1/2/16

CAPÍTULO VI. VERANO DEL ’89 – Segunda parte.


A los pocos días, la familia de Leticia, volvió a Montevideo. Una de las razones fue que, debían ultimar detalles para la fiesta de Leticia, dado que en pocos días cumpliría quince años. Iban a hacer terrible festichola, el preámbulo era prometedor. Lo mejor era que mi familia estaba invitada.
Durante aquel tiempo mi periplo con Gerardo de enfrente continuaba. Unos sorpresivos visitantes vinieron a habitar la casita vecina. Se trataba de unos primos de Gerardo, una chica que tendría unos dieciocho años y un chico de la edad de Gerardo. Cada vez que se los veía juntos, parecían divertirse mucho y aquello provocaba un dejo de envidia en mí, envidia porque me gustaría compartir su diversión. A pesar de no conocerla, la prima me despertó cierta simpatía.
Una tarde de fin de semana, mi abuela y mi tío Elio fueron a visitarnos. Mi abuela Olga siempre fue para mí, tanto como para mi hermana, un ángel benefactor en nuestras vidas. Adoramos que la vida nos haya premiado con una gordita tan bonachona como abuela. Después de almorzar, nos fuimos para el jardín. La tranquilidad colmaba el ambiente, el suave aroma de las azucenas se desplegaba en el aire, las acacias vertían sobre nosotros su sombra. Sólo alguna que otra mosca osaba posarse sobre nuestros cuerpos y provocarnos cosquillas. De repente, en el terreno de al lado se instaló una red de voleyball y allí pasaron a pelotear Gerardo y sus primos. Sin duda que llamaron poderosamente mi atención. Cada pelota que cruzaba la red, hacía que mis ojos lanzaran una mirada distraída hacia ella. Los escuchaba hablar, reírse, divertirse.
·       ¡Invítenme a jugar, no se dan cuenta que me muero por estar entre ustedes! - gritaba mi interior.
Un divertido pelotazo cruzó la frontera entre mi casa y el campo lindero.
·       Dieva… ¿Nos alcanzás? - dijo la prima.
·       Y vos… ¿De dónde sacaste mi nombre? - pensé.
·       No importa - me contesté rápidamente.

Me levanté, tomé la grácil esfera en mis manos y cuando se las iba a lanzar…
·       ¿Querés jugar con nosotros? - preguntó la prima.
·       ¡Gracias, gracias, gracias! - me dije a mí misma comprobando que mi intuición no había fallado: La prima era efectivamente simpaticona.
Hice un gesto como que me era lo mismo, sin exponer mi ansiedad, y pasé para el otro lado con el útil. Jugamos un rato y pude percibir el agrado de Gerardo debido a que yo estuviera compartiendo el momento con ellos. Al terminar unos cuantos partidos, la prima me dijo que más tarde bajarían a la playa y me invitó a unirme a ellos.
Así fue que, más tarde fuimos hacia la playa con Gerardo y sus primos. Me enteré de muchas cosas acerca de la vida de mi vecinito. Yo me sentía una joya entre ellos. Él me hacía sentir así, me miraba como idiotizado, me escuchaba embelesado. Permanecimos allí hasta que la tarde se hizo noche y el cielo se tapizó de brillantes estrellas. Nos sentamos en la arena y las contemplamos. Volvimos y se le hizo difícil despedirse, supuse que él quería que la despedida no llegase nunca.
Una vez sola con mis pensamientos concluí que, Gerardo me atraía en cierta forma que no podía precisar. Los días que se sucedieron pensé mucho en él. Tuve que volver a Montevideo y mi mente permanecía en San Luis y con Gerardo, deseando volver a verlo, deseando que él me viera nuevamente.
Gerardo tenía la piel adorablemente bronceada, ojos del color de la pulpa de la uva, hermosas piernas, un pecho bastante amplio, no era muy alto, estaba armoniosamente formado y cuidaba con ejercicio mantenerse así. Además, él era por sobre todo noble, buena persona, con hermosos sentimientos. Mi vanidad era gigante, no tenía muy claro si aquel joven me gustaba o me gustaba que yo le gustara tanto, tanto, tantísimo.
Por aquellos días retornamos a San Luis. Volví a encontrarme con Gerardo. Salimos una tarde a caminar por la playa. Mis mejillas estaban enrojecidas por el sol que me había bañado en la mañana. Siempre fui, soy y seré "Amiga del sol", como mi hermana me define, más todavía si éste me daba una mano en mis artes de seducción. Yo hacía todo lo que estaba a mi alcance para que él se metiera cada vez más conmigo. Ahora me percato de que, lo que yo hacía era seducirlo poco a poco, hacerle la cabeza para que pensara en mí y no pudiera sacarme de su mente. Claro, en aquella época yo estaba muy lejos de sacar este tipo de conclusiones. Mi pelo estaba recogido en una cola de caballo, bah de caballo no, de mi cabello, que dejaba al descubierto todo mi rostro. Él vestía con un short y una remera, sus piernas despejadas de cualquier tela. Se me hace que Gerardo no era tan alto como yo, o era de mi altura. Caminábamos lado a lado por la orilla del agua, de vez en cuando, yo sacudía con mi pie las olas que venían a deshacerse a nuestra merced. Me encantó escuchar de su boca que, le parecía que me quedaban lindas mis mejillas rojas. Que me adulara me encantaba, además podía sentir que aquellas palabras provenían de sus verdaderos sentimientos, que no lo decía porque quería ganarse una "minita" más. Sí deseaba ganarme a mí, porque realmente me quería. Al llegar a la zona donde unas bajas rocas emergían del mar, dimos la vuelta. Ya habíamos subido de la playa. La nochecita caía aplastando la tarde y desplegando la luna junto con algunas estrellas. De la boca de Gerardo se escapó otro halago para mí: "Me gusta como se suben tus mejillas cuando sonreís". Ahí deseé que mi sonrisa se congelara para gustarle siempre. Nuestra interacción finalizaba por aquel día.
Mis elucubraciones se disparaban y se confundían, no sabía lo que quería. Me la pasaba pensando en Gerardo. Él me atraía en cierta forma, pero no estaba segura si me gustaría traspasar el límite de la amistad que se había creado entre nosotros. Me dispuse a averiguar qué era lo que realmente sentía por aquel dulce chico.
Llegó un sábado en el que permanecíamos en mi casa de San Luis nada más que mis padres, mi hermana y yo. La mañana transcurrió como todas las demás, sin pena ni gloria y sin gloria ni pena. Pero con la tarde, llegó el aburrimiento y la nostalgia de los sábados pasados en los que se me había hecho costumbre salir a bailar. Pero tal parecía que, ese sábado iba a tener que desechar la idea. Más tarde fuimos, mi padre y yo, a la playa. Caminamos por la orilla del agua, mientras conversábamos. En el transcurso de nuestra conversación, yo le transmití mis ganas de ir a bailar de noche y la carencia de quien me acompañara. En la lejanía, se recortaba la figura de una cansada (por el trabajo de la mañana) chalana y su resquebrajada (debido al efecto de la erosión marina) pintura naranja. Apoyada junto a la embarcación, se visualizaba una silueta humana que contemplaba el agua, era la silueta de Gerardo. Yo me senté en la arena a hacer lo mismo que la lejana silueta humana. Mi padre continuó su camino hacia el Este. Pude notar que mi padre se detuvo a hablar con la silueta. Mi padre siguió su ruta y la silueta comenzó a caminar en mi dirección. Cuando llegó hasta donde yo me encontraba, nos saludamos y empezamos a hablar.
·       Me dijo tu padre que tenés ganas de ir a bailar hoy de noche - me dijo. Yo quise que la arena se abriera y me tragara.
Mi padre había puesto “al aire” mis deseos. Me morí de vergüenza. Tuve que confirmarle su comentario y fagocitarme mi vergüenza.
·       Si querés, podemos ir juntos - sugirió caballerosamente.
Yo me moría de ganas por ir a bailar, además quería averiguar qué era lo que realmente me pasaba con Gerardo. Justo ahí brotaron unas palabras que hicieron levitar mi autoestima.
·       Sebastián me dijo que no le parecías tan linda - dijo él haciendo referencia a un amigo suyo. Y se apuró a aclarar lo que él opinaba - Yo le dije que a mí si me parecías linda.
Yo no supe hacia donde proyectar mi mirada, a los ojos de él seguro que no. Mi interior se relamía de placer, de seguridad, de… ¡Qué bien su opinión acerca de mi aspecto! Acepté su invitación, la cual, me daría el pie para dilucidar mis sentimientos hacia él.
Esa misma noche me preparé, como varias de las veces anteriores, para ir a bailar. No sentía tanta excitación. Me pareció encontrarme en una situación embarazosa al salir Gerardo y yo solos. Gerardo llamó desde el portón, yo salí, nos saludamos y ahí pude oler que se había perfumado. Entramos a "El Timón" con su característico ambiente de penumbra coloreada por intermitentes luces. No me sentía del todo a gusto. Mucha gente saludaba a mi acompañante, era muy conocido por aquellos lares, eso me hacía sentir importante (¡Qué tonta!). Bailamos temas movidos un buen rato, mientras conversábamos lo que se podía dentro del ruidoso ámbito. Mis miradas se desviaban hacia los costados, para observar el comportamiento de la "jauría" que me rodeaba. Entre la "jauría", se mezclaba un rubio que bailaba con una chica. Ella parecía mayor que él, un tanto baja y de pelo lacio larguísimo. Sentí un dejo de sana envidia (no sé si tan sana, el blondo estaba que se partía) por la chica. El rubio captó mi atención más de lo que la había captado mi compañero de baile. Todo aquel rápido deslumbramiento se desvaneció cuando comenzó a sonar la música lenta. Gerardo y yo nos miramos, acercamos nuestros cuerpos. Bailamos un rato cuerpo a cuerpo. Tan sólo ese lapso fue suficiente para darme cuenta que, entre él y yo nada pasaría más que una amistad. No recuerdo si mediamos palabras, mientras bailábamos, para aclarar aquello que creo fue casi obvio para los dos. Me apreté contra su pecho, en señal de que sentía no sentir lo que él quería que yo sintiera. Pude presentir su agrado al tenerme entre sus brazos. Pasaron unos instantes y nos despegamos. La tristeza me invadió. Todo a mi alrededor pareció perder significado, mi esencia estaba embargada por lo que podría estar sintiendo aquel hermoso ser que me contuvo en sus brazos. Salimos rumbo a la playa, bajamos la escalinata que conducía hacia ella, nos sentamos en un muro que enfrentaba la mansa enormidad del mar que, sin quererlo, se desperezaba ante nosotros. Permanecimos varios minutos observando la nada o el todo sin saber qué decir. Yo no tenía ni idea de cómo iniciar una conversación en tales circunstancias. Supongo que él rompió el mutismo que dolía como pinzas que oprimían corazones medio partidos. Desnudó sus sentimientos hacia mí, me confesó desde cuando yo le gustaba, me contó como estaba siempre pendiente de mis actos a través de su ventana, me dijo que soñaba con que yo fuera su novia. A todo esto se le sumaron las cosas más dulces que yo nunca me hubiera imaginado. Cada frase que emitía le añadía una arruga a mi corazón. Cuando pude pronunciar palabra, dentro de aquella alocución que en parte me encantaba y en parte me amargaba, le dije que no había nada que yo quisiera más en ese momento que, corresponder a sus sentimientos, pero me era imposible. No podía pretender sentir lo que no sentía. Mis ojos se inundaron con lágrimas que pronto rodaron por mis mejillas. Me arrinconé contra su pecho intentando que él supiera que yo sufría por la situación, recibí su abrigo en un dolido abrazo y allí permanecí un momento. Cuando retiré mi cuerpo su camisa a rayas rojas y blancas, quedó salada por mis lágrimas. Al sentir que nos habíamos dicho todo para aclarar la confusa situación, decidimos volver. Todavía no salía el astro rey, sólo se divisaban sus esclavas nubes. Aquel camino de retirada era un suplicio por todo lo que pudo haber sido pero no fue, arrastrábamos los sueños destrozados.
·       Pensar que ahora podríamos volver abrazados - me dijo.
No contesté, pero la imagen de su brazo rodeando mi cuello se representó en mi mente, me lastimó más todavía su frase. Gerardo nunca me hizo sentir como "cuchilla nueva" y si alguna vez actué como tal, él nunca me lo mencionó. Con él, casi me sentí la princesa que besa al sapo que se convierte en su príncipe, sólo que yo no era la mentada princesa y Gerardo sí podría ser el noble caballero, tan sólo tendría que seguir buscando "su" princesa adecuada. Cuentos de hadas aparte, llegamos al portón de mi casa. Nos despedimos con un beso salado en la mejilla. Me acosté a dormir sin querer soñar con lo que había pasado.


2 comentarios:

  1. Para animarme a averiguar y saber decir no? Ja ja, imagino sea eso Victoria.

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