La angustia se camufló
bastante rápido, como consecuencia de mi edad y la avidez por hacerme de nuevas
conquistas. Mi aflicción quedó bien archivada en un rincón de mi corazón (bien
podría haber quedado en mi hígado o… ¿Por qué no en un pulmón?) y la llegada
del cumpleaños de Leticia contribuyó mucho para ello.
La fiesta acaeció en una
calurosísima noche de febrero. En la fiestichola sólo me serían conocidos mi
familia y la de Leticia, en base a eso mi estómago comenzó a comprimirse de
excitación. Una vez preparados, salimos rumbo al "Salón Blanco" del
bar "Sin Bombo" (General Flores e Industria, valga la aclaración).
Una vez allí, comprobé que, efectivamente, no conocía a nadie. Un montón de
gente emperipollada elegantemente, todo muy chic, pero me importó una miércoles
si yo seguía sin encontrar un rostro que se me hiciera familiar. Esperamos a
que Leticia hiciera su entrada en aquella que, sería "su" noche,
noche en la cual ella sería la protagonista de todos los guiones
cinematográficos, noche en la que ella tenía la oportunidad de sentirse
princesa, noche de sueños proyectados, en fin, noche en que eran festejados sus
quince años. La protagonista de la noche llegó, estaba linda la gordita,
contando con un gran tamaño Leticia tenía una cara bonita, delicada. Luego de
bailar el vals, todos se abalanzaron a saludarla, un beso tras otro, un regalo
atrás de otro, decenas de "¡Qué linda que estás!". Paso seguido, mi
familia y yo nos sentamos en una mesa ubicada en la terraza (buen lugar para
una noche de calor). Cerca de nosotros, se divisaba una mesa ocupada con
chicos, algunos todavía adolescentes, otros que rayaban el límite superior de
esa franja etaria y podría decirse que unos pocos lo pasaban. Yo no les presté demasiada
atención como para saber todo lo que hacían, ni tan poca como para no darme
cuenta que, alguno de ellos me resultó interesante. La música sonaba
divinamente, me relamía por salir a bailar. De pronto, desinteresadamente pude
ver que un integrante de la mesa de los chicos se dirigía hacia nuestro lugar.
Me puse nerviosa.
·
¿Bailás? - se atrevió el muchacho.
No acepté vocalizando un
si, pero me paré y junto con él nos fuimos a mover tratando de seguir el ritmo
de la música. Intercambiamos información acerca de nosotros. El joven era
vecino de Leticia, tenía unos cinco años más que yo (digamos diecinueve). No me
acuerdo su nombre. Me cayó bien, era simpático, respetuoso y gracioso. Creo que
bailamos juntos durante todo el transcurso de la fiesta. Cuando comenzó a sonar
música de cumbia, seguimos bailando. Ese tipo de género musical únicamente lo
bailaba en cumpleaños de quince o tal vez en alguna boda, con el simple
propósito de divertirme moviéndome al ritmo de una música que no sabía cómo
bailarla y que además me resultaba terriblemente ordinaria. Al observarme
bailar cumbia, el chico me halagó.
·
¡Que bien bailás! – me regaló un piropo.
Yo lo miré y me sonreí. No
me creí su loa ya que pensé: Éste está diciendo pavadas en busca de ganarse mi
aprobación y de ganar mi consentimiento para llegar a alguna otra interacción
más allá del baile cumpleañero.
El cumpleaños quemó todas
las etapas que tienen este tipo de celebraciones. De ir más allá de bailar ni
hablemos, mi padre nos observaba muy atentamente así que, con la
"policía" tan cerca, mi compañero me confesó que no se atrevería a
intentar nada que a papá pudiera molestarle. Antes de que terminara la
celebración, le di mi número de teléfono a Miguel (ahora recordé su nombre). Él
me lo preguntó, no sea cosa de pensar que daba mi teléfono sin ser pedido.
Quedamos en que me llamaría.
Los días continuaron su
curso, retornamos a San Luis. Llegó un sábado en el cual fuimos a "El
Timón". El ambiente parecía ser el mismo que los sábados anteriores, gente
bailando, algunos tomando algún brebaje, luces intermitentes. Leticia y yo
bailamos cuando sonó la música movida. Al escucharse la música lenta nos
quedamos paradas cerca de la puerta. Conversamos, observamos el comportamiento
de la gente a nuestro alrededor, nada fuera de lo común. De pronto frente a
nosotros se pararon dos chicos. Mi corazón esbozó una sonrisa.
·
¿Bailan? – dijeron ellos.
Para mi deleite el rubio
se dirigió a mí. La sonrisa que mi corazón esbozó fue debido a que, el blondo
era aquel rubio que ya había seducido mi vista un sábado anterior, el sábado en
que fracturé el corazón de Gerardo.
·
No - dijimos nosotras.
·
Preguntá de nuevo - rogué interiormente deseando que el rubio no
escapara.
·
Dale. ¡Tenés una cara de querer bailar! – me dijo ocurrentemente
el rubio.
·
¡Menos mal! - respiré aliviada.
A mí, que ya tenía en la
mira a aquel chico canchero, me terminaron de convencer sus palabras y a bailar
con él salí. Leticia también aceptó la oferta del otro muchacho.
Yo pasé mis brazos por el
cuello de mi compañero encantada con él. Él pasó sus manos por mi cintura y me
cautivó. Nos hicimos las preguntas típicas de la ocasión y cuando le pregunté
su edad, me importaba muy poco la respuesta que me diera, si hubiera tenido 12
años habría sido lo mismo que la respuesta que me dio, la cual, por cierto, no
era verdad. Me sentía perdida en sus brazos y recostada contra su cuerpo,
perdida en la idea de estar viviendo un sueño fantástico. Transcurrió un rato y
él comenzó a jugar con mi pelo en mi espalda, una sensación de agrado me
recorrió por entera; más me perdí en sus manos. "Hotel California"
era el tema que sonaba en el fondo.
·
¿Querés salir así estamos más cómodos? – dijo él.
Yo ya me sentía comodísima
así como estaba, pero si el rubio conocedor del terreno decía que la comodidad
podía mejorar, entonces… ¿Por qué no probar? Lo seguí como la serpiente obedece
al encantador. Nos sentamos en un banco que enfrentaba la playa. Seguimos
conversando por unos largos minutos, conversación ésta, que poco le importaba a
él (se me ocurre) y mucho me interesaba a mí. Apellidos, lugar de estudios,
direcciones de hábitat fueron lugares comunes en nuestro parloteo adolescente.
Así me enteré que cursaría quinto año liceal en el Elbio Fernández, que iba a
bailar a "Stones", que su barrio era La Blanqueada.
·
No aguanto más – dijo el rubio acercándose a mí.
Mi corazón se aceleró al
sentir la boca del chico juntarse con la mía. Así como no facilitaba mi número
de teléfono sin que me fuera preguntado, aquel beso lo regalé sin condiciones.
Esa fue la primera vez que mis labios se tocaron con los de otra persona. No
fue lo que yo esperaba. No sentí la satisfacción que esperaba sentir. Me
sorprendí al sentir su lengua húmeda moverse dentro de mi boca. Dejé que él
llevara las riendas dado que yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Al rato,
aparecieron Leticia y Mario, y junto con ellos bajamos a la playa para así
emprender la ruta de vuelta a casa. Leticia caminaba abrazada de Mario y
parecía una situación habitual para ella. Yo caminaba como suspendida en las
nubes, cual si todo aquello fuera un sueño. Ricardo me pasó un número de
teléfono y yo le facilité el mío. Hicimos arreglos para encontrarnos aquella
misma tarde en la playa. Mi imaginación cobró alas al pensarnos juntos,
caminando abrazados por la arena y con el crepúsculo como escenografía. Nos
despedimos y yo entré para continuar soñando con aquel idilio que se había
iniciado. Él partió para La Tuna
y yo me quedé en San Luis.
Mi estado de enamoramiento
era total. Si se prestaba atención creo que hasta podían verse las estrellitas
que rondaban mi cabeza. En la tarde de aquel domingo, se escuchaba la
televisión en el living de la casa. Poca atención recibió de mi parte aquel
electrodoméstico que, en otro momento me hubiera atrapado. Yo estaba muy
interesada en aprontarme para mi cita. Leticia se unió al apronte, ella también
tenía un encuentro pero con Mario. Estando ya listas, bajamos a la playa. Casi
terminando febrero, la playa iba perdiendo concurrentes, así que prácticamente
los únicos testigos de nuestra visita fueron la arena, el mar, el cielo junto
con algunas aves, los árboles y a medias el sol que ya se introducía en el
horizonte. Caminamos rumbo al este; mi corazón, expectante; mis labios,
queriendo volver a ser tocados por los de Ricardo; mi vista, desesperada por
divisar la figura del rubio en la lejanía y porque esa lejanía se tornara
cercanía. La cercanía no fue posible ya que los chicos no cumplieron con el
compromiso. La desilusión arrasó con las expectativas. La idea de no volver a
ver a Ricardo me comía la cabeza. El camino de retorno fue el mismo, pero había
menos brillo en el ambiente, al menos desde mi perspectiva afectada por el
desencuentro. Sólo me quedaba esperar.
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