17/1/17

CAPÍTULO XXXIII. “NUEVOS FRUTOS AMIGABLES Y MI ETERNO SAN LUIS” “PAPÁ Y MAMÁ DE ORO”

Mientras unos vínculos se disolvían en la incomprensión otros se afianzaban en la concordancia. Tal fue el caso de mi amistad con Gabriel. Buscábamos la manera de encontrar la vuelta a actividades que nos conformaran a ambos. Alquilábamos películas, jugábamos juegos de caja, conversábamos a raudales. Tuvimos la gran oportunidad de basar nuestra amistad en algo que trascendió el estado en el que yo me encontraba. Él fue capaz de ayudarme a no borrarlo de mi vida y a no excluirse queriéndome tal cual la situación estaba planteada. Nuestra relación echaba raíces firmes y daba frutos de buen sabor.
Gerardo fue otra persona que se adaptó sin esfuerzo a mi nueva condición. Él comprendió mi negativa a su propuesta y comenzamos a hilar un recíproco vínculo fraternal.
Mi madre se había brindado a mí, a tiempo completo. Le concedieron una licencia especial y siempre estaba cerca de mí. Me auxiliaba en todo lo que yo no era capaz de hacer por mí misma. Era un ser que incondicionalmente se hallaba al firme al pie de mi cañón.
San Luis se hacía presente asiduamente en mis pensamientos. Lo recordaba lindo y triste a la vez. Extrañaba mis veranos allí. Evocaba mi casa de balneario, imaginaba el lugar sin nosotros. ¿Cómo se vería aquel lugar tan añorado por mí?, esa pregunta ponía jaque a mis pensamientos. Hubo veces que logré sortear el jaque con otras ideas, con otros pensamientos. Pero llegó una instancia en que a mi juego se le dio el jaque mate. Quise volver a mi antiguo lugar de veraneo, necesitaba ver cómo se veía el balneario. Planteé mi idea a mis padres. Mamá ni por casualidad quería saber nada de San Luis, ni que se lo mencionaran soportaba, de volver ni hablar. Así como se plasmó mi deseo así fue cumplido. Una tarde de marzo, retorné a la Costa de Oro. Fui con mi tío Elio en su auto. Ingresamos a San Luis y todo me resultó rarísimo desde mi nueva perspectiva. Pasamos cerca de casa pero algo alejaba aquel inmueble de lo que resultó ser en las temporadas estivales de disfrute total. No parecía ser ese el lugar donde tanto disfrutara, donde tanto conociera, donde tanto amara. Le pedí a mi tío ir al lugar donde el 14 de enero cambiara mi vida rotundamente. La arena, el agua, las rocas, las olas rompiendo en la orilla, no eran lo que recordaba, estaban teñidas de un triste recuerdo de aquella tarde rota y gris. Sentí un vacío enorme en mi interior. Contemplaba el lugar sin pertenecer a él. Ese no era mi San Luis, así no lo quería. Nos fuimos. No me hizo bien retornar. San Luis nunca volvería a ser mi lugar. Sólo su recuerdo quedaría en mi corazón, nada más.
Junto con la Semana Santa me introduje en un agujero depresivo enorme. Pasé cerca de cinco días acostada, con las persianas de mi habitación bajas y comiendo lo mínimo indispensable. Tenía ganas de no tener ganas. Tenía ganas de comprarme un boleto al ayer. Despotriqué contra todo lo que pude y cuando sentí que nada lograría manteniendo esa actitud, me dispuse salir de las tinieblas de mi cuarto.
Una vez que mi padre pudo apoyar la pierna fracturada y caminar después de su infortunio con la moto, comenzamos a disfrutar de lo que teníamos a nuestro alcance. Una de esas maravillas fue el Parque Rivera, al cual nos dirigíamos cada mañana soleada que podíamos. Recuerdo poner mi pensamiento en la mente de quien pudiera vernos pasando y pensar: "Deben imaginar que tuvimos un accidente juntos, que papá se fracturo la pierna y que yo en poco tiempo estaré caminando sola nuevamente". Esa idea me seducía, el que creyeran que mi estancia en el carromato cuatrirodado no sería prolongado. El parque era una delicia, en la mañanita casi sin gente, con la frescura de la brisa tibia y el trinar de los pájaros en medio de un verde claroscuro. Mi padre fue la persona que más confianza tuvo siempre en mi recuperación, en mi fortaleza de carácter y quien le añadía esperanza a mi existencia cuando yo la perdía. Era el mástil en el que me apoyaba cuando flaqueaba, el mar donde vertía mis lágrimas, era mi confidente, mi amigo. A pocos días de mi accidente y desvariando por la desesperación aunada a la fiebre le pedí que me prometiera algo.
- Papá, me quiero morir – le dije.
- Pero Dieva, como vas a decir eso, todo va a pasar, ya vas a ver – intentó tranquilizarme.
- ¿Me prometés algo? – consulté.
- A ver, ¿qué es? – preguntó.
- Si en diez años yo no vuelvo a caminar...- planteé y vi como su cara se entristeció - ¿Vos me ayudás a morirme? – le pedí.
- Dieva, diez años es mucho tiempo..., para ese entonces ya todo va a haber pasado, no pienses en eso – dijo tratando de evadir la promesa.
- Si pero yo no quiero estar así, prefiero morirme si no camino de nuevo – lo seguí torturando.
- Mirá, dejemos que pase el tiempo y vemos, yo siempre te voy a ayudar – me dijo casi llorando.
Me partió en pedazos provocarle aquella reacción y quebrar su resistencia. El prometer su ayuda por siempre me satisfizo, pero igual me valió esa promesa por la otra. En mí quedó su ayuda para cualquier fin, así fuera mi muerte, a esa película la produje y dirigí absolutamente sola. No daba para disfrazar ayuda de ayuda y muerte juntas.
En fin, en cada depresión que me hundía ahí estuvo mi padre para inyectar empuje y seguirla luchando a como diera lugar.




11 comentarios:

  1. Que divinos padres tienes Dieva, ese tesoro es enorme, y sentir la incondicionalidad de ellos es algo que no todos tienen en esta vida :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tan cierto lo que dices Vivi. Son una bendición mis padres! Beso y gracias por estar siempre.

      Eliminar
  2. Me personifiquè en el lugar de tu papà y .. me quede sin palabras.. ni aliento!. Indudablemente tienes los padres que mereces, y ellos una hija soñada. :) (César)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No puedo siquiera imaginar lo que debe haber sentido Antonio. Un grande mi padre! Gracias César por seguir tan atentamente cada capítulo y darme esas devoluciones tan ricas. Beso.

      Eliminar
    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

      Eliminar
  3. Anónimo17/1/17

    logras emocionarne

    ResponderEliminar
  4. Que bueno que te llegue de esa manera. Gracias!

    ResponderEliminar
  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  6. Es muy difícil de imaginar lo que sufrieron y siguen sufriendo nuestros padres por nosotros. También me pasó y me pasa, que sé que con mi viejo (mi padre) puedo contar para todo. Que él está ahí al firme siempre, para cualquier locura que se me pueda ocurrir (igual nunca pensé en querer morirme, creo, seguramente hasta ahí no me acompañaría)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. María del Verdún8/8/19

      Olvidé cambiar el nombre en mi comentario anterior...

      Eliminar
  7. Mi padre tampoco lo haría... Ahí tenemos padres con similitudes María linda lectora.

    ResponderEliminar