El
1992 no fue un año demasiado trascendental:
- Mi ahijado cumplió un año.
- Mis estudios viajaron en coche. Me di cuenta de que la orientación científico en 5to. año no era lo mío, debido a que matemáticas “B” fue una materia a la cual no le puse lo mejor que yo podría haber rendido en ella. Entonces, decidí revalidar materias y pasar a que mi quinto fuera Biológico y así cursar 6to. de Medicina
- Mi padre inició gestiones para que yo pudiera concurrir a un centro de rehabilitación en Estados Unidos. La ciudad de Chicago en el estado de Illinois sería nuestro destino. Un hospital fundado por los masones que atendía a chicos de todo el mundo fue donde Antonio hizo la solicitud para que aprobaran mi ingreso y así realizar otra etapa de rehabilitación.
- Mis contactos telefónicos con Flavio se siguieron suscitando, no eran muy a menudo pero... El vínculo se mantenía. Él supo de mi próximo viaje a EEUU. Creo que esa idea lo hizo querer visitarme. Mi hipótesis fue que Flavio elucubró que me quedaría a vivir en tierras del Norte, nunca la quise demostrar. Desde mis días de hospital y sin previo diálogo, cuando terminamos tácitamente nuestro noviazgo, no nos habíamos vuelto a ver. Lo cierto es que él me propuso venir a mi casa. Yo no opuse resistencia, tenía ganas de verlo. Así fue como una tardecita Flavio se acercó a mi vida. Le abrieron la puerta. Yo aún no estaba lista. Él me aguardó en la sala. De lo que más me preocupé fue por perfumarme, no podía dejar de usar en aquella ocasión mi aliado "Paloma Picasso". Luego de vaporizar la fragancia en mi rostro, salí al encuentro con el corazón latiendo a mil.
Hola
– saludé.
Flavio
me miró a los ojos y se incorporó para darme un beso.
-
Que rico perfume- me dijo.
Yo
me encanté con su comentario y me mandé a meter la pata, o la rueda
mejor dicho.
-
¿Si? ¿Te acordás cuál es? - pregunté.
Me
miro nuevamente a los ojos.
-
No – dejó caer su respuesta sobre mi expectativa.
No
tenía por qué no creerle. Recordar una fragancia y asociarla con su
nombre. Eso era algo muy común para mí hacerlo. Él no tenía por
qué tener esa capacidad desarrollada. Una tontería de mi parte
zamparle esa pregunta.
Era
una hermosa tarde y decidimos salir al porche. Allí conversamos, nos
reímos, nada fenomenal. Yo utilizaba una pelota de tenis para
mantener extendida mi mano derecha. La esfera se me cayó un par de
veces y Flavio se molestó en alcanzármela. La visita concluyó sin
consecuencias importantes.
- En realidad, si hubo un acontecimiento trascendente en mi existencia ese 1992. Tomamos la decisión de comprar un perro. Yo siempre había sido admiradora de los cóckers. Cuando era más pequeña, veía a las chicas que paseaban a este tipo de canes por la rambla y me enamoré de la estampa de aquellos animales. Sus largas orejas, sus ojos tristones, su tamaño. Y fantaseaba con la idea de tener uno, cuidarlo y también pasearlo, sueño que no pude concretar en mi etapa bípeda. En fin, Indara y mi padre fueron a buscar al "tiernosito" cócker blanco y negro que pasaría a ser parte de nuestra familia. Me tocó la misión de encontrarle un nombre. Quebec pasó a llamarse el peluche animado. Era hermoso, cariñoso, suave por fuera y por dentro (parafraseando a Juan Ramón Jiménez). Lo adorábamos. Durante su vida, nos lo robaron en dos oportunidades. La primera vez fue la peor, estuvo casi una semana desaparecido. Ya casi habíamos perdido las esperanzas de que nos lo devolvieran. Atando cabos y gracias a un ex novio de Indara, Rafael, a Luis y a la guardia policial de nuestras viviendas, luego de pagar un supuesto costo de manutención a los captores, Quebec volvió a casa. Qué angustiosos fueron esos días sin su presencia. La segunda vez que lo secuestraron, fue más fácil recuperarlo porque los "malos" resultaron ser unos vecinos y fue rápido como nos enteramos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario