10/7/18
CAPÍTULO XLVIII. “MONTEVIDEO, MI CASA Y MIS AFECTOS”
Mi estadía en San Pablo estaba quemando sus últimos cartuchos. Extrañaba mi hogar, pero estaba segura que también extrañaría mi vida en la AACD. El día de la despedida llegó. Amarga y dulce sensación a la vez. Dejaría un lote de afectos cosechados en tierras brasileñas. Pero nada, el proceso había concluído satisfactoriamente. Me iba con superávit, con ganancias en varios campos, sería cuestión de aplicar el conocimiento adquirido en esas cosechas, seguir sembrando en otras tierras y con diferentes personas.
Abordamos el avión una calma noche citadina. San Pablo quedó abajo. Montevideo nos aguardaba aquel agosto de 1991. Al arribar a mi ciudad natal, papá apareció en el avión. Al acercarse me abrazó y comenzó a lagrimear. Había extrañado muchísimo a mi padre. Descendimos del avión y antes de salir del aeropuerto me dirigí a mi padre.
- Papá, sabés, no me importa si tengo que pasar toda mi vida en una silla de ruedas – dije.
Mi padre me miró desconcertado y me abrazó nuevamente.
Cuando llegamos a casa, estaba llena de gente. Mis abuelos, mis tíos, mis primos, algunos amigos se habían reunido para darnos la bienvenida. Yo irradiaba luz de lo feliz que me hacía compartir el momento con ellos. Mamá y yo relatamos anécdotas de nuestra estancia en San Pablo. La gente se reía gustosa al escucharnos. Fue muy hermoso volver a estar en familia y en suelo uruguayo.
Costó un poco volver a acomodarse a vivir en casa, distaba mucho de ser el centro de San Pablo. Sobre todo por la necesidad de ayuda y la disponibilidad de ella. Ya no me era tan fácil transferirme a mi cama cada dos horas para vaciar mi vejiga. En cuanto a la rutina de ejercicios de fisioterapia, también ellos se vieron diezmados.
Los fisioterapeutas que me asistían antes de mi viaje a San Pablo, no pudieron seguir ayudándome. Fue así como conocí a Alda, una joven fisioterapeuta. Alda es una morocha, de cabello lacio y bien largo, súper simpática y muy atractiva. Con ella retomé la actividad fisioterapéutica. De lunes a viernes, religiosamente no faltaba mi ejercitación física, era un medicamento más que aportaba a mantener en forma mis músculos y articulaciones. La rutina de ponerme de pie en el stand fue muy difícil de mantener, ya que debía contar con la ayuda de alguien con mucha fuerza o de dos personas simultáneamente. Dado que no era tan fácil propiciar esa situación, mi bipedestación se fue espaciando cada vez más hasta dejar de practicarla. Alda se convirtió en una compañía súper necesaria. Es más, hasta el día de hoy seguimos siendo amigas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Ya habías asumido totalmente a tu "nueva amiga" en tu vida (eso se desprende del comentario hacia tu padre).
ResponderEliminar¡Qué fuerza Dieva! Siendo tan pequeña...
María, no creo haberla asumido tanto en ese momento. Pero sí fue muy emocionante reencontrarme con el optimista de mi padre.
ResponderEliminar¡Gracias!
Besote.