30/4/16

CAPÍTULO XVIII. SERÁ TRISTEZA, SERÁ…

Cuando desperté, estaba ya en la habitación de la cual partí. Vi el rostro de mis padres sin todavía estar despierta del todo. Me llevó unos minutos recobrar la lucidez por completo.
·         Dieva, salió todo bien - me dijeron.
·         Que suerte - dije.
Pude notar que ya nada apresaba mi cabeza, el halo había sido removido. De todas formas todavía no podía moverme.
·         Mañana te van a operar de nuevo - me comunicaron.
·         ¿Por qué? - pregunté ansiosa.
·         Para extraer un trocito de hueso que quedó - me aclararon.
Me quedé tranquila y esperé, no tenía otra alternativa. Mi amiga Alejandra me mandó saludos diciendo que, su regalo de cumpleaños había sido que mi cirugía había salido bien.
Al otro día, la misma rutina se repitió: quirófano, anestesia, cirugía, padres tiernos aguardándome a la salida. Después, comencé a usar un collarete que inmovilizaba mi cuello.
Dado que mis padres se encontraban exhaustos, debido a las noches seguidas de permanecer en vigilia a mi lado, se fueron a descansar y quedé bajo la custodia de Julio. Julio era un compañero de trabajo de mi padre. Yo no lo conocí hasta esa noche, en la cual le tocó cubrir a mis padres. Permanecimos todo el tiempo tertuliando acerca de un abanico multicolor de temas, pero sobre todo hablamos de nuestras preferencias musicales. Julio me resultó un ser por demás agradable.
·         Tengo mucha sed - le manifesté a Julio.
·         Esperá un momentito - me dijo.
Al rato, apareció con una gasa embebida en agua helada con la cual mojó mis labios. Hacía varios días que por mi garganta no pasaba ningún líquido. Quise exprimir la tela con mis labios.
·         No, esperá, despacito que no podés tragar líquido - me advirtió Julio.
·         Pero me muero de sed - continué diciendo y así me dejó sorber suavemente el frío elixir.
Enero seguía transcurriendo y el optimismo que me embargara los días anteriores comenzaba a desdibujarse. Comencé a no poder dormir y me atormentaban pensamientos poco alentadores. Me impacienté al notar que los días se sucedían y yo no podía siquiera sentarme.
La sonda naso gástrica fue removida y pude volver a deglutir. La comida que me ofrecían parecía deliciosa, pero la depresión que se había instalado en mi ser me impidió disfrutarla. No sólo no disfrutaba la comida, tampoco la compañía, los regalos, el mirar televisión. Nada me conformaba. Nada me divertía. Nada apartaba de mi mente el pensamiento de no volver a caminar.
Todos los días continuaban visitándome fisioterapeutas que movilizaban pasivamente mis miembros inferiores y me guiaban con los ejercicios de brazos. De cualquier manera esta actividad tampoco lograba traerme de mi estado de ausencia. Mis pensamientos se centraban en todo lo que, en un abrir y cerrar de ojos, me comenzó a ser imposible realizar. Excepto para hablar y masticar, para las demás acciones precisaba de la asistencia de otros. La angustia se apoderó de mí.
La expresión en el rostro de mis padres era, aunque intentaran disimularla, de una tristeza profunda. Yo no contribuía en nada para contrarrestar su desazón. Comencé a pensar que preferiría estar muerta antes que estar inmersa en aquella impotencia que me era imposible manejar.
·         Dieva… ¿Qué te pasa? - preguntó mi madre.
·         No quiero estar así, me quiero morir - respondí.
·         Tenés que luchar y tener esperanza, va a estar todo bien - me alentaba con el corazón destrozado.
·         ¿No me podrían hacer un transplante de cerebro? - pregunté incoherentemente.
·         ¿Por qué decís eso? - preguntó.
·         Porque quisiera que me pusieran tu cerebro para ser tan optimista - dije.
·     Sabés que eso no se puede hacer. No estés tan triste, ya vas a estar mejor - me animó.
Durante las noches mi delirio parecía incrementarse. Pensaba en cómo podría hacer para terminar con mi vida y así también con mi sufrimiento. Divisaba la ventana y fantaseaba con lanzarme desde allí. Al razonar que también la muerte me era inalcanzable, me desesperaba. Lo peor era que el sueño no me llegaba.
Ya ni siquiera Flavio me motivaba. Sus visitas eran infaltables al igual que su dulzura. Mi desinterés lo invadía todo. Se me ocurrían las cosas más inverosímiles. Mis padres y Flavio se encontraban a mi lado cuando de mi boca salió una idea que fue promovida por el miedo a no existir más en este mundo.
·         Quiero hacer el amor con Flavio - expresé y los descoloqué.
·         Pero… Ahora no podés - dijo mi padre.
·         Si, pero yo quiero hacerlo ahora - insistí.
·       Ya vas a tener tiempo para eso. Ahora pensá que tenés que recuperarte - siguió mi padre tratando de hacerme entrar en razón.
Otra idea estúpida que me vino a la cabeza fue que Marcelo, el esposo de Magel, o Diego, podrían ayudarme a hallar la muerte. Esa conclusión se desprendía de que ellos ya habían tenido una conexión con la muerte ya que la madre de ambos ya no vivía. Nunca les planteé mi ocurrencia.
La gente me visitaba sin cesar. Muchos iban al sanatorio pero no llegaban a verme. Tal fue el caso de Gabriel que me hizo llegar una carta lindísima. También me contaron que José se había acercado para informarse acerca de mi estado. Yo intentaba imaginarme lo que ocurría fuera de mi habitación. Otra anécdota que llegó a mis oídos fue que al padre de Alejandra le presentaron a Flavio como mi novio y dijo: Ah, vos sos Diego. Entonces Ale se apuró para aclararle el panorama, explicarle que Diego ya no era mi novio.
Me imaginaba cómo sería la vida sin mí. Cómo se vería mi barrio sin mi presencia, cómo sufrirían mis padres si yo me moría. Tampoco me hacía a la idea del mundo sin encontrarme en él. Estaba en una encrucijada existencial.
Mi tío Héctor fue a visitarme una nochecita. Él era una de las personas a la que más le habilitaban verme. Esa noche se presentó totalmente vestido de negro. A mí me parecía estar en una dimensión paralela a este mundo, desde la cual podía divisar todo lo que ocurría aquí. Al ver a mi tío enfundado de negro pensé: Claro, es que me morí y en la Tierra me están velando. Esa imagen y mi alucinación permanecen clarísimos en mi memoria.
Me sentía enloquecer. A pesar de permanecer con el cuello inmovilizado debido al collarete, trataba de mover mi cabeza hacia ambos lados con movimientos bruscos. Sabía que me era perjudicial y por eso lo hacía. Intentaba hacerme daño de cualquier manera. Lo que lograba era amargar aún más a la gente que me acompañaba.
Un día me llegó la noticia de que podría intentar sentarme al borde de la cama. No me entusiasmó demasiado la idea pero, tendría que probar. Vino un enfermero, el cual junto con mis padres me ayudaría a emprender la aventura. Giraron mi cuerpo para que mi cola quedara en la orilla del lecho. De ahí, apoyaron mis pies en un banco y levantaron mi torso. Detrás de mí, colocaron un arco metálico para que sostuviera mi espalda. Todo a mi alrededor comenzó a girar en mi cabeza. Al ver mi cuerpo pude advertir un abdomen hinchado que me disgustó por completo.



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