A pesar de que Ricardo no pretendía
visitarme ni por imaginación mía, se atrevió a obsequiarme varios llamados
telefónicos que alegraron mis oídos. Yo casi que no podía contener mi agrado
para con él. Yo estaba escuchando la radio. Sinead O'connor cantaba
"There's nothing compares to you" (Nada se compara contigo). Y me
mandé y le dije:
- Escuchá – le dije acercando el tubo del teléfono
a la radio.
- Escucho, pero... ¿Por qué esa canción? -
preguntó y tuve ganas de decirle: Porque nada se compara a vos.
Pero no, nada de eso le dije. Más
que seguro que sabía el por qué de esa canción en particular, estaba casi
convencida de que él sabía que me moría por quererlo, por abrazarlo, por besarlo.
- Por nada, porque me gusta esa melodía – dije
solamente.
- A mí también me gusta – dijo Ricardo haciendo
volar mi quimera.
A los pocos días el rubio de La
Blanqueada volvió a llamarme y le comenté que me iba para San Pablo a
rehabilitarme. Quise poder decirle que cuando volviera ya estaría caminando y
todo podría volver a ser como antes, pero nadie me aseguraba esa posibilidad.
Así que le conté que viajaría y que quería seguir manteniendo el contacto con
él.
El pasado parecía no querer dejarme
en paz. Estando yo en mi lecho una tarde, me llamaron por teléfono.
- Hola – dije sin mucho entusiasmo.
- Hola, ¿Dieva? - preguntaron del otro lado.
- Si, ¿quién habla? - respondí.
- Soy Marcelo, el amigo de César – dijo el chico.
Marcelo era un amigo de mi primo, a
quien yo conocí en un cumpleaños. Este chico había pasado un tiempo obsesionado
conmigo. Después de que yo rechazara su propuesta de noviazgo no paró de
llamarme por teléfono y llegar a ser una verdadera molestia.
- Ah, ¿cómo estás? - seguí la conversación.
- Bien. César me contó lo que te pasó. ¿Cómo estás
ahora? - continuó preguntando.
- Bien, pero todavía no puedo caminar – le aclaré.
- Yo te imaginaba alta, parada a mi lado...- dijo
sin mesura.
Nada quería más que estar parada,
que la pesadilla del accidente se desvaneciera. Poco me entristecía sola que me
faltaba ese llamado para hacerme ver la realidad en la cual estaba inmersa.
Odié ese comentario que me hirió profundamente.
- Un día de estos te voy a visitar – dijo el
hiriente ser.
- Como quieras – le dije con poco entusiasmo.
- Bueno, te dejo, un beso – se despidió.
- Chau – musité sin ganas y su comentario quedó
generando eco en mi mente.
Vale aclarar que, para mi dicha,
Marcelo nunca me visitó. No necesitaba añadir otro adolescente frente al cual
sentirme que había perdido todo atractivo, tal vez para él no resultaría así
pero con su frase "Yo te imaginaba alta, parada a mi lado...", me
desmotivó.
Para
viajar a San Pablo tendría una compañía de lujo: Mi madre. La noche anterior al viaje, acudió mucha gente a casa para despedirnos
y desear éxito. Creo que no pegué un ojo en toda la noche. Mi tío Héctor se
quedó a dormir y eso le agregó diversión al ambiente que ya desbordaba de buen
color.
No hay comentarios:
Publicar un comentario