Cuando desperté, estaba ya
en la habitación de la cual partí. Vi el rostro de mis padres sin todavía estar
despierta del todo. Me llevó unos minutos recobrar la lucidez por completo.
·
Dieva, salió todo bien - me dijeron.
·
Que suerte - dije.
Pude notar que ya nada
apresaba mi cabeza, el halo había sido removido. De todas formas todavía no
podía moverme.
·
Mañana te van a operar de nuevo - me comunicaron.
·
¿Por qué? - pregunté ansiosa.
·
Para extraer un trocito de hueso que quedó - me aclararon.
Me quedé tranquila y
esperé, no tenía otra alternativa. Mi amiga Alejandra me mandó saludos diciendo
que, su regalo de cumpleaños había sido que mi cirugía había salido bien.
Al otro día, la misma
rutina se repitió: quirófano, anestesia, cirugía, padres tiernos aguardándome a
la salida. Después, comencé a usar un collarete que inmovilizaba mi cuello.
Dado que mis padres se
encontraban exhaustos, debido a las noches seguidas de permanecer en vigilia a
mi lado, se fueron a descansar y quedé bajo la custodia de Julio. Julio era un
compañero de trabajo de mi padre. Yo no lo conocí hasta esa noche, en la cual
le tocó cubrir a mis padres. Permanecimos todo el tiempo tertuliando acerca de
un abanico multicolor de temas, pero sobre todo hablamos de nuestras
preferencias musicales. Julio me resultó un ser por demás agradable.
·
Tengo mucha sed - le manifesté a Julio.
·
Esperá un momentito - me dijo.
Al rato, apareció con una
gasa embebida en agua helada con la cual mojó mis labios. Hacía varios días que
por mi garganta no pasaba ningún líquido. Quise exprimir la tela con mis
labios.
·
No, esperá, despacito que no podés tragar líquido - me advirtió
Julio.
·
Pero me muero de sed - continué diciendo y así me dejó sorber
suavemente el frío elixir.
Enero seguía
transcurriendo y el optimismo que me embargara los días anteriores comenzaba a
desdibujarse. Comencé a no poder dormir y me atormentaban pensamientos poco
alentadores. Me impacienté al notar que los días se sucedían y yo no podía
siquiera sentarme.
La sonda naso gástrica fue
removida y pude volver a deglutir. La comida que me ofrecían parecía deliciosa,
pero la depresión que se había instalado en mi ser me impidió disfrutarla. No
sólo no disfrutaba la comida, tampoco la compañía, los regalos, el mirar
televisión. Nada me conformaba. Nada me divertía. Nada apartaba de mi mente el
pensamiento de no volver a caminar.
Todos los días continuaban
visitándome fisioterapeutas que movilizaban pasivamente mis miembros inferiores
y me guiaban con los ejercicios de brazos. De cualquier manera esta actividad
tampoco lograba traerme de mi estado de ausencia. Mis pensamientos se centraban
en todo lo que, en un abrir y cerrar de ojos, me comenzó a ser imposible
realizar. Excepto para hablar y masticar, para las demás acciones precisaba de
la asistencia de otros. La angustia se apoderó de mí.
La expresión en el rostro
de mis padres era, aunque intentaran disimularla, de una tristeza profunda. Yo
no contribuía en nada para contrarrestar su desazón. Comencé a pensar que
preferiría estar muerta antes que estar inmersa en aquella impotencia que me
era imposible manejar.
·
Dieva… ¿Qué te pasa? - preguntó mi madre.
·
No quiero estar así, me quiero morir - respondí.
·
Tenés que luchar y tener esperanza, va a estar todo bien - me
alentaba con el corazón destrozado.
·
¿No me podrían hacer un transplante de cerebro? - pregunté
incoherentemente.
·
¿Por qué decís eso? - preguntó.
·
Porque quisiera que me pusieran tu cerebro para ser tan optimista
- dije.
· Sabés que eso no se puede hacer. No estés tan triste, ya vas a
estar mejor - me animó.
Durante las noches mi
delirio parecía incrementarse. Pensaba en cómo podría hacer para terminar con
mi vida y así también con mi sufrimiento. Divisaba la ventana y fantaseaba con
lanzarme desde allí. Al razonar que también la muerte me era inalcanzable, me
desesperaba. Lo peor era que el sueño no me llegaba.
Ya ni siquiera Flavio me
motivaba. Sus visitas eran infaltables al igual que su dulzura. Mi desinterés
lo invadía todo. Se me ocurrían las cosas más inverosímiles. Mis padres y
Flavio se encontraban a mi lado cuando de mi boca salió una idea que fue
promovida por el miedo a no existir más en este mundo.
·
Quiero hacer el amor con Flavio - expresé y los descoloqué.
·
Pero… Ahora no podés - dijo mi padre.
·
Si, pero yo quiero hacerlo ahora - insistí.
· Ya vas a tener tiempo para eso. Ahora pensá que tenés que
recuperarte - siguió mi padre tratando de hacerme entrar en razón.
Otra idea estúpida que me
vino a la cabeza fue que Marcelo, el esposo de Magel, o Diego, podrían ayudarme
a hallar la muerte. Esa conclusión se desprendía de que ellos ya habían tenido
una conexión con la muerte ya que la madre de ambos ya no vivía. Nunca les
planteé mi ocurrencia.
La gente me visitaba sin
cesar. Muchos iban al sanatorio pero no llegaban a verme. Tal fue el caso de
Gabriel que me hizo llegar una carta lindísima. También me contaron que José se
había acercado para informarse acerca de mi estado. Yo intentaba imaginarme lo
que ocurría fuera de mi habitación. Otra anécdota que llegó a mis oídos fue que
al padre de Alejandra le presentaron a Flavio como mi novio y dijo: Ah, vos sos
Diego. Entonces Ale se apuró para aclararle el panorama, explicarle que Diego
ya no era mi novio.
Me imaginaba cómo sería la
vida sin mí. Cómo se vería mi barrio sin mi presencia, cómo sufrirían mis
padres si yo me moría. Tampoco me hacía a la idea del mundo sin encontrarme en
él. Estaba en una encrucijada existencial.
Mi tío Héctor fue a
visitarme una nochecita. Él era una de las personas a la que más le habilitaban
verme. Esa noche se presentó totalmente vestido de negro. A mí me parecía estar
en una dimensión paralela a este mundo, desde la cual podía divisar todo lo que
ocurría aquí. Al ver a mi tío enfundado de negro pensé: Claro, es que me morí y
en la Tierra
me están velando. Esa imagen y mi alucinación permanecen clarísimos en mi
memoria.
Me sentía enloquecer. A
pesar de permanecer con el cuello inmovilizado debido al collarete, trataba de
mover mi cabeza hacia ambos lados con movimientos bruscos. Sabía que me era
perjudicial y por eso lo hacía. Intentaba hacerme daño de cualquier manera. Lo
que lograba era amargar aún más a la gente que me acompañaba.
Un día me llegó la noticia
de que podría intentar sentarme al borde de la cama. No me entusiasmó demasiado
la idea pero, tendría que probar. Vino un enfermero, el cual junto con mis
padres me ayudaría a emprender la aventura. Giraron mi cuerpo para que mi cola
quedara en la orilla del lecho. De ahí, apoyaron mis pies en un banco y levantaron
mi torso. Detrás de mí, colocaron un arco metálico para que sostuviera mi
espalda. Todo a mi alrededor comenzó a girar en mi cabeza. Al ver mi cuerpo
pude advertir un abdomen hinchado que me disgustó por completo.
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