Me llamaba la atención como se
aprovechaban las horas del día en el centro de rehabilitación. Llegado el
viernes a la tarde, nos comunicaron que estábamos en la lista para asistir al
curso del lesionado medular. Con mi madre nos dirigimos hacia un salón donde ya
se hallaban otras personas, algunas de ellas estaban en silla de ruedas y otras
no, se encontraban alguno de los fisioterapeutas que veía a diario en el
gimnasio. Cuando parecía que todos los convocados estábamos presentes, comenzó
a hablar un chico que estaba en silla de ruedas. Se presentó, se llamaba
Sergio, pero todos lo llamaban Serginho. Hablaba con mucha seguridad, tendría
unos diecinueve años, había sufrido un accidente mientras estaba surfeando, se
golpeó contra un banco de arena y fracturó la sexta vértebra cervical, como
consecuencia su estado era el de cuadriplegia. Él se encargaría de impartirnos
el curso cada viernes por la tarde. A mí, que últimamente no me simpatizaba en
nada tener contacto con quienes hacían uso de la silla para su traslado, me
encantó escuchar a Serginho, además era sumamente lindo, de tez bien blanca,
ojos verdes y una amplia sonrisa. Me quedé obnubilada al verlo, al escucharlo,
al observarlo moverse con tanta naturalidad desde la silla, me enganché con
todo al curso y a su instructor. Nos dividimos en grupos. A mamá y a mi nos
tocó en diferentes grupos. En mi grupo estaba Serginho y más me gustó verlo de
cerca. Con mamá seguíamos extrañando nuestro país y debido a ello nuestras
expresiones no eran muy simpáticas ni de muchos amigos. Al finalizar ese
encuentro, me quedé con ganas de más y aguardaba ansiosa que transcurriera otra
semana. Fui de las primeras en salir y me quedé observando a quienes salían.
Una emoción extraña embargó mi corazón. Comenzaron a caer lágrimas hacia mis
mejillas. Mi corazón había sido tomado por una sensación de empatía hacia mis
colegas de ruta, hacia quienes como yo habían tropezado con la amargura de la
lesión medular. Me parecía tan injusto eso de accidentarnos, me di cuenta de
que no estaba sola en ese mundo espinado de los accidentes y eso me conmovió
hasta el llanto. Definitivamente no estaba sola.
De tus capitulos, este es sin dudas uno de los que mas me ha gustado. A veces me "da cosa" opinar desde mi comoda perspectiva toda palabra que escriba parecera banal, pero a su vez me gusta dejar plasmado que sií hay gente que le interesa leerte, y que aprendemos de ti infinidad de valoraciones de la vida, de aspectos que damos por descontados, y valores que no vemos lo superlativos que pueden ser . Gracias y abrazote.
ResponderEliminarNunca una palabra que nace de la objetividad y el cariño puede ser banal. Y cada uno lo ve, lo analiza y le llega desde su perspectiva, como tú dices César (cómoda o no, eso dependerá del asiento, jaja). Gracias por ser tan fiel seguidor de mi blog. Abrazo.
ResponderEliminarImpresionante. ¡Cómo me llegó este capítulo! Gracias Dieva. Un placer leerte.
ResponderEliminar¡Salado como se aprende y construye junto a otros! Llega mismo la empatía...
ResponderEliminarEl placer es mío por tan bellos comentarios María.