5/5/17

CAPÍTULO XXXVI. “HORIZONTES FAVORABLES”

Pasaron no más de dos días cuando me trasladé para la habitación general. Mi madre ya no se quedaría a dormir en la AACD, pasaría a morar en casa de una uruguaya, Estela, que residía en San Pablo. El solo hecho de separarme de mamá me generaba gran inseguridad. Pero así se daban las reglas y así habría que cumplirlas.
El tema de que mi madre no se quedara a dormir en el centro no me afectó demasiado. Bueno, a decir verdad, la falta de permanencia continua de mamá a mi lado si me raspó los primeros días. Me tuve que permitir dejar ayudar por personas exógenas a mi ámbito familiar o del selecto círculo de amistades o vecinos que hasta el momento me brindaban sus manos, brazos y piernas que operaban en lugar de mis aletargados miembros. Obvio que extrañé la supervisión de papá y mamá en cada procedimiento que me practicaban, seguro que sentí la falta de papá enfermero haciendo notar a quien me asistía lo que el consideraba lo más adecuado para su chiquita, sin duda que no era lo mismo que no fueran las manos de mi madre las que me prestaran asistencia en los momentos más íntimos, claro, claro, claro... Pero así se dio y así me fui adaptando, con escaramuzas de por medio que muchas veces se correspondían con mi faceta de nena mimada por demás.
Sin ninguna prisa, me fui acostumbrando al modo de vida en aquel país de tibias temperaturas. Los mediodías eran deliciosos. Luego del almuerzo y aprovechando un descanso, el sol me acariciaba con sus rayos envolventes, cosa que sería inimaginable en esa época y en latitud uruguaya.
Mi día comenzaba con una hermosa y novedosa ducha. Después de mi accidente no había tenido oportunidad de volver a ducharme, mis baños eran en cama. Pero en la AACD contaban con sillas adaptadas para bañarse bajo la ducha. Aquella sensación del agua cayendo sobre mi cuerpo fue una bendición maestra, la normalidad se acercaba un poquito más. Allí mismo, me cepillaba los dientes, porque también esa acción tan personal pude recuperar gracias a un cepillo a batería que mi padre me regalara y que se ajustaba bien a mi mano derecha sin necesidad de adaptaciones. En Uruguay yo había comenzado a usar un acondicionador para el cabello que olía deliciosamente. El aroma herbal permanecía en mi cabello por días y cuando quienes me ayudaban a tomar mi ducha advirtieron las bondades de aquel producto...
- ¿Dónde compraste esta crema tan rica? – me preguntaron.
- La compré en mi país – les contesté.
- Acá debe de haber también – me dijeron.
- No sé, es de Wella – dije.
Luego del baño, volvíamos a la habitación para que me ayudaran a vestir para empezar la jornada de rehabilitación. Después descendíamos, a través de una cómoda rampa, hasta el comedor para tomar el desayuno. Desayunar en Brasil era un despropósito alimenticio. Yo tomaba un café con leche, comía pan con mortadela, y para rematar me servía un trozo de mamăo, una fruta tropical con un gusto bien dulce. De limitarme con las comidas nada, al contrario, mi campo nutritivo no tenía fronteras.
Seguido al desayuno, el destino era el gimnasio. La primera tarea se denominaba Actividades de la Vida Diaria (AVD). En AVD me ayudaría una señora de no más de cuarenta años, usaba su negro cabello recogido, no era alta ni tampoco bonita, no regalaba sonrisas. Al principio esta mujer me resultó muy parca, rozando la antipatía se quedó. Lo primero era transferirme desde mi silla a la cama, para ello me auxiliaba cualquier ayudante de fisioterapia que anduviera por la vuelta. Así conocí a Everardo y a Reynaldo. Everardo era un joven que tendría como máximo veinticuatro años, era muy alto, de tez blanca y cabello rizado negro, tenía una expresión dulce plasmada en su rostro, era muy amable, gracioso, tímido y respetuoso. Reynaldo era un típico moreno brasileño, de estatura mediana, su cara y su forma de ser eran graciosas, la timidez no existía para él, en ocasiones se pasaba de listo. Una vez en la cama, la señora comenzaba con mi rutina. Primero extendía mi columna estando yo en posición de Buda. Luego realizábamos un ejercicio para mantener el equilibrio. Nunca antes había practicado algo así y ante la imposibilidad de asirme con las manos esto me generaba una inseguridad brutal. Al comienzo me sentía un agua viva, cuando me daban un pequeño empujón tenía la impresión de que terminaría de bruces en el piso. Pero con el paso de los días esa sensación de ser una gelatina fue disminuyendo y mi confianza se consolidaba. También cambió mi opinión en cuanto a la señora, me di cuenta que su rispidez no era tal, sino que su linda personalidad se ocultaba tras su callada actitud. De a poco nos fuimos conociendo y resultó una buena persona.
Acto seguido, mis miembros superiores. Ahí me ayudaba Jarley o Reynaldo. Yo, internamente, imploraba que fuese Jarley quien me asistiera en esa actividad. Con Jarley el tiempo pasaba a la velocidad del sonido, los minutos transcurrían volando. Más que una obligación era un placer que me ayudara a ejercitar mis brazos. Su sonrisa era afrodisíaca. Al tocar mi piel despertaba mis músculos. Se expresaba en forma graciosa, a pesar de no entender el portugués o el español nos acomodábamos para dialogar. Me enseñaba el significado de las palabras en portugués y con gusto yo las asimilaba. Viniendo de él, aquel idioma entreverado se convertía en un manjar auditivo. Lisa y llanamente me enamoré de ese morocho amigable.
Llegado el mediodía se hacía presente el almuerzo. Otra vez comía opíparamente. Las comidas en Brasil diferían bastante de lo que acostumbraba comer en mi añorado Uruguay. Se extrañaban las delicias que me cocinaba mi abuelita Olga, extrañaba sus churrascos jugosos de buena voluntad y sus platillos especiales de cariño. Platos tales como polenta frita, pollo frito, arroz con frijoles eran moneda corriente en el menú. El comedor se atiborraba de gente. Tanto pacientes como personal de la clínica y otros concurrentes coincidíamos en la amplia sala a la hora de comer.
Saciado el apetito me dirigía rumbo al aire libre. Aprovechaba el sol unos minutos. Los mediodías en San Pablo eran cálidos y me permitían abrigarme con los rayos solares, aquello era delicioso.
En la AACD también funcionaba una escuela de capacitación relativa a prótesis y órtesis. Vale decir que una prótesis es un aparato que se presta a sustituir alguna parte del cuerpo humano que pudiera haber sido amputada o con la cual no se contase congénitamente. Una órtesis cumple la tarea de mantener en posición correcta una porción del cuerpo que hubiera disminuído o perdido su función. Quien impartía los cursos era un veterano oriundo de España de apellido Monros. Un día nos presentaron a este chispeante español con el cual hicimos buenas migas al instante. Después que nos conocimos, cada vez que nos cruzábamos este señor exclamaba...
·         ¡¡¡Uruguaias!!!- así nos saludaba.
·         ¡¡¡Español!!!- respondía yo a su saludo.
Este gallego fenomenal nos presentó algunos de sus alumnos. La vida nos siguió premiando con gustosas sorpresas. Entre esos alumnos había tres uruguayos: Ruben, un simpaticón gordito de unos cuarenta y tantos años, súper linda persona, Carlitos, un morocho que derrochaba gracia por donde se lo mirara y oyera, su principal característica era su capacidad para provocar hilaridad, tendría unos treinta y siete años, Diego, un sanducero tímido, alto y bastante más joven que sus dos compatriotas, veinte y pocos años tendría y no dejaba ver demasiadas virtudes a simple vista. Al interactuar con ellos nuestro paisito se acercaba en un santiamén, estar entre paisanos en tierra foránea era delicioso. Poder hablar de lugares, gente y cosas comunes estaba buenísimo. Ruben se convirtió en un gran compañero nuestro, un muy buen amigo, un baluarte para mi madre. Yo me cruzaba con ellos todos los mediodías luego del almuerzo, en mi recreo al sol. Ruben siempre me obsequiaba un beso cuando yo lagarteaba al sol y me brindaba su cariño cual si yo fuera su hija. Carlitos un chiste siempre tenía. A ellos se les unían muchos compañeros de estudio y estadía que provenían de diferentes zonas de América Latina, el Caribe e incluso África que venían a formarse en San Pablo. Yo los fui conociendo de a poco. Raro hubiera sido que ninguno captara mi atención de adolescente con hormonas en ebullición cercenada por mi odiada lesión. Entonces, para no perder la costumbre, un guatemalteco alto, simpático y con un garbo brutal me picó con el bichito de la lujuria adormecida, ya que por aquel entonces me faltaba poco para introducirme a mí misma dentro de la categoría de seres asexuados, dado que a quienes pretendía los perdía mal, malísimo. De seducción ni hablemos de pensar, estando en una silla de ruedas, no me permitía creer que podría ser seductora en tal menoscabada situación. Nada, me gustó el guajiro y le seguía la pista a diario. Era tan dulce que me hacia generar la idea de que yo le gustara y pasáramos a alguna acción más allá de las miraditas y sonrisas picaronas. En mi interior extrañaba abundantemente aquellos días de amores juveniles, de caricias ingenuas, de besos apasionados, de tocar la piel de alguien del sexo opuesto y que la mía se erizara de placer contenido y no verbalizado. Extrañaba mi autonomía, la libertad que me fuera arrebatada en un abrir y cerrar de ojos.




6 comentarios:

  1. Anónimo6/5/17

    Gracias...dievita....me gustó mucho q me pudieras dejarte conocer más con esta narración....y decirte que me atrapó y me trasladó ...y por momentos pude ser tú.....lindisima tu escritura.....gracias y más gracias....

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    1. Gracias! Que bueno que te llegue de esa manera. Apareces como Anónimo. Saludos.

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  2. Impresionante Dieva, disfrute de ese sol, de tus sentimientos, de tu actitud inquebrantable al valorar cada momento del dia. TE ADMIRO Y TE QUIERO ❤

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    1. Vivi, yo te admiro a ti linda! Gracias!

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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