Mientras
unos vínculos se disolvían en la incomprensión otros se afianzaban en la
concordancia. Tal fue el caso de mi amistad con Gabriel. Buscábamos la manera
de encontrar la vuelta a actividades que nos conformaran a ambos. Alquilábamos
películas, jugábamos juegos de caja, conversábamos a raudales. Tuvimos la gran
oportunidad de basar nuestra amistad en algo que trascendió el estado en el que
yo me encontraba. Él fue capaz de ayudarme a no borrarlo de mi vida y a no
excluirse queriéndome tal cual la situación estaba planteada. Nuestra relación
echaba raíces firmes y daba frutos de buen sabor.
Gerardo
fue otra persona que se adaptó sin esfuerzo a mi nueva condición. Él comprendió
mi negativa a su propuesta y comenzamos a hilar un recíproco vínculo fraternal.
Mi madre
se había brindado a mí, a tiempo completo. Le concedieron una licencia especial
y siempre estaba cerca de mí. Me auxiliaba en todo lo que yo no era capaz de
hacer por mí misma. Era un ser que incondicionalmente se hallaba al firme al
pie de mi cañón.
San Luis se hacía presente
asiduamente en mis pensamientos. Lo recordaba lindo y triste a la vez.
Extrañaba mis veranos allí. Evocaba mi casa de balneario, imaginaba el lugar
sin nosotros. ¿Cómo se vería aquel lugar tan añorado por mí?, esa pregunta
ponía jaque a mis pensamientos. Hubo veces que logré sortear el jaque con otras
ideas, con otros pensamientos. Pero llegó una instancia en que a mi juego se le
dio el jaque mate. Quise volver a mi antiguo lugar de veraneo, necesitaba ver
cómo se veía el balneario. Planteé mi idea a mis padres. Mamá ni por casualidad
quería saber nada de San Luis, ni que se lo mencionaran soportaba, de volver ni
hablar. Así como se plasmó mi deseo así fue cumplido. Una tarde de marzo,
retorné a la Costa de Oro. Fui con mi tío Elio en su auto. Ingresamos a San
Luis y todo me resultó rarísimo desde mi nueva perspectiva. Pasamos cerca de
casa pero algo alejaba aquel inmueble de lo que resultó ser en las temporadas
estivales de disfrute total. No parecía ser ese el lugar donde tanto
disfrutara, donde tanto conociera, donde tanto amara. Le pedí a mi tío ir al
lugar donde el 14 de enero cambiara mi vida rotundamente. La arena, el agua,
las rocas, las olas rompiendo en la orilla, no eran lo que recordaba, estaban
teñidas de un triste recuerdo de aquella tarde rota y gris. Sentí un vacío
enorme en mi interior. Contemplaba el lugar sin pertenecer a él. Ese no era mi
San Luis, así no lo quería. Nos fuimos. No me hizo bien retornar. San Luis
nunca volvería a ser mi lugar. Sólo su recuerdo quedaría en mi corazón, nada
más.
Junto con
la Semana Santa me introduje en un agujero depresivo enorme. Pasé cerca de
cinco días acostada, con las persianas de mi habitación bajas y comiendo lo
mínimo indispensable. Tenía ganas de no tener ganas. Tenía ganas de comprarme
un boleto al ayer. Despotriqué contra todo lo que pude y cuando sentí que nada
lograría manteniendo esa actitud, me dispuse salir de las tinieblas de mi
cuarto.
Una vez
que mi padre pudo apoyar la pierna fracturada y caminar después de su
infortunio con la moto, comenzamos a disfrutar de lo que teníamos a nuestro
alcance. Una de esas maravillas fue el Parque Rivera, al cual nos dirigíamos
cada mañana soleada que podíamos. Recuerdo poner mi pensamiento en la mente de
quien pudiera vernos pasando y pensar: "Deben imaginar que tuvimos un
accidente juntos, que papá se fracturo la pierna y que yo en poco tiempo estaré
caminando sola nuevamente". Esa idea me seducía, el que creyeran que mi
estancia en el carromato cuatrirodado no sería prolongado. El parque era una
delicia, en la mañanita casi sin gente, con la frescura de la brisa tibia y el
trinar de los pájaros en medio de un verde claroscuro. Mi padre fue la persona
que más confianza tuvo siempre en mi recuperación, en mi fortaleza de carácter
y quien le añadía esperanza a mi existencia cuando yo la perdía. Era el mástil
en el que me apoyaba cuando flaqueaba, el mar donde vertía mis lágrimas, era mi
confidente, mi amigo. A pocos días de mi accidente y desvariando por la
desesperación aunada a la fiebre le pedí que me prometiera algo.
- Papá,
me quiero morir – le dije.
- Pero
Dieva, como vas a decir eso, todo va a pasar, ya vas a ver – intentó
tranquilizarme.
- ¿Me
prometés algo? – consulté.
- A ver,
¿qué es? – preguntó.
- Si en
diez años yo no vuelvo a caminar...- planteé y vi como su cara se entristeció -
¿Vos me ayudás a morirme? – le pedí.
- Dieva,
diez años es mucho tiempo..., para ese entonces ya todo va a haber pasado, no
pienses en eso – dijo tratando de evadir la promesa.
- Si pero
yo no quiero estar así, prefiero morirme si no camino de nuevo – lo seguí
torturando.
- Mirá,
dejemos que pase el tiempo y vemos, yo siempre te voy a ayudar – me dijo casi
llorando.
Me partió
en pedazos provocarle aquella reacción y quebrar su resistencia. El prometer su
ayuda por siempre me satisfizo, pero igual me valió esa promesa por la otra. En
mí quedó su ayuda para cualquier fin, así fuera mi muerte, a esa película la
produje y dirigí absolutamente sola. No daba para disfrazar ayuda de ayuda y
muerte juntas.
En fin,
en cada depresión que me hundía ahí estuvo mi padre para inyectar empuje y
seguirla luchando a como diera lugar.
Que divinos padres tienes Dieva, ese tesoro es enorme, y sentir la incondicionalidad de ellos es algo que no todos tienen en esta vida :)
ResponderEliminarTan cierto lo que dices Vivi. Son una bendición mis padres! Beso y gracias por estar siempre.
EliminarMe personifiquè en el lugar de tu papà y .. me quede sin palabras.. ni aliento!. Indudablemente tienes los padres que mereces, y ellos una hija soñada. :) (César)
ResponderEliminarNo puedo siquiera imaginar lo que debe haber sentido Antonio. Un grande mi padre! Gracias César por seguir tan atentamente cada capítulo y darme esas devoluciones tan ricas. Beso.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
Eliminarlogras emocionarne
ResponderEliminarQue bueno que te llegue de esa manera. Gracias!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEs muy difícil de imaginar lo que sufrieron y siguen sufriendo nuestros padres por nosotros. También me pasó y me pasa, que sé que con mi viejo (mi padre) puedo contar para todo. Que él está ahí al firme siempre, para cualquier locura que se me pueda ocurrir (igual nunca pensé en querer morirme, creo, seguramente hasta ahí no me acompañaría)
ResponderEliminarOlvidé cambiar el nombre en mi comentario anterior...
EliminarMi padre tampoco lo haría... Ahí tenemos padres con similitudes María linda lectora.
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