Las
obligaciones repetidas iban quedando atrás. Los placeres esperados de un nuevo
verano llegaban. Yo había cumplido catorce años y mi cuerpo estaba bastante
cambiado, tomaba formas que me diferenciaban de la chica de unos meses atrás.
Los seres masculinos que se atrevían a decirme algún piropo, ya no eran
solamente chicos de mi edad, sino también hombres que bien podrían estar
casados. Si se daba el último caso, no me gustaba nada e incluso llegaba a
asustarme. Cierta vez, yo venía caminando por la calle de tierra que conducía
hacia mi casa, al volver de hacer los mandados desde el centro de San Luis, y
un auto se detuvo a mi lado. Mi corazón comenzó a latir aceleradamente.
·
¿Querés que te
acerque hasta tu casa? - me dijo el conductor, un tipo que tendría como diez
años más que yo.
· No, gracias, queda acá cerca - le contesté con
ganas de salir corriendo al ver que no había un alma por los alrededores.
La
puta madre, pensé para mis adentros. ¿Por qué no se desvanece este tipo de mierda?
· Dale, ese bolso está pesado - volvió a insistir.
Rechacé
nuevamente la aterradora oferta y por suerte el auto partió. No veía el momento
de llegar a casa y ver terminado el mal momento.
Con
cambios incluidos, el nuevo verano comenzaba.
Mi
familia se había hecho de nuevos conocidos. Un matrimonio con dos hijos,
Leonardo de diez años y Leticia que pronto cumpliría quince. En varias
oportunidades, mis padres los invitaron para que nos acompañaran a San Luis.
Miriam, la madre de Leticia, Leonardo y la propia Leticia vinieron a pasar unos
días con nosotros. A mí me encantaba que viniera gente a compartir las
vacaciones con nosotros, más todavía si se unía una persona que rondaba mi
edad.
Durante
el día, nos entreteníamos bastante, más que nada en los momentos de disfrutar
de la playa. Por las noches, no teníamos demasiado para hacer o no buscábamos
la forma de evadir el tedio más que, mirando un poco de televisión.
Una
estrellada noche, un inusitado llamado se dio en la puerta de casa. Leticia y
yo estábamos enjuagando la ropa que habíamos usado en la playa, cuando
advertimos que quienes llamaban eran unos jóvenes vecinos. El nerviosismo
invadió nuestros movimientos. A los chicos los conocíamos de los alrededores,
nunca habíamos mediado palabra con ellos. Nos acercamos al muro del jardín.
· Hola, nosotros somos vecinos. Queríamos saber si
les gustaría salir a dar una vuelta más tarde - dijo el osado rubio alto.
Leticia
y yo nos miramos y con eso bastó para darnos cuenta de que aceptaríamos
gustosamente la invitación.
·
Bueno. ¿A qué
hora? - preguntamos.
·
¿Les parece en
una hora? - propusieron.
· Si, bárbaro - dijimos y en eso quedamos.
Entramos
eufóricas a contar lo que había pasado. Miriam, mamá, Indara y Leonardo se
morían de risa al notar lo estúpidas que nos pusimos debido a aquel cambio en
la rutina. Nos cambiamos de ropa, nos acicalamos y esperamos a que llegara la
hora de nuestra cita. Como quedó convenido, una hora después nos pasaron a
buscar. Rumbeamos hacia la calle Simón Bolívar y nos dirigimos hacia el centro.
Mientras caminábamos, intercambiábamos datos de nuestras vidas. Nos enteramos
que, el rubio alto se llamaba Gerardo, tenía más o menos nuestra edad, estaba
yendo al liceo y veraneaba con sus abuelos a la vuelta de casa; Gastón, era un chico
de baja estatura (lindo para tenerlo en la mesita de luz, lindo, lindo), de
unos dieciséis años, pero parecía tener mucho menos edad, vivía en la casa
contigua a la mía; el nombre del tercer chico no lo recuerdo, era rubio, de
estatura mediana, no hablaba demasiado y fue el que más llamó mi atención.
Caminando al costado de los rojizos barrancos, con su peculiar vegetación de
arbustos, de vez en cuando se presentaba un insecto de bellísimos ojos verdes.
Los inocentes animalillos eran objeto de múltiples muestras de
"afecto" por parte de nosotros, los molestos seres humanos. Los
tomábamos en las manos, los observábamos y cuando creíamos saciada nuestra
curiosidad, los liberábamos. ¿Quiénes pensábamos que éramos para ejercer
control sobre la vida de aquel silvestre bichejo? Bicho aparte, llegamos al
centro del balneario y bajamos rumbo a "El Timón" en busca de la
playa. Al bajar por las escaleras que conducían a la arena, Gerardo hizo el
comentario de cuanto calzaba. ¡Pah! ¡Menudo piecito tenía! Recuerdo habernos
asombrado al comprobar que con su pie cubría prácticamente la totalidad de un
escalón. Ahora se me ocurre que, si fuera cierto ese dicho popular que circula
acerca de la proporcionalidad directa que existe entre el pie de un hombre y su
órgano copulador, entonces Gerardo podría haber impresionado a muchas mujeres
al dejar caer su ropa interior. Dejando de fantasear con penes perdidos,
bajamos a la playa y caminamos hacia el Este por la orilla del agua. La luna se
había comido todo, estaba redondamente llena e iluminaba nuestros pasos. El
ambiente era romántico de más, era un desperdicio tener sólo catorce años y no
tener un novio a quien abrazar en aquella noche. "Tiempo al tiempo pequeño
saltamontes"… Nos reímos, nos hicimos ver unos delante de los otros
intentando llamar la atención del opuesto sexo. Al regresar, nos despedimos en
el portón de casa. Yo percibí cierto agrado hacia mí de parte de Gerardo, a mí
me encantó que eso sucediera.
Al
entrar a casa, Leticia y yo, comentamos sobre la salida. Noté que a mi amiga le
gustó Gerardo, no lo dijo explícitamente pero no se precisaba ser muy sagaz
para deducirlo.
La
sequía distinguió aquel estío. Teníamos las ilusiones creadas de ir a bailar a
"El Timón". "El Timón" era, para mí, como un templo con techo
quinchado. Solamente tenía observada su magnificencia desde el exterior,
anhelaba bailar en su interior. Aquello era el lugar, la salida de la
noche sanluisina. Supuestamente iríamos al "santuario" ese sábado con
los chicos. La tarde se presentaba espléndida: Sol, cielo despejado, calor.
Pero repentinamente, de un momento a otro, el cielo se tornó ceniciento y un
olor a humo invadió el ambiente. Rumores llegaron hasta nuestros oídos de que
el "santuario" se estaba quemando. El foco ígneo se había originado
en el balneario próximo anterior, Guazú-Virá, y con la ayuda de Dios Eolo
alcanzó San Luis. ¿Qué pasaría con nuestras ilusiones de visitarlo esa noche?
Nada. Nuestra mayor atención pasó a centrarse en que, las casas cercanas a
"El Timón" también comenzaban a arder en llamas. La preocupación
aumentaba dado que, si el fuego se seguía propagando era probable, incluso, que
llegara cerca de casa. Las cenizas bailaban al compás del enemigo viento. Yo
elevé mi mirada al grisáceo cielo y solicité a alguna deidad (por aquel
entonces yo ni me interesaba en creer en ningún ser divino, pero quizá alguno
tenía ganas de darme bolilla) que el fuego se extinguiera. Al poco rato, unas
gotas salvadoras comenzaron a verterse desde la cúpula gris. ¿Alguien me
escuchó? Poco me importó. Comenzamos a saltar de júbilo al enterarnos que, las
lágrimas de algún ser celestial habían apocado las lenguas fogosas que,
atentaban con devastar el balneario. Al menos, no deberíamos evacuar la zona.
Ese
sábado no debutaría bailando en "El Timón", pero otra propuesta se
presentó. Los jóvenes vecinos nos invitaron a salir hacia el Este, en busca de
algún lugar que supliera al incinerado club de San Luis. Y para eso y también
para seguir interrelacionándonos con los chicos, salimos de noche. Todo el
trayecto lo hicimos caminando, entre subidas y bajadas del terreno, entre
sinuosidades de los caminos y laberintos de estrellas. Llegamos hasta Santa
Lucía del Este, una lengüeta de playa iluminada desde donde se divisaba San
Luis. No encontramos ningún lugar con las características buscadas, pero no
importó, igual pasamos bárbaro. Cada vez me convencía más de que, Gerardo
buscaba agradarme. Deshicimos nuestro camino para retornar a nuestras casas.
Linda experiencia la vivida.
Durante
el tiempo que nos relacionamos con Gerardo, Gastón y compañía, noté que mi
vecinito de enfrente (el otro Gerardo) se percató del hecho. Supuse que no le
gustó mucho todo aquello de que le hubieran ganado de mano. En fin,
elucubraciones adolescentes de mi mente.
El
sábado que siguió a la caminata, todo indicaba que por fin iríamos a bailar al
destechado santuario. Todo un sábado de expectativas y excitación. Llegó la
nochecita y nos aprontamos. Ducha con champú aromático, pilchas, perfume y a
esperar que nos pasaran a buscar. Tal como lo acordamos, los chicos llamaron a
la puerta de casa y salimos rumbo al venerado lugar. Mónica, la hermana de
Gerardo, se unió a nosotros. Llegamos y una gran cantidad de jóvenes, y no tan
jóvenes, esperaban afuera para entrar. Los nervios me carcomían, sentía una
pelota en el estómago. Una vez adentro, apenas si podíamos diferenciar nuestros
rasgos. Nos quedamos parados, observando el accionar de la gente y escuchando
los temas movidos. Bailamos alguno de esos temas y volvimos a observar. Música
lenta tornó el ambiente en romántico. Gerardo me invitó a bailar. Primero me
negué, pero ante la insistencia acepté pegar mi cuerpo al suyo. Parada junto a
él, me percaté de que me sacaba una cabeza de ventaja en altura. Fantaseé con
la idea de que disfrutaba el aroma de mi cabello. Y no demoró en caer la
pregunta.
· ¿Qué me dirías si te pido que seas mi novia? - me
dijo.
¿Qué
le contesto? No estaba preparada del todo para esa inquisición. Gerardo no me
desagradaba, pero perdió su chance conmigo al formular la consulta.
·
Te diría que
no - contesté muy segura.
·
Y… ¿Por qué
no? - preguntó con asombro.
· Porque no - respondí sin querer argumentar e
inmediatamente separamos nuestros cuerpos y dejamos de bailar.
Bailar,
danzar, menearse… ¿Qué implican estos verbos más que una expresión corporal
tendiente a atraer al ser que deseamos, o más no sea que para hacernos ver,
para llamar la atención y elevar la temperatura incluso de quienes no deseamos?
Ahora lo tengo claro, pero en aquel momento lo de excitar sexualmente a un
hombre no figuraba en mis registros. En fin, esperamos un rato más hasta que
nos fuimos del famoso club. Regresamos todos juntos caminando por la playa,
entre risas provocadas por bromas y conversaciones poco serias.
·
¿Sabés cómo te
dicen a vos? - dijo Gerardo dirigiéndose a mí.
·
No - dije y
caí como ratón en la trampa.
·
Cuchilla nueva
- dijo mi cazador.
·
¿Por qué? -
preguntó el ratón casi muerto.
· Porque sos puro filo - contestó el cazador
orgulloso con su presa.
Aquella
ocurrencia arrancó las risas de todos, menos la mía. No consideraba haberle
dado razones para que pensara que yo estaba interesada en ser algo más que su
amiga. Lo único pudo haber sido que, acepté bailar pegada a él. Problema suyo.
Pero que mi negativa había herido su ego, era indudable. La gran noche había
concluido.
Una vez más: La Excelencia! disfrute total!!
ResponderEliminarMuchas gracias Silvina! Que bueno que se disfrute!
ResponderEliminarImpresionante Dieva. Empecé a leer y no puedo parar.
ResponderEliminarFelicitaciones.
Gracias María por estar allí! Un honor tenerte como compañera en este blog, al que siento como si fuera un/a hijo/a. Beso.
EliminarRe lindo Dieva!por momentos muy conmovedor el relato.hoy me atrapó! Abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias por sumarte en este viaje! Abrazo.
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