21/7/16

CAPÍTULO XXII. MARZO Y REALIDAD.

El mes de marzo hacía su aparición en escena y se comenzaba a devorar el verano. El día que comenzaron las clases en el liceo, tuve la inesperada visita de Gabriela Caxxxna, Tania y Agustina. Me contaron acerca del primer día de clases, un cuarto año que escapaba a mis posibilidades. Yo las escuchaba con suma atención y me carcomían las ganas de estar parada como ellas. Después de que se fueron, me puse a llorar desconsoladamente. Era clarísimo que me estaba quedando relegada de mis, otrora, actividades habituales.
Flavio continuaba con sus religiosas visitas y mi apatía hacia él parecía incrementarse. Durante su presencia a mi lado, mi mirada se perdía en el vacío y las palabras no fluían de mi boca. Él respetaba mi mutismo y tan solo me observaba. Días antes de mi accidente, yo había comprado un jabón con forma de osito con la intención de regalárselo, pero esa intención se había desdibujado por completo. Una nochecita, mis padres me alentaron para dejarme acicalar. Accedí a su solicitud y dejé que me peinaran, también hubo rimel para mis pestañas y un par de caravanas para mis orejas. Dejé que levantaran bastante el respaldo de la cama y quedé semisentada. Unos días antes había surgido el tema del osito y de por qué no se lo regalaba a Flavio. Flavio llegó y notó mi cambio estético.
·         ¡Qué linda estás, bebé! - me dijo.
No creo haberle contestado. Para nada me sentía linda, tampoco me hicieron sentir linda sus palabras. Como cada vez que me visitaba, él permanecía a mi lado respetando mi silencio. No sé ni como armé la frase para regalarle el osito. Flavio me agradeció regalándome un beso y una linda cara de ternura.
Así siguió sucediéndose mi vida, cada día con un poco más de ganas de vivir a pesar de que, comenzaban a caer de a una las fichas que me decían que mi situación no mejoraría a menos que yo quisiera. Una psiquiatra vino a visitarme y el cuadro de la realidad se completó.
·         ¿Por qué pensás que no estás avanzando en tu recuperación? - me preguntó.
·         Porque yo no quiero - le respondí.
·         Ah, ¿viste como sos inteligente? - me alabó.
·         ¿Y eso de qué me sirve si no tengo ganas de nada? - pregunté.
·         Poco a poco las ganas van llegar, en esto hay que tener paciencia - me dijo.
En esta doctora noté algo particular, no era tan condescendiente como la mayoría de las personas con las que había tratado hasta ahora. Por el contrario, su tono de voz era firme y de ternura poco tenía. Fue la primera persona que, después de mi accidente, me trató de igual a igual. Aquel encuentro fue como una bofetada que me acercó hacia el mundo en el que tendría que vivir de ahora en más. Nada de fantasías, basta de sueños, no más realidades maquilladas, la verdad a cara lavada y no más.
Una ventana abierta me regalaba la vista de un trozo de cielo a fines del verano. Mi padre me acompañaba. Se me ocurrió comenzar a explorar qué era lo que mi cuerpo lesionado aún me habilitaba hacer. Extendí un brazo e intenté empujar el postigo de la ventana. El postigo fue portador de buenas noticias: mi brazo todavía contaba con la fuerza necesaria como para moverlo.
·         ¡Bien, Dieva! ¿Viste como todavía hay cosas que podés hacer? – dijo mi padre emocionado.
Un sencillo movimiento que me dejó percibir en qué medida un pequeño esfuerzo de mi parte podía influir en el estado de ánimo de mis padres. Yo me seguía sintiendo igual de limitada que antes.
Ver televisión, sin alucinar por la fiebre, era algo que apartaba mis pensamientos negativos, me generaba ilusiones poco sustentables. Una noche vimos "Casablanca", mi madre me acompañaba. Recuerdo haber disfrutado del filme.
Flavio comenzó a espaciar sus visitas hasta que dejó de venir. No sentí su ausencia, otros asuntos rondaban mi cabeza, no tenía lugar para preocuparme por la falta de Flavio en mi vida. Mi enamoramiento hacia él se evaporó sin dejar huellas profundas.
Roberto y un amigo de él me visitaron. Me sentía tan desvalida acostada en la cama que, no me atrajo la idea de que ellos fueran a verme. Fue un encuentro sin luces, nada de particular, preguntas y respuestas tontas que de trascendentes nada tuvieron. La resaca que me quedó fue la misma de antes: Querer poder volver a caminar y terminar con la tortuosa realidad que me atormentaba.
Comer se había convertido en algo que disfrutaba sumamente. Helados, pizzas, sandwiches calientes, chocolates, alfajores, todo eso me venía bien, me condimentaba la vida, me azucaraba la existencia. Mis gustos en ese sentido se veían ampliamente contemplados.




7 comentarios:

  1. Anónimo22/7/16

    Fabuloso!

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  2. Increible que en tan poco tiempo hayas conseguido comenzar a ver tu dificil posesión desde el punto de vista de lo que "podias hacer", y no desde la enooorme cantidad de cosas que "no". He visto a Vivi predicar con ese punto, y he visto como muchos encumbrados ni siquiera atisban a ver de que se trata!. Realmente eres una luchadora, y te felicito y admiro por ello!. :) César.

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    1. Si, en realidad me costó mucho más tiempo eso de VER EL VASO con la cantidad de líquido con el que lo veo hoy. Y pasa, sobre todo, por un tema de autoaceptación. Gracias César por tus valiosos comentarios! Abrazo.

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  3. Supe conocer en otros y también en mi,esa sensación de no tener ganas de nada, es tan poderosa...Es como un imán que te tira hacia abajo. La verdad fue admirable tu fuerza y muy noble el que no te fuera indiferente el efecto en tus padres

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  4. Supe conocer en otros y también en mi,esa sensación de no tener ganas de nada, es tan poderosa...Es como un imán que te tira hacia abajo. La verdad fue admirable tu fuerza y muy noble el que no te fuera indiferente el efecto en tus padres

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    1. Si, tal cual, en mayor o menor medida todos pasamos por etapas de apatía total. Y si, mis padres fueron fundamentales en esa etapa de mi vida. Gracias por seguir acá acompañando Victoria! Abrazo.

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