Volví a
tener noticias de Flavio. Me comuniqué con él por teléfono. No hablamos
demasiado de lo que pasó entre nosotros. Yo no me sentí abandonada por él
cuando dejó de aparecerse por el hospital, para nada, fue algo que se dio
naturalmente y de lo cual en parte fui responsable y propulsora. A través de
sus palabras, me dejó entrever que se sentía con culpa por haber dejado de
asistir a visitarme.
- ¿Seguís
moviendo la cabeza como una loquita? – me preguntó haciendo referencia a mis
desequilibrios psicológicos en el sanatorio.
- No, eso
era por la desesperación, ahora me tranquilicé un poco – le respondí.
- Sabés
que la remera tuya te la mandé por Tania – me dijo.
- ¿Cómo?
Pero... ¿Por qué? Si yo te la regalé, era para que te la quedaras – aclaré.
No sé qué
le impulsó a devolverme un regalo tan especial. Pero me llenó de bronca el
hecho de que Tania nunca me entregara lo que, según Flavio, me correspondía. Me
llenaron las ganas de tenerla frente a mí y seguir despotricando contra ella.
No pude creer que se quedara con algo que era un icono que representaba la
relación entre Flavio y yo, no me la imaginaba tan ruin.
Habiendo
salvado los exámenes que di, estaba habilitada para cursar quinto año. Me
restaban tres materias: física, historia y astronomía. Dado ese paso, me
inscribí para cursar quinto año reglamentado. Mi idea, antes del accidente, era
terminar el liceo y comenzar mi carrera universitaria en Facultad de
Odontología. La lesión también frustró mi vocación profesional elegida. Debido
a ello, opté por inscribirme en la orientación científico. También tendría que
cambiar de liceo, ya que el viejo y querido diecinueve tenía los salones en
pisos superiores accesibles, sólo, mediante escaleras. Empecé a preparar física
con Luis. No sólo era un buen profesor sino que, también era agradable para
conversar, se compartían buenos momentos con él.
Estaba yo
sentada en mi cómodo sillón una noche, cuando llamaron a la puerta. Mi sorpresa
fue mayúscula cuando ante mí se presentaron dos chicos que yo no veía desde
hacía ya un tiempo. Gabriel y el Oso se habían materializado en mi casa. Una
mezcla de alegría y desconcierto me abrumó. Estaban iguales a cuando se
interrumpió nuestro contacto. Me saludaron y tomaron asiento.
- Hace
tiempo que queríamos venir, pero no nos animábamos – dijo Gabriel y su
sinceridad me conmovió.
Permanecieron
en casa hasta pasada la medianoche. Conversamos, nos reímos, recordamos tiempos
pasados. Después del impacto del primer momento, comenzamos a interactuar como
si el paréntesis temporal no hubiera existido. A pesar de mis cambios, nuestra
relación se dio naturalmente. Me encantó reiniciar ese contacto y más me gustó
comprobar que no vinieron fortuitamente. Sus visitas se continuaron dando y nuestra
amistad se afianzó con valores genuinos.
Las
sorpresas siguieron sucediéndose. Durante una calurosa tarde, Indara, Andrea mi
prima y yo habíamos rentado una película de Almodóvar: "¿Qué he hecho yo
para merecer esto?". Recién iniciaba el filme, cuando tuvimos que
interrumpirlo para atender a quien golpeaba en la puerta. Ni por imaginación
hubiéramos pensado quien era. Gerardo, el dulce muchacho de San Luis. Con su
misma cara de ternura se animó a aparecerse por casa. Era lo menos esperado, me
impactó sobremanera y con él afloraron mis memorables días en mi querido
balneario.
- ¿Cómo
estás?, pasó mucho tiempo – me comentó.
- Bien,
que sorpresa tu visita – le dije.
- Hace
tiempo que quería verte – me dijo – Recibí tu telegrama para mi cumpleaños.
- ¿Te
enteraste lo que me pasó? – pregunté.
- Si,
allá en San Luis fue todo un revuelo con lo de tu accidente – me contó.
- Y, ¿qué
es de tu vida? – seguí interrogándolo.
- Estoy
jugando al fútbol y viviendo acá en Montevideo – dijo.
Después
lo invitamos a mirar la película y aceptó. Se quedó hasta que finalizó.
Conversamos un rato más y me resultó una agradable compañía.
- Me
gustaría volver a visitarte – se animó a decir antes de despedirse.
- Bueno,
cuando quieras, me llamás y combinamos. Me encantó que vinieras – le dije y
auguramos vernos de nuevo.
Así como
lo auguramos se dio que Gerardo me llamó, me preguntó si podía venir y vino
nomás. Me sentía cómoda en su compañía, creo recordar que lo mismo le ocurría a
él. Me permití redescubrir que lindo era contar con su amistad. Compartimos la
merienda, jugamos al cuatro en línea, él me ayudaba si yo tenía dificultad para
colocar las fichas, nos reímos mucho, disfrutamos realmente estando juntos.
Una noche
de sábado transcurría y yo estaba en casa dejando que la vida pasara y se
apurara. Mi hermana y unos amigos alborotaban el ambiente al frente de mi casa.
Sonó el teléfono y me pasaron el tubo.
- Hola –
respondí a quien esperaba al otro lado.
- Hola,
habla Gerardo – me dijo.
- ¿Cómo
estás? – le pregunté.
- Bien,
estoy en la esquina de tu casa. Me acercó un amigo en el auto – relataba -
¿Puedo ir a verte? – me descolocó con la pregunta.
¿Gerardo
en la esquina de casa?, pensé, que raro. Un sábado a la noche, un chico joven
como él, en mi mente adolescente se me hacía que debería estar en otro lugar y
no preguntándome si me podía visitar. Sin darme cuenta me autoexcluía de la
vida de Gerardo.
- Si, si
querés vení – le contesté luego de la fugaz reflexión.
No
pasaron ni cinco minutos cuando llamó a mi puerta. Alguien le habilitó la
entrada. Gerardo me saludó con la misma expresión de dulzura en su cara, la
misma mirada que tuvo aquel sábado en San Luis, el día que me encargué de
fracturar su sueño. Se sentó frente a mí. Lo noté un tanto nervioso y alegrón.
- ¿Qué se
te dio por venir hoy? – le pregunté.
- Estaba
con un amigo, le empecé a hablar de vos y tuve ganas de verte – respondió y me
avergoncé.
Fue raro,
porque si bien me dio vergüenza, no sentí el nerviosismo propio de otras
épocas. Un sentimiento nuevo se apoderó de mí: Vergüenza con comodidad, me
sentía tranquila, Gerardo me transmitía una paz inexplicable. Era como un ángel
que volvía a posarse en mi vida.
- Sabés
que vos me gustas – desempolvó sus sentimientos y se sonrió.
Lo quedé
mirando entre asombrada y expectante. Me dejó sin habla, lo miraba como
exigiendo que se explayara en su discurso. La expresión de mi mirada fue
correspondida.
- Me
enteré de casos de algunas parejas donde uno de ellos no podía caminar e igual
seguían juntos – me relataba como si fuera un gran conocedor de la situación –
Además podríamos casarnos, vos y yo.
Mis ojos
lo escuchaban y mis oídos lo miraban confundidos, fue tal la ensalada que se
formó con mis sentidos que creo que llegué a olfatear con el tacto. Una especie
de sinestesia subrealista me generó el planteo de Gerardo.
- Yo te
sigo queriendo igual que antes – siguió y parecía que no existía un botón de
apagado, estaba enchufado a cuatrocientos cuarenta watts, su verborrea me
sorprendía y no me permitía que las palabras fluyeran de mi boca.
Aguardé a
ver si terminaba su alocución y cuando fui capaz de ordenar la frase hice mi
declaración.
- Pará,
me parece que estás yendo demasiado lejos – aclaré - ¿Casarnos?, eso ni se me
pasa por la cabeza.
-
¿Podemos salir? – me preguntó.
- ¿Acá
afuera? – inquirí.
- Si, al
frente – dijo.
Llamé a
mi madre para que me ayudara a salir y una vez afuera nos dejó solos.
- Yo no
digo casarnos ahora – aclaró Gerardo – Yo quiero estar contigo, te sigo
queriendo.
- Yo
también te quiero, pero sigue siendo igual, te quiero como amigo – le dije – y
quiero seguir así. Sos una persona increíble, no puedo creer los sentimientos
que tenés. Creéme, te quiero muchísimo, pero no como para ser tu novia.
Una veta
de desilusión se dibujó en su rostro pero no me sentí tan ruin como me sentí en
la playa. Pareció entender mis sentimientos y conformarse con éstos. Gerardo
parecía estar compuesto de azúcar. Hasta ese entonces nunca había conocido un
chico que me adorara tanto como él lo hacía. Permanecimos un rato en silencio
mirándonos en una comunión comprensiva. Una vez más habíamos clareado nuestros
sentimientos.
Luego que
Gerardo se fue, me quedé afuera y mi hermana se acercó junto con sus amigos. Yo
escuchaba sus conversaciones y de vez en cuando participaba. Había uno de ellos
que tenía clavada su mirada en mí, me observaba como embelesado y cada vez que
yo intervenía intentaba llamar mi atención. Tendría, tal vez, dos años menos
que yo, pero ante mis ojos era un nene bobo. Ese día transcurrió con dos chicos
que estaban idiotizados conmigo y en mi corazón quedó marcada a fuego la
actitud que Gerardo había tenido, me resultaba casi increíble que me quisiera
tanto.
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