20/2/17

CAPÍTULO XXXIV. “PASADO QUE NO ABANDONO Y EXPECTATIVAS DE REHABILITACIÓN”.


A pesar de que Ricardo no pretendía visitarme ni por imaginación mía, se atrevió a obsequiarme varios llamados telefónicos que alegraron mis oídos. Yo casi que no podía contener mi agrado para con él. Yo estaba escuchando la radio. Sinead O'connor cantaba "There's nothing compares to you" (Nada se compara contigo). Y me mandé y le dije:
     - Escuchá – le dije acercando el tubo del teléfono a la radio.
   - Escucho, pero... ¿Por qué esa canción? - preguntó y tuve ganas de decirle: Porque nada se compara a vos.
Pero no, nada de eso le dije. Más que seguro que sabía el por qué de esa canción en particular, estaba casi convencida de que él sabía que me moría por quererlo, por abrazarlo, por besarlo.
- Por nada, porque me gusta esa melodía – dije solamente.
A mí también me gusta – dijo Ricardo haciendo volar mi quimera.
A los pocos días el rubio de La Blanqueada volvió a llamarme y le comenté que me iba para San Pablo a rehabilitarme. Quise poder decirle que cuando volviera ya estaría caminando y todo podría volver a ser como antes, pero nadie me aseguraba esa posibilidad. Así que le conté que viajaría y que quería seguir manteniendo el contacto con él.
El pasado parecía no querer dejarme en paz. Estando yo en mi lecho una tarde, me llamaron por teléfono.
- Hola – dije sin mucho entusiasmo.
-  Hola, ¿Dieva? - preguntaron del otro lado.
- Si, ¿quién habla? - respondí.
-  Soy Marcelo, el amigo de César – dijo el chico.
Marcelo era un amigo de mi primo, a quien yo conocí en un cumpleaños. Este chico había pasado un tiempo obsesionado conmigo. Después de que yo rechazara su propuesta de noviazgo no paró de llamarme por teléfono y llegar a ser una verdadera molestia.
-  Ah, ¿cómo estás? - seguí la conversación.
- Bien. César me contó lo que te pasó. ¿Cómo estás ahora? - continuó preguntando.
- Bien, pero todavía no puedo caminar – le aclaré.
- Yo te imaginaba alta, parada a mi lado...- dijo sin mesura.
Nada quería más que estar parada, que la pesadilla del accidente se desvaneciera. Poco me entristecía sola que me faltaba ese llamado para hacerme ver la realidad en la cual estaba inmersa. Odié ese comentario que me hirió profundamente.
- Un día de estos te voy a visitar – dijo el hiriente ser.
- Como quieras – le dije con poco entusiasmo.
- Bueno, te dejo, un beso – se despidió.
-  Chau – musité sin ganas y su comentario quedó generando eco en mi mente.
Vale aclarar que, para mi dicha, Marcelo nunca me visitó. No necesitaba añadir otro adolescente frente al cual sentirme que había perdido todo atractivo, tal vez para él no resultaría así pero con su frase "Yo te imaginaba alta, parada a mi lado...", me desmotivó.
Para viajar a San Pablo tendría una compañía de lujo: Mi madre. La noche anterior  al viaje, acudió mucha gente a casa para despedirnos y desear éxito. Creo que no pegué un ojo en toda la noche. Mi tío Héctor se quedó a dormir y eso le agregó diversión al ambiente que ya desbordaba de buen color.


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