Miguel volvió a llamarme
para salir un sábado de noche, pero sutilmente le dejé entrever que saldría con
mi novio. Esa fue una mentira más grande que mi orgullo. Ricardo ni pensaría en
mí aquel sábado, se me ocurre. Dejé a Miguel más pintado que un cuadro de Miró.
Vuelta a clases y, como
siempre, los primeros días no teníamos demasiado para hacer. Le conté a Gaby
acerca de mi "novio" y de como ese rubio entusiasmaba mis
sentimientos. Ella se sorprendió, casi no pudo creer que su amiga, la estudiosa
de Dieva hubiese pasado un verano tan agitado.
GABY
En el liceo Nº 19, al
comenzar el segundo año de clases, una compañera llamó mi atención. Además de
Alejandra, Tania y Leticia, yo no tenía más amigas, sí chicas conocidas, pero
no amigas en quien confiar. Resulta que, una adolescente, de baja estatura,
cabello negro muy enrulado, mejillas rellenas, sonrisa simpática, pareciéndose
a una muñequita linda, con mucho maquillaje en su rostro, captó mi interés. La
había escuchado participar oralmente en alguna que otra clase y me pareció una
persona inteligente. En mi primer año de enseñanza secundaria, yo no había
conocido compañeras demasiado sesudas, ni por demás estudiosas. Creo que estaba
necesitando de alguien que me retara en mi inteligencia, en mi capacidad de
comprensión, alguien con quien estudiar e intercambiar conocimientos varios,
con quien reírme y hacer reír, en fin. Luego de un par de días, la chica se
convirtió en mi objetivo como camarada de estudio y, ¿por qué no como amiga?
Como afortunadamente a los amigos los elegimos, entonces decidí que ella
terminaría siendo mi amiga y viceversa.
Durante una clase de
Francés, la profesora estaba llamando, aleatoriamente, alumnos que pasaran al
pizarrón. La chica objetivo estaba sentada un banco detrás de mí.
·
Carxxxna - dijo la profesora como solían llamarnos por el
apellido.
La llamaba a ella. La
docente le pidió que pasara a escribir la tercera persona en singular del verbo
ser. Noté que no sabía realmente cual era la respuesta. Carxxxna se puso de
pie, avanzó hacia el temible pedazo de madera pintado de negro y pasó a mi
lado.
·
É - le susurré al paso.
Llegó al pizarrón, tomó la
tiza y escribió: Il é. Me sentí sabionda, una bobada, pero así fue. La mano
había sido dada, la primera movida estaba hecha. Después a esperar.
·
Gracias - dijo Carxxxna al volver a su asiento y yo me sonreí.
Y no esperé mucho. Sonó el
timbré que indicaba la hora del recreo. No salí al patio, me quedé conversando
con Carxxxna y otras compañeras. Su nombre era Gabriela, así comenzó nuestra
amistad que se afianzó con el paso del tiempo. A partir de allí, nos comenzamos
a sentar en el mismo banco, chequeábamos los ejercicios juntas, combinábamos
para estudiar, sin darnos cuenta (o sí) competíamos por las notas, pero éramos
un buen equipo. En los trabajos en grupo, siempre nos iba bien. En una palabra
(y sin modestia aparte) Carxxxna-Larrosa, Larrosa-Carxxxna fueron las tragas de
aquel segundo y tercer año. Si alguien tenía una duda, el referente con quien
erradicarla, sin pasar por el docente, éramos nosotras. Recuerdo un día en un
escrito de Física, el profesor se durmió durante la prueba, y ahí todo el mundo
empezó a copiar del cuaderno de Gaby y del mío.
Nuestra relación
trascendió el ámbito del liceo. Conocimos las familias de cada una. Cada vez
que nos reuníamos para hacer algún trabajo, la mamá de Gaby cocinaba cosas
deliciosas para degustar al momento que tomáramos un descanso. Nos divertíamos
muchísimo, nos convertimos en inseparables.
Gaby tenía un aire de
puritana. Atraía bastante a los chicos, en una votación informal que hicieron
los varones de la clase, ella junto con otra compañera fueron elegidas como las
más lindas. A Gabriela le causó gracia aquella estupidez de los inmaduros
muchachos, pero no dejaba de ser un halago para su persona.
Bueno, ya contaba con una
nueva amistad.
Llamé un par de veces a
Ricardo, incluso él me dio el número de su abuela que, vivía cerca de mi liceo
(eso me daba una excusa para invitarlo a que me pasara a buscar). Nunca se dio
que me fuera a buscar, lo peor fue que nunca pintó verlo más, me aburrí de
llamarlo sin encontrar mucho interés de su parte. Su alegato fue que, vivíamos
muy lejos uno de otro. Quedó claro que le importó casi nada que él fuera el
número uno para mí. Yo debo de haber sido un número más en sus historias de
conquistas. ¡Qué lástima! A mí me dolió un montón, sufrí una gran desilusión.
Ricardo acabó con la pizca de inocencia que me quedaba. Creía que aquella
angustia no tendría fin, no sabía lo que una gran angustia podía llegar a ser.
Claro que todas las angustias son relativas al momento que uno está viviendo.
En marzo del '89 la ausencia de Ricardo fue la causante de la opresión en mi
pecho que, no dejaba salir al pájaro de colores que, en libertad, era mi
alegría.
Nuestra amistad con la
familia de Leticia siguió viento en popa. Íbamos muy seguido a su casa. Una de
esas veces, los chicos que estaban en el cumpleaños de Leticia, entre ellos
Miguel, yacían debajo de la sombra reparadora de un edificio. Los miré,
tratando que no advirtieran que estaban siendo por mí observados. Uno de ellos
llamó particularmente mi atención. En ese momento, no podría haberlo descrito
porque sólo le di una ojeada. Miguel se levantó, nos saludamos y después seguí
hacia el edificio de Leticia. Al darles la espalda, dijeron alguna tontería que
no recuerdo. Una vez en lo de Leticia, pude averiguar que el lindo que capturó
mi mirada furtiva se llamaba Diego, tenía diecinueve años y era el manjar del
complejo habitacional. Pasé unas horas en casa de mi amiga y luego ella me
acompañaría a esperar el 112,
mi ómnibus de vuelta (el cual tenía fama de ser muy
diferente al tiempo, ya que el tiempo pasa). En el camino, nos encontramos con
Miguel y la lindura de su amigo estaba junto a él. Cuando lo vi de cerca (a
Diego, digo) faltó poco para que mi maxilar inferior se cayera y quedara
boquiabierta. Realmente era un manjar, de pelo oscuro brilloso, semilargo,
lacio, unos ojitos de caramelo para saborear de a poquito, era más bajo que yo,
una cara de ángel, tenía una atractiva complexión corporal. Miguel se ofreció a
acompañarnos hasta la parada y arrastró a su callado amigo con él. Durante el
camino, pude comprobar que Diego no era tan callado, es más, tenía comentarios
que me causaban mucha gracia, su humor dejaba entrever que era un tipo
inteligente. Cuanto más hablaba más me atraía. No me atreví a mirarlo a los
ojos hasta que llegamos a la parada, ahí no tuve más remedio ya que se paró
frente a mí. Era casi divino, no se me cruzó por la cabeza que me prestara
atención. Además, mi supuesta amiga me apalabró diciendo que él le estaba
"arrastrando el ala". Mientras mi transporte no se divisaba, pude
seguir endulzándome con el morocho que comenzaba a darle un poquito de alas al
colorido pájaro que quería salir de mi pecho.
·
¿Vos tenés una novia? - le pregunté a Miguel, intentando ser
graciosa.
·
No - me contestó riéndose y eso me dio pie para lanzarle la
pregunta a Diego.
·
¿Y vos tenés una novia? - le inquirí al que realmente me
importaba.
·
¿Una? - preguntó sonriendo - No, no tengo una novia - aclaró para
mi tranquilidad.
Seguimos hablando hasta
que el inoportuno 112 apareció en la lejanía. Me despedí de ellos, con ganas de
llevarme a Diego en un bolsillo. Seguí pensando en él por un rato, pero pronto
se desvaneció de mis pensamientos debido a que no tenía, a mi entender, ninguna
chance con él.
Un día 29, se planeó una
comida en casa de Leticia. Como era 29 entonces, tradición obligaba, el menú
sería ñoquis. Llegamos con mi familia y enseguida Leticia me comunicó que algún
amigo de ella estaba cumpliendo años. Entonces, me invitó para que después de
la cena fuéramos un rato a ese cumpleaños. A mí me dio un poco de vergüenza ir
sin casi conocer a nadie, pero me mandé igual. No me arrepentí ni una pizca de
haber aceptado. No me acuerdo de quién era el onomástico, si recuerdo clarísimo
que estaba Miguel, algunos de los chicos que vi en la fiesta de Leticia y el
durazno de la torta fue que Diego también asistió a la reunión. Al verlo, mis
hormonas se armaron un cóctel delicioso. El dulce estaba a punto para ser
degustado: su cabello me obnubiló, sus ojillos chinescos aflojaban mis piernas,
un jean gastado y una remera roja satinada de equipo de fútbol, que le quedaba
como pintada, completaban el cuadro. Cuando lo vi, agradecí a todas las
deidades que me permitieran tener el sentido de la visión intacto. La reunión
estaba por demás entretenida. Humo de cigarrillos se respiraba en el ambiente.
El tema de conversación se desvió hacia los cilindros tóxicos. Y nació una
pregunta que (después me enteraría) me vendió.
·
¿Vos fumás? - le pregunté directamente a Diego.
·
No - me dijo con una sonrisa picaresca.
Me tuve que ir sin querer
irme. Me fui casi que volando y el pájaro estuvo a punto de escaparse de mi
tórax. Diego empezaba a carcomer mi cabeza sin que yo quisiera demasiado que
eso pasara y no me permití generarme grandes expectativas.
La historia siguió su
curso. Un viernes después del atardecer, yo tenía mi casa a entera disposición;
un viernes...Viernes, me encantaba y me sigue encantando ese día de la semana,
preludio de fin de semana, noche de reláx. El sonar del teléfono interrumpió la
calma que sobrevolaba el ambiente. Levanté el tubo esperando que llamara
cualquier persona menos la que respondió del otro lado.
·
Hola - contesté.
·
Hola. ¿Dieva? - dijo la linda voz.
·
Si, soy yo. ¿Quién habla? - dije casi sabiendo quien era.
·
Diego - respondió borrando de un plumazo el "casi".
Cómo había conseguido mi
teléfono fue el pensamiento que fugazmente cruzó mi cabeza. Yo no se lo había
dado. De última, lo importante es que fue una sorpresa agradable. El llamado de
Diego no figuraba de ninguna forma en mis planes.
·
¿Qué hacés? - le pregunté.
·
Quería saber si mañana querés salir conmigo - me dijo y me dejó
desconcertada.
·
Pero…. ¿Vos no tenés una historia con Leticia? - me mandé al
frente.
·
No. ¿De dónde sacaste eso? - me contestó con asombro.
·
Me lo dijo ella - no titubeé al responder y ahí prendí fuego a mi
amiga.
·
Pero no, nada que ver - dijo riéndose y aclarándome el tergiversado
asunto.
·
¡Ah, bueno! ¡Ésta es la mía! - pensé para mí.
·
Bueno, pero vamos con Leticia y Miguel también - sugerí ya que me
moría de vergüenza si tenía que salir a solas con el morocho.
·
Está bien, como quieras - aceptó sin objeciones - Entonces, mañana
nos vemos ¿Cómo hacemos?
·
Mañana de tarde voy para la casa de Leticia. ¿Te parece? - dije.
·
Si, está bien, nos vemos mañana. Un beso - se despidió.
·
Hasta mañana. Un beso - saludé.
Después de eso, me quedé
sonriendo al aire. Abrí mi pecho para liberar el pájaro y junto con él le di
alas a mis ilusiones nuevamente. Salí de casa y bajé las escaleras en tres
pasos, mis pies también parecieron cobrar alas. Fui a casa de mi abuela, a
hacer no sé que cosa y cuando volví, mi casa ya no estaba sola. Mi padre había
vuelto de trabajar y lo saludé contentísima.
·
¿Sabés que me llamó Diego? - le dije sabiendo que no sabía.
·
¡Otra vez ese estúpido! - dijo y me confundió por un instante.
·
¡Pero no, estás entreverando las cosas! No dije Ricardo, te hablo
de Diego el amigo de Leticia - le aclaré el panorama.
·
¡Ah! Pensé que era el idiota ese de San Luis - expresó para
contribuir a mi calma.
·
Me invitó a salir con él mañana - le planteé el juego para que me
habilitara a jugarlo.
·
Me parece bien - y mi calma se completó.
Al poco rato, llamé a
Leticia y le di la noticia de que el galán me había llamado. Se puso un tanto
nerviosa cuando le pregunté por qué me había contado una historia que Diego
desmintió. No supo qué, ni cómo responderme. Lo que más le preocupó fue el
enterarse de que yo la había dejado mal parada con respecto a Diego. No me fue
difícil imaginarme la vergüenza que estaba viviendo. La cosa quedó por ahí y
pasamos a arreglar detalles para el día siguiente.
Cuando el sábado estaba
bajando su telón de día y daba paso a un fresco atardecer, comencé a meter unas
ropas, maquillaje y otras chucherías en una mochila y me apronté para salir.
Una vez en casa de mi amiga, nos producimos para salir. Esa sería la primera
vez que saldría a bailar a otra discoteca que no fuera "El Timón". Mi
nerviosismo se incrementaba con el pasar de los segundos. Pollera negra que
llegaba a mis tobillos, camisa blanca, saco gris de cashmere, unas zapatillas
negras comodísimas que llamábamos "Chinas" debido a su origen, en mi
cabello una bandana blanca con toques de color lila que era de Alejandra (otra
amiga). Si había algo que nunca olvidaba, eso era el perfume, y por esa época
usaba una fragancia con dejos muy cítricos, su nombre era "Alada" o
algo parecido.
El olfato es uno de los
sentidos que más estimula mi memoria, existen olores que asocio con
determinados momentos de mi vida: olores de invierno, aromas de verano,
fragancias de adolescencia y un poco más, esencias que me impulsan a evocar
tiempos pasados no del todo pisados. Volviendo al tema, terminamos nuestro
arreglo personal y bajamos para encontrarnos con Diego y Miguel. Nos saludamos
y después decidimos donde ir. Mis sugerencias acerca de lugares donde ir a
bailar fueron nulas, Montevideo un sábado de noche era algo casi desconocido para
mí. Fuimos a "Kaia", en Rivera y Boulevard Artigas. Una larga fila de
gente aguardaba para comprar el ticket de entrada, pasamos a formar parte de
esa excitada multitud. Al ingresar, nos recibió un ambiente en el cual la vista
y el oído tenían que esforzarse más de lo debido, una penumbra que se
interrumpía con luces fugaces y la música que sonaba a altísimo volumen. Al
principio, me sentí como sapo de otro pozo donde los únicos sapos conocidos
eran Miguel, Leticia y Diego. Los cuatro bailamos juntos por un rato, después
nos separamos. Leticia y Miguel se apartaron por un lado y Diego y yo nos
fuimos por otro. Yo seguí al morocho, subimos una escalera y nos abrimos paso
entre el confuso gentío para acceder a sentarnos en un banco recostado a una
pared. Ahí intentamos, alzando nuestras voces, para superar el sonido de la
música, averiguar un poco más el uno del otro.
·
¿Con quién vivís? - le pregunté.
·
Con mi viejo y con mi hermana - respondió.
·
¿Tu hermana es menor o mayor que vos? - seguí inquiriendo.
·
Es más chica que yo, se llama Verónica - creo que ese fue el
nombre que me dijo.
Y a través del
interrogatorio supe que su madre había muerto, que Diego estaba yendo a Facultad de Química, que era hincha a muerte
de Cerrito, le encantaba el fútbol, y algún que otro dato más sobre su historia
y existencia.
·
¿Qué te pusiste, unas ruedas de bicicleta? - bromeó tocando los
aros que pendían de mis orejas.
·
Si, puede ser - le dije esbozando una sonrisa que ayudó a dibujar
en mi rostro una expresión irónica que decía: ¡Que gracioso que sos!
La melodía lenta que
comenzó a escucharse interrumpió nuestra charla. Creo que nosotros sabíamos que
de un momento a otro eso tenía que suceder, es más estábamos deseosos porque
eso pasara.
·
¿Vamos? - dijo Diego invitándome a bailar con él.
·
Si - respondí.
Nos paramos y deshicimos
el camino que nos había conducido hacia el banco. Una vez abajo, nos acercamos
el uno al otro.
·
¿Tenés tacos puestos? - dijo al notar que parada muy cerca de él
yo le ganaba en estatura.
·
No - le dije sin asombro.
·
No te creo - dijo realmente no creyéndolo.
·
Te juro, tengo Chinas puestas - le afirmé mostrándole mi calzado.
·
Sos alta - dijo confirmándome algo que era evidente.
Diego se acercó más a mí y
tomó con sus manos mi cintura, yo rodeé con mis brazos su cuello.
Transcurrieron unos minutos durante los cuales seguimos conversando, luego él
puso su cara frente a la mía, acercó su boca a mis labios y, sin palabras de
por medio, nos besamos. Yo me encontraba prevenida, sabía que ese beso era
inminente. Lindo beso. Seguido al beso, Diego me miró a los ojos.
·
¿Estás llorando? - me preguntó.
·
No. ¿Qué decís? - le dije desconcertada.
·
Si, estás llorando - afirmó pasando su dedo por mi rostro.
·
Te digo que no - reafirmé.
Nunca me creyó y yo no
lloré ni una gota esa noche. Después de un rato, salimos del local y vimos que
en la acera de enfrente estaban Leticia y Miguel muy acaramelados ellos. Dimos
unos pasos más y yo apoyé mi cuerpo contra un muro cerca de la esquina, Diego
se pegó frente a mí. Hablamos, nos besamos, nos besamos, hablamos.
·
Te queda linda esa bandana - me dijo tocando mi cabello.
Yo no contesté, pero me
hinché de vanidad. Lo observaba. Los ojos de Diego eran algo exquisito de
contemplar, eran oscuramente chispeantes, el pelo, también oscuro, que caía
sobre ellos los convertían en deliciosamente atractivos. Su cara era para
enmarcarla y no dejar de mirarla.
·
Te queda bien por tu cerquillo - siguió diciendo aludiendo al
pedazo de tela que cubría parte de mi cabeza. Mi vanidad pedía que los halagos
continuaran saliendo de su dulce boca.
Al rato, nuestra compañía
inicial apareció y el idilio se interrumpió. Decidimos volver al barrio del
cual zarpamos. Diego y yo caminábamos unidos, abrazados como si nuestra
relación fuera a perdurar por un largo lapso. Sin embargo, Leticia y Miguel no
parecían demasiado interesados el uno en el otro. Al llegar al barrio, me
despedí de Diego y subí a casa de Leticia. Ya era de día y me alisté para
introducirme en un profundo sueño, pero antes intercambiamos unas palabras con
mi amiga.
·
¿Y qué tal todo con Diego? - preguntó Leticia.
·
Nada, todo bien, me gusta - respondí sin ahondar demasiado en el
tema.
Analizando mi reciente
relación con Diego, llegué a la conclusión de que algo faltaba, no sabía qué,
pero algo no cerraba. El cansancio me pudo y me llevó a dormir.
Pasado el mediodía del
domingo, me levanté y almorcé con la familia de mi amiga. A la tardecita, me
reuní con Diego y seguimos conversando. Él era inteligente, gracioso, tierno,
maduro, lindo, era agradable estar con él. Podía sentir que yo le gustaba al
morocho cinco años mayor que yo y él me gustaba a mí. Estuvimos juntos durante
un par de horas, después preparé mis bártulos para retornar a mi morada.
Días después, Diego me
pasó a buscar a la salida del liceo, me esperaba en la parada del 112. Yo
llegué acompañada por Tania, los presenté, luego ella quedó esperando el
ómnibus y nosotros nos dirigimos hacia el centro. Caminamos tomados de la mano
y yo le pedía a Diego que caminara lo más erguido que pudiera para que, al
menos, aparentáramos ser de la misma altura. Al llegar al lugar donde se
situaba "La Liguria ",
nos encaminamos hacia el sur rumbo a la placita entre el hospital Pasteur y la
iglesia de San Agustín. Allí nos sentamos en un banco. En el ambiente podía
respirarse el otoño, las hojas ya habían comenzado a desprenderse de los
árboles, los tonos marrones, amarillos, rojizos eran los colores de aquel marzo
que comenzaba a pasar de templado a fresco. Hablamos bastante, si había algo
que me gustaba de Diego era que se podía conversar con él, le daba un toque
interesante, maduro a cada tertulia. Al rato, nuestra charla se desvió hacia
una anécdota acerca de un compañero de Diego. Resultó ser que la persona había
conocido una chica y ahí Diego siguió relatando.
·
Después pasó lo que tenía que pasar - dijo Diego.
·
¿Qué pasó? - pregunté yo sabiendo la respuesta.
·
Esto… - me contestó con un prolongado y profundo beso que yo
disfruté como si hubiese salido de una novela romántica.
Diego era un erudito en lo
que a besos se refería, no porque él hiciera alusión al tema, no, al contrario
nunca hizo ningún alarde de su condición de buen besador, pero en cada unión de
nuestras bocas se podía sentir su experiencia en el campo. Besos a un lado,
seguimos conversando aunque de vez en cuando salpicábamos nuestra charla con
algún sabroso beso que nos unía en un abrazo.
·
¿Cómo se te ocurrió invitarme a salir? - le pregunté.
·
Yo ya te conocía del cumpleaños de Leticia - me contestó - Quería
invitarte a bailar pero Miguel se me adelantó.
·
¿Y después? - seguí interesada en el relato.
·
Después, el día del otro cumpleaños, Miguel y Álvaro me hicieron
ver que yo te gustaba y me alentaron para que te llamara - continuó relatando.
·
¿Y cómo se dieron cuenta? - pregunté.
·
Cuando me preguntaste si yo fumaba - dijo él.
·
Te juro que ni me di cuenta que resultara tan obvio que vos me
gustabas - le aclaré.
Después volvimos hacia 8
de octubre donde abordé mi buque de regreso a casa.
Los días pasaban y los
encuentros con Diego se sucedían como los días, uno tras otro.
Él me esperaba a la salida
del liceo y me acompañaba hasta la
Aduana , donde yo iba al club Aebu. Todo iba bien, me sentía
protegida, me sentía querida.
Uno de esos días, Diego
fue por mi casa. Él llegó y le pregunté si me acompañaba a la casa de mi amiga
Alejandra. Yo estaba muy interesada en que mi amiga, mi mejor amiga, lo
conociera y así fuimos a su casa. Golpeé a la puerta y Ale salió, los presenté
y a los pocos minutos, Diego y yo subimos a casa. Las únicas personas en casa
éramos nosotros dos. Le mostré mi cuarto (fui una kamikaze sin percibirlo). En
una de las paredes estaba pegado un dibujo que yo había hecho. En el papel se
plasmaba una niña sentada en una silla, se lo enseñé y le gustó.
Yo entendí que le gustó
bastante. Salimos del cuarto y recostados a la puerta de salida nos besamos. La
puerta debe haber transpirado debido al calor que se desprendía de nuestros
cuerpos pegados en un beso. Después de un rato, Diego partió.
En una noche tirando a
fresca, Diego me esperó a mi salida del club. Esperamos el ómnibus y cuando
subimos nos sentamos en la fila de los últimos asientos, yo me ubiqué junto a
una ventana. Enseguida abrí mi mochila y saqué una carpeta, extraje una hoja y
se la di a Diego. Era una copia del dibujo que estaba en la pared de mi cuarto.
·
¿Y ésto? - preguntó Diego y me sorprendió la pregunta.
·
Nada, es el dibujo que me dijiste que te gustó - respondí.
·
Si, pero… ¿Qué significa? - siguió preguntando y confundiéndome
más todavía.
·
Lo volví a dibujar para que lo tuvieras - le dije ya un tanto
ofuscada.
·
Si pero no entiendo - continuó diciendo.
·
No hay nada que entender, es un simple dibujo que quiero regalarte
- dije ya enojada.
·
No, pensé que podría significar que la nena eras vos pensando en
mí - dijo él y yo me entrompé en vano sin entender lo dulce de aquel
pensamiento.
El resto del viaje lo
pasamos sin hablarnos, yo ni siquiera lo miré, mi vista quedó proyectada a todo
lo que ocurría fuera del ómnibus. Diego descendió en su destino, sin
despedirse. Yo ni lo miré y seguí viaje.
Los días pasaron, ni yo
llamé a Diego ni él me llamó a mí. Parecía ser que a orgullosos ni Cexxxni le
ganaría a Larrosa, ni Larrosa le ganaría a Cexxxni.
Una cena en casa de
Leticia nos reunió nuevamente con aquella familia. Después de comer, apareció
Pepe, un vecino del barrio que me caía simpático.
·
Diego me dijo que pasaras por la casa - me dijo Pepe tratando de
que nadie más que yo se enterase del mensaje.
Bajé hasta la casa de
Diego y llamé al portero eléctrico.
·
¿Quién? - preguntó la voz del otro lado, voz que reconocí
enseguida. La voz de Diego era linda, una voz muy varonil, seductora, derretía
sólo con escucharlo.
·
Dieva - contesté.
Enseguida divisé al "manteca"
que se dirigía a abrir la puerta.
·
Hola. ¿Qué pasó? - dijo él sin beso de por medio.
·
No sé, me dijo Pepe que querías que pasara por acá - aclaré.
·
A mí me dijo que vos querías hablar conmigo - y se aclaró más
todavía la situación.
Por unos segundos el aire
podía cortarse con un cuchillo, ninguno de los dos emitió palabra alguna. No
tengo la más pálida idea de cómo se enteró Pepe del distanciamiento entre Diego
y yo, pero eso poco importó, lo bueno fue la movida bienintencionada que se
mandó para volver a unirnos.
·
No entendí por qué te enojaste el otro día - dijo Diego.
·
No sé, yo sólo quise regalarte el dibujo pero no existía un por
qué - dije.
·
Te quedaste mirando para afuera del ómnibus a todo tipo que pasaba
- dijo él sin imaginar que en el único tipo en yo pensaba era en él.
No recuerdo cómo siguió la
conversación, pero en algún momento todo se arregló y la noche nos encontró
besándonos con la discusión ya olvidada. Diego me contó acerca de una relación
que había iniciado un tiempo atrás con una chica pelirroja vecina, y de como
todo terminó mal por causa de su hermano que inmiscuyó su nariz.
·
Sabés, yo no me engancho con nadie a menos que realmente me
interese y piense que la relación va a durar - dijo Diego y me sentí "la
elegida".
Desde la casa de Leticia,
se divisaba perfectamente el frente del edificio de Diego. Leticia parecía una
fiera enjaulada, a cada rato se asomaba por la ventana para intentar ver qué
ocurría entre Diego y yo. En aquel momento, no me percaté pero quedarnos
expuestos al frente del edificio fue un error enorme. ¿Qué nos importaba a
nosotros que Leticia nos observara? Nosotros seguimos empalagadísimos por un
rato más. Tuve la oportunidad de saborear lo gustoso de una reconciliación.
Después del beso de despedida, cuando ya me estaba yendo, unas palabras que
brotaron de mi boca me sorprendieron, nos sorprendieron.
·
Chau mi amor - dije yo sintiéndome rarísima después de decir
aquello.
·
¿Qué dijiste? - dijo Diego también sorprendido y con una sonrisa
dibujada en su rostro. La sorpresa se debía a que palabras tan tiernas, tan
románticas, no eran características en mí, pero algo me había provocado
pronunciarlas.
·
Mi amor… ¿Por qué? - dije sin echarme atrás.
·
Porque nunca me llamaste así - respondió.
·
Bueno chau - dije rápidamente y me fui.
Llegó semana Santa y unos
días libre de clases se presentaban. Miriam, la mamá de Leticia, propuso ir a
pasar esos días en la casa de San Luis. A sus oídos había llegado el rumor de
que habría un baile en El Timón y nos lo comunicó. La idea del baile me sedujo
por completo, me devoraba la fantasía de volver a encontrarme con Ricardo en el
lugar donde nos conocimos. No había conseguido apartarlo de mi mente, estaba
más adherido que un chicle al hormigón en un día de sol radiante.
El viernes previo a la
semana santa, de turismo o criolla, Diego y yo nos encontramos a la hora de mi salida
del liceo y fuimos a la ya conocida plaza frente al Pasteur. Allí le comuniqué
que esa misma noche partiría rumbo a la Costa de Oro. La tarde transcurrió tranquila
hasta nuestra despedida. Cuando llegué a casa metí algunas pilchas y otros
petates en mi mochila, me despedí de mis padres y a la nochecita me disparé
hacia casa de Leticia. Una vez allí, unas ganas locas me provocaban ir a
despedirme nuevamente del morocho dulce, moría por pasar por su casa y darle un
gran beso previo a mi partida, pero me quedé con las ganas.
Llegamos a San Luis en una
noche fresca y estrellada. El balneario distaba mucho de ser el San Luis del
verano, más allá de la gente que moraba todo el año en el lugar y nosotros,
nadie más rondaba el área. Se extrañaba mucho la atmósfera veraniega, el
ambiente de verano se había esfumado para dar paso al fresco otoño. Esa noche
nos acostamos temprano.
Amaneció en un sábado
apacible. Hicimos todo lo posible por averiguar acerca del mencionado baile en
El Timón, pero ni "mu" del asunto, ningún rumor, aunque fuera
volátil, llegó a nuestros oídos. Mis esperanzas se iban desvaneciendo con el
paso de las horas, cada vez menos eran mis ilusiones de que la idea del
acontecimiento fuera cierta. El hastío abundaba. Para ir a la playa estaba demasiado
frío. Otra actividad que pudiera resultar atractiva a las adolescentes que
éramos no había. En el transcurso de la tarde, pude notar que Gerardo de
enfrente estaba por la zona, mis sentidos se pusieron alerta, los de Leticia se
avivaron aún más. Gerardo no le era ni una pizca indiferente a mi amiga, se
notaba que el chico le llamaba poderosamente la atención. Para ser sinceros, en
medio de aquel tedio, también a mí Gerardo me movía el piso. La noche se
desplegó nuevamente, nosotras dábamos vueltas por mi casa y en eso, no sé cómo,
apareció Gerardo en mi portón. Allá salimos. No mostré demasiado entusiasmo en
mi exterior, pero por dentro estaba agradecidísima por su presencia allí.
·
Hola, pasaba a saludar - dijo Gerardo.
·
Hola. ¿Todo bien? - dije yo.
·
Si, bien - respondió Gerardo.
·
¿Vos oíste algo de que hubiera un baile en El Timón? - aproveché
para sondear con el lugareño.
·
No, yo no me enteré de nada - dijo el chico confirmando lo que ya
veníamos sospechando.
·
¿Qué oyó mi madre entonces? - se preguntó Leticia.
·
No sé, pero seguro que cualquier bolazo - aseguré yo con un dejo
de desilusión y bronca. Gerardo se sonrió.
·
¿No querés pasar y jugamos un partido de cartas? - le sugerí yo,
tratando de tentarlo nuevamente.
·
Ay, si dale pasá - invitó Leticia.
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No - dijo él inteligentemente - No me quiero endulzar - continuó
dirigiéndose a mi persona y con eso me mató, no me dio lugar a responderle.
Adoré saber que yo lo seguía teniendo bajo mis redes, mi autoestima se
hinchaba, pero Gerardo se desinflaba y eso no me gustaba. Me hubiera encantado
que pasara a mi casa, pero no tuve el coraje para insistirle. Cruzamos algunas
palabras más y él se despidió. Nosotras retornamos al aburrimiento.
A los pocos días, volvimos
a la capital y yo mantenía intactos mis deseos de volver a ver a Ricardo, pero
lo que tanto ansiaba ni por asomo ocurrió, ni rastro del rubio protagonista de
mis fantasías.
La relación con Diego
continuaba, pero estaba perdiendo algo de brillo. Casi siempre me acompañaba
hasta la aduana en donde, antes de ingresar al club, dábamos algunas vueltas
por el barrio como excusa para estar juntos. Una de esas veces, nos regocijamos
con la hermosura de una tarde en la escollera Sarandí. El sol se reflejaba en
la marrón agua cercana al Puerto de Montevideo que rompía contra el muelle.
Algunos pescadores desplegaban sus cañas en procura del algún pobre pez que
mordiera la carnada. Recorrimos la estructura hasta alcanzar su punta, en cada
tramo se podía leer en el muro la profundidad que alcanzaba el nivel del agua. Era
la primera vez que visitaba el lugar y me pareció adorable, tranquilizador,
apacible. Desde la punta emprendimos, con ganas de permanecer, el retorno
porque comenzaba a hacerse tarde para mi clase de gimnasia. Antes de entrar al
club, me senté en un muro, Diego se quedó de pie. No sé cómo ni por qué,
nuestra charla se centró en mis tobillos.
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¿Son gruesos tus tobillos? - me preguntó.
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Creo que sí - le dije pensando que lo eran y que así sería más
atractivo para él.
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A ver, levantá tu pierna - me pidió y así lo hice. A través de mis
medias de algodón, con su mano midió mi tobillo y eso me dio un tanto de
vergüenza.
·
No son gruesos - concluyó mi examinador y yo levanté mis hombros
restándole importancia al tema.
Me acompañó hasta la
puerta de Aebu, donde nos despedimos hasta la hora de mi salida. Él pasaría a
buscarme.
Una vez adentro, procedí a
la rutina que me tocaba seguir cada martes y jueves de seis a ocho de la noche.
Primero, entrar al vestuario, acomodar mi mochila y mi abrigo, desvestirme para
volver a vestirme para mi clase, después de la clase ducharme, meterme dentro
de mi malla de baño para entrar en el ámbito donde me sentía más a gusto: la
pileta, el agua, mi libertad. Al rato me sumergí en la tibia agua que me sedujo
y con la cual me entreveré placenteramente. En uno de mis clavados, uno de los
profesores me señaló y le enseñó a alguien que mi clavado era excelente y me
pidió volver a efectuarlo.
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¿Ves? No salpica ni una gota de agua - comentó el instructor y yo
me sentí halagada.
Después de la natación,
otra ducha relajante y perfumada con shampoo y crema de enjuague, algo que
siempre adoré es que mi cabello desprendiera un aroma agradable. Varios minutos
permanecía bajo el chorro masajeador de la ducha. Una vez afuera, me vestía
nuevamente para salir. Algo que me ocurría en aquel vestuario, era que casi
todas las chicas me parecían más bonitas que yo, me sentía como el patito feo,
no sé por qué. No me agradaba del todo concurrir al club, menos que quedara tan
alejado de mi casa, pero era consciente de que todo aquel ejercicio físico era
necesario para mi cuerpo. Cuando salí, sentí al toque el cambio entre la
temperatura interna y la externa, podía ver el vapor de aire saliendo de mi
boca al exhalar. Diego me esperaba, me daba una gran seguridad que él me
acompañara por aquellas calles no muy generosamente iluminadas. Llegamos a la
parada y esperamos el 112, que una de las ventajas que tenía en la Ciudad Vieja era que
arribaba desprovisto de pasajeros. Subimos al ómnibus y nos sentamos. Yo, que
era casi incapaz de guardarme los elogios que me propinaban para mí sola, le
conté a Diego lo que mi profesor me había dicho.
·
¿Y qué tiene que decirte nada ese profesorsucho? - dijo Diego
celosamente y a mí me fascinó sentir sus celos. Quedé callada disfrutándolo y
el viaje continuó con nosotros juntos hasta que el morocho descendió.
Llegó un sábado y
combinamos que Diego vendría de noche a mi casa, no saldríamos a ningún lado,
ya que a él ir a bailar no le gustaba demasiado, tema en el cual diferíamos mucho.
Él era más bien tranquilo, no parecía gustarle demasiado el agite, la
aglomeración de gente; yo era todo lo contrario, me encantaba salir a bailar,
socializar. Entonces la cosa quedó por esa, sábado de noche en casa. Diego
llegó y pasamos al comedor, nos sentamos alrededor de la gran mesa de madera.
Mi hermana apareció en la sala. Indara adoraba a aquel dulce chico, él tenía un
trato tierno con ella. Se llevaban bárbaro, parecía no incomodarle la presencia
de la nena. Jugaron un rato y luego supongo que la chiquita se fue a dormir. No
estábamos solos, mis padres se encontraban en su cuarto mirando televisión, por
eso el lugar no era nada cómodo, cualquier cosa que se dijera podría ser
escuchada. La situación llegó a ser tediosa y Diego propuso ir para afuera y yo
decidí aceptar. Salimos y nos sentamos en el piso, uno junto al otro.
Permanecimos conversando un rato. En un momento durante la charla, Diego tocó
mi abdomen con la intención de hacerme cosquillas; la acción me puso nerviosa.
Nuevamente sentí vergüenza de que aquel ser tocara otra parte de mi cuerpo. Al
rato, nos paramos y nos acercamos al balcón, allí empezamos a besarnos. De
pronto, nuestro beso se interrumpió.
·
¿Por qué me besas así? - algo por el estilo inquirió Diego.
·
¿Así cómo? - pregunté perpleja.
·
Mirá, te voy a mostrar - y allí sentí su lengua moverse en mi boca
más que nunca - Si ponés tu lengua dentro de mi boca lo sentís mejor - continuó
diciendo el maestro.
Así fue como Diego me
despabiló acerca de que era lo más conveniente, lo más disfrutable en cuanto a
besos de lengua. Aunque en ese momento me sentí avergonzada, luego el paso del
tiempo me haría agradecer aquella enseñanza, ¡Y cómo! Después de unos cuantos
besos más, Diego emprendería la retirada. Él bajó la escalera y yo lo miraba
desde el balcón, llegó a la calle y allí tomó un taxi. Yo me quedé pensando
que, ya el morocho estaba dejando de encender mi fuego, ya no me atraía como
antes. Me fui a dormir.
El invierno llegaba y sus
bajas temperaturas contribuían a enfriar mis sentimientos hacia Diego.
Mantuvimos alguna que otra conversación telefónica y dejamos de vernos sin
mediar un rompimiento. Ricardo permanecía en mis sentimientos y Diego lo
advirtió. Incluso llegó a decirme que estaba saturado de que yo mencionara
tanto al amor veraniego que seguía inquietándome.
Un tiempo después, me
encontraba en la parada del ómnibus al salir del liceo y me encontré con Diego.
Menuda sorpresa. Nos dimos un beso en la mejilla.
·
¿Cómo estás? ¿Todo bien? - me preguntó él.
·
Bien. ¿Vos? - dije yo.
·
¿Cómo era tu número de teléfono? - preguntó Diego haciéndose el
tonto.
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59 36 85 - le contesté sin titubear.
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Bueno, nos vemos - dijo él
·
Nos vemos - me despedí.
Sobrentendimos que lo
nuestro era pasado. Diego se dio cuenta que yo ya no estaba metida con él. Mi
mente no se había alejado del rubio del verano. En realidad yo comencé mi
relación con Diego intentando alejar de mi mente a Ricardo, pero no fue
posible, el rubio me resultó inolvidable, era mi verano. El capítulo de Diego
parecía haber finalizado.


Dieva, me encanta como escribís, me atrapa la historia. Me identifico mucho, somos de la misma edad, entonces las coincidencias son muchas: "Las chinitas", "las botitas de gamuza", la "bandana" en la cabeza, etc. Fui contigo a la escuela, no sabía nada de ti, hasta ahora que me estoy enterando de tu historia. Estoy orgullosa de ti! Espero seguir viéndote y leyendo lo que escribís!
ResponderEliminarGracias Nati! Ha sido tremendo gusto reencontrarnos. Me encanta que seas una lectora del blog! Beso enorme.
ResponderEliminarDieva.-