31/7/16

CAPÍTULO XXIII. “LOS HOMBRES SEGUÍAN EXISTIENDO Y SALIR DEL HOSPITAL”.

Cierto día tuve que salir más allá de los límites de mi internación para que se me practicara un estudio clínico. Mi desplazamiento seguía siendo en forma horizontal. Esa nueva experiencia había logrado cambiar mi humor, de amargo pasó a endulzarse un poco. Lo que engolosinó mi vista fue el médico que me recibió. Hacía un par de meses que un hombre no captaba mi interés de la manera en la que el Dr. Clavijo lo hizo, ese sentimiento había permanecido dormido. Era un tipo joven y simpático.
 - ¿Cómo te llamás? – me preguntó.
- Dieva – le contesté.
- ¿Qué edad tenés? - continuó.
- Quince. ¿Y vos? – aproveché para sondear.
- 27 – me dijo.
 "Nada mal", pensé para mis adentros mientras me seguía deleitando con su presencia. Seguimos conversando y no tardó en aparecer la pregunta más usual que me hacían en los últimos tiempos: ¿Qué fue lo que te pasó? Y ahí tuve que relatar otra vez la conocida historia de la zancadilla que me había hecho la vida. También hablamos sobre fútbol, tema que me fascinaba. Salí de allí con una agradable sensación de entusiasmo. Durante el camino de vuelta a mi habitación, me encontré con el Dr. Ni Vivó, mi ángel entre los médicos, y mi conversación con él fue el broche de oro para completar la tarde. Retorné con una sonrisa plasmada en mi rostro.
Recibí la noticia de que en poco tiempo podría irme de alta. Ni mucho ruido ni pocas nueces, mi reacción fue de total apatía. Mis padres comenzaron los preparativos para poder dejar el hospital. Dado que nuestro apartamento se ubicaba en un primer piso y el único medio de acceder a él era a través de escaleras, habría que buscar otra morada. La solución momentánea fue mudarnos a casa de mi abuela Renée, donde podríamos habitar en planta baja.
Se consiguió intercambiar nuestro apartamento con el de una vecina cuya casa se encontraba al frente de las viviendas. Este apartamento habría de ser reacondicionado ya que las condiciones en las que había sido dejado no eran las deseadas. A mis oídos llegaban muchos cuentos referidos a la mudanza de nuestras pertenencias hacia lo que sería nuestro nuevo hogar. Gran cantidad de gente colaboró con la obra, entre ellos vecinos, mi tío Carlos, el primo Álvaro. Recuerdo con nitidez cuando me contaron del traslado del lavarropas y mi mente viajó también a colaborar en el transporte del pesado artefacto.
Recibí la visita de un hermano de mi abuela Olga, el tal Anatole Santos. Señor bastante adinerado éste, su familia se dedicaba a la explotación de terrenos sembrados de arroz en el departamento de Rocha. Durante mi infancia, pasamos unos días en la casa de este señor y su familia. Para mi cumpleaños de quince me habían obsequiado dinero. Hasta el momento el señor contaba con mi simpatía. Él permaneció de pie junto a mi lecho y en un momento nos quedamos solos. Me miraba con un dejo de compasión y hablamos un poco menos que poquito.
- ¡Qué cruz que te tocó llevar! – exclamó refiriéndose a mi estado de salud.

Lo realmente lastimoso fue la expresión en su rostro, la lástima que reflejó. Lo odié por su comentario, lo odié por su lástima para conmigo, lo odié, lo odié y lo odié con todas mis fuerzas y sin emitir palabras. Me hizo sentir un despojo humano.
Totalmente opuesta fue la sensación que me dejó el encuentro que tuve con Lito, un hermano de mi abuelo Juan, el día que me iba de alta. Señor este que colaboraría con el traslado de nuestro campamento instalado en el hospital hacia la casa de mi abuela Renée. A nuestros bártulos debía sumársele una cama articulada a control remoto que con toda solidaridad nos había cedido el Dr. Ni Vivó por el lapso que yo la necesitara. Como el tío Lito era dueño de un camión, se había ofrecido para ayudarnos con la mudanza.
- Vas a ver que el año que viene ya vas a estar de nuevo caminando por la playa – dijo Lito.
Como provenientes de una película, las imágenes se proyectaron en mi mente. Me visualizaba caminando por la orilla del agua con un largo vestido blanco. Sus palabras me inyectaron un gramo de esperanza que no me venía nada mal.
Por fin llegó el día de afrontar la vida fuera de sanatorios y hospitales. La casa de la abuela René era el destino, casa esta que supe disfrutar en mi infancia jugando con mis primos. El barrio era una delicia, la tranquilidad se dejaba respirar. Nos adentrábamos en un invierno que iba dejando atrás el trágico verano y el tímido otoño.




6 comentarios:

  1. Bue.. en este capitulo "amarreteaste" jajaja parece el prólogo de un gran libro, ya queremos comenzar a leerlo! :) ´pd- Nunca te dio por jugar ajedrez? Es una buena forma de aporrear gente sin que tengas que moverte! jaja. Slds. César.

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    1. Jaja. No, nunca me llamó el ajedrez. Buenísimo tu comentario! Abrazo.

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  2. Te ayudo a darle una golpiza al tío Anatole?
    El comentario anterior es del "César" de tu etapa adolescente?

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    1. Jaja. Ya es finado el señor Anatole. Nunca más lo vi luego de aquel día y gracias a Dios.
      No Raquel, este César no es mi primo. Gracias por leerme siempre! Beso.

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  3. Hola Dieva, te cuento que estuve en la Jornada de Buenas Prácticas en la Facultad de Psicología. Entré a tu blog y me enganché, me gusta mucho. Espero los siguientes capítulos. Un beso!
    María Eugenia.

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    1. Qué tal María Eugenia? Excelente jornada la vivida el 30 de julio, fue un placer compartir experiencias con ustedes. Me alegra muchísimo tenerte en este espacio. Cualquier pregunta, comentario o sugerencia es bienvenido. Gracias!!! Beso.

      P.D.: Es inminente la publicación del CAPÍTULO XXIV.

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