10/5/17

CAPÍTULO XXXVII. “SOLEADA REHABILITACIÓN”


En cuanto a mi rehabilitación, todo el sistema parecía adecuadamente aceitado. Existía un plan para cada cosa. Una vez a la semana tenía un encuentro con una psicóloga. Marta era genial, una gordita simpática que se hacía querer enseguida. Terapia ocupacional se hacía cargo de la motricidad fina, realizaba ejercicios con juegos de encastre y ejercicios para movilizar las manos. François era la encargada de esa sección, una señora muy fina a quien asistía una brasilera bien amable y simpática, tenía un cuerpo escultural y debido a ello generaba el comentario al respecto de parte de muchos hombres, el guatemalteco incluido. Mi aparato respiratorio tenía su atención una o dos veces por semana, me asistía una fisioterapeuta de cabello enrulado, tirando a gordita de ojos grises chispeantes, parecida a Karen la hermana de Flavio. En esta etapa los ejercicios manejando la inhalación y exhalación se tornaron mucho más específicos que durante mi época de internación en sanatorio. Nada de que el aire entrara y saliera por mi nariz o mi boca así nomás, no, debía aprender a manejar la respiración asociada a mis músculos de cuello y abdomen, a concentrarme en mi gran aliado diafragma que me habilitó en mis tiempos de accidente reciente a no tener que depender de un respirador ni de una traqueostomía que me perforara el hueco supraesternal. ¡Gracias diafragma! Gracias por dejarme, en aquellos tiempos, respirar sin asistencia externa a pesar de mi lesión cervical, gracias por dejarme mantener intacto mi timbre de voz que tanto me agradaba y tanto me alabaron por ello, gracias. Fin de lo respiratorio y principio de lo urinario. Los esfínteres que tema jodido. La pérdida de control sobre la evacuación de toxinas a través de la orina era algo que a veces, por no decir lo más a menudo posible, me hacía pensar que estaba más discapacitada de lo que realmente aparentaba. Me resultaba una reverenda ironía de la vida que además de haberme sacado tarjeta amarilla y dejarme tan limitada en movimientos y sensibilidad también me fauleara con un golpe tan bajo como igualarte a una criatura recién nacida que precisa de papi o mami para que limpien sus miserias. Pero buehhh, en San Pablo fue mejor porque contaba con otras personas adiestradas para ayudar a gente que, como yo, había perdido unas capacidades y ganado otras. En casa, luego que fui dada de alta, dejé de usar una sonda vesical permanente para pasar a realizar cateterismos en forma intermitente cada seis horas. En la AACD existía una dependencia llamada Urología, que comúnmente llamábamos Uro, donde se obtenía asistencia y asesoramiento para el manejo de la vejiga. Cada dos horas concurría a la Uro para traspasarme a una camilla y allí estimular mi vejiga con suaves percusiones un tanto debajo del abdomen para que la orina fluyera sin necesidad de introducir una sonda. Palmira era quien me prestaba su ayuda en este punto. Ella era una sonrisa materializada en una brasilera de piel bien oscura que parecía brillar, alta y muy bien proporcionada, pero por si todo esto fuera poco era una persona sinceramente buena. No me costó nada acostumbrarme a ella, naturalmente nuestra relación devino en una amistad.

Mi vida transcurría plácidamente y con mucho más colores. Habitar en aquel centro, donde todo era calculadamente accesible y donde además la ayuda no faltaba, había hecho girar la aguja de mi humor hacia el frente positivo. El idioma ya no me resultaba tan incomprensible, pero igual continuaba haciendo uso del inglés. Una tarde en el gimnasio, Jarley me hizo un comentario acerca de mi color en el rostro a causa de la radiación solar.

·         Que roja tenés la cara – me dijo Jarley en portugués.

Yo lo entendí perfectamente, pero igual solicité la ayuda de Andrea que andaba en las inmediaciones.

·         Tell him that in my country I have a friend that call me "apple" when I'm red because of the sun – le solicité a Andrea que le transmitiera a Jarley que yo tenía un amigo (Gabriel) que me decía "manzana" cuando el sol enrojecía mi rostro.
·         ¿Maçá? - dijo Jarley sonriendo.
·         Maçá – le aseveró Andrea y así aprendí a decir manzana en portugués.

Hubo otro acontecimiento que ayudó a desarrugar mi corazón, fue el hecho de poder tomar contacto nuevamente con el ejercicio en el agua. De lunes a viernes a las diez de la mañana me dirigía a la piscina. Quien se ocupaba de mí en el agua era un ser angelical, una señora que podría ser mi madre, como a una hija me trataba. Yo ansiaba que llegara la hora del día en que me sumergía en la pileta. Ya dentro de mi malla de baño y con una gorra que sujetaba mi cabello, se acercaba mi silla al borde de la piscina y algún chico con fuerza me ayudaba a despegar mi cuerpo del asiento tomándome por debajo de mis brazos y alguien aguardaba mi ingreso dentro del agua.

·         Minha menina cheirosa! (mi niña perfumada) – me saludaba cariñosamente mi hidroterapeuta. Yo adoraba que así me llamara.

Disfrutaba a pleno el tiempo que transcurría en la piscina.

3 comentarios:

  1. Ya no haces piscina? (Cesar)

    ResponderEliminar
  2. No, no estoy haciendo piscina pero sigo Amando el agua. Abrazo César.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar