22/3/17

CAPÍTULO XXXV. “REHABILITANDO…”

Al día siguiente partimos hacia el cielo del aeropuerto de Carrasco para aterrizar, tres horas más tarde, en el suelo de Guarulhos en la cenicienta ciudad de San Pablo. Nunca antes habíamos viajado vía aérea, estuvo linda la experiencia. Allá nos estaban esperando. Por medio de un contacto con gente uruguaya que vivía en la imponente metrópolis brasilera se consiguió una ambulancia que nos trasladó hasta la AACD, tal era la sigla del centro de rehabilitación. Esta gente hablaba en portugués y prácticamente no entendimos nada de lo que decían. Al llegar al hospital, nos aguardaba otra tanda de brasileños hablando en una lengua ininteligible y las señas se hicieron necesarias para llegar a algo coherente entre ambos idiomas. Todo me pareció un entrevero, no entendí un carajo y de movida empecé a sentir un fastidio por tener que estar allí y en aquellas condiciones. Enseguida nos acompañaron un piso hacia arriba y nos introdujimos en una habitación con dos camas. Cuando las enfermeras que estaban con nosotros quisieron intentar ayudarme a trasladar hacia la cama, se pudrió todo. Empecé a gritar ya que la manera en que me querían asistir era muy diferente a lo que yo estaba acostumbrada en casa. Mamá intentó explicarles pero fue en vano, las palabras se entremezclaron en el aire para confundir más la situación. Al final, me ayudaron entre dos enfermeras y mi madre de una forma inusual. Yo permanecía en una histeria de llanto y gritos. Una vez en la cama me di cuenta que el colchón se balanceaba a tal punto que me generó una inseguridad que me dieron ganas de acostarme en el piso. Cuando nos quedamos solas con mamá, nos fijamos para darnos cuenta que se trataba de un colchón de agua y yo no era un pez. Ese colchón resultaba muy útil en casos de personas con poca movilidad dado que reducía en un grado importante la presión ejercida en las zonas de mayor apoyo y así prevenir úlceras por decúbito. A mi me resultó una porquería insegura y sin fundamentos.
Se hizo la noche en territorio brasilero y tocaron a la puerta de nuestra habitación. Mamá acudió al llamado y enseguida entraron dos chicas, ambas utilizaban para su traslado sillas de ruedas. Una rubia y de cabello lacio, con un rostro gracioso y bonito a la vez, la otra era morocha de pelo corto y rizado, usaba gafas y tenía un gesto dulce plasmado en su cara. Vinieron a presentarse y nos hablaron en portugués, otra vez transar ante ese idioma que parecía apurar a las personas que lo utilizaban. Claro me quedó que no progresaría demasiado en mi comunicación en ese dialecto. De alguna manera me las arreglé para intentar un diálogo pero diferente. Les pregunté si alguna de ellas hablaba inglés. Para mi fortuna la rubiecita me dio respuesta afirmativa. Y así se tejió una conversación entendible. Yo le transfería la información a mi madre y Andrea hacía lo mismo con Cintia su morochita amiga. Antes de aquel encuentro en San Pablo y después de mi accidente, yo nunca había sociabilizado con seres dependientes de una silla de ruedas. Digo más, la sola idea de pensar en tener contacto con alguien en silla de ruedas me espantaba, me generaba rechazo, angustia, evasión. Andrea y Cintia borraron, con su generosidad y simpatía, mi resistencia hacia los seres “sillosos”. Estas chicas me dijeron que su habitación estaba en frente de la nuestra y que la compartían con otras internas. Cintia me prestó unas revistas “Veja” escritas en portugués y así de a poquito mi fobia hacia la AACD fue disminuyendo. Fue difícil dormir en aquella noche que nos halló en suelo foráneo.
Al otro día, debía comenzar a conocer qué tendría que hacer en aquel imponente centro de salud. Tuvimos un encuentro con una de las directoras del lugar, una fisiatra, Ma. Eugenia Pevé. Una uruguaya dulce, tan solo hablar con ella me inyectó seguridad y confianza con respecto a las actividades que me tocaría llevar a cabo en aras de mi rehabilitación. Para cada uno de los lesionados medulares internado en la AACD existía una agenda diaria con actividades. Mi jornada comenzaría cerca de las siete de la mañana. Aquel primer día fue para reconocimiento del lugar y de las personas con las que trabajaría para despertar algunas funciones de mi cuerpo que debían hacerse cargo de mi seccionada funcionalidad. Cuando ingresamos en el gimnasio, se desplegaban camas bajas, técnicos, aparatos, espejos, pacientes y mucha luminosidad. Conocí a Giselle, quien sería mi fisioterapeuta. Ella era una rubia joven de no más de treinta años, bonita, cabello lacio, tez muy blanca, delgada. Giselle me resultó bien tranquila en su carácter y clara en sus explicaciones, aunque en portugués hablaba en portugués se hacía entender por nosotras. Pero la vida me hizo una guiñada en la AACD, estando en el gimnasio, mi vista se topó con un morocho impresionantemente lindo. Me regocijé con la imagen de ese muchacho. Su vista se clavó en la mía y no pude bajar la mirada, era un caramelo de dulce de leche. Existió una especie de flash entre él y yo, me robó el aire con sólo mirarme. En eso escucho que la blonda Giselle se dirige a él y le pide que se acerque.
- Mirá Jarley, ella es Dieva, una nueva paciente – dijo Giselle al morocho.
- Ah, tudo bein? – me saludó el chico y me regaló una sonrisa celestial que me enamoró.
- Bien – contesté abrumada con su simpatía.
Allí Jarley se quedó junto a nosotras aguardando con mucha atención a que Giselle terminara con mi evaluación física. Enseguida me enteré de que Jarley era un asistente de fisioterapia y mi mayor alegría fue saber que él me ayudaría con alguno de mis ejercicios matutinos. San Pablo estaba haciendo las paces conmigo y comenzó de la mejor manera.




1 comentario:

  1. Excelente!!! Como siempre. Rescato tu estilo de relato que permite casi vivenciar la experiencia

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