26/8/16

CAPÍTULO XXV. "SE ESCRIBE UNA NUEVA HISTORIA".

Al poquito tiempo de habernos instalado en nuestra nueva morada, descubrí que tenía acceso a otra de las actividades lúdicas que me apasionaban antes del accidente: Hablar por teléfono. No tuve más brillante y mejor idea que llamar a Roberto, sí, el príncipe de mis quince años. Lo llamé para contarle que ya estaba de alta esperando que me dijera que me visitaría o me pediría mi nuevo teléfono. Pero planché como una púber tonta y así me comencé a dar cuenta de que el juego tenía otras reglas ahora que mi condición física había cambiado.
Yo me seguía levantando al sillón con la ayuda de mi tío Héctor. Él venía todos los días para ayudarme con esta actividad. Otras personas se sumaron a asistirme en ese sentido, tal fue el caso de Marcelo y de mi tío Carlos. Cada uno de ellos podía solo con el peso de mi cuerpo. Continuaba con mis ejercicios de fisioterapia, que por aquel entonces realizaba dos veces al día con técnicos que mi sociedad médica me subsidiaba. Mis brazos se iban fortaleciendo día a día y mis movimientos con ellos se iban tornando cada vez menos torpes y más precisos. Debido a estos avances, decidí probar fortuna con la escritura, pedí una hoja y un marcador a fibra grueso. Tomé el lápiz con mi mano izquierda (siendo diestra en mi vida anterior), que era la que mejor manejaba y traté de esbozar algo parecido a una inscripción en castellano. La letra era la propia de un diestro que intenta escribir con la mano izquierda, se sumaba la pérdida de movilidad de mis dedos y el remanente de movimientos que permanecían en mis brazos. En resumen, los garabatos se entendían. El día en que me reencontré con la escritura fue un sábado de julio, víspera del día del padre. Mi padre bajó la escalera y le pedí que se acercara, le entregué una hoja. Él desplegó el papel, luego unas dulces lágrimas rodaron por su rostro. El papiro abrigaba lo siguiente:"Feliz día papá. Dieva".
Llegó el día en que me tocara cumplir dieciséis años. La casa de mi abuela era muy fría y por eso se compró leña para encender el hogar para caldear el ambiente. Las visitas desfilaron desde temprano. Unas amigas de la familia, dado que se enteraron que me había animado a garabatear, me regalaron pinturas para utilizar con los dedos y un paquete de cerámica sin horno. A la tarde vinieron mis amigos del barrio y esa fue la primera vez que los vi después del accidente en una situación que podría llamársele medianamente habitual, es decir fuera del hospital, lejos de una cama y vestida con ropa que acostumbraba a vestir antes de la fractura. Fue un día atípico, lo disfruté con la misma alegría con la que siempre conmemoraba el día de mi nacimiento.
Hubo otro acontecimiento importantísimo que me entretuvo durante parte de junio y julio: "Mundial de fútbol de 1990", más comúnmente llamado "Italia ‘90". Desde que tengo uso de razón, sé que me apasiona ese deporte, me llena de fervor verlo jugar y me pierden la cabeza muchos de quienes lo practican. Las eliminatorias para ese mundial las había vivido con mucha emoción el año anterior. Ansiosa esperé la participación de la selección uruguaya en el torneo. Seguí con detenimiento la mayoría de los partidos disputados. Me embelesé con un jugador de la selección "azzurra", un bombón de no más de veinticinco años, Giusseppe Gianninni.
De ahí en más no me permití perderme un sólo partido del combinado italiano. Uruguay llegó a los octavos de final y se tuvo que enfrentar a Italia, por consiguiente la celeste quedó afuera del mundial e Italia siguió en juego hasta quedarse con el tercer lugar. Alemania obtuvo el primer lugar desplazando a Argentina al segundo puesto. Siempre que concluye un evento de este tipo se entristece mi corazón y es como que tuviera que hibernar por un lapso de cuatro años.
Tuve que agregar a mi buzón de quejas el hecho de que la ropa que tanto me gustaba y que tan reluciente estaba (tan sólo databa del pasado verano interrumpido) ya no podría usarla. Por un lado porque mi cuerpo había cambiado su estructura y su funcionamiento, entonces debí intentar adaptarme a nuevos ropajes que no me dejaban conforme. Eso clavó otra espina envenenada en mi corazón. El no verme ni sentirme atractiva me agobiaba. En esos momentos de agobio era cuando deseaba poder deshacer el camino vivido y volver a las épocas en que me quejaba, frente a un espejo disconforme con mi aspecto físico, añoraba lo que había perdido y no había valorado en su momento. La carcasa se había lesionado y su interior había quedado al descubierto y con pocas armas para hacerle frente a una etapa de mi vida en la que la prioridad era mi apariencia.




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