16/8/16

CAPÍTULO XXIV. “FRÍO Y ANGUSTIANTE INVIERNO”


Cuatro meses me alejaban de la horrenda tarde que me fracturó la vida. Los cambios en mi situación se daban con una lentitud que carcomía mi paciencia. La depresión seguía acompañándome y no encontraba arma que la ahuyentara. Todo me resultaba tan difícil, me parecía estar viviendo una pesadilla interminable. Hubo alicientes que contribuyeron a mi entretenimiento: Magel, Marcelo, mi pequeño primo "dorado" Adrián, la televisión, ver películas en video, algún juego, en fin, actividades que alejaban mi mente del tormento.
Una de las actividades en que vertí mi interés fue el mirar películas rentadas de algún video club. Me introduje en un mundo de filmes y estrellas cinematográficas que embelesó mi vida. Me torné fanática del séptimo arte. Antes de la fatalidad ocurrida, hubo un actor que conquistó mi adolescencia. Con Tania habíamos asistido a ver "Cocktail". Allí Tom Cruise hacía despliegue de su fama de seductor, llegando a conquistar el sincero corazón de Elisabeth Shue y entre copas, palmeras, reggae, besos, abrazos y demás llegaban a conformar una envidiable pareja. Creo que no hubo película que el galán protagonizara que yo no hubiera alquilado y visto. En la mayoría jugaba el rol de nene lindo y conquistador donde el guión, a mi entender, poco tenía de trascendente; pero hubo una película que me cautivó, en donde el galardón de mejor actuación se lo ganara con creces Dustin Hoffman, pero Tom además del bombonazo que interpretó, sumó un papel en el que transitaba desde un ser intolerante y frívolo a un sujeto comprensivo y tierno. "Rain man" mereció ese año el premio Oscar a mejor actor (Hoffman) y mejor película.
La gente conocida continuaba visitándome sin captar en demasía mi atención, llámese Pastor Holland, los Pereiro (que no está de más mencionar que se aparecieron sólo una vez y esfumáronse de nuestra vida). Leticia, mi gordita amiga, al igual que su familia se borró y no supe por qué. Mis amigos del barrio quisieron visitarme en una oportunidad y pedí que me negaran, no me sentía preparada para recibirlos fuera del ámbito hospitalario. Lo que más me preocupaba era mi aspecto físico que no se ajustaba a lo que yo deseaba ver. Me costaba horrores tener que hacerle frente a un cuerpo que no respondía a mis órdenes, que precisaba de fuerza externa para moverse, que había perdido el tono muscular, que no cumplía con mis expectativas.
Me carcomía la cabeza el hecho de ver mi adolescencia cercenada. Recién había comenzado a saborear el gusto de la libertad, del contacto con el sexo opuesto, de los cambios que en esa época se hacen presentes, en fin de la vida que me sonreía justo antes del 14 de enero de 1990, cuando la sonrisa de golpe y sin aviso se borró con mi accidente. Bailaba en mis pensamientos la idea de que en el estado en que me encontraba no le iba a resultar atractiva a ningún chico.
Debido al shock sufrido, durante mi estancia en el hospital mi cabello comenzó a caerse. Nada más y nada menos que mi pelo, una de las pocas cosas con las que yo me sentía conforme y no despotricaba en su contra. Tuve una consulta con un dermatólogo que evaluó que la pérdida de cabello respondía al momento por el que estaba transitando y el estado nervioso que ello me provocara. Me recomendó utilizar un shampoo neutro, ph 7. Ya viviendo en casa de la abuela Renée los cabellos comenzaron a brotar lentamente de mi cuero cabelludo. El espejo me devolvía una imagen que se asemejaba a la de un pichón de ave recién nacido.
Para comer necesitaba asistencia, para cepillarme los dientes lo mismo, para peinarme otro tanto. Era difícil aceptar la falta de independencia e intimidad. De a poco comencé a soportar estar sentada al borde de la cama. Llegó el día en que intentaríamos lograr que dejara, por un momento, la cama y me sentara en un sillón. Con sumo cuidado me ayudaron a hacer la transferencia. Una vez en el sillón, la perspectiva era totalmente diferente. Mi cuello había permanecido inmovilizado por un collarete durante cuatro meses y aquel día aflojaron dicho adminículo. Mi cabeza me pesó en demasía y mi cuello lo sentí fláccido. Tuve que recostarme a la pared. Mi pequeño primo Adrián, que asistió al acontecimiento, hizo una pregunta que me resultó graciosa dentro de su ingenuidad.
- ¿Ahora podés caminar? – preguntó el pequeño.
Y hubo que contestar negativamente la inquisición. Durante mi permanencia sentada, comencé a ejercitar mi cuello de a poco y para mi agrado, los músculos me respondieron y antes de retornar a mi lecho ya sostenía mi cráneo por mí misma y con ciertas limitaciones podía virarlo hacia ambos lados. Todo un logro. De ahí en más, todos los días me levantaba un ratito al amigo sillón.
Mis padres se pusieron en campaña para conseguirme una silla de ruedas. Objeto este, que no quería siquiera oír nombrar, mucho menos me imaginaba usándolo. El innombrable accesorio fue conseguido. Tuve que hacer el esfuerzo de intentar limar asperezas entre la silla y yo. Pero ni bien acercaron el cuatrirodado a mi habitación, rompí en un mar de llanto y gritos.
- ¡Sáquenla de acá, no la quiero ver! ¡Nunca me voy a sentar ahí! – exclamaba inmersa en una rabieta incontrolable.
Tuvieron que abortar la misión "silla de ruedas" e intentar implementarla en otro momento. Me cuesta imaginar la desazón que deben haber sentido mis padres. Me hago la idea de ver su corazón hecho pedazos al igual que un espejo roto.




5 comentarios:

  1. Anónimo16/8/16

    No hay imaginacion que pueda equiparar esos momentos tan bien narrados. Yo tengo la eterna discucion con personas a las que quiero muchisimo, que tienen la tendencia de ver y padecer el "medio vaso vacio" en su vida, en vez de la la otra mitad llena. Tu el vaso lo tenias 9/10 vacio, y aun asi, ya nos contaràs còmo, te fuiste haciendo fuerte en la parte llena, quizas -se me ourre- intentando que tu vaso sòlo comprenda esa parte llena, pero sin tener que achicar el tamaño del vaso (no tengo tu narrativa, capaz no me explique bien). Dicho de otra forma, uno debe intentar luchar por tener el 100% de tu vida llena, en el camino ir festejando lo conseguido sin dejar de pelear x el resto, pero si el destino te depara que el 100% de tus expectativas ya no es posible (a todos nos pasa en mayor o menor medida, a vos de forma drástica), ponele que sòlo es posible un 60% de las expectativas iniciales, hay que intentar tener el valor de transformar ese 60% en el 100% de tus nuevas metas, sin dejar siempre de disfrutar la parte que vayas teniendo, y pelear x lo que falta. Es maravilloso, estimulante y ejemplarizante que vos vayas logrando esas nuevas metas, y puedas disfrutar de esas partes que logras llenar. Nos vemos en el próximo capitulo!.
    Un abrazo y hasta el próximo capitulo. CESAR :)

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  4. Este comentario me emociona muchísimo. Tu forma de escribir es muy gráfica, y se entiende muy bien. Llega al alma realmente! Y me da mucha alegría que conclusiones como la tuya se desprendan de mi historia. Te agradezco por leer siempre y por brindar tan sabias devoluciones. Nos encontramos en el siguiente capítulo. Abrazo

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  5. Este comentario me emociona muchísimo. Tu forma de escribir es muy gráfica, y se entiende muy bien. Llega al alma realmente! Y me da mucha alegría que conclusiones como la tuya se desprendan de mi historia. Te agradezco por leer siempre y por brindar tan sabias devoluciones. Nos encontramos en el siguiente capítulo. Abrazo

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