Mi
resistencia a la vida, padeciendo una cuadriplegia, fue cediendo y me permití
comenzar a descubrir, de a poco y sin mucho entusiasmo, lo que deparaba a mi
existencia. Sin abandonar el pasado y dejando que el futuro, sin apuro,
deviniera en presente.
Entre las
cosas más importantes que ocurrieron, estuvo mi acercamiento a la silla de
ruedas. Eso me abrió horizontes, me brindó la posibilidad de alcanzar lugares
que trascendieran los límites de los edificios. Una de las primeras salidas fue
a una plaza cerca de la casa de la abuela. Aunque la esquina hubiese sido el
destino, de todas formas me habría resultado interesante. Después de varios
meses sin disfrutar del aire libre con una perspectiva como la obtenida desde la
silla, todo parecía nuevo, las personas, los animales, las plantas, el cielo
volvían a deleitar mi vista, en fin, mis sentidos cobraron una nueva vida. Era
invierno, estaba fresco, pero la brisa que acariciaba mi rostro me daba una
sensación de exquisita libertad. Mi madre manejaba la silla, me acompañaban
Magel, Adrián y no recuerdo si mi hermana estaba. Magel aprovechó el momento y
sacó unas fotos. Valió la pena dejar a un lado el enojo y permitirme el
disfrute de una adorable tarde invernal.
Mis
brazos unidos a mis manos me daban posibilidades que eran inimaginables dado el
grado de inmovilidad que presentaban. Cuando gozaba de plenas facultades
físicas, yo confeccionaba unas pulseras con hilos de bordar, en un periquete
terminaba una y podía dar comienzo a otra nudo tras nudo. Se ve que mi cerebro
mantenía intactos los conocimientos adquiridos durante quince años, porque las
órdenes que les enviaba a mis miembros superiores daban resultado pese al
remanente motriz. Se me daba con una facilidad increíble el realizar aquellas
artesanías, ya no las hilaba en un periquete pero me defendía en buena forma.
Siempre me encantó la creación de manualidades y como mi vida se había
convertido mayormente en una tediosa telaraña, las pulseras me generaban un
escape transitorio. La primera obra que terminé combinaba el rojo con el azul y
también fue para mi padre, la segunda se la regalé a Indara y también Magel
recibió una.
- ¡Ayyy,
mi amor! –dijo mi madre prácticamente volcándose al suelo para intentar
socorrerme.
Fue más
el susto que el daño causado por el golpe. No existieron traumas aparentes, ni
la cabeza me quedó doliendo. Una vez más la vida quiso adherirse rabiosamente a
mí espantando la muerte.
Paulatinamente
la situación aparentaba mejorar. Empecé a manejarme sola para comer con el uso
de una cuchara. El hecho de haber comenzado a escribir y hacer las pulseras fue
un gran avance. Basándose en esos progresos, una señora que profesaba el
umbandismo vaticinó:"Dieva el año que viene, para el día de Iemanjá ya va
a estar caminando". Poco creí en su alentador augurio pero quedó
implantado en mi base de datos.
La buena
suerte se nos hacía esquiva. Mediante un llamado telefónico nos llego otra mala
noticia: Mi padre había sufrido un accidente con la moto. Resultó ser que se
fracturó tibia y peroné. Al menos la desgracia no pasó de la fractura.
No
faltaba mucho para que pudiéramos mudarnos a la que pasaría a ser nuestra casa.
Me hacía la idea de que me resultaría raro retornar a mi barrio sin poder
caminar. En realidad todo me resultaba extraño al no poder moverme normalmente,
todo me seguiría pareciendo anormal.

Incorporare cada frase a mi vida, intentare poner tu manera de ver las cosas en loquer haga. No puedo sentir igual que tu, tu si puedes hacerlo conmigo. Prometo que en cada salida a la montaña en bicicleta o andando, estaras tu motivandome.
ResponderEliminarGracias Néstor por tu comentario! Y todos sentimos diferente de acuerdo a la etapa que estemos transitando. Me alegra muchísimo tenerte por acá. Abrazo.
ResponderEliminarGracias Néstor por tu comentario! Y todos sentimos diferente de acuerdo a la etapa que estemos transitando. Me alegra muchísimo tenerte por acá. Abrazo.
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