El mes de
marzo hacía su aparición en escena y se comenzaba a devorar el verano. El día
que comenzaron las clases en el liceo, tuve la inesperada visita de Gabriela
Caxxxna, Tania y Agustina. Me contaron acerca del primer día de clases, un
cuarto año que escapaba a mis posibilidades. Yo las escuchaba con suma atención
y me carcomían las ganas de estar parada como ellas. Después de que se fueron,
me puse a llorar desconsoladamente. Era clarísimo que me estaba quedando relegada
de mis, otrora, actividades habituales.
Flavio
continuaba con sus religiosas visitas y mi apatía hacia él parecía
incrementarse. Durante su presencia a mi lado, mi mirada se perdía en el vacío
y las palabras no fluían de mi boca. Él respetaba mi mutismo y tan solo me
observaba. Días antes de mi accidente, yo había comprado un jabón con forma de
osito con la intención de regalárselo, pero esa intención se había desdibujado
por completo. Una nochecita, mis padres me alentaron para dejarme acicalar.
Accedí a su solicitud y dejé que me peinaran, también hubo rimel para mis
pestañas y un par de caravanas para mis orejas. Dejé que levantaran bastante el
respaldo de la cama y quedé semisentada. Unos días antes había surgido el tema
del osito y de por qué no se lo regalaba a Flavio. Flavio llegó y notó mi
cambio estético.
·
¡Qué linda estás,
bebé! - me dijo.
No creo
haberle contestado. Para nada me sentía linda, tampoco me hicieron sentir linda
sus palabras. Como cada vez que me visitaba, él permanecía a mi lado respetando
mi silencio. No sé ni como armé la frase para regalarle el osito. Flavio me
agradeció regalándome un beso y una linda cara de ternura.
Así
siguió sucediéndose mi vida, cada día con un poco más de ganas de vivir a pesar
de que, comenzaban a caer de a una las fichas que me decían que mi situación no
mejoraría a menos que yo quisiera. Una psiquiatra vino a visitarme y el cuadro
de la realidad se completó.
·
¿Por qué pensás que no
estás avanzando en tu recuperación? - me preguntó.
·
Porque yo no quiero -
le respondí.
·
Ah, ¿viste como sos
inteligente? - me alabó.
·
¿Y eso de qué me sirve
si no tengo ganas de nada? - pregunté.
·
Poco a poco las ganas
van llegar, en esto hay que tener paciencia - me dijo.
En esta
doctora noté algo particular, no era tan condescendiente como la mayoría de las
personas con las que había tratado hasta ahora. Por el contrario, su tono de
voz era firme y de ternura poco tenía. Fue la primera persona que, después de
mi accidente, me trató de igual a igual. Aquel encuentro fue como una bofetada
que me acercó hacia el mundo en el que tendría que vivir de ahora en más. Nada
de fantasías, basta de sueños, no más realidades maquilladas, la verdad a cara
lavada y no más.
Una
ventana abierta me regalaba la vista de un trozo de cielo a fines del verano.
Mi padre me acompañaba. Se me ocurrió comenzar a explorar qué era lo que mi
cuerpo lesionado aún me habilitaba hacer. Extendí un brazo e intenté empujar el
postigo de la ventana. El postigo fue portador de buenas noticias: mi brazo
todavía contaba con la fuerza necesaria como para moverlo.
·
¡Bien, Dieva! ¿Viste
como todavía hay cosas que podés hacer? – dijo mi padre emocionado.
Un
sencillo movimiento que me dejó percibir en qué medida un pequeño esfuerzo de
mi parte podía influir en el estado de ánimo de mis padres. Yo me seguía
sintiendo igual de limitada que antes.
Ver
televisión, sin alucinar por la fiebre, era algo que apartaba mis pensamientos
negativos, me generaba ilusiones poco sustentables. Una noche vimos
"Casablanca", mi madre me acompañaba. Recuerdo haber disfrutado del
filme.
Flavio
comenzó a espaciar sus visitas hasta que dejó de venir. No sentí su ausencia,
otros asuntos rondaban mi cabeza, no tenía lugar para preocuparme por la falta
de Flavio en mi vida. Mi enamoramiento hacia él se evaporó sin dejar huellas
profundas.
Roberto y
un amigo de él me visitaron. Me sentía tan desvalida acostada en la cama que,
no me atrajo la idea de que ellos fueran a verme. Fue un encuentro sin luces,
nada de particular, preguntas y respuestas tontas que de trascendentes nada
tuvieron. La resaca que me quedó fue la misma de antes: Querer poder volver a
caminar y terminar con la tortuosa realidad que me atormentaba.
Comer se
había convertido en algo que disfrutaba sumamente. Helados, pizzas, sandwiches
calientes, chocolates, alfajores, todo eso me venía bien, me condimentaba la
vida, me azucaraba la existencia. Mis gustos en ese sentido se veían
ampliamente contemplados.
Fabuloso!
ResponderEliminarGracias!
ResponderEliminarIncreible que en tan poco tiempo hayas conseguido comenzar a ver tu dificil posesión desde el punto de vista de lo que "podias hacer", y no desde la enooorme cantidad de cosas que "no". He visto a Vivi predicar con ese punto, y he visto como muchos encumbrados ni siquiera atisban a ver de que se trata!. Realmente eres una luchadora, y te felicito y admiro por ello!. :) César.
ResponderEliminarSi, en realidad me costó mucho más tiempo eso de VER EL VASO con la cantidad de líquido con el que lo veo hoy. Y pasa, sobre todo, por un tema de autoaceptación. Gracias César por tus valiosos comentarios! Abrazo.
EliminarSupe conocer en otros y también en mi,esa sensación de no tener ganas de nada, es tan poderosa...Es como un imán que te tira hacia abajo. La verdad fue admirable tu fuerza y muy noble el que no te fuera indiferente el efecto en tus padres
ResponderEliminarSupe conocer en otros y también en mi,esa sensación de no tener ganas de nada, es tan poderosa...Es como un imán que te tira hacia abajo. La verdad fue admirable tu fuerza y muy noble el que no te fuera indiferente el efecto en tus padres
ResponderEliminarSi, tal cual, en mayor o menor medida todos pasamos por etapas de apatía total. Y si, mis padres fueron fundamentales en esa etapa de mi vida. Gracias por seguir acá acompañando Victoria! Abrazo.
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