En cuanto a mi rehabilitación, todo el
sistema parecía adecuadamente aceitado. Existía un plan para cada cosa. Una vez
a la semana tenía un encuentro con una psicóloga. Marta era genial, una gordita
simpática que se hacía querer enseguida. Terapia ocupacional se hacía cargo de
la motricidad fina, realizaba ejercicios con juegos de encastre y ejercicios
para movilizar las manos. François era la encargada de esa sección, una señora
muy fina a quien asistía una brasilera bien amable y simpática, tenía un cuerpo
escultural y debido a ello generaba el comentario al respecto de parte de
muchos hombres, el guatemalteco incluido. Mi aparato respiratorio tenía su
atención una o dos veces por semana, me asistía una fisioterapeuta de cabello
enrulado, tirando a gordita de ojos grises chispeantes, parecida a Karen la
hermana de Flavio. En esta etapa los ejercicios manejando la inhalación y
exhalación se tornaron mucho más específicos que durante mi época de
internación en sanatorio. Nada de que el aire entrara y saliera por mi nariz o
mi boca así nomás, no, debía aprender a manejar la respiración asociada a mis
músculos de cuello y abdomen, a concentrarme en mi gran aliado diafragma que me
habilitó en mis tiempos de accidente reciente a no tener que depender de un
respirador ni de una traqueostomía que me perforara el hueco supraesternal.
¡Gracias diafragma! Gracias por dejarme, en aquellos tiempos, respirar sin
asistencia externa a pesar de mi lesión cervical, gracias por dejarme mantener
intacto mi timbre de voz que tanto me agradaba y tanto me alabaron por ello,
gracias. Fin de lo respiratorio y principio de lo urinario. Los esfínteres que
tema jodido. La pérdida de control sobre la evacuación de toxinas a través de
la orina era algo que a veces, por no decir lo más a menudo posible, me hacía
pensar que estaba más discapacitada de lo que realmente aparentaba. Me
resultaba una reverenda ironía de la vida que además de haberme sacado tarjeta
amarilla y dejarme tan limitada en movimientos y sensibilidad también me
fauleara con un golpe tan bajo como igualarte a una criatura recién nacida que
precisa de papi o mami para que limpien sus miserias. Pero buehhh, en San Pablo
fue mejor porque contaba con otras personas adiestradas para ayudar a gente
que, como yo, había perdido unas capacidades y ganado otras. En casa, luego que
fui dada de alta, dejé de usar una sonda vesical permanente para pasar a
realizar cateterismos en forma intermitente cada seis horas. En la AACD existía
una dependencia llamada Urología, que comúnmente llamábamos Uro, donde se
obtenía asistencia y asesoramiento para el manejo de la vejiga. Cada dos horas
concurría a la Uro para traspasarme a una camilla y allí estimular mi vejiga
con suaves percusiones un tanto debajo del abdomen para que la orina fluyera sin
necesidad de introducir una sonda. Palmira era quien me prestaba su ayuda en
este punto. Ella era una sonrisa materializada en una brasilera de piel bien
oscura que parecía brillar, alta y muy bien proporcionada, pero por si todo
esto fuera poco era una persona sinceramente buena. No me costó nada
acostumbrarme a ella, naturalmente nuestra relación devino en una amistad.
Mi vida transcurría plácidamente y con
mucho más colores. Habitar en aquel centro, donde todo era calculadamente
accesible y donde además la ayuda no faltaba, había hecho girar la aguja de mi
humor hacia el frente positivo. El idioma ya no me resultaba tan
incomprensible, pero igual continuaba haciendo uso del inglés. Una tarde en el
gimnasio, Jarley me hizo un comentario acerca de mi color en el rostro a causa
de la radiación solar.
·
Que roja tenés la cara – me dijo Jarley en
portugués.
Yo lo entendí perfectamente, pero igual
solicité la ayuda de Andrea que andaba en las inmediaciones.
·
Tell him that in my country I have a friend that
call me "apple" when I'm red because of the sun – le solicité a
Andrea que le transmitiera a Jarley que yo tenía un amigo (Gabriel) que me
decía "manzana" cuando el sol enrojecía mi rostro.
·
¿Maçá? - dijo Jarley sonriendo.
·
Maçá – le aseveró Andrea y así aprendí a decir
manzana en portugués.
Hubo otro acontecimiento que ayudó a
desarrugar mi corazón, fue el hecho de poder tomar contacto nuevamente con el
ejercicio en el agua. De lunes a viernes a las diez de la mañana me dirigía a
la piscina. Quien se ocupaba de mí en el agua era un ser angelical, una señora
que podría ser mi madre, como a una hija me trataba. Yo ansiaba que llegara la
hora del día en que me sumergía en la pileta. Ya dentro de mi malla de baño y
con una gorra que sujetaba mi cabello, se acercaba mi silla al borde de la
piscina y algún chico con fuerza me ayudaba a despegar mi cuerpo del asiento
tomándome por debajo de mis brazos y alguien aguardaba mi ingreso dentro del
agua.
·
Minha menina cheirosa! (mi niña perfumada) – me
saludaba cariñosamente mi hidroterapeuta. Yo adoraba que así me llamara.
Disfrutaba a pleno el tiempo que
transcurría en la piscina.
Ya no haces piscina? (Cesar)
ResponderEliminarNo, no estoy haciendo piscina pero sigo Amando el agua. Abrazo César.
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