a la parada y esperamos el 112, que una de las ventajas que tenía en la Ciudad Vieja era que arribaba desprovisto de pasajeros. Subimos al ómnibus y nos sentamos. Yo, que era casi incapaz de guardarme los elogios que me propinaban para mí sola, le conté a Diego lo que mi profesor me había dicho.
·       ¿Y qué tiene que decirte nada ese profesorsucho? - dijo Diego celosamente y a mí me fascinó sentir sus celos. Quedé callada disfrutándolo y el viaje continuó con nosotros juntos hasta que el morocho descendió.

Llegó un sábado y combinamos que Diego vendría de noche a mi casa, no saldríamos a ningún lado, ya que a él ir a bailar no le gustaba demasiado, tema en el cual diferíamos mucho. Él era más bien tranquilo, no parecía gustarle demasiado el agite, la aglomeración de gente; yo era todo lo contrario, me encantaba salir a bailar, socializar. Entonces la cosa quedó por esa, sábado de noche en casa. Diego llegó y pasamos al comedor, nos sentamos alrededor de la gran mesa de madera. Mi hermana apareció en la sala. Indara adoraba a aquel dulce chico, él tenía un trato tierno con ella. Se llevaban bárbaro, parecía no incomodarle la presencia de la nena. Jugaron un rato y luego supongo que la chiquita se fue a dormir. No estábamos solos, mis padres se encontraban en su cuarto mirando televisión, por eso el lugar no era nada cómodo, cualquier cosa que se dijera podría ser escuchada. La situación llegó a ser tediosa y Diego propuso ir para afuera y yo decidí aceptar. Salimos y nos sentamos en el piso, uno junto al otro. Permanecimos conversando un rato. En un momento durante la charla, Diego tocó mi abdomen con la intención de hacerme cosquillas; la acción me puso nerviosa. Nuevamente sentí vergüenza de que aquel ser tocara otra parte de mi cuerpo. Al rato, nos paramos y nos acercamos al balcón, allí empezamos a besarnos. De pronto, nuestro beso se interrumpió.
·       ¿Por qué me besas así? - algo por el estilo inquirió Diego.
·       ¿Así cómo? - pregunté perpleja.
·       Mirá, te voy a mostrar - y allí sentí su lengua moverse en mi boca más que nunca - Si ponés tu lengua dentro de mi boca lo sentís mejor - continuó diciendo el maestro.
Así fue como Diego me despabiló acerca de que era lo más conveniente, lo más disfrutable en cuanto a besos de lengua. Aunque en ese momento me sentí avergonzada, luego el paso del tiempo me haría agradecer aquella enseñanza, ¡Y cómo! Después de unos cuantos besos más, Diego emprendería la retirada. Él bajó la escalera y yo lo miraba desde el balcón, llegó a la calle y allí tomó un taxi. Yo me quedé pensando que, ya el morocho estaba dejando de encender mi fuego, ya no me atraía como antes. Me fui a dormir.
El invierno llegaba y sus bajas temperaturas contribuían a enfriar mis sentimientos hacia Diego. Mantuvimos alguna que otra conversación telefónica y dejamos de vernos sin mediar un rompimiento. Ricardo permanecía en mis sentimientos y Diego lo advirtió. Incluso llegó a decirme que estaba saturado de que yo mencionara tanto al amor veraniego que seguía inquietándome.
Un tiempo después, me encontraba en la parada del ómnibus al salir del liceo y me encontré con Diego. Menuda sorpresa. Nos dimos un beso en la mejilla.
·       ¿Cómo estás? ¿Todo bien? - me preguntó él.
·       Bien. ¿Vos? - dije yo.
·       ¿Cómo era tu número de teléfono? - preguntó Diego haciéndose el tonto.
·       59 36 85 - le contesté sin titubear.
·       Bueno, nos vemos - dijo él
·       Nos vemos - me despedí.
Sobrentendimos que lo nuestro era pasado. Diego se dio cuenta que yo ya no estaba metida con él. Mi mente no se había alejado del rubio del verano. En realidad yo comencé mi relación con Diego intentando alejar de mi mente a Ricardo, pero no fue posible, el rubio me resultó inolvidable, era mi verano. El capítulo de Diego parecía haber finalizado.


2 comentarios:

  1. Dieva, me encanta como escribís, me atrapa la historia. Me identifico mucho, somos de la misma edad, entonces las coincidencias son muchas: "Las chinitas", "las botitas de gamuza", la "bandana" en la cabeza, etc. Fui contigo a la escuela, no sabía nada de ti, hasta ahora que me estoy enterando de tu historia. Estoy orgullosa de ti! Espero seguir viéndote y leyendo lo que escribís!

    ResponderEliminar
  2. Anónimo14/3/21

    Gracias Nati! Ha sido tremendo gusto reencontrarnos. Me encanta que seas una lectora del blog! Beso enorme.
    Dieva.-

    ResponderEliminar