15/1/16

CAPÍTULO IV. VERANO DEL '88.

Las clases habían terminado por aquel año. Primer año de liceo había quedado atrás. Mi ansiado verano despuntaba.
Magel, la joven hermana de papá, y Marcelo su esposo propusieron pasar unos días en San Luis. Si de diversión se trataba, Magel y Marcelo eran las personas indicadas para pasar un buen rato. Es con ellos con quienes he pasado de los momentos más divertidos de mi vida, con quienes me he reído hasta no aguantar más. Yo acostumbraba, uno que otro fin de semana, quedarme a dormir en casa de ellos. Recuerdo nítidamente que, al concluir este año 1988, compartimos la final del mundo de clubes, entre Nacional y el PSV Eindhoven, y que, a pesar de ser los tres hinchas de Peñarol, festejamos el triunfo internacional del Club Nacional de Football. Bueno, aquella ida para el este era una nueva chance para disfrutar del verano, y con éste del sol y la playa.
Llegamos a San Luis con Magel, Marcelo, mi hermana de, en aquel entonces, ocho años, y Adrián, el primer hijo de mi tía que era un bebé precioso. Desempacamos, inspeccionamos la casa en donde, después de un frío invierno, se había acumulado bastante polvo. Limpiamos, encontramos algunas habitantes indeseables (las temidas arañas a las que Magel detesta). Con papá e Indara, dulcemente les habíamos dado el apodo de "Carolas". Algunos gritos de terror se desprendieron de nuestras gargantas. Después a disfrutar.

Los días se sucedían lindísimos. Todos colaborábamos en algo, limpiar, hacer los mandados, cocinar. Mi hermana, debido a su edad, era la que menos se prendía en las tareas. Cuando le pedíamos que fuera hasta el almacén de Valdenegro, que quedaba justo detrás de casa, se arrancaba un "¡Uf! ¿Por qué yo?", del cual hasta hoy nos reímos. El disfrute era total.

Una tardecita, nos propusimos jugar al Chancho, un particular juego de cartas. Sacamos la mesa roja de cármica para el jardín y a su alrededor nos sentamos. Salió una apuesta que Marcelo y Magel me hicieron. Yo, una experta jugadora de Chancho, no pude evadirla. Chancho fue y chancho vino hasta que el juego terminó con mi derrota y las risas de mis contrincantes. El pago de mi deuda consistía en pedirle a mi joven vecino su cortadora de césped. Gerardo, tal era su nombre, vivía con su abuela justo frente a mi casa, tenía unos años más que yo, jugaba al fútbol. Yo lo espiaba secretamente a través de las ventanas; él seguía mis movimientos sin esconderse. Cada vez que yo salía al patio, él se inventaba algo que también lo hiciera asomarse y así yo notara su presencia. Magel y Marcelo descubrieron, nada demasiado difícil, nuestro flirteo y así me mandaron al frente. Allá crucé, golpeé mis palmas y Gerardo se acercó al portón. ¡Guau! No me desagradó para nada verlo de cerca.
·         Hola. Quería saber si me podrían prestar la cortadora de césped - dije nerviosamente.
·         Si, pasá - me dijo amablemente.
Traspasé el portón y, mientras Gerardo acondicionaba la máquina, me dijo que era bastante vieja y me comentó como debía usársele. Me acompañó, cargando el objeto del préstamo, hasta la puerta de casa. Me despedí agradeciéndole y me convertí, nuevamente, en materia de bromas para mis compañeros de convivencia. Esa misma tarde, Marcelo y yo, le cortamos el "pelo" al jardín. 
Aquellos días pasaron y vinieron las vacaciones de papá. Indara y yo pasamos esos días con él en San Luis. Mamá venía los fines de semana. Mañanas de café con leche y pan con bastante manteca, mediodías de almuerzos sumamente esperados, tardes tranquilas y noches en compañía de los mosquitos. Las meriendas en la playa fueron inolvidables, las cumplíamos tal ritual. Preparábamos la leche fría, la cocoa, los vasos, algo para comer, una lona sobre la cual sentarnos y marchábamos. Caminábamos por la orilla, cantábamos canciones que papá nos enseñaba y permanecíamos en la playa hasta que el sol se hundía en el horizonte.

♪♫♪”Sobre el río, la bruma flotaba
         Florecía el manzano y el peral
         Por la ribera iba Catalina
         Iba entonando una dulce canción…” ♪♫♪ 
                                                      Mezcla de “Kazachov” y “Katiusha” (Versión de Antonio Larrosa).
Durante esas vacaciones, Gerardo y yo comenzamos a manejar un código secreto de apariencias. Cada vez que yo salía de casa, no importaba el lugar hacia el cual me dirigiera, Gerardo siempre se aparecía en mi lugar de destino. Le comenté a mi padre lo que venía ocurriendo. Cierta tarde, antes de partir hacia la playa con papá e Indara, nos cercioramos bien de que el chico de enfrente no estuviera por ninguno de los frentes. Ni señal de Gerardo. Bajamos a la playa. Tomamos la leche y luego comenzamos a caminar hacia el oeste. Nuestro rumbo siguió tranquilamente, quedando marcadas nuestras perecederas huellas en la arena. De pronto, en las dunas se recortó una figura humana acompañada por un animal. Era Gerardo con su adorable can Rolf. Rolf era, para mí, realmente encantador, una especie de muñeco de peluche con vida, orejas largas, pecas sobre su hocico, patas gruesas y una naturaleza bonachona que invitaba a acariciarlo. Nunca más volví a ver un perro con aquellas características. Lo que no pudimos casi creer fue la repentina aparición de Gerardo en el punto exacto donde nos encontrábamos. 
Los aparentes encuentros casuales se siguieron sucediendo a lo largo de las vacaciones. Nuestro veraneo concluyó. Ninguna palabra, más allá de un hola y aquel pedido obligado debido a mi derrota en el juego, fue intercambiada entre el joven tímido y respetuoso y la presumida personita que era yo.

El verano terminaba otra vez. Un gusto amargo invadía mis sentimientos cuando el ómnibus dejaba San Luis para dirigirse hacia Montevideo. Meses de obligaciones repetidas se avecinaban.

6 comentarios:

  1. Disfruto mucho de tus relatos, gracias!

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    1. Gracias Mariana! Yo disfruto mucho de vuestra compañía al leer y comentar. Hoy continúa con el capítulo quinto. Ojalá siga siendo de tu agrado. Y cualquier aporte, sugerencia o pregunta, será bienvenido.

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  2. Anónimo16/1/16

    Maravilloso! Me identifico con esa época! Lo disfruto muchísimo. Gracias por compartir tus relatos.

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    1. Gracias a ti por acompañar leyendo y comentando. Si, el verano es la mejor estación del año. Seguimos en contacto.

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  3. Bueno yo soy Gerardo en niño. Que se enamoró del ser más lindo.y seguiré enamorado toda mi vida.

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  4. Que belleza de comentario! Gracias Gerardo querido! Me emocionan tus palabras...

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