17/4/19

CAPÍTULO LIV. “DE NORTE A SUR”.


Mi cabello había vuelto a crecer con fuerza, tan lacio y abundante como antes de mi accidente. Debido al brillo que reflejaba mi pelo hubo gente en el Shriner's Hospital que comenzó a apodarme "Shiny Hair", lo cual me sonaba a alias indígena, cosa que no me desagradaba en lo absoluto. Una tarde en el gimnasio, dado que yo tenía el rostro enrojecido debido al sol, se suscitó un diálogo con Danielle, una chica estadounidense más pequeña que yo, una rubiecita de ojos celestes.

- Are you an indian? - me preguntó por mi origen étnico.
- No. Why?- le dije y pregunté por qué aquella asociación.
- Because you look like a red skin, your face and your straight hair – contestó y a mi me encantó.
- I'm not, but I would like to be a red skin one – le dije ante su mirada atónita – I admire indian cultures a lot, I'm a fan of that kind of people.

Me asoció con aquella gente tan admirada por mí y eso me gustó muchísimo. Me resultaban sumamente atractivos los pieles rojas.

Cada vez hablaba mejor en inglés. Una mañana, me estaba aprontando para ir al gimnasio, cuando una simpática recepcionista portorriqueña (la cual se había enterado, por mí misma, de mi atracción hacia el guapo Dr. Ben Stamos) entró en la habitación junto con una grata visita. Yo ya había cepillado mis dientes, lavado mi cara y estaba en el proceso de peinado de mi largo cabello. Cuando vi al amable y deslumbrante galeno de ascendencia griega me sobresalté gratamente, yo sabía que él estaba por dejar su residencia en el Shriner's Hospital y no me había gustado en lo absoluto la idea. Celia, la recepcionista, había arreglado las cosas para que Ben pasara a saludarme antes de irse.

- Hello, good morning!!! How are you? - lo recibí entusiastamente.
- Wow, what a change since the first time I saw you – me dijo para mi agrado – You are talking much better- comentó acerca de mi manejo del inglés.
- I heard that you are leaving the hospital – mencioné.
- It's true – me dijo.
- What a pitty – le dije con un dejo de melancolía – You're such a nice doctor.
- Well, I see improvements in your movements – dijo con respecto a mi manejo del cepillo en mi cabello.
- Yes, I can do things that I couldn't before – acoté.

Y así conversamos un rato más hasta que se despidió. Un caballero muy agradable y simpático que se iba del ámbito diario en el que yo me había insertado notablemente. Luego le agradecí a Celia por haber tenido tal linda atención para conmigo.

Mi amistad con Ramón se afianzaba día a día. Nos divertíamos mucho estando juntos.

Un fin de semana, Doris nos invitó a pasarlo en su casa y aceptamos con gusto. Cuando arribamos a la casa nos dimos cuenta que era casi un palacio. El barrio era una belleza. La casa se enfrentaba a un hermoso lago. Doris tenía un hijo, Kelly, un tanto mayor que yo, quien resultó amable y simpático. El sábado visitamos un shopping. Allí Doris reconoció a unos amigos de Kelly y nos los presentó. Uno de ellos era de procedencia mexicana, Gil su nombre. Doris invitó a los dos chicos a acompañarnos a su casa. Gil me ayudó junto con mi padre a transferirme a la silla. Luego nos dirigimos a nuestra habitación con mi padre. Papá me ayudó a acostarme y cambiarme de ropa. Doris me llamó por teléfono y me dijo que Gil y su amigo querían pasar a saludarme. Esa actitud me sorprendió, no estaba acostumbrada desde que sufrí el accidente (a no ser por lo que sucedió con Gerardo) a ese tipo de atención por parte de chicos del sexo opuesto. Lo mío últimamente era rebotar como una pelota de tenis ante cualquier intento de querer agradar a algún espécimen masculino. Acepté que los muchachos pasaran a la habitación. Yo estaba sentada en la cama. Gil y su amigo se sentaron en la cama de enfrente. Me resultaron muy agradables. Con Gil hablábamos en español y él le traducía al otro chico. Pasamos varias horas charlando. Fue un momento agradable y diferente a lo que estaba habituada a experimentar. Me encantó la actitud que tuvieron esos simpáticos chicos.

Llegó un día en que mi alta del Shriner's Hospital estaba pronta. Había explotado todo el potencial que mi lesión me permitía. Manejaba mi silla con facilidad en superficies planas, me peinaba y cepillaba mis dientes sin ayuda, me maquillaba sola gracias a un nuevo adaptador que confeccionaron para mí en el centro, dibujaba y pintaba mejor que nunca antes del accidente, hablaba inglés con naturalidad, era capaz de colocarme una remera con poquísima asistencia, me había rodeado de encantadores amigos. Así que del hospital nos fuimos a casa de Carlos Alberti. Fueron muy hospitalarios con nosotros, tanto Carlos como su esposa Rocío y sus hermosas niñas. Mi padre me asistía a la perfección, tenía unas ideas geniales para lograr mi comodidad.

Tuvimos que volver al Shriner's dado que tendría que probar mi nueva silla. Así volví a encontrarme con Ramón y con las divinas fisioterapeutas que me atendieran allí. Al principio me sentí incómoda en la nueva silla, pero con el pasar de los días me fui acostumbrando a la nueva posición de la espalda y a manejarme con las nuevas ruedas. Después de eso, poco tiempo nos restaba para permanecer en USA.

Dadas las excelentes posibilidades de manejar mi discapacidad en Estados Unidos y sumada mi facilidad para acoplarme al idioma, a Doris se le ocurrió la idea de que yo podría irme a estudiar allí en tierra de Illinois. Solicitaría una beca para acceder a la Universidad de Champaign at Urbana Illinois. Según Doris, tendría toda la asistencia necesaria referente a los cuidados que demandaba mi lesión. A partir de eso, la idea revoloteaba en mi cerebro con pros y contras. En esa época la química marcaba mis preferencias en cuanto a estudios. La opción quedó a consideración (una rima y no lastima, un verso sin esfuerzo salió).

Doris me adoraba, Gina y Kimbo alentaban en mí las ganas de quedarme a vivir en USA. Las posibilidades de una vida con mínimos obstáculos me deslumbraban. Pero... Tranqui panqui Dieva... A pensarlo con calma.

Se quemaban las últimas naves de la feliz estadía en tierra presidida por Bill Clinton. En mayo de 1993, partimos nuevamente para el magnífico aeropuerto O'Hare. Allí nos acompañaron Doris, Gina, Kimbo, Carlos, Santiago, Kelly, Gil (nuevamente la uruguayita sorprendida gratamente con la aparición del mexicano allí). Mi estado era de total excitación, las valijas rebozaban de regalos, muñecos de peluche muchos, mucha alegría sobrevolaba mi aura. El aparato para realizar mis transferencias, debido a sus dimensiones y colocado en forma vertical, no iba a entrar en el lugar destinado al equipaje en el "pájaro de hierro" que nos tocaba viajar. Eso nos puso nerviosos. Santiago comenzó a analizar el "lifter" y se percató de que podía desarmarse, brillante Santi brillante, destornillaron determinadas partes y marchó a embalarse para volar. Me despedí de todos. Recibí un dulce abrazo de Doris. Unas simpatiquísimas bromas de Kimbo y Gina. Y cuando le di un beso a Gil, obtuve unas palabras que hicieron revolotear mariposas en mi estómago.

- Nos vemos el año que viene – dijo Gil con una sonrisa en su rostro que me sorprendió.
- Nos vemos el año que viene – copié su frase deleitándome con su amable rostro.

Y así nos destinamos hacia Uruguay.

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