8/10/16

CAPITULO XXX “CHAU TANIA, HASTA LUEGO NO…”.

Con el advenimiento de las temperaturas agradables, el astro rey me convidaba a dejarlo disfrutar. Salía a la puerta de mi casa y permanecía tomando sol un buen rato. Estando en el frente de casa, llega un día Tania.
- Hola, ¿cómo andás? – saludó. Si me dicen eso ahora y tengo confianza con la persona que pregunta, puedo llegar a contestarle (riéndome de mí misma): No ando, pero estoy bien, jaja.
- Bien, ¿vos? – pregunté.
- Bien, pasaba por acá y vine a saludarte – respondió – El otro día fui al cumpleaños de Richard y pasamos bárbaro.
Me rechinó en los oídos la frase "pasaba por acá...", me molestó el hecho de que viniera a casa porque cuadró que quedaba en el camino a su destino. Me sacó de mi eje que me mencionara su asistencia a un cumpleaños, que lo había pasado bárbaro y que a mí, a su amiga que estaba pasando por un momento difícil apenas la visitara. Me tragué la bronca y dejé que siguiera vomitando sus estúpidos cuentos de diversión, encuentros con adolescentes para quienes sus maravillosas vidas continuaban sin obstáculos. Todo eso me generó una envidia espantosa y un odio cada vez más terrible hacia lo que me estaba pasando. Por fin la tortura finalizó y Tania se fue.
El veintiocho de noviembre era la fecha de mi primer examen: Biología. También era el día del cumpleaños de mi madre. Nunca había tenido la experiencia de dar un examen. Una de las profesoras examinadoras había sido mi profesora en tercer año. Me hicieron varias preguntas y las contesté sin problemas. Pasé el examen con diez y ese fue mi regalo para mamá. Ya había sacado de mi mochila la primera piedra.
Así seguí salvando los exámenes, matemáticas, inglés, filosofía, literatura y química. Química la salvé también con nueve. Cecilia y Luis resultaron excelentes profesores.
Se avecinaban las fiestas tradicionales, Navidad, Año nuevo y nada de entusiasmo pegaban en mí. Me resultaba una mierda el no poder salir a disfrutar de esos días como antes, disponiendo de mí misma como se me antojara, siendo autónoma. Surgió la propuesta de ir en nochebuena y Navidad a casa de mi tío Héctor. La idea me gustó. No quería por nada del mundo festejar una navidad cercenada y tormentosa, porque en eso se transformaría para mí si viera como aquella gente con la que tanto compartí, con la que mucho disfruté, a quienes consideraba amigos, me vinieran a saludar y luego se fueran a degustar la madrugada sin mí. No, no lo toleraría. Sería "homeopático" para mí que la Navidad discurriera lejos de casa.
Veinticuatro de diciembre y ¿dónde estaba el espíritu navideño?: Se había ido junto con mi amor a la vida. De todas formas, fuimos con mi madre e Indara a oficiar de Papá Noel. Eso si era algo que me seguía entusiasmando, hacer compras. Cuando regresamos a casa, Tania me estaba esperando con un paquete en sus manos junto a Díver, su madre. Mamá entró y yo me quedé en el porche con Indara y las visitas.
- Hola, vine a saludarte por Navidad – dijo Tania.
Mis pensamientos jugaron a las escondidas por un instante, al rato se ordenaron y con toda la impotencia masticada verbalicé mi ira.
-          No, me parece que te estás equivocando – dije - ¿De qué me sirve que vengas en Navidad con un paquete de masas? No me va una amistad así. Que pases a verme y me digas que viniste porque estabas de paso. 
-          ¿Cómo pensás que me puedo sentir ante eso? – seguí diciendo mientras las lágrimas por tanto dolor contenido mojaban mi rostro – No quiero más una amiga en esas condiciones.
 Tania me escuchaba absorta. 
- Indara vamos hasta la esquina – le pedí a mi hermana que me arrancara de la histérica situación porque reventaría de bronca. No di derecho a respuesta.
Mi hermana me miraba y accedió a mi voluntad. Una vez en la esquina seguí llorando desconsoladamente, pero mi pecho comenzó a refrescarse, sentí alivio después de todo lo que había vertido sobre la persona que me había hecho sentir tan miserable. Estaba más que conforme con la determinación que había tomado. Cuando volvimos a casa nadie musitó palabra alguna. El silencio pareció de cristal. Mi amistad con Tania había terminado para siempre.
Pasamos nochebuena y Navidad con mis padres, mi hermana, mis primos, mi tío. Para mí no fue Navidad, no tenía motivos para festejar. Pasó con pena y sin gloria.


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