El único idioma que había escuchado hablar a mis alrededores, desde que había llegado, era el inglés. Pero cierto día, haciendo un impase con mi padre en la sala de recreo, escuchamos gente dialogando en español. Enseguida reparamos en ellos. Una mujer bien delgada, alta, con una sonrisa que iluminaba el lugar, conversaba con un chico de tez trigueña, de baja estatura y que caminaba con dificultad. Ellos se acercaron a nosotros.
- ¿Hablan español? - nos preguntó la mujer.
- Si – respondimos con el agrado de oír nuestra lengua materna.
- ¿Ustedes son los uruguayos? - dijo ella.
- Si, ¿ustedes de dónde son? - inquirimos.
- Yo soy hija de un mexicano y una portorriqueña, me llamo Doris, y él es Ramón que es mexicano – nos aclaró Doris.
- Que bueno, ¿y qué hacen acá? - pregunté.
- Bueno, yo conocí a Ramón en México y le propuse hacer los trámites para tratarse aquí – contestó.
Ramón sufría de artritis reumatoide. Era un chico de mi misma edad, muy amable, educado y divertido. Su habitación resultó estar contigua a la mía. Con el pasar de los días, nos hicimos compinches inseparables. Nos reíamos a doler. Compartimos momentos inolvidables, nos entendíamos muy bien.
Con quien también entablamos una relación entrañable, fue con Doris. Era un ser adorable, generoso y solidario.
Los días se sucedían sin prisa. Era disfrutable mi estadía en E.E.U.U.
Más gente agradable se incorporaba a mi vida. Dos amigas de Doris vinieron un día a conocernos: Gina y Kim. Dos norteamericanas jóvenes, simpáticas y divertidas. Me acostumbré a ellas fácilmente, me encantaba su compañía.
También conocí a Carlos, Rocío su esposa, Estefanía y Jimena, sus pequeñas hijas. Carlos era el tío de Santiago. A través de ellos, empezamos a relacionarnos con un grupo de uruguayos residentes en Estados Unidos. Aquel
contacto hacía que nuestra tierra se extrañara un poquito menos. Este colectivo organizó una colecta para ayudarnos a comprar una nueva silla que se adaptara más a mi cuerpo y un aparato para realizar transferencias.
Vivir en tierra norteamericana se me hacía súper llevadero, cero obstáculos se presentaban para acceder a lo necesario para una persona con limitaciones motrices como las que yo tengo. Nada me hacía falta, a no ser la presencia de mis seres queridos uruguayos.
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