Al
poquito tiempo de habernos instalado en nuestra nueva morada, descubrí que
tenía acceso a otra de las actividades lúdicas que me apasionaban antes del
accidente: Hablar por teléfono. No tuve más brillante y mejor idea que llamar a
Roberto, sí, el príncipe de mis quince años. Lo llamé para contarle que ya
estaba de alta esperando que me dijera que me visitaría o me pediría mi nuevo
teléfono. Pero planché como una púber tonta y así me comencé a dar cuenta de que
el juego tenía otras reglas ahora que mi condición física había cambiado.
Yo me
seguía levantando al sillón con la ayuda de mi tío Héctor. Él venía todos los
días para ayudarme con esta actividad. Otras personas se sumaron a asistirme en
ese sentido, tal fue el caso de Marcelo y de mi tío Carlos. Cada uno de ellos
podía solo con el peso de mi cuerpo. Continuaba con mis ejercicios de
fisioterapia, que por aquel entonces realizaba dos veces al día con técnicos
que mi sociedad médica me subsidiaba. Mis brazos se iban fortaleciendo día a
día y mis movimientos con ellos se iban tornando cada vez menos torpes y más
precisos. Debido a estos avances, decidí probar fortuna con la escritura, pedí
una hoja y un marcador a fibra grueso. Tomé el lápiz con mi mano izquierda
(siendo diestra en mi vida anterior), que era la que mejor manejaba y traté de
esbozar algo parecido a una inscripción en castellano. La letra era la propia
de un diestro que intenta escribir con la mano izquierda, se sumaba la pérdida
de movilidad de mis dedos y el remanente de movimientos que permanecían en mis
brazos. En resumen, los garabatos se entendían. El día en que me reencontré con
la escritura fue un sábado de julio, víspera del día del padre. Mi padre bajó
la escalera y le pedí que se acercara, le entregué una hoja. Él desplegó el
papel, luego unas dulces lágrimas rodaron por su rostro. El papiro abrigaba lo
siguiente:"Feliz día papá. Dieva".
Llegó el
día en que me tocara cumplir dieciséis años. La casa de mi abuela era muy fría
y por eso se compró leña para encender el hogar para caldear el ambiente. Las
visitas desfilaron desde temprano. Unas amigas de la familia, dado que se
enteraron que me había animado a garabatear, me regalaron pinturas para
utilizar con los dedos y un paquete de cerámica sin horno. A la tarde vinieron
mis amigos del barrio y esa fue la primera vez que los vi después del accidente
en una situación que podría llamársele medianamente habitual, es decir fuera
del hospital, lejos de una cama y vestida con ropa que acostumbraba a vestir
antes de la fractura. Fue un día atípico, lo disfruté con la misma alegría con
la que siempre conmemoraba el día de mi nacimiento.
Hubo otro
acontecimiento importantísimo que me entretuvo durante parte de junio y julio:
"Mundial de fútbol de 1990", más comúnmente llamado "Italia
‘90". Desde que tengo uso de razón, sé que me apasiona ese deporte, me
llena de fervor verlo jugar y me pierden la cabeza muchos de quienes lo
practican. Las eliminatorias para ese mundial las había vivido con mucha
emoción el año anterior. Ansiosa esperé la participación de la selección
uruguaya en el torneo. Seguí con detenimiento la mayoría de los partidos
disputados. Me embelesé con un jugador de la selección "azzurra", un
bombón de no más de veinticinco años, Giusseppe Gianninni.
De ahí en
más no me permití perderme un sólo partido del combinado italiano. Uruguay
llegó a los octavos de final y se tuvo que enfrentar a Italia, por consiguiente
la celeste quedó afuera del mundial e Italia siguió en juego hasta quedarse con
el tercer lugar. Alemania obtuvo el primer lugar desplazando a Argentina al
segundo puesto. Siempre que concluye un evento de este tipo se entristece mi
corazón y es como que tuviera que hibernar por un lapso de cuatro años.
Tuve que
agregar a mi buzón de quejas el hecho de que la ropa que tanto me gustaba y que
tan reluciente estaba (tan sólo databa del pasado verano interrumpido) ya no
podría usarla. Por un lado porque mi cuerpo había cambiado su estructura y su
funcionamiento, entonces debí intentar adaptarme a nuevos ropajes que no me
dejaban conforme. Eso clavó otra espina envenenada en mi corazón. El no verme
ni sentirme atractiva me agobiaba. En esos momentos de agobio era cuando
deseaba poder deshacer el camino vivido y volver a las épocas en que me
quejaba, frente a un espejo disconforme con mi aspecto físico, añoraba lo que
había perdido y no había valorado en su momento. La carcasa se había lesionado
y su interior había quedado al descubierto y con pocas armas para hacerle
frente a una etapa de mi vida en la que la prioridad era mi apariencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario