Al otro día nos quedamos
solos en la casa con mi padre. Él aprovechó para preguntarme como me había ido
la noche anterior. Le dije que me había divertido, pero me resistí a contar la
historia completa, omití mencionar la parte más importante, traté de evitar
contarle la parte del nuevo beso. Quise no contarle que mi boca había sido
estrenada por quien logró quebrar la barrera helada que yo colocaba cada vez
que, alguien osaba traspasar el límite de la amistad. No se lo quería contar
porque ya sabía el sermón que se me vendría encima si lo hacía. A la larga
terminé narrando la historia completa. Y el sermón cayó: Que cómo permití que
alguien que recién conocía me besara, que qué iba a pensar el chico de mí, que
esto, que aquello y que lo otro. Seguido a la chorrera de especulaciones
vinieron los consejos. Algunos consejos que acepté y otros que descarté.
Concluyendo, me hice de un manual de la señorita respetable, por si acaso
necesitaba consultarlo.
Uno de aquellos días me
encontré con Gerardo de enfrente. Nos saludamos e intercambiamos algunas
palabras.
·
Hola. ¿Todo bien? - lo saludé.
·
Ahí andamos - dijo él - El sábado quise bailar con una chica y
estaba bailando con otro. Me tomé unas cervezas, me sentí mal y quise sentarme
pero el banco estaba ocupado - siguió diciendo, haciendo referencia a mi
flamante relación con Ricardo.
Yo no supe qué
contestarle. Le dolió en su tierna alma adolescente que la chica que a él le
gustaba, se estuviera besando con otro. También me afectó su dolor, no estaba
en ninguno de mis planes que Gerardo sufriera pero, igualmente seguía
aumentando mi ego el saber lo metido que estaba él conmigo. Nos dijimos algunas
cosas más y nos despedimos.
La semana que siguió la
pasamos en Montevideo. En mis pensamientos sólo podía entrar lo relacionado con
Ricardo y las nuevas experiencias que acababa de vivir.
Durante toda la semana
esperé que sonara el teléfono, con la llamada del chico que había logrado
encender mi fuego sin que yo emprendiera la retirada como en las anteriores
situaciones. Reiteradísimas fueron las oportunidades en las que algún chico me
gustaba, lo seducía y cuando lo tenía a mi merced, mi obnubilamiento se
disipaba y le echaba Raid, beso en la boca ni soñarlo. A Ricardo le abrí todos
mis frentes y si él quería creo que, también le hubiera abierto mis fondos. La
llamada no llegaba; mi impaciencia aumentaba y junto con esto cada día que
transcurría me ponía más irascible, más insoportable, más malhumorada. Decidí
discar aquel enigmático número que Ricardo me proporcionara. Para aumentar mi
ansiedad e insatisfacción, confirmé que en aquel número no vivía ningún
Ricardo. Los días pasaban y yo esperaba. El jueves llegó y su montevideana
nochecita trajo un esperanzador ring de teléfono. Corrí a levantar el tubo del
viejo teléfono negro, su sonido significaba ya mucho para mí, generaba la
ilusión de que la persona que hablara del otro lado fuera el misterioso y
delicioso rubio argumentando su desaparición. Mi corazón cambió su cara de
drama por una de esperanza y fantasía al reconocer que quien llamaba era
Ricardo.
·
¿Qué te pasó? - le pregunté.
·
Nada, había perdido tu teléfono – me contestó.
·
Llamé al número que me diste y me dijeron que ahí no vivía ningún
Ricardo – dije esperando una explicación.
·
Lo que pasa es que es el teléfono de un vecino – argumentó.
Hablamos un poco más y me
preguntó si el fin de semana nos veríamos en San Luis. Le dije que lo más
seguro era que sí. Y así quedamos de vernos el sábado en "El Timón".
Yo rayaba el sol y la luna porque así fuera.
Al día siguiente, mi
adorado balneario nos recibió con un día espléndido. Leticia y yo llegamos
solas en la calurosa tarde. Aprovechamos, el no tener compañía, para conversar
acerca de lo ocurrido el fin de semana pasado. Ella me contó que lo de Mario
había sido algo casual, que no pensaba tener más nada con él. Yo le transmití
todo lo que había significado para mí el encuentro con Ricardo y lo fascinada
que estaba con él.
Cerca de casa, estaban
veraneando unas chicas conocidas de Leticia, ellas eran unos años mayores que
nosotras. Una de ellas se destacaba por sobre las demás. Esta mujercita tendría
unos dieciocho años, no era muy alta, rayaba el ser gordita, lo cual aumentaba
su simpático atractivo, de cabellos color oro, ojos de mar y una sonrisa de
dientes alineados que iluminaba su cara. La llamábamos por su diminutivo,
Alejandrita. Ella era buena por sobre todo, bienintencionada por sobre muchos y
libre de envidia por sobre varios. Me encantaba interactuar con ella. Esos años
que me llevaba de ventaja, la convertían en un referente a la hora de pedir
consejos, en el minuto de preguntar sobre experiencias conocidas para ella y
totalmente nuevas para mí (tal fue el caso del primer beso, del primer abrazo,
del primer piel con piel con Ricardo), en el segundo de contar anécdotas.
El sábado quedamos para
encontrarnos con Alejandrita y las otras chicas para rumbear hacia El Timón.
Así lo hicimos. Llegamos y la entrada estaba pobladísima de adolescentes, y
otros no tanto, aguardando para ingresar al santuario bailable más famoso de la
zona. Sacamos las entradas y cambiamos el ambiente exterior luminoso por un
medio interior en penumbras con intermitentes destellos de luces colorinches y
una luna de espejos giratoria. Adentro, distaba bastante de estar lleno, busqué
entre los rostros de los presentes pero ninguno era el de Ricardo. Nos
dispusimos a bailar entre nosotras. El lugar comenzaba a llenarse. De pronto,
sentí que alguien me tomaba el brazo. Mi corazón latió aceleradamente al descubrir
que ese alguien era el príncipe de mejillas rellenas que yo esperaba. Ricardo
intentó saludarme con un beso en los labios, el cual le negué esquivando su
boca y dándole un beso en su carnosa mejilla. Enseguida nos apartamos del
grupo.
·
¿Qué té pasa? - me preguntó.
·
Nada, ¿por qué? - le dije.
·
No, por la manera en que me saludaste - respondió.
Nada hubiera querido más
que besarle de nuevo la boca, pero no podía hacérsela tan fácil, yo no quise
parecer tan fácil.
·
¿Qué les pasó el domingo que no bajaron a la playa? - le pregunté
por el encuentro frustrado.
·
¡Qué les pasó a ustedes que no fueron! - retrucó él.
Para Ricardo nosotras
faltamos a la cita y para nosotras, ellos fueron los que no se presentaron.
Nunca le creí su afirmación y menos acepté que dijera que yo había faltado a mi
compromiso, pero estos pensamientos no se los transmití. Quedo por esa, nada
trascendente. Nos pusimos a bailar música movida; sonó la canción
"Andamento lento" (cada vez que la escucho evoco el año '89 y con
ello al rubio que bailaba conmigo y alertaba todos mis sentidos). El blondo
bailaba de una forma tan sensual (en mi opinión cegada por el enamoramiento)
que me hacía quererlo entre mis brazos. Al rato nos sentamos, él intentó
besarme nuevamente, nuevamente se lo impedí.
·
Decime qué pasa - pidió él.
·
Nada, que contigo fue mi primer beso - argumenté.
·
Sí, me di cuenta - dijo él tratando de acercarse más a mí.
·
Por favor - le imploré.
·
Por favor te pido yo - rogó él cada vez más cerca.
Mi resistencia fue
quebrada, nuestros labios volvieron a juntarse. El manual de la señorita
respetable se hizo añicos, frente a Ricardo me era imposible seguir alguna
regla preestablecida. Aquel rubio me podía, me encantaba, estaba idiotizada con
él, con su boca, con su cara, con su cuerpo, todo él me encantaba. A veces
deseo volver a aquellos tiempos de mi primer amor, cuando era libre de cuerpo,
de mente y de alma. Cuando comenzaba a amanecer, nos dispusimos a retirarnos.
Él manifestó sentir frío. Yo le presté mi campera, fascinada con que él vistiera
algo mío. La prenda la había llevado de forma precautoria, de frío ni hablemos.
Estaba idiota con mi compañero pero todavía me faltaban unas décimas para
convertirme en imbécil. En la puerta nos juntamos con conocidos de Ricardo, con
Alejandrita y las otras chicas. Todos partimos hacia el este. Al llegar a la
calle Simón Bolivar, Ricardo y yo nos detuvimos a besarnos y así quedamos
relegados del pelotón. En la esquina de casa nos despedimos, cosa que no me
gustaba mucho ya que mi estado de enamoramiento era tal que, deseaba estar en
todo momento pegada a él pero…En algún momento teníamos que descansar. La
impronta inolvidable que Ricardo dejó en mí no creo que se asemeje en nada a la
que yo dejé en él. En mi opinión, lo que a mí me pasaba con él, mis sentimientos
hacia él eran mucho más fuertes que viceversa. En fin, cada cual volvió a su
morada veraniega quedando confirmado que, sí o sí, nos veríamos nuevamente. En
el portón de casa, Leticia me esperaba para ingresar donde nuestras familias
dormían un sueño tranquilo de mañana dominical.
El domingo transcurrió
como tal, el día previo a un lunes de vacaciones. Me levanté después de
mediodía. A la tarde, nos visitaron mi abuela y mi tío, para mí era una alegría
ya que cuanto más gente llegara a casa más feliz me sentía. Supongo que,
habremos almorzado juntos. De tarde, lo típico, ir a la playa. Sin dudas que,
levité todo el día por causa de Ricardo. A la noche, todos nuestros convidados
volvían para Montevideo, la familia de Leticia incluida. A mí me colmó una
sensación de tristeza al darme cuenta de que, volveríamos a quedarnos mi
hermana, mi madre y yo, solas en San Luis. Me dirigí a mi cama, donde yacía la
campera de jean que el día anterior le prestara a Ricardo. Me senté allí y la
olí, el olor del desodorante de él permanecía en aquel abrigo. Aún hoy, al
cerrar mis ojos, me parece sentir la fragancia exquisitamente deportiva del
envase marrón. Quise, por supuesto, estar junto al rubio y oler de su piel el
perfume. A eso de las nueve de la noche, desde la puerta despedimos a los autos
que partían desganadamente para la capital. Entramos y nos recibió el tedio.
Habrá pasado media hora cuando, desde afuera escuché unas voces gritando:
¡Ricardo! Eran los amigos de Ricardo que pasaban por la esquina de casa. Me enorgullecí
de que me asociaran con su amigo y gritaran su nombre por gusto para llamar mi
atención. Me desilusionó que el chico que yo quería no estuviera con sus amigos
y pasara a buscarme. A través de la ventana del cuarto de mis padres, vi pasar
a los divertidos muchachos que se dirigían hacia el centro. Luego, me acosté a
dormir dispuesta a soñar escuchando el sonido del agua de la playa.
Al día siguiente, un lunes
solitario, llegó Denisse, una compañera de estudio de mamá, con su pequeña hija
Estefanía. En los días que nos quedaban de vacaciones, Denisse y mamá se
proponían estudiar para un examen que tenían que rendir en la facultad y
aprovecharon la tranquilidad de San Luis para ello. Transcurrió un día hermoso.
En la playa embadurné mi cuerpo con un bronceador aceitoso que, resaltaba el
color tostado que el sol generosamente me ayudó a tomar. Cuanto más oscura mi
piel se ponía, más atractiva me sentía. La playa estaba casi desierta, sólo
podían verse algunos lugareños y varios veraneantes que, como nosotros,
disfrutaban de los primeros días de marzo. Me introduje en la tentadora agua
del mar, a medida que iba entrando sentía el masaje que las suaves olas
ejercían en cada músculo de mi sano y joven cuerpo. Jugueteé un rato en el agua
cual sirena enamorada de anchas caderas y pequeños pechos. Quise que Ricardo
compartiera aquel momento conmigo, pero me conformé con tocar una pulsera negra
de goma que él me había regalado. Salí del agua y me gustó ver mi piel tostada,
mojada y salada. Me encaminé hacia donde estaban mi madre, mi hermana, Denisse
y Estefanía, y me senté cerca de ellas.
· Que rico olor que tiene esta pulsera - dije refiriéndome a mi
souvenir obtenido de Ricardo.
·
¿Sí?, ¿a qué tiene olor? - me preguntaron.
·
Olor a Ricardo - dije orgullosa.
·
¡Ah, olor a Ricardo! - dijeron mi madre y Denisse burlándose de
mí.
·
Sí - dije yo, riéndome sin importarme su burla.
A mediodía, comimos
opíparamente. De tardecita, me acosté en uno de los perezosos bajo el níspero y
el limonero. Mamá y Denisse repetían lecciones ya aprendidas de gruesos libros
de anatomía bucal. Yo miraba el límpido cielo, disfrutaba del suave canto de
los pájaros y la estridencia de la holgazana chicharra, en contraposición a las
negras hormigas que, silenciosamente iban y venían transportando materiales
hacia sus guaridas.
Llegó la noche, y así como
ésta devenía me comencé a arreglar para esperar la aparición de mi galán de La Tuna. De a ratos, ojeaba
por la ventana cuando oía a Rolf, el perro de Gerardo, emitir algún sonido. Un
golpeteo de manos alertó mi corazón, el que comenzó a latir con ganas de
escapar de mi pecho. Miré nuevamente hacia fuera y la figura de Ricardo se
recortaba en la noche. Mamá salió para ver quién era.
·
Buenas noches, ¿está Dieva? - preguntó Ricardo.
·
Si, un momento - dijo mamá.
Cuando mi madre entró, yo
ya estaba casi en la puerta prontísima para salir, pero mamá me dijo que ella
saldría conmigo para que le presentara al rubio y le dijera hacia dónde
iríamos. Salimos y Denisse salió con nosotras. Presenté a Ricardo, les dijimos
que daríamos una vuelta por el centro y mamá aprobó mi salida, advirtiéndome
que no regresara muy tarde. Nos fuimos hacia el centro en medio de una
conversación que, ahora, me resulta estúpida pero, ubicándola en su momento la
estupidez era entendible. Del centro nos desviamos hacia "El Timón".
El lugar no tenía nada que ver con las noches sabatinas, una tranquilidad
irreconocible se respiraba en el lugar, no se percibía ninguna presencia
humana, la zona nos pertenecía. Nos sentamos en un banco desde el cual se
divisaba la playa y le dimos la espalda. Nuestros encuentros se dividían en
dos, una primera parte durante la cual hablábamos y una segunda sección donde
nos abocábamos a besarnos. En el transcurso de la primera parte, averigüé que
su verdadera edad era dieciséis años. Me dijo que había mentido en la edad
porque, suponía que yo era mayor a mis catorce años. La segunda porción era la
más exquisita, yo la esperaba ansiosamente. Quemamos las etapas de nuestro
encuentro y regresamos. El enamoramiento se me escapaba por los poros, me era
inevitable ocultar mi embobamiento con el rubio divino que tenía a mi
disposición esa noche. Nos dijimos chau con un delicioso beso y ya.
Por aquellos días, yo
vivía suspendida en el aire, nada me perturbaba, las responsabilidades
importantes no existían. Lavaba mi ropa, tendía mi cama, ayudaba en todo lo que
podía (y podía mucho, en muchos sentidos).
Una plácida tarde, yo pizpireteaba¹ por la casa al oír
que unas palmas llamaban al portón. Miré por las hendijas de las cortinas y
reconocí a Ricardo y a Noel, un muy buen amigo del rubio. Noelito no estaba
mal, ahora que lo pienso, era un tanto mayor que su amigo, flaco, alto, cabello
largo y castaño, vivaracho. Pero mis ojos, mi cuerpo, mi todo era para Ricardo
en aquel fin de verano (y por el resto del año si él así lo quería). Yo que
estaba de malla de baño negra, me escabullí dentro de una remera que sólo
dejaba al descubierto mis largas piernas, parte de mis glúteos y mis brazos.
Así, me mandé a saludarlo, digamos saludarlos porque no iba a dejar a Noel (que
poco me importaba) pintado al óleo en la escena.
1
- pizpireta
(De or. onomat.).
·
Hola, ¿qué hacés? - le dije al rubio regalándole un tímido toque de
mis labios en los suyos. No quería exponerme demasiado delante de los moros que
había en la costa (léase mi hermana, mi madre y Denisse).
·
Pasaba a saludarte - respondió el rubio, que era un caramelo de
dulce de leche, haciendo que las ganas de apretarlo recorrieran mi grácil
cuerpo.
·
¿Qué vas a hacer hoy de noche? - pregunté esperando que su
respuesta fuera que nos veríamos más tarde.
·
Si no llueve, tenemos un partido de fútbol en La Tuna - dijo el muchacho.
Todo estaba dicho, la
noche que se avecinaba tendría que pasármela imaginándolo. Mucho esfuerzo no
tendría yo que hacer, ya que en mi mente quedaba muy poco espacio para algo que
no fuera él. No tuve más remedio que asentir y renunciar a sus besos por una
noche. Un saludo de despedida, que no tuvo nada que envidiarle al de
bienvenida, surgió en el aire. Al dar la vuelta, sentí en mi espalda los ojos
de Ricardo (en realidad quise sentir su mirada posada en la zona donde mi
espalda terminaba y abría paso a mis nalgas). Después de que el rubio se fue,
Denisse hizo un comentario que me halagó por un lado y que no entendí demasiado
por el otro. Dijo algo así como que si a la noche llovía, entonces Ricardo
(después de haberme visto a mí en malla) tendría que descargar tensiones
sexuales autosatisfaciéndose. Si llovió no me acuerdo, pero ahora que lo
pienso, supongo que me hubiera encantado que vertiera su tensión en mí. Siempre
soñé que la primera vez que transitara por las callejuelas del sexo en pareja
sería en una playa que no contara con visitantes. Pero en aquella época, la
idea del coito ni siquiera sobrevolaba mi cabeza. Dejemos por acá los sueños de
sexo, para continuarlos en algún momento que mi mente y mi cuerpo estuvieran
abiertos para ello.
Existió un día en que tuve
que rondar Montevideo. Miguel, el amigo de Leticia, me llamó por teléfono. A mí
no me asombró para nada su llamado. Me invitó a dar una vuelta con él. Yo
acepté que después de visitar a mi amiga, él me acompañara hasta una esquina
donde tenía que encontrarme con mi madre para ir al médico. Acepté la
invitación sin percibir (otra vez al ataque la "cuchilla nueva") que
con ello daba lugar a que Miguel pudiera pensar que yo quería algo más que una
amistad. Al llegar a la intersección de 8 de octubre y Luis Alberto de Herrera,
el caballeroso muchacho me invitó a tomar un helado, invitación que rechacé.
Llegó mi madre, se saludaron y partí con ella despidiéndome de Miguel.
Después disfruté mi amado
balneario lo máximo que pude, hasta reventar.
San Luis siguió estando
hermoso hasta el día que tocó retornar. Un domingo antes del 13 de marzo
volvimos a Montevideo. Vinimos en la caja de la camioneta de Washington, el
esposo de Denisse. Atrás se sentía lo fresco del tiempo que se comenzaba a
introducir en el otoño. El viento acariciaba mis cabellos que, volaban como
queriéndose escapar de mi cuero cabelludo. Nada me perturbaba, sólo pensaba en
que al otro día comenzaría nuevamente las clases, mi tercer año de liceo.
Fantaseaba con la idea de que Ricardo me fuera a esperar a la salida del liceo.
El 19, en 20 de Febrero frente a la plaza N° 5, fue el lugar que me liberó de
ir al colegio por ocho horas de corrido. Sentí que el día tenía más horas
cuando se interrumpió el suplicio de tener que levantarme a las seis y media de
la mañana y acostarme a las nueve de la noche. En fin, comenzaría las clases
con un montón de nuevas experiencias vividas durante el verano.
Sos Genial! me encantó este capítulo :)
ResponderEliminarCuanto falta para el próximo viernes eeeee?????
Vivi querida, me reconforta tanto que te haya gustado. ¡Gracias por ser mi gran compañera en este proyecto!
ResponderEliminarComparto como en la adolescencia, el fin del verano era la suspensión de la "aventura" , al punto de que el único consuelo era esperar al próximo
ResponderEliminarSi Victoria. Éramos libres en los veranos tan compartidos. Sol, playa y amigos...
ResponderEliminar