24/9/18

CAPÍTULO XLIX. “AFIANZANDO Y DESCARTANDO AFECTOS”

Volví a mi vida habitual. Me reencontré con mis amigos, los pocos que me había permitido alojar en mi nueva vida, Alejandra, Gabriel, El Oso y pocos más. Con Alejandra comencé a sentir algo peculiar, lo cual analizándolo en perspectiva totalmente alejada cronológicamente de aquel momento, puede haberse debido a una percepción equivocada de mi parte. Durante quince años yo había sido un ser totalmente "normal" (ateniéndose a la estupidez paramétrica de lo considerado dentro de condiciones standard de salud, belleza, simpatía, inteligencia, etc.), quien no encajó en esos cánones desde que nació había sido Ale. Ella nació con una discapacidad importante a nivel de miembros inferiores, lo cual le dificultaba caminar. A pesar de ese obstáculo en su vida, ella se las ingenió para llevar una vida común y corriente, no excluyéndose de ninguna actividad. Yo la conocía desde los cuatro o cinco años a Ale, así que para mí ella era una persona como cualquier otro amigo de mi edad, nunca tuve ningún cuidado especial para con ella. Nuestra amistad se había afianzado en la adolescencia, cuando nos convertimos en inseparables amigas. Pero en esa etapa fue donde comenzaron también a acentuarse nuestras diferencias, yo notaba que mi amiga no atraía a los chicos en la misma medida en la que yo lo hacía. Yo podía usar prendas que a ella no se le veían bien o que definitivamente descartaba usar. Debido a todo esto, comencé a notar cierto dejo de celos o pequeña envidia por parte de Ale. Al principio no me di cuenta, pero cuando comencé a percibir acciones tales como imitar mi forma de vestir o emular determinadas actitudes que yo tenía, me hizo click la cabeza y me di cuenta que algo se alejaba de lo común. Hubo momentos en que llegué a ofuscarme realmente, nunca se lo planteé concretamente pero me agarraba unas rabietas que me hacían un daño terrible. La cosa es que quien siempre precisó de mi ayuda, físicamente hablando, había sido ella. Luego cayó mi accidente, el cual me ubicó en una posición totalmente vulnerable ante Ale, yo necesitaba mucha más ayuda de la que ella podría haber necesitado en toda su vida. Conclusión, yo comencé a tener la sensación de que mi amiga pretendía hacerme sentir más discapacitada de lo que en realidad yo me encontraba. Expresiones tales como: Te alcanzo esto..., o te ayudo con aquello, sin yo pedir absolutamente nada, empezaron a rechinar en mis oídos. Debido a esto y totalmente de mi parte, sin mediar aclaración alguna sobre lo que yo estaba sintiendo, nuestra amistad se tornó ácida y sin brillo. Así se comenzó a deshilachar nuestro fraternal vínculo hasta deshacerse. Extrañé muchísimo mis encuentros con Ale, aquella conexión existente entre nosotras, la risotada que surgía espontáneamente. Pero lo decidí así y así quedó. Sólo "holas" cruzamos de ahí en más.

Sin embargo, mi relación con Gabriel y El Oso fue tan diferente. Nos hicimos muy amigos. Me visitaban con mucha asiduidad y con la misma asiduidad pasamos momentos formidables. Venían a casa y conversábamos hasta altas horas de la madrugada, veíamos alguna película rentada, jugábamos a algo, hiciéramos lo que hiciéramos nos divertíamos un mundo. Se respiraba comodidad con ellos.

Con quien retomé relación nuevamente fue con Luis, mi profesor de materias de secundaria. Volví a tomar clases, esta vez de física que era una de las materias que me quedaba pendiente. Aprender con él era totalmente disfrutable, explicaba los temas con una claridad impresionante. Además de ser buen educador, Luis era una persona de níveos sentimientos y valores humanos que tenía bien definidos. Recuerdo un día, que él pasó por casa a alcanzarme un libro y lo acompañó su novia. Me presentó a Alejandra, una chica que se me hace era gordita, de ojos claros que tenían un estravismo notorio, cabello castaño ondulado. Yo ya la conocía de vista, ella fue amiga de mi ex amiga Tania, la chica tenía mi misma edad. La saludé con un "Hola, qué tal?" y más nada. La actitud de Luis me resultó linda al presentarme a su chica.

Historia fue una materia que abordé por cuenta propia. Me encantó el temario de cuarto año. Estudiarla fue una pasada, me resultó tan agradable como leer un cuento. En definitiva, me fue muy bien rindiendo Historia y Física. Sólo me restaba hincarle el diente a Astronomía para finiquitar cuarto año. Pero Astronomía la fui relegando no sé por qué razón, creo que le temía basada en ningún fundamento. El estudio seguía siendo mi fuerte. A esa actividad me aferré para insertarme nuevamente en una sociedad que había dejado de lado por un lapso de casi dos años. Me inscribí para comenzar el quinto año científico que había abandonado cuando viajé a San Pablo. Esta vez cursaría las materias en el liceo No. 10. Un placer, ya que todas las instalaciones estaban en planta baja.

Otro ser que parecía querer seguir aferrado a mi historia fue Gerardo. Me llamó una tarde para preguntarme si podía visitarme. Mi respuesta era vista, acepté de total agrado. Así ocurrió que una tarde de otoño, el dulce joven llegó a casa y como siempre había sucedido con él, me obsequió su dulzura. Fuimos a dar un paseo por el Parque Rivera, mis padres nos acompañaron. Gerardo parecía haber comprendido el hecho de mi necesidad de ser tan sólo y nada menos que buenos amigos. A mí me dejó en paz esa idea.

Gente de otros tiempos benévolos y pasados se quiso hacer presente en mi casa una tardecita. Golpearon a mi puerta y mamá entró a mi habitación con la noticia de que tenía visita. Lo más inesperado fue escuchar el nombre de una de esas personas. Gabriel había llegado acompañado por José. Fue rara la sensación que tuve. Volver a ver a José no era algo que me sedujera demasiado y menos en la condición en la cual yo me encontraba, pero bueno, me armé de valor, me levanté e hice frente a la situación planteada. Aparecí en el comedor y saludé a los chicos. José estaba exactamente igual que cuando rompí mi relación con él, seguía siendo el apuesto y humilde joven que yo abandonara. La que me sentía un adefesio fui yo frente a él. De todas maneras, aquel encuentro no fue algo que me hizo daño, no sentí ni agrado ni desagrado en ese momento. Jugamos a un juego de caja que se basaba en la mímica. Nada trascendental, nada que hubiera quedado en el olvido tampoco. Sólo que no me sentí lo atractiva que me hubiera gustado haber estado. Después de ese día, mi vida volvió a encontrarse con la de José en una sola oportunidad. Fue una tarde mientras yo paseaba por el parque con mi padre, después de ese día, cero noticia de la vida de este chico.








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