La mañana del 15 de enero
llegó tan calurosa como la noche precedente. Me resultaba raro verme, lo que
alcanzaba a divisar o sentir de mi cuerpo, con tantos dispositivos ajenos a mi
cuerpo: la sonda naso gástrica, el suero, los electrodos para monitorear signos
vitales y, para colmo, el halo que inmovilizaba mi cabeza y traccionaba mi
cuello. Enfermeras venían cada tanto a controlar si todo funcionaba bien y,
como mucha de esa gente era compañera de trabajo de mi padre, entonces su trato
para conmigo era por demás amable. Dos personas de mediana edad llegaron a mi
lado, un hombre y una mujer. Se presentaron, eran fisioterapeutas y me dijeron
que iban a examinarme. Movilizaron mis piernas y me pidieron que hiciera un
intento para moverlas. El intento existió con todo el empeño que pude ponerle,
pero todo quedó a medio camino, mis miembros inferiores no se movieron con mi
orden. Luego se dedicaron a mis brazos. Ahí la cosa cambió, podía moverlos,
aunque torpemente, pero lo lograba. No conseguía eso con mis dedos, les enviaba
mensajes pero no los recibían, lo mismo que mis piernas, cero movimiento. Paso
seguido, lo correspondiente a la respiración. Me pidieron que inhalara y
exhalara de varias maneras, yo obedecía con gusto ante la simpatía que me
provocaban. Antes de irse, me dijeron que volverían cada mañana, mientras yo
permaneciera allí, con el fin de movilizar mis extremidades y efectuar
ejercicios respiratorios. Me dejaron un divertido aparatito para que yo misma
ejercitara mi aparato respiratorio.
Sin televisión me aburría
como una ostra (hoy creo que las ostras pueden divertirse). La música no me
bastaba, la compañía de mis padres tampoco. Por suerte mis visitas no estaban
restringidas y esos momentos aplacaban mi tedio. Una de las que más quedó
fijada en mi mente fue la visita de Diego, sí Diego, el mismo morocho por el
cual me deshacía varios meses atrás. No vino solo, lo acompañaban Miguel y
Álvaro. ¡Qué lindos se veían los tres de pie! Yo, que me encontraba amarrada a la
cama con todos los accesorios que me acompañaban, deseé poder incorporarme para
saludarlos. Si me hubiera parado junto a Diego seguro que ya le sacaría más
diferencia en altura que durante nuestros tiempos de novios.
·
Hola. ¿Cómo estás? - me saludaron desde el extremo de la cama.
·
¡Hola! - saludé con vehemencia al divisar quienes eran.
Me encantó la idea de que
hubieran venido tan pronto a interesarse por mi salud. Diego era el que más
cerca de mí se encontraba. Me miró y me dijo algo que en otro momento me
hubiese deprimido.
·
La clavadista de Aebu… - dijo con una sonrisa que iluminó su lindo
rostro. ¡Seguro que recordábamos aquellos tiempos!
·
Si esa misma - le respondí devolviéndole la sonrisa. Miguel y
Álvaro quedaron afuera de la complicidad que nos unía a Diego y a mí.
Hablamos algo más y luego
se despidieron. La gente que venía a verme seguía entrando una después de la
otra. Amigos, vecinos, familiares, personas que ni me imaginaba que yo le
importara. Flavio, como prometiera el día anterior, regresó.
·
Dievi… ¿Cómo estás bebé? - me saludó con su acostumbrada ternura.
·
Bien, con ganas de irme de acá - le contesté.
·
Ni te imaginás la cantidad de gente que quiere verte - me comentó.
·
No, la verdad que no. Me llenaron de regalitos - le dije.
Flavio era mi paz en medio
de tanto alboroto, era mi libertad dentro del cautiverio, era la pasión que me
transportaba más allá de aquel cuarto. Ese mismo día, de nochecita, se hizo
presente otro caballero vestido de blanco. Se aproximó a mi lecho y allí pude
analizar su rostro. Una expresión amable se dibujaba en su cara.
·
Bueno, vamos a ver… - dijo el señor - Mové este brazo.
Yo obedecía cada una de
sus indicaciones. Cuando llegué a mover mi muñeca derecha, noté que el señor se
asombró.
·
Levantá de nuevo la muñeca - me indicó y así lo hice - ¿Podés
levantar la izquierda?
Yo movía mis muñecas sin
mucho esfuerzo. Las enfermeras, que se encontraban a los pies de mi cama,
observaban con mucha atención.
·
¡Bien! - exclamó con una sonrisa y acariciando mi cara.
No entendí a que se
refería con su alegría contagiosa, pero enseguida me enteraría.
·
Vamos a operarte para fijar la zona de tu columna que se fracturó
- me explicó.
·
Y después de eso… ¿Voy a poder levantarme? - le pregunté.
·
Tenemos que esperar, tenés que tener paciencia - me dijo - Bueno,
nos vemos, chau.
Las enfermeras que allí
estaban, se acercaron súper felices a saludarme. La noticia de la cirugía
parecía ser alentadora. Aquel médico se había convertido, desde ese momento, en
un ángel esperanzador ante mis ojos. Quedé más que excitada con el asunto de la
futura operación.
Habrán transcurrido un par
de días y fui trasladada a la unidad de cuidados intermedios. Una sala luminosa
de paredes blancas me recibió. La habitación estaba completamente a mi
disposición, no había más pacientes en ella. Mis padres no se separaban de mi
lado. Mi madre me ayudaba todos los días a lavar mi cara y cepillar mis
dientes. También me daba una mano con mis ejercicios respiratorios.
Mis visitantes parecían
ser inagotables. Una hermosa tarde desplegaba un cielo despejado, del cual
daban ganas de guardarse un pedacito. El verano seguía transcurriendo, parecía
ser que la vida afuera continuaba su curso. Mi padre me hizo una pregunta.
·
Dieva, afuera están tus amigos del barrio, pero no pueden entrar
todos. ¿A quién querés que le diga que pase? - me dijo.
·
Y…- sólo unos segundos me bastaron para tomar la decisión - Decile
a Guillermo que pase.
No pude pensar en otra
persona que representara a mis amigos que no fuera Guillermo, además yo sentía
un peculiar aprecio por él. Guillermo entró y se quedó parado a los pies de la
cama.
·
Hola. ¿Cómo estás? - me saludó con una sonrisa.
·
Bien. ¿Vos? - le pregunté.
·
Acá estoy, de representante - me dijo - Todos te mandan saludos.
·
¿Quiénes quedaron afuera? - pregunté.
·
Daniel, Ramón, Fernando…, todos - me contestó - En el barrio todo
el mundo pregunta por vos.
·
Bueno, dales mis saludos - le pedí - ¿Bea cómo anda?
·
Bien, también está afuera - me dijo.
·
Dentro de poco me voy de acá porque me van a operar - le conté.
·
Mirá, que bueno. ¿No? - dijo él.
·
Si, eso espero, tengo un embole acá que ni te cuento - le dije.
·
Bueno, voy saliendo, nos vemos pronto - se despidió.
·
Si, chau, nos vemos - lo despedí.
No había pasado mucho
tiempo, cuando otra persona ingresó a la habitación. Me sorprendí al darme
cuenta de quien se trataba. Era Roberto, el chico que se adueñó de mi corazón
el día de mi fiesta de quince. Ni por las dudas me esperaba su visita.
·
Hola - saludé.
·
Hola. ¿Cómo estás? ¿Siempre linda? - me dijo.
Le sonreí pensando en por
qué no me habría dicho eso unos meses atrás. Seguro que linda no me vería
mirando el techo y llena de tubos, pero el cumplido me fascinó tanto como su
presencia allí.
Yo había pedido a mis
padres que me trajeran mi remera color caqui. Cuando Flavio vino, le pedí que
tomara la bolsa que contenía la prenda que a mí tanto me gustaba.
·
Te la regalo - le dije.
·
Pero… - me dijo con cara de asombro.
·
Si, en serio, quedatela - le confirmé.
·
Gracias - me dijo dándome un beso.
De ahí en más, cada vez
que Flavio me visitaba traía consigo su regalo. La transportaba con él cual si
fuera un amuleto.
Creo que habré pasado uno
o dos días en cuidados intermedios. Las noches se me hacían interminables.
Mirando el techo mi imaginación jugaba con las manchas que se esparcían en él.
Mi impaciencia aumentaba con el pasar de los minutos, la incertidumbre me
carcomía por entero, el tiempo transcurría con pereza.
Durante el día se tornaba
más agradable el curso del tiempo. La gente me sorprendía con sus visitas y sus
regalos. Mis padres me comentaban que afuera parecía un campamento de la
cantidad de personas que se interesaban por mi estado de salud. Dos de esas
personas entraron en mi sala. Daniel y Rolando me saludaron. Claro que no me
dieron un beso, asustaría todo el aparataje o quizá, pensarían que podrían
desconectar algo.
·
Hola. ¿Cómo estás? - dijeron los chicos.
·
Bien - les dije contemplando sus rostros que irradiaban su ternura
hacia mí.
·
Bueno, ahora hay que poner fuerza - dijo Rolando.
·
Si, adelante con fe - le dije con una sonrisa. Mi confianza era
mucha y más creció cuando supe que me intervendrían quirúrgicamente.
Daniel observaba con una
sonrisa dibujada en su rostro, se mostraba tan tímido y callado como en la
época de nuestro periplo de amores confusos y mezclados. Yo no tenía mucha
confianza con Rolando pero él era el que más hablaba. Me desearon buena suerte
y se fueron.
Fui trasladada a IMPASA.
Allí fui visitada por otros médicos, quienes estarían presentes durante la
cirugía. Hubo uno que me agradó sobremanera. Tenía cara de macanudo. Su
apellido, Bermúdez. Fue muy agradable su actitud para conmigo, tuvo mucho de
paternal. También una nurse que trabajaba allí fue magnífica conmigo.
Elizabeth, lucía como un ángel. Su piel, nívea, su cabello, rubio, de baja estatura
y una voz muy suave.
El día antes de operarme,
estuve un rato con Ale, mi amiga y con Alejandro, el primo de papá. Nos reímos
mucho.
·
Mmm, que rico - dije al ver que una enfermera traía el alimento
para pasarme vía naso gástrica.
Mis acompañantes largaron
la carcajada. Era obvio que no iba a sentirle el gusto al preparado ya que,
pasaba directamente a mi estómago. Mi cama estaba al lado de una ventana y
recuerdo nítidamente la luminosidad esperanzadora de esa tarde.
El 19 de enero, día de
cumpleaños de mi amiga Alejandra, ingresé al quirófano. Una compañera de
trabajo de mi padre, Teresa, me acompañó hasta que me aplicaron la anestesia.
Yo no la conocía demasiado, pero su gesto y su simpatía me hicieron adorarla al
instante. Al entrar a la sala, una música de Lambada me recibió. Mis padres les
habrían prestado mi cassette a los médicos.
·
Vas a ver que pronto vas a estar bailando Lambada de nuevo - me
dijo uno de los cirujanos con un acento diferente al nuestro.
·
Si, lo vamos a bailar juntos - le dije regalándole una sonrisa.
Enseguida y, sin siquiera
notarlo me dormí, y quedé expuesta a bisturíes, gasas, agujas, hilos y no me
imagino qué más.
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