12/2/16

CAPÍTULO VIII. FIN DEL VERANO DEL ‘89.

Al otro día nos quedamos solos en la casa con mi padre. Él aprovechó para preguntarme como me había ido la noche anterior. Le dije que me había divertido, pero me resistí a contar la historia completa, omití mencionar la parte más importante, traté de evitar contarle la parte del nuevo beso. Quise no contarle que mi boca había sido estrenada por quien logró quebrar la barrera helada que yo colocaba cada vez que, alguien osaba traspasar el límite de la amistad. No se lo quería contar porque ya sabía el sermón que se me vendría encima si lo hacía. A la larga terminé narrando la historia completa. Y el sermón cayó: Que cómo permití que alguien que recién conocía me besara, que qué iba a pensar el chico de mí, que esto, que aquello y que lo otro. Seguido a la chorrera de especulaciones vinieron los consejos. Algunos consejos que acepté y otros que descarté. Concluyendo, me hice de un manual de la señorita respetable, por si acaso necesitaba consultarlo.
Uno de aquellos días me encontré con Gerardo de enfrente. Nos saludamos e intercambiamos algunas palabras.
·         Hola. ¿Todo bien? - lo saludé.
·         Ahí andamos - dijo él - El sábado quise bailar con una chica y estaba bailando con otro. Me tomé unas cervezas, me sentí mal y quise sentarme pero el banco estaba ocupado - siguió diciendo, haciendo referencia a mi flamante relación con Ricardo.
Yo no supe qué contestarle. Le dolió en su tierna alma adolescente que la chica que a él le gustaba, se estuviera besando con otro. También me afectó su dolor, no estaba en ninguno de mis planes que Gerardo sufriera pero, igualmente seguía aumentando mi ego el saber lo metido que estaba él conmigo. Nos dijimos algunas cosas más y nos despedimos.
La semana que siguió la pasamos en Montevideo. En mis pensamientos sólo podía entrar lo relacionado con Ricardo y las nuevas experiencias que acababa de vivir.
Durante toda la semana esperé que sonara el teléfono, con la llamada del chico que había logrado encender mi fuego sin que yo emprendiera la retirada como en las anteriores situaciones. Reiteradísimas fueron las oportunidades en las que algún chico me gustaba, lo seducía y cuando lo tenía a mi merced, mi obnubilamiento se disipaba y le echaba Raid, beso en la boca ni soñarlo. A Ricardo le abrí todos mis frentes y si él quería creo que, también le hubiera abierto mis fondos. La llamada no llegaba; mi impaciencia aumentaba y junto con esto cada día que transcurría me ponía más irascible, más insoportable, más malhumorada. Decidí discar aquel enigmático número que Ricardo me proporcionara. Para aumentar mi ansiedad e insatisfacción, confirmé que en aquel número no vivía ningún Ricardo. Los días pasaban y yo esperaba. El jueves llegó y su montevideana nochecita trajo un esperanzador ring de teléfono. Corrí a levantar el tubo del viejo teléfono negro, su sonido significaba ya mucho para mí, generaba la ilusión de que la persona que hablara del otro lado fuera el misterioso y delicioso rubio argumentando su desaparición. Mi corazón cambió su cara de drama por una de esperanza y fantasía al reconocer que quien llamaba era Ricardo.
·         ¿Qué te pasó? - le pregunté.
·         Nada, había perdido tu teléfono – me contestó.
·         Llamé al número que me diste y me dijeron que ahí no vivía ningún Ricardo – dije esperando una explicación.
·         Lo que pasa es que es el teléfono de un vecino – argumentó.
Hablamos un poco más y me preguntó si el fin de semana nos veríamos en San Luis. Le dije que lo más seguro era que sí. Y así quedamos de vernos el sábado en "El Timón". Yo rayaba el sol y la luna porque así fuera.
Al día siguiente, mi adorado balneario nos recibió con un día espléndido. Leticia y yo llegamos solas en la calurosa tarde. Aprovechamos, el no tener compañía, para conversar acerca de lo ocurrido el fin de semana pasado. Ella me contó que lo de Mario había sido algo casual, que no pensaba tener más nada con él. Yo le transmití todo lo que había significado para mí el encuentro con Ricardo y lo fascinada que estaba con él.
Cerca de casa, estaban veraneando unas chicas conocidas de Leticia, ellas eran unos años mayores que nosotras. Una de ellas se destacaba por sobre las demás. Esta mujercita tendría unos dieciocho años, no era muy alta, rayaba el ser gordita, lo cual aumentaba su simpático atractivo, de cabellos color oro, ojos de mar y una sonrisa de dientes alineados que iluminaba su cara. La llamábamos por su diminutivo, Alejandrita. Ella era buena por sobre todo, bienintencionada por sobre muchos y libre de envidia por sobre varios. Me encantaba interactuar con ella. Esos años que me llevaba de ventaja, la convertían en un referente a la hora de pedir consejos, en el minuto de preguntar sobre experiencias conocidas para ella y totalmente nuevas para mí (tal fue el caso del primer beso, del primer abrazo, del primer piel con piel con Ricardo), en el segundo de contar anécdotas.
El sábado quedamos para encontrarnos con Alejandrita y las otras chicas para rumbear hacia El Timón. Así lo hicimos. Llegamos y la entrada estaba pobladísima de adolescentes, y otros no tanto, aguardando para ingresar al santuario bailable más famoso de la zona. Sacamos las entradas y cambiamos el ambiente exterior luminoso por un medio interior en penumbras con intermitentes destellos de luces colorinches y una luna de espejos giratoria. Adentro, distaba bastante de estar lleno, busqué entre los rostros de los presentes pero ninguno era el de Ricardo. Nos dispusimos a bailar entre nosotras. El lugar comenzaba a llenarse. De pronto, sentí que alguien me tomaba el brazo. Mi corazón latió aceleradamente al descubrir que ese alguien era el príncipe de mejillas rellenas que yo esperaba. Ricardo intentó saludarme con un beso en los labios, el cual le negué esquivando su boca y dándole un beso en su carnosa mejilla. Enseguida nos apartamos del grupo.
·         ¿Qué té pasa? - me preguntó.
·         Nada, ¿por qué? - le dije.
·         No, por la manera en que me saludaste - respondió.
Nada hubiera querido más que besarle de nuevo la boca, pero no podía hacérsela tan fácil, yo no quise parecer tan fácil.
·         ¿Qué les pasó el domingo que no bajaron a la playa? - le pregunté por el encuentro frustrado.
·         ¡Qué les pasó a ustedes que no fueron! - retrucó él.
Para Ricardo nosotras faltamos a la cita y para nosotras, ellos fueron los que no se presentaron. Nunca le creí su afirmación y menos acepté que dijera que yo había faltado a mi compromiso, pero estos pensamientos no se los transmití. Quedo por esa, nada trascendente. Nos pusimos a bailar música movida; sonó la canción "Andamento lento" (cada vez que la escucho evoco el año '89 y con ello al rubio que bailaba conmigo y alertaba todos mis sentidos). El blondo bailaba de una forma tan sensual (en mi opinión cegada por el enamoramiento) que me hacía quererlo entre mis brazos. Al rato nos sentamos, él intentó besarme nuevamente, nuevamente se lo impedí.
·         Decime qué pasa - pidió él.
·         Nada, que contigo fue mi primer beso - argumenté.
·         Sí, me di cuenta - dijo él tratando de acercarse más a mí.
·         Por favor - le imploré.
·         Por favor te pido yo - rogó él cada vez más cerca.
Mi resistencia fue quebrada, nuestros labios volvieron a juntarse. El manual de la señorita respetable se hizo añicos, frente a Ricardo me era imposible seguir alguna regla preestablecida. Aquel rubio me podía, me encantaba, estaba idiotizada con él, con su boca, con su cara, con su cuerpo, todo él me encantaba. A veces deseo volver a aquellos tiempos de mi primer amor, cuando era libre de cuerpo, de mente y de alma. Cuando comenzaba a amanecer, nos dispusimos a retirarnos. Él manifestó sentir frío. Yo le presté mi campera, fascinada con que él vistiera algo mío. La prenda la había llevado de forma precautoria, de frío ni hablemos. Estaba idiota con mi compañero pero todavía me faltaban unas décimas para convertirme en imbécil. En la puerta nos juntamos con conocidos de Ricardo, con Alejandrita y las otras chicas. Todos partimos hacia el este. Al llegar a la calle Simón Bolivar, Ricardo y yo nos detuvimos a besarnos y así quedamos relegados del pelotón. En la esquina de casa nos despedimos, cosa que no me gustaba mucho ya que mi estado de enamoramiento era tal que, deseaba estar en todo momento pegada a él pero…En algún momento teníamos que descansar. La impronta inolvidable que Ricardo dejó en mí no creo que se asemeje en nada a la que yo dejé en él. En mi opinión, lo que a mí me pasaba con él, mis sentimientos hacia él eran mucho más fuertes que viceversa. En fin, cada cual volvió a su morada veraniega quedando confirmado que, sí o sí, nos veríamos nuevamente. En el portón de casa, Leticia me esperaba para ingresar donde nuestras familias dormían un sueño tranquilo de mañana dominical.
El domingo transcurrió como tal, el día previo a un lunes de vacaciones. Me levanté después de mediodía. A la tarde, nos visitaron mi abuela y mi tío, para mí era una alegría ya que cuanto más gente llegara a casa más feliz me sentía. Supongo que, habremos almorzado juntos. De tarde, lo típico, ir a la playa. Sin dudas que, levité todo el día por causa de Ricardo. A la noche, todos nuestros convidados volvían para Montevideo, la familia de Leticia incluida. A mí me colmó una sensación de tristeza al darme cuenta de que, volveríamos a quedarnos mi hermana, mi madre y yo, solas en San Luis. Me dirigí a mi cama, donde yacía la campera de jean que el día anterior le prestara a Ricardo. Me senté allí y la olí, el olor del desodorante de él permanecía en aquel abrigo. Aún hoy, al cerrar mis ojos, me parece sentir la fragancia exquisitamente deportiva del envase marrón. Quise, por supuesto, estar junto al rubio y oler de su piel el perfume. A eso de las nueve de la noche, desde la puerta despedimos a los autos que partían desganadamente para la capital. Entramos y nos recibió el tedio. Habrá pasado media hora cuando, desde afuera escuché unas voces gritando: ¡Ricardo! Eran los amigos de Ricardo que pasaban por la esquina de casa. Me enorgullecí de que me asociaran con su amigo y gritaran su nombre por gusto para llamar mi atención. Me desilusionó que el chico que yo quería no estuviera con sus amigos y pasara a buscarme. A través de la ventana del cuarto de mis padres, vi pasar a los divertidos muchachos que se dirigían hacia el centro. Luego, me acosté a dormir dispuesta a soñar escuchando el sonido del agua de la playa.
Al día siguiente, un lunes solitario, llegó Denisse, una compañera de estudio de mamá, con su pequeña hija Estefanía. En los días que nos quedaban de vacaciones, Denisse y mamá se proponían estudiar para un examen que tenían que rendir en la facultad y aprovecharon la tranquilidad de San Luis para ello. Transcurrió un día hermoso. En la playa embadurné mi cuerpo con un bronceador aceitoso que, resaltaba el color tostado que el sol generosamente me ayudó a tomar. Cuanto más oscura mi piel se ponía, más atractiva me sentía. La playa estaba casi desierta, sólo podían verse algunos lugareños y varios veraneantes que, como nosotros, disfrutaban de los primeros días de marzo. Me introduje en la tentadora agua del mar, a medida que iba entrando sentía el masaje que las suaves olas ejercían en cada músculo de mi sano y joven cuerpo. Jugueteé un rato en el agua cual sirena enamorada de anchas caderas y pequeños pechos. Quise que Ricardo compartiera aquel momento conmigo, pero me conformé con tocar una pulsera negra de goma que él me había regalado. Salí del agua y me gustó ver mi piel tostada, mojada y salada. Me encaminé hacia donde estaban mi madre, mi hermana, Denisse y Estefanía, y me senté cerca de ellas.
·     Que rico olor que tiene esta pulsera - dije refiriéndome a mi souvenir obtenido de Ricardo.
·         ¿Sí?, ¿a qué tiene olor? - me preguntaron.
·         Olor a Ricardo - dije orgullosa.
·         ¡Ah, olor a Ricardo! - dijeron mi madre y Denisse burlándose de mí.
·         Sí - dije yo, riéndome sin importarme su burla.
A mediodía, comimos opíparamente. De tardecita, me acosté en uno de los perezosos bajo el níspero y el limonero. Mamá y Denisse repetían lecciones ya aprendidas de gruesos libros de anatomía bucal. Yo miraba el límpido cielo, disfrutaba del suave canto de los pájaros y la estridencia de la holgazana chicharra, en contraposición a las negras hormigas que, silenciosamente iban y venían transportando materiales hacia sus guaridas.
Llegó la noche, y así como ésta devenía me comencé a arreglar para esperar la aparición de mi galán de La Tuna. De a ratos, ojeaba por la ventana cuando oía a Rolf, el perro de Gerardo, emitir algún sonido. Un golpeteo de manos alertó mi corazón, el que comenzó a latir con ganas de escapar de mi pecho. Miré nuevamente hacia fuera y la figura de Ricardo se recortaba en la noche. Mamá salió para ver quién era.
·         Buenas noches, ¿está Dieva? - preguntó Ricardo.
·         Si, un momento - dijo mamá.
Cuando mi madre entró, yo ya estaba casi en la puerta prontísima para salir, pero mamá me dijo que ella saldría conmigo para que le presentara al rubio y le dijera hacia dónde iríamos. Salimos y Denisse salió con nosotras. Presenté a Ricardo, les dijimos que daríamos una vuelta por el centro y mamá aprobó mi salida, advirtiéndome que no regresara muy tarde. Nos fuimos hacia el centro en medio de una conversación que, ahora, me resulta estúpida pero, ubicándola en su momento la estupidez era entendible. Del centro nos desviamos hacia "El Timón". El lugar no tenía nada que ver con las noches sabatinas, una tranquilidad irreconocible se respiraba en el lugar, no se percibía ninguna presencia humana, la zona nos pertenecía. Nos sentamos en un banco desde el cual se divisaba la playa y le dimos la espalda. Nuestros encuentros se dividían en dos, una primera parte durante la cual hablábamos y una segunda sección donde nos abocábamos a besarnos. En el transcurso de la primera parte, averigüé que su verdadera edad era dieciséis años. Me dijo que había mentido en la edad porque, suponía que yo era mayor a mis catorce años. La segunda porción era la más exquisita, yo la esperaba ansiosamente. Quemamos las etapas de nuestro encuentro y regresamos. El enamoramiento se me escapaba por los poros, me era inevitable ocultar mi embobamiento con el rubio divino que tenía a mi disposición esa noche. Nos dijimos chau con un delicioso beso y ya.
Por aquellos días, yo vivía suspendida en el aire, nada me perturbaba, las responsabilidades importantes no existían. Lavaba mi ropa, tendía mi cama, ayudaba en todo lo que podía (y podía mucho, en muchos sentidos).
Una plácida tarde, yo pizpireteaba¹ por la casa al oír que unas palmas llamaban al portón. Miré por las hendijas de las cortinas y reconocí a Ricardo y a Noel, un muy buen amigo del rubio. Noelito no estaba mal, ahora que lo pienso, era un tanto mayor que su amigo, flaco, alto, cabello largo y castaño, vivaracho. Pero mis ojos, mi cuerpo, mi todo era para Ricardo en aquel fin de verano (y por el resto del año si él así lo quería). Yo que estaba de malla de baño negra, me escabullí dentro de una remera que sólo dejaba al descubierto mis largas piernas, parte de mis glúteos y mis brazos. Así, me mandé a saludarlo, digamos saludarlos porque no iba a dejar a Noel (que poco me importaba) pintado al óleo en la escena.
1 - pizpireta
(De or. onomat.).
1. adj. coloq. Dicho de una mujer: Viva, pronta y aguda.

·         Hola, ¿qué hacés? - le dije al rubio regalándole un tímido toque de mis labios en los suyos. No quería exponerme demasiado delante de los moros que había en la costa (léase mi hermana, mi madre y Denisse).
·         Pasaba a saludarte - respondió el rubio, que era un caramelo de dulce de leche, haciendo que las ganas de apretarlo recorrieran mi grácil cuerpo.
·         ¿Qué vas a hacer hoy de noche? - pregunté esperando que su respuesta fuera que nos veríamos más tarde.
·         Si no llueve, tenemos un partido de fútbol en La Tuna - dijo el muchacho.
Todo estaba dicho, la noche que se avecinaba tendría que pasármela imaginándolo. Mucho esfuerzo no tendría yo que hacer, ya que en mi mente quedaba muy poco espacio para algo que no fuera él. No tuve más remedio que asentir y renunciar a sus besos por una noche. Un saludo de despedida, que no tuvo nada que envidiarle al de bienvenida, surgió en el aire. Al dar la vuelta, sentí en mi espalda los ojos de Ricardo (en realidad quise sentir su mirada posada en la zona donde mi espalda terminaba y abría paso a mis nalgas). Después de que el rubio se fue, Denisse hizo un comentario que me halagó por un lado y que no entendí demasiado por el otro. Dijo algo así como que si a la noche llovía, entonces Ricardo (después de haberme visto a mí en malla) tendría que descargar tensiones sexuales autosatisfaciéndose. Si llovió no me acuerdo, pero ahora que lo pienso, supongo que me hubiera encantado que vertiera su tensión en mí. Siempre soñé que la primera vez que transitara por las callejuelas del sexo en pareja sería en una playa que no contara con visitantes. Pero en aquella época, la idea del coito ni siquiera sobrevolaba mi cabeza. Dejemos por acá los sueños de sexo, para continuarlos en algún momento que mi mente y mi cuerpo estuvieran abiertos para ello.
Existió un día en que tuve que rondar Montevideo. Miguel, el amigo de Leticia, me llamó por teléfono. A mí no me asombró para nada su llamado. Me invitó a dar una vuelta con él. Yo acepté que después de visitar a mi amiga, él me acompañara hasta una esquina donde tenía que encontrarme con mi madre para ir al médico. Acepté la invitación sin percibir (otra vez al ataque la "cuchilla nueva") que con ello daba lugar a que Miguel pudiera pensar que yo quería algo más que una amistad. Al llegar a la intersección de 8 de octubre y Luis Alberto de Herrera, el caballeroso muchacho me invitó a tomar un helado, invitación que rechacé. Llegó mi madre, se saludaron y partí con ella despidiéndome de Miguel.
Después disfruté mi amado balneario lo máximo que pude, hasta reventar.
San Luis siguió estando hermoso hasta el día que tocó retornar. Un domingo antes del 13 de marzo volvimos a Montevideo. Vinimos en la caja de la camioneta de Washington, el esposo de Denisse. Atrás se sentía lo fresco del tiempo que se comenzaba a introducir en el otoño. El viento acariciaba mis cabellos que, volaban como queriéndose escapar de mi cuero cabelludo. Nada me perturbaba, sólo pensaba en que al otro día comenzaría nuevamente las clases, mi tercer año de liceo. Fantaseaba con la idea de que Ricardo me fuera a esperar a la salida del liceo. El 19, en 20 de Febrero frente a la plaza N° 5, fue el lugar que me liberó de ir al colegio por ocho horas de corrido. Sentí que el día tenía más horas cuando se interrumpió el suplicio de tener que levantarme a las seis y media de la mañana y acostarme a las nueve de la noche. En fin, comenzaría las clases con un montón de nuevas experiencias vividas durante el verano.


4 comentarios:

  1. Sos Genial! me encantó este capítulo :)
    Cuanto falta para el próximo viernes eeeee?????

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  2. Vivi querida, me reconforta tanto que te haya gustado. ¡Gracias por ser mi gran compañera en este proyecto!

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  3. Comparto como en la adolescencia, el fin del verano era la suspensión de la "aventura" , al punto de que el único consuelo era esperar al próximo

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  4. Si Victoria. Éramos libres en los veranos tan compartidos. Sol, playa y amigos...

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