A los pocos días, la
familia de Leticia, volvió a Montevideo. Una de las razones fue que, debían
ultimar detalles para la fiesta de Leticia, dado que en pocos días cumpliría
quince años. Iban a hacer terrible festichola, el preámbulo era prometedor. Lo
mejor era que mi familia estaba invitada.
Durante aquel tiempo mi
periplo con Gerardo de enfrente continuaba. Unos sorpresivos visitantes
vinieron a habitar la casita vecina. Se trataba de unos primos de Gerardo, una
chica que tendría unos dieciocho años y un chico de la edad de Gerardo. Cada
vez que se los veía juntos, parecían divertirse mucho y aquello provocaba un
dejo de envidia en mí, envidia porque me gustaría compartir su diversión. A
pesar de no conocerla, la prima me despertó cierta simpatía.
Una tarde de fin de
semana, mi abuela y mi tío Elio fueron a visitarnos. Mi abuela Olga siempre fue
para mí, tanto como para mi hermana, un ángel benefactor en nuestras vidas.
Adoramos que la vida nos haya premiado con una gordita tan bonachona como
abuela. Después de almorzar, nos fuimos para el jardín. La tranquilidad colmaba
el ambiente, el suave aroma de las azucenas se desplegaba en el aire, las
acacias vertían sobre nosotros su sombra. Sólo alguna que otra mosca osaba
posarse sobre nuestros cuerpos y provocarnos cosquillas. De repente, en el
terreno de al lado se instaló una red de voleyball y allí pasaron a pelotear
Gerardo y sus primos. Sin duda que llamaron poderosamente mi atención. Cada
pelota que cruzaba la red, hacía que mis ojos lanzaran una mirada distraída
hacia ella. Los escuchaba hablar, reírse, divertirse.
·
¡Invítenme a jugar, no se dan cuenta que me muero por estar entre
ustedes! - gritaba mi interior.
Un divertido pelotazo
cruzó la frontera entre mi casa y el campo lindero.
·
Dieva… ¿Nos alcanzás? - dijo la prima.
·
Y vos… ¿De dónde sacaste mi nombre? - pensé.
·
No importa - me contesté rápidamente.
Me levanté, tomé la grácil
esfera en mis manos y cuando se las iba a lanzar…
·
¿Querés jugar con nosotros? - preguntó la prima.
·
¡Gracias, gracias, gracias! - me dije a mí misma comprobando que
mi intuición no había fallado: La prima era efectivamente simpaticona.
Hice un gesto como que me
era lo mismo, sin exponer mi ansiedad, y pasé para el otro lado con el útil.
Jugamos un rato y pude percibir el agrado de Gerardo debido a que yo estuviera
compartiendo el momento con ellos. Al terminar unos cuantos partidos, la prima
me dijo que más tarde bajarían a la playa y me invitó a unirme a ellos.
Así fue que, más tarde
fuimos hacia la playa con Gerardo y sus primos. Me enteré de muchas cosas
acerca de la vida de mi vecinito. Yo me sentía una joya entre ellos. Él me
hacía sentir así, me miraba como idiotizado, me escuchaba embelesado.
Permanecimos allí hasta que la tarde se hizo noche y el cielo se tapizó de
brillantes estrellas. Nos sentamos en la arena y las contemplamos. Volvimos y
se le hizo difícil despedirse, supuse que él quería que la despedida no llegase
nunca.
Una vez sola con mis
pensamientos concluí que, Gerardo me atraía en cierta forma que no podía
precisar. Los días que se sucedieron pensé mucho en él. Tuve que volver a
Montevideo y mi mente permanecía en San Luis y con Gerardo, deseando volver a
verlo, deseando que él me viera nuevamente.
Gerardo tenía la piel
adorablemente bronceada, ojos del color de la pulpa de la uva, hermosas
piernas, un pecho bastante amplio, no era muy alto, estaba armoniosamente
formado y cuidaba con ejercicio mantenerse así. Además, él era por sobre todo
noble, buena persona, con hermosos sentimientos. Mi vanidad era gigante, no
tenía muy claro si aquel joven me gustaba o me gustaba que yo le gustara tanto,
tanto, tantísimo.
Por aquellos días
retornamos a San Luis. Volví a encontrarme con Gerardo. Salimos una tarde a
caminar por la playa. Mis mejillas estaban enrojecidas por el sol que me había
bañado en la mañana. Siempre fui, soy y seré "Amiga del sol", como mi
hermana me define, más todavía si éste me daba una mano en mis artes de
seducción. Yo hacía todo lo que estaba a mi alcance para que él se metiera cada
vez más conmigo. Ahora me percato de que, lo que yo hacía era seducirlo poco a
poco, hacerle la cabeza para que pensara en mí y no pudiera sacarme de su
mente. Claro, en aquella época yo estaba muy lejos de sacar este tipo de
conclusiones. Mi pelo estaba recogido en una cola de caballo, bah de caballo
no, de mi cabello, que dejaba al descubierto todo mi rostro. Él vestía con un
short y una remera, sus piernas despejadas de cualquier tela. Se me hace que
Gerardo no era tan alto como yo, o era de mi altura. Caminábamos lado a lado
por la orilla del agua, de vez en cuando, yo sacudía con mi pie las olas que
venían a deshacerse a nuestra merced. Me encantó escuchar de su boca que, le
parecía que me quedaban lindas mis mejillas rojas. Que me adulara me encantaba,
además podía sentir que aquellas palabras provenían de sus verdaderos
sentimientos, que no lo decía porque quería ganarse una "minita" más.
Sí deseaba ganarme a mí, porque realmente me quería. Al llegar a la zona donde unas
bajas rocas emergían del mar, dimos la vuelta. Ya habíamos subido de la playa.
La nochecita caía aplastando la tarde y desplegando la luna junto con algunas
estrellas. De la boca de Gerardo se escapó otro halago para mí: "Me gusta
como se suben tus mejillas cuando sonreís". Ahí deseé que mi sonrisa se
congelara para gustarle siempre. Nuestra interacción finalizaba por aquel día.
Mis elucubraciones se
disparaban y se confundían, no sabía lo que quería. Me la pasaba pensando en
Gerardo. Él me atraía en cierta forma, pero no estaba segura si me gustaría
traspasar el límite de la amistad que se había creado entre nosotros. Me
dispuse a averiguar qué era lo que realmente sentía por aquel dulce chico.
Llegó un sábado en el que
permanecíamos en mi casa de San Luis nada más que mis padres, mi hermana y yo.
La mañana transcurrió como todas las demás, sin pena ni gloria y sin gloria ni
pena. Pero con la tarde, llegó el aburrimiento y la nostalgia de los sábados
pasados en los que se me había hecho costumbre salir a bailar. Pero tal parecía
que, ese sábado iba a tener que desechar la idea. Más tarde fuimos, mi padre y
yo, a la playa. Caminamos por la orilla del agua, mientras conversábamos. En el
transcurso de nuestra conversación, yo le transmití mis ganas de ir a bailar de
noche y la carencia de quien me acompañara. En la lejanía, se recortaba la
figura de una cansada (por el trabajo de la mañana) chalana y su resquebrajada
(debido al efecto de la erosión marina) pintura naranja. Apoyada junto a la
embarcación, se visualizaba una silueta humana que contemplaba el agua, era la
silueta de Gerardo. Yo me senté en la arena a hacer lo mismo que la lejana
silueta humana. Mi padre continuó su camino hacia el Este. Pude notar que mi
padre se detuvo a hablar con la silueta. Mi padre siguió su ruta y la silueta
comenzó a caminar en mi dirección. Cuando llegó hasta donde yo me encontraba,
nos saludamos y empezamos a hablar.
·
Me dijo tu padre que tenés ganas de ir a bailar hoy de noche - me
dijo. Yo quise que la arena se abriera y me tragara.
Mi padre había puesto “al
aire” mis deseos. Me morí de vergüenza. Tuve que confirmarle su comentario y
fagocitarme mi vergüenza.
·
Si querés, podemos ir juntos - sugirió caballerosamente.
Yo me moría de ganas por
ir a bailar, además quería averiguar qué era lo que realmente me pasaba con
Gerardo. Justo ahí brotaron unas palabras que hicieron levitar mi autoestima.
·
Sebastián me dijo que no le parecías tan linda - dijo él haciendo
referencia a un amigo suyo. Y se apuró a aclarar lo que él opinaba - Yo le dije
que a mí si me parecías linda.
Yo no supe hacia donde
proyectar mi mirada, a los ojos de él seguro que no. Mi interior se relamía de
placer, de seguridad, de… ¡Qué bien su opinión acerca de mi aspecto! Acepté su
invitación, la cual, me daría el pie para dilucidar mis sentimientos hacia él.
Esa misma noche me
preparé, como varias de las veces anteriores, para ir a bailar. No sentía tanta
excitación. Me pareció encontrarme en una situación embarazosa al salir Gerardo
y yo solos. Gerardo llamó desde el portón, yo salí, nos saludamos y ahí pude
oler que se había perfumado. Entramos a "El Timón" con su
característico ambiente de penumbra coloreada por intermitentes luces. No me
sentía del todo a gusto. Mucha gente saludaba a mi acompañante, era muy
conocido por aquellos lares, eso me hacía sentir importante (¡Qué tonta!).
Bailamos temas movidos un buen rato, mientras conversábamos lo que se podía
dentro del ruidoso ámbito. Mis miradas se desviaban hacia los costados, para
observar el comportamiento de la "jauría" que me rodeaba. Entre la
"jauría", se mezclaba un rubio que bailaba con una chica. Ella
parecía mayor que él, un tanto baja y de pelo lacio larguísimo. Sentí un dejo
de sana envidia (no sé si tan sana, el blondo estaba que se partía) por la
chica. El rubio captó mi atención más de lo que la había captado mi compañero
de baile. Todo aquel rápido deslumbramiento se desvaneció cuando comenzó a
sonar la música lenta. Gerardo y yo nos miramos, acercamos nuestros cuerpos.
Bailamos un rato cuerpo a cuerpo. Tan sólo ese lapso fue suficiente para darme
cuenta que, entre él y yo nada pasaría más que una amistad. No recuerdo si
mediamos palabras, mientras bailábamos, para aclarar aquello que creo fue casi
obvio para los dos. Me apreté contra su pecho, en señal de que sentía no sentir
lo que él quería que yo sintiera. Pude presentir su agrado al tenerme entre sus
brazos. Pasaron unos instantes y nos despegamos. La tristeza me invadió. Todo a
mi alrededor pareció perder significado, mi esencia estaba embargada por lo que
podría estar sintiendo aquel hermoso ser que me contuvo en sus brazos. Salimos
rumbo a la playa, bajamos la escalinata que conducía hacia ella, nos sentamos
en un muro que enfrentaba la mansa enormidad del mar que, sin quererlo, se desperezaba
ante nosotros. Permanecimos varios minutos observando la nada o el todo sin
saber qué decir. Yo no tenía ni idea de cómo iniciar una conversación en tales
circunstancias. Supongo que él rompió el mutismo que dolía como pinzas que
oprimían corazones medio partidos. Desnudó sus sentimientos hacia mí, me
confesó desde cuando yo le gustaba, me contó como estaba siempre pendiente de
mis actos a través de su ventana, me dijo que soñaba con que yo fuera su novia.
A todo esto se le sumaron las cosas más dulces que yo nunca me hubiera
imaginado. Cada frase que emitía le añadía una arruga a mi corazón. Cuando pude
pronunciar palabra, dentro de aquella alocución que en parte me encantaba y en
parte me amargaba, le dije que no había nada que yo quisiera más en ese momento
que, corresponder a sus sentimientos, pero me era imposible. No podía pretender
sentir lo que no sentía. Mis ojos se inundaron con lágrimas que pronto rodaron
por mis mejillas. Me arrinconé contra su pecho intentando que él supiera que yo
sufría por la situación, recibí su abrigo en un dolido abrazo y allí permanecí
un momento. Cuando retiré mi cuerpo su camisa a rayas rojas y blancas, quedó
salada por mis lágrimas. Al sentir que nos habíamos dicho todo para aclarar la
confusa situación, decidimos volver. Todavía no salía el astro rey, sólo se
divisaban sus esclavas nubes. Aquel camino de retirada era un suplicio por todo
lo que pudo haber sido pero no fue, arrastrábamos los sueños destrozados.
·
Pensar que ahora podríamos volver abrazados - me dijo.
No contesté, pero la
imagen de su brazo rodeando mi cuello se representó en mi mente, me lastimó más
todavía su frase. Gerardo nunca me hizo sentir como "cuchilla nueva"
y si alguna vez actué como tal, él nunca me lo mencionó. Con él, casi me sentí la
princesa que besa al sapo que se convierte en su príncipe, sólo que yo no era
la mentada princesa y Gerardo sí podría ser el noble caballero, tan sólo
tendría que seguir buscando "su" princesa adecuada. Cuentos de hadas
aparte, llegamos al portón de mi casa. Nos despedimos con un beso salado en la
mejilla. Me acosté a dormir sin querer soñar con lo que había pasado.
Que coraje tuviste!
ResponderEliminarPara animarme a averiguar y saber decir no? Ja ja, imagino sea eso Victoria.
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