Pasaron
no más de dos días cuando me trasladé para la habitación general. Mi madre ya
no se quedaría a dormir en la AACD, pasaría a morar en casa de una uruguaya,
Estela, que residía en San Pablo. El solo hecho de separarme de mamá me
generaba gran inseguridad. Pero así se daban las reglas y así habría que
cumplirlas.
El tema de que mi madre no se
quedara a dormir en el centro no me afectó demasiado. Bueno, a decir verdad, la
falta de permanencia continua de mamá a mi lado si me raspó los primeros días.
Me tuve que permitir dejar ayudar por personas exógenas a mi ámbito familiar o
del selecto círculo de amistades o vecinos que hasta el momento me brindaban
sus manos, brazos y piernas que operaban en lugar de mis aletargados miembros.
Obvio que extrañé la supervisión de papá y mamá en cada procedimiento que me
practicaban, seguro que sentí la falta de papá enfermero haciendo notar a quien
me asistía lo que el consideraba lo más adecuado para su chiquita, sin duda que
no era lo mismo que no fueran las manos de mi madre las que me
prestaran asistencia en los momentos más íntimos, claro, claro, claro... Pero
así se dio y así me fui adaptando, con escaramuzas de por medio que muchas
veces se correspondían con mi faceta de nena mimada por demás.
Sin ninguna prisa, me fui
acostumbrando al modo de vida en aquel país de tibias temperaturas. Los
mediodías eran deliciosos. Luego del almuerzo y aprovechando un descanso, el
sol me acariciaba con sus rayos envolventes, cosa que sería inimaginable en esa
época y en latitud uruguaya.
Mi día
comenzaba con una hermosa y novedosa ducha. Después de mi accidente no había
tenido oportunidad de volver a ducharme, mis baños eran en cama. Pero en la
AACD contaban con sillas adaptadas para bañarse bajo la ducha. Aquella
sensación del agua cayendo sobre mi cuerpo fue una bendición maestra, la
normalidad se acercaba un poquito más. Allí mismo, me cepillaba los dientes,
porque también esa acción tan personal pude recuperar gracias a un cepillo a batería
que mi padre me regalara y que se ajustaba bien a mi mano derecha sin necesidad
de adaptaciones. En Uruguay yo había comenzado a usar un acondicionador para el
cabello que olía deliciosamente. El aroma herbal permanecía en mi cabello por
días y cuando quienes me ayudaban a tomar mi ducha advirtieron las bondades de
aquel producto...
- ¿Dónde
compraste esta crema tan rica? – me preguntaron.
- La
compré en mi país – les contesté.
- Acá
debe de haber también – me dijeron.
- No sé,
es de Wella – dije.
Luego del
baño, volvíamos a la habitación para que me ayudaran a vestir para empezar la
jornada de rehabilitación. Después descendíamos, a través de una cómoda rampa,
hasta el comedor para tomar el desayuno. Desayunar en Brasil era un
despropósito alimenticio. Yo tomaba un café con leche, comía pan con mortadela,
y para rematar me servía un trozo de mamăo, una fruta tropical con un gusto
bien dulce. De limitarme con las comidas nada, al contrario, mi campo nutritivo
no tenía fronteras.
Seguido al desayuno, el destino era
el gimnasio. La primera tarea se denominaba Actividades de la Vida Diaria
(AVD). En AVD me ayudaría una señora de no más de cuarenta años, usaba su negro
cabello recogido, no era alta ni tampoco bonita, no regalaba sonrisas. Al
principio esta mujer me resultó muy parca, rozando la antipatía se quedó. Lo
primero era transferirme desde mi silla a la cama, para ello me auxiliaba
cualquier ayudante de fisioterapia que anduviera por la vuelta. Así conocí a
Everardo y a Reynaldo. Everardo era un joven que tendría como máximo
veinticuatro años, era muy alto, de tez blanca y cabello rizado negro, tenía
una expresión dulce plasmada en su rostro, era muy amable, gracioso, tímido y
respetuoso. Reynaldo era un típico moreno brasileño, de estatura mediana, su
cara y su forma de ser eran graciosas, la timidez no existía para él, en
ocasiones se pasaba de listo. Una vez en la cama, la señora comenzaba con mi
rutina. Primero extendía mi columna estando yo en posición de Buda. Luego
realizábamos un ejercicio para mantener el equilibrio. Nunca antes había
practicado algo así y ante la imposibilidad de asirme con las manos esto me
generaba una inseguridad brutal. Al comienzo me sentía un agua viva, cuando me
daban un pequeño empujón tenía la impresión de que terminaría de bruces en el
piso. Pero con el paso de los días esa sensación de ser una gelatina fue
disminuyendo y mi confianza se consolidaba. También cambió mi opinión en cuanto
a la señora, me di cuenta que su rispidez no era tal, sino que su linda
personalidad se ocultaba tras su callada actitud. De a poco nos fuimos
conociendo y resultó una buena persona.
Acto seguido, mis miembros
superiores. Ahí me ayudaba Jarley o Reynaldo. Yo, internamente, imploraba que
fuese Jarley quien me asistiera en esa actividad. Con Jarley el tiempo pasaba a
la velocidad del sonido, los minutos transcurrían volando. Más que una
obligación era un placer que me ayudara a ejercitar mis brazos. Su sonrisa era
afrodisíaca. Al tocar mi piel despertaba mis músculos. Se expresaba en forma graciosa,
a pesar de no entender el portugués o el español nos acomodábamos para
dialogar. Me enseñaba el significado de las palabras en portugués y con gusto
yo las asimilaba. Viniendo de él, aquel idioma entreverado se convertía en un
manjar auditivo. Lisa y llanamente me enamoré de ese morocho amigable.
Llegado el mediodía se hacía
presente el almuerzo. Otra vez comía opíparamente. Las comidas en Brasil
diferían bastante de lo que acostumbraba comer en mi añorado Uruguay. Se
extrañaban las delicias que me cocinaba mi abuelita Olga, extrañaba sus
churrascos jugosos de buena voluntad y sus platillos especiales de cariño.
Platos tales como polenta frita, pollo frito, arroz con frijoles eran moneda
corriente en el menú. El comedor se atiborraba de gente. Tanto pacientes como
personal de la clínica y otros concurrentes coincidíamos en la amplia sala a la
hora de comer.
Saciado el apetito me dirigía rumbo
al aire libre. Aprovechaba el sol unos minutos. Los mediodías en San Pablo eran
cálidos y me permitían abrigarme con los rayos solares, aquello era delicioso.
En la AACD también funcionaba una
escuela de capacitación relativa a prótesis y órtesis. Vale decir que una
prótesis es un aparato que se presta a sustituir alguna parte del cuerpo humano
que pudiera haber sido amputada o con la cual no se contase congénitamente. Una
órtesis cumple la tarea de mantener en posición correcta una porción del cuerpo
que hubiera disminuído o perdido su función. Quien impartía los cursos era un
veterano oriundo de España de apellido Monros. Un día nos presentaron a este
chispeante español con el cual hicimos buenas migas al instante. Después que
nos conocimos, cada vez que nos cruzábamos este señor exclamaba...
·
¡¡¡Uruguaias!!!- así nos saludaba.
·
¡¡¡Español!!!- respondía yo a su saludo.
Este gallego fenomenal nos presentó
algunos de sus alumnos. La vida nos siguió premiando con gustosas sorpresas.
Entre esos alumnos había tres uruguayos: Ruben, un simpaticón gordito de unos
cuarenta y tantos años, súper linda persona, Carlitos, un morocho que
derrochaba gracia por donde se lo mirara y oyera, su principal característica
era su capacidad para provocar hilaridad, tendría unos treinta y siete años,
Diego, un sanducero tímido, alto y bastante más joven que sus dos compatriotas,
veinte y pocos años tendría y no dejaba ver demasiadas virtudes a simple vista.
Al interactuar con ellos nuestro paisito se acercaba en un santiamén, estar
entre paisanos en tierra foránea era delicioso. Poder hablar de lugares, gente
y cosas comunes estaba buenísimo. Ruben se convirtió en un gran compañero
nuestro, un muy buen amigo, un baluarte para mi madre. Yo me cruzaba con ellos
todos los mediodías luego del almuerzo, en mi recreo al sol. Ruben siempre me
obsequiaba un beso cuando yo lagarteaba al sol y me brindaba su cariño cual si
yo fuera su hija. Carlitos un chiste siempre tenía. A ellos se les unían muchos
compañeros de estudio y estadía que provenían de diferentes zonas de América
Latina, el Caribe e incluso África que venían a formarse en San Pablo. Yo los
fui conociendo de a poco. Raro hubiera sido que ninguno captara mi atención de
adolescente con hormonas en ebullición cercenada por mi odiada lesión.
Entonces, para no perder la costumbre, un guatemalteco alto, simpático y con un
garbo brutal me picó con el bichito de la lujuria adormecida, ya que por aquel
entonces me faltaba poco para introducirme a mí misma dentro de la categoría de
seres asexuados, dado que a quienes pretendía los perdía mal, malísimo. De
seducción ni hablemos de pensar, estando en una silla de ruedas, no me permitía
creer que podría ser seductora en tal menoscabada situación. Nada, me gustó el
guajiro y le seguía la pista a diario. Era tan dulce que me hacia generar la
idea de que yo le gustara y pasáramos a alguna acción más allá de las miraditas
y sonrisas picaronas. En mi interior extrañaba abundantemente aquellos días de
amores juveniles, de caricias ingenuas, de besos apasionados, de tocar la piel
de alguien del sexo opuesto y que la mía se erizara de placer contenido y no verbalizado.
Extrañaba mi autonomía, la libertad que me fuera arrebatada en un abrir y
cerrar de ojos.
Gracias...dievita....me gustó mucho q me pudieras dejarte conocer más con esta narración....y decirte que me atrapó y me trasladó ...y por momentos pude ser tú.....lindisima tu escritura.....gracias y más gracias....
ResponderEliminarGracias! Que bueno que te llegue de esa manera. Apareces como Anónimo. Saludos.
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EliminarImpresionante Dieva, disfrute de ese sol, de tus sentimientos, de tu actitud inquebrantable al valorar cada momento del dia. TE ADMIRO Y TE QUIERO ❤
ResponderEliminarVivi, yo te admiro a ti linda! Gracias!
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