Que
ironía de mi existencia eso de que, lo peor que me pasó en la vida aconteciera
en el lugar que yo más adoraba, donde había vivido las experiencias más
memorables y nada menos que en el medio donde más a gusto me sentía: en San
Luis y en el agua.
Cuando
realmente comprobaron que era incapaz de pararme en mis dos piernas, mis
familiares buscaron algún medio para trasladarme de la playa hacia algún centro
de salud. Alejandro colocó una toalla alrededor de mi cuello, en un intento por
inmovilizar mi columna cervical. A los pocos minutos, me ayudaron a
introducirme en la parte trasera de un auto. Yo no entendía qué me estaba
pasando, por qué mi cuerpo no me obedecía. César quiso venir con mis padres,
con Alejandro y conmigo, pero no lo dejaron. La primera parada fue en la
policlínica de San Luis. Una vez allí, me traspasaron a una camilla que
insertaron dentro de una ambulancia. Esa ambulancia nos transportaría hacia
Montevideo. Mi impaciencia e incertidumbre acerca de mi situación me provocaron
una incontinencia verbal.
·
Ale… ¿Voy a volver a
caminar? - lo maté con la pregunta.
·
Si, claro - me
contestó Alejandro.
·
No te vayas a dormir -
me dijo mi madre.
·
Bueno, voy a empezar a
nombrar los amigos que tengo - dije con una somnolencia que comenzaba a
envolverme - Tania, Alejandra, Gabriel,…………., José, Ramón, Bea,….- y la lista
seguía - ¡Pahhh, no sabía que tenía tantos amigos!
Y así
transcurrió el viaje hasta el Sanatorio No. 2 del Casmu. En la emergencia, me
preguntaron qué me había pasado, me tomaron radiografías, cortaron mi bikini,
me despojaron de mis cadenitas, mis caravanas y mis anillos. Quedé totalmente
expuesta e indefensa ante médicos y personal asistente que se ocupaban de mi
caso.
- ¿Qué me pasa? - le pregunté a un médico.
- Mirá, te sacamos una radiografía y vamos a ver - me contestó el simpático doctor - Quedate tranquila.
En cierta
forma, las palabras del galeno me brindaron tranquilidad. Me sentía atrapada en
un envase que no podía mover y encima en un ambiente totalmente extraño y
amenazador. A los pocos minutos, el mismo médico se acercó.
- Mirá, tuviste una fractura en la columna - me dijo y yo me confundía cada vez más - Ahora te vamos a colocar este halo en la cabeza - Y me mostró un aparato metálico que me asustó.
- ¿Y eso para qué es? - le pregunté con temor.
- Es para inmovilizarte la cabeza y a su vez conseguir que el hueso fracturado vuelva a su lugar - me explicó - ahora vos reite como el señor del reclame de "Geniol", así no te duele.
Nunca en
mi vida había visto el comercial mencionado, pero me habían comentado su
existencia. Se trataba de un hombre al que le insertaban agujas en la cabeza,
pero él sonreía sin dolor ya que había ingerido "Geniol", el super
analgésico.
Así fue
que, yo esbocé la mejor de mis sonrisas improvisadas. El halo fue ajustado a mi
cráneo mediante cuatro tornillos, lo bueno fue que no sentí molestia alguna. De
ahí, me trasladaron a la sala de terapia intensiva. Lo único que alcanzaba a
ver claramente eran los techos de los lugares por donde deambulaba la camilla,
eso me daba una tremenda sensación de inseguridad, no tenía ningún control
sobre el ámbito que me circundaba. Llegamos al CTI y, ese pareció ser el lugar
donde me tocaría pasar la noche. Mis padres estuvieron siempre a mi lado. Un
hombre enfundado en níveas prendas entró en la habitación y habló unas palabras
con mi padre. Luego se acercó a mi lecho transitorio.
- · Hola Dieva, soy un compañero de tu padre - se presentó el amable enfermero - Te vamos a colocar esta sonda a través de la nariz.
El
enfermero me mostró un fino tubo transparente y flexible. Miré a mi padre con
cara de terror.
- ¿Y eso para qué es? - le pregunté a mi padre.
- Es para darte un alimento líquido que va directamente al estómago - me explicó mi padre - Porque como estuviste vomitando no podés recibir alimentos vía oral. Se llama sonda nasogástrica.
- ¿Me va a doler? - pregunté temerosa.
- No, no te preocupes, quedate tranquila - me dijo el enfermero - Cuando yo te diga, vos intentá tragar.
Paso
seguido, la sonda trató de ser introducida en mi nariz y la sensación fue
sumamente molesta. Mi padre, que estaba a mi lado, se puso muy nervioso y
debido a eso el enfermero le pidió que saliera de la sala. Me quedé sola con
quien me estaba haciendo sufrir en nombre de la salud. Tragué el gusano
incómodo y luego que traspasó mi garganta el sufrimiento terminó, sólo lo
sentía cuando movía mi nariz. Luego, entraron en la sala mis padres. Mi estado
de ánimo era de total expectación. Me encontraba en un lugar donde los monitores
para chequear signos vitales abundaban, los sonidos de esos aparatos me
disgustaban. Los pacientes a mi alrededor parecían estar muy graves, yo no
sentía que mi vida corriera riesgo alguno, por eso no entendía mi internación
en CTI.
Tal y
como solicité cuando me sacaron hasta la orilla, mis padres le avisaron a
Flavio. Con su aparición en el sanatorio, Flavio iluminó mis alrededores. Se
acercó y me besó ya que yo me encontraba inmovilizada.
- ¿Qué hacés bebé? - me saludó.
- Nada, acá esperando - le dije
- Enseguida que tu padre me avisó, vine para acá - me contó.
- Si, lo primero que quería era que te avisaran a vos - dije.
- ¿Cómo te sentís? - me preguntó.
- Bien, a pesar de todos estos aparatejos, me siento bien - le aseguré.
Él me
besaba y yo le correspondía con unas ganas locas de no estar allí. Los besos de
Flavio me ayudaban a alejarme de toda aquella incierta situación, me daban la
seguridad de que me quería muchísimo y me aferré a esa seguridad ante toda la
inseguridad en la que estaba inserta. Mis padres entraron, me trajeron un
pasacassettes y los cassettes que más me gustaban. No me dio vergüenza, ni una
pizca, que ellos me vieran besarme apasionadamente con Flavio. En ese momento,
Flavio era mi mayor pasión, era con quien quería estar, con quien me hubiera
encantado huir de allí.
- Mirá lo que te trajimos - me dijeron mis padres.
- ¡Qué bueno! Gracias - agradecí ya que un poco de música no le vendría mal a aquel ambiente donde casi lo único que se escuchaba eran los "bip, bip" de los monitores y la conversación con mis visitas.
Ya serían
cerca de las diez de la noche y yo no podía dejar de reflejarme en los ojos de
la persona que era toda dulzura hacia mí, no quería dejar de saborear sus
besos. La calurosa noche me invadió en un estado de completo enamoramiento.
- Dievi, voy a salir un ratito porque hay más gente que quiere verte - me dijo Flavio.
- Bueno, pero no te vayas - le pedí.
- No, espero afuera - me aseguró.
Los ojos
de Flavio denotaban una tristeza incipiente, a pesar de la cual me regaló una
sonrisa junto con un beso de despedida. Mi amor salió y enseguida entró
Alejandro.
- ¡Ale! - exclamé con un gusto enorme de verlo.
- ¿Cómo estás? - me preguntó.
- Bien. ¿Qué va a pasar ahora? - le pregunté.
- Ahora hay que esperar a que te vean otros médicos - me dijo.
- ¿No sabés si van a demorar mucho? - pregunté ansiosamente.
- No, no sabemos, pero vos tranquila que está todo bien - dijo tratando de apaciguar mi ansiedad.
- ¿Conociste a Flavio? - le pregunté.
- Si, nos vimos afuera - dijo.
- ¿Y, qué te pareció? - inquirí.
- Buena onda, parece un buen pibe - respondió.
- Es un buen pibe - aseguré.
- Bueno ta, tampoco será para tanto - bromeó y me reí con él.
Alejandro
le ponía un toque de humor a cada conversación. Nos reímos juntos un rato más y
Ale salió para dejarle el lugar a otro visitante. Valeria, la novia de
Alejandro, entró en el cuarto.
- Hola chiquita. ¿Cómo estás? - me saludó la blonda dulcemente.
- Bien, viniste rápido - le dije.
- Si, todos vinimos enseguida - me contó.
Valeria
era muy linda. Su piel nívea, cabello rubio que encandilaba, sus ojos los
recuerdo azules tal y como suele verse un cielo totalmente despejado. Su cuerpo
era menudo, era tan delicada que parecía una muñeca de porcelana que de tan
sólo tocarla podría romperse. Sin embargo, yo que era más robusta, y al parecer
más resistente que mi compañera de nado, terminé rompiéndome. Valeria tomó mi
mano y la comenzó a acariciar tiernamente.
- Todo va a estar bien. ¿Sabés princesita? - me dijo con una expresión que dejaba entrever que realmente le había afectado lo sucedido.
- Vale… ¿Viste que lindo es Flavio? - le pregunté.
- Si, lo conocí, pero más lindo es mi Ale - me dijo con el acento porteño que la caracterizaba.
Mientras
charlaba con Vale, se acercó a mi cama Magel, mi tía, a quien yo adoraba, creo
que hasta la idolatraba. Pensé que podría ponerse celosa al verme tan amiga de
Valeria, una tontería ya que la circunstancia no daba para eso. Saludé a Magel
y seguí hablando unos minutos más con Valeria. Después Vale se fue y me quedé
con Magel. Magel también me trató con ternura, pero su ternura era inusitada
dado que no se caracterizaba por ser muy demostrativa de sus afectos. Me
fascinaba sentirme tan mimada por ella, quien también acarició mi mano
izquierda. Con ella permanecí un rato, mejor dicho ella permaneció conmigo.
Después Magel dio paso a mi padre y a Flavio.
- ¿Y ahora qué tengo que esperar? - pregunté a mi padre.
- Tenemos que esperar a que venga otro médico - me respondió.
- ¿Hay mucha gente afuera? - pregunté ya que notaba que mis visitas se sucedían una detrás de la otra.
- Si, bastante, pero no pueden entrar todos - me aclaró mi padre - Estuve con los padres de Flavio.
- ¿Si? - dije.
- Si, y estuvimos comentando que vamos a tener unos nietos preciosos - me dijo.
Lo miré a
Flavio y me sonreí, él me dedicó su mejor cara de ternura. Mi padre se retiró
de la escena. Flavio se quedó un rato más conmigo, siendo, se me ocurre, de lo
más dulce que podría ser.
- Bueno bebé, me voy así descansás un poco - me dijo.
- Si, pero no tengo ganas de dormir - dije.
- Pero capaz que alguien más quiere verte - dijo.
- Bueno, tenés razón – acepté su sugerencia.
- Vengo mañana. ¿Si bebé? - me aseguró.
- Si, hasta mañana - y así se vino el beso de despedida.
Mi ánimo
era de super excitación, en parte debido a la incertidumbre respecto a mi
condición física y otro tanto provocado por sentirme el centro de atención de
mi familia y amigos. Luego de la partida de Flavio, otra persona se acercó a mi
lecho. Era Nelly, una compañera de trabajo de mamá. La misma que se había
casado el 1º de diciembre y nosotros asistiéramos a la fiesta. Hacía poco que
se había recibido de psicóloga.
- Hola. ¿Cómo te sentís? - saludó.
- Bien, pero todo esto pasó por mi culpa - le dije.
- ¿Por qué decís eso? - preguntó.
- Por que yo lo vi a mi padre haciéndome señas para que saliera del agua, si le hubiera hecho caso no habría pasado todo ésto - me lamenté.
- No, no pienses que pasó por tu culpa, no es así - me ayudó a repensar lo acontecido - Vos no sos culpable de nada, estas cosas pasan y nadie tiene la culpa.
- Si, pero… - quise continuar culpándome.
- Pero nada, vos ahora sólo pensá en que te vas a recuperar - me dijo dulcemente y con una sonrisa - Bueno, me voy - se despidió y salió.
De
cualquier manera, la idea de que si hubiera salido del agua al divisar el aviso
de mi padre, el accidente no habría ocurrido me continuaba atormentando. El
calor era insoportable, sentía mi cara arder. En medio del sopor, apareció un
hombre vestido con prendas blancas. Comenzó a hacerme preguntas sobre qué me
había ocurrido y procedió a examinarme. Dado que en ningún momento el hombre se
había presentado ante mí, decidí preguntarle quién era. El médico me respondió
secamente su nombre y así supe que se trataba del mismo traumatólogo con quien
Alejandra, mi amiga, se atendía. Yo no tenía buenas referencias acerca de él,
pero al conocerlo personalmente lo pude confirmar. Me resultó un ser sumamente
arrogante y antipático. Después de que el doctor se retiró, me quedé con mis
padres. Tiempo después, me enteré que el desagradable doctor había barrido las
esperanzas de mis padres: les había comunicado, nada más ni nada menos, que su
hija no se mantendría viva más de dos días.
- ¿Quién se piensa que es este tipo? - les dije a ellos.
- Vos no te preocupes, vamos a pedir que nos cambien el médico - dijo mi padre - Éste es el mismo que ve a Alejandra.
- Si, me di cuenta por el nombre - dije.
Además de
hacer calor debido al verano, el acaloramiento que yo sentía respondía a mi
temperatura elevada por encima de los 37 grados. Les pedí a mis padres que
encendieran el pasacassettes. Una música brasileña, que se bailaba de una forma
muy sensual, estaba de moda: la lambada. El 6 de enero, mis padres me habían
regalado un cassette que contenía varias canciones con ese estilo. Entonces, la
lambada sonó tímidamente por sobre la calma que sobrevolaba el ambiente. Mis
padres permanecieron toda la noche conmigo. No recuerdo haber descansado bien
esa madrugada, estaba muy nerviosa.

Impecable relato Die,.. un abrazo enorme!
ResponderEliminarGracias Sol por ser una de mis más fieles lectoras. Abrazo.
ResponderEliminarUn beso
ResponderEliminarMe emocioné mucho con el relato, Dieva !
ResponderEliminarEmocionarse está buenísimo. Gracias María Noel. Espero seguir teniendo el placer de contarte entre mis lectores. Beso y ARRIBA.
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