Luego
de un prolongado viaje con varias escalas, llegamos a nuestra Pacha
Mama. Muy diferente me resultó todo en nuestra tierra. Entre los
rostros que recuerdo nítidamente en el aeropuerto estaba el de Luis,
quien amigablemente me fue a recibir. Cargamos nuestros bártulos en
la camioneta de un amigo, que también generosamente concurrió a
ayudarnos, y nos dirigimos rumbo a casa. Una vez en nuestro barrio,
nos percatamos de que el respaldo y el almohadón de mi nueva silla
no habían llegado junto con nuestro equipaje. Entonces hubo que
comunicarse con la empresa Varig para rastrear el paradero de mis
artículos.
A
los pocos días, retomé mis clases en el liceo. El invierno había
venido con todo, un frío impresionante. Esas temperaturas ayudaron a
que mi salud se viera afectada. Comencé a hacer fiebre. Me
diagnosticaron una neumopatía. Antibióticos y un tiempo sin salir
de casa. El año de estudios quedó en suspenso.
Algo
importantísimo que pasó ese año 1993 fue que mis padres me
compraron una camioneta. Para lograr este objetivo, vendieron la casa
de San Luis. Con el vehículo sería un tanto más libre. Por aquel
entonces quien la conducía era Guillermo, con quien retomé
relaciones luego de aquella sentencia tan severa que dicté en su
momento.
Mi
cumpleaños número diecinueve lo pasé en mi cama. Recuerdo la
visita de mis amigos y familiares, pero una en particular. Luis me
hizo un regalo que me resultó por demás dulce: Un cuadrito con un
mensaje detrás que versaba "Feliz Cumple. Tu amigo Luis".
No hay comentarios:
Publicar un comentario