Al día
siguiente partimos hacia el cielo del aeropuerto de Carrasco para aterrizar,
tres horas más tarde, en el suelo de Guarulhos en la cenicienta ciudad de San
Pablo. Nunca antes habíamos viajado vía aérea, estuvo linda la experiencia.
Allá nos estaban esperando. Por medio de un contacto con gente uruguaya que
vivía en la imponente metrópolis brasilera se consiguió una ambulancia que nos
trasladó hasta la AACD, tal era la sigla del centro de rehabilitación. Esta
gente hablaba en portugués y prácticamente no entendimos nada de lo que decían.
Al llegar al hospital, nos aguardaba otra tanda de brasileños hablando en una
lengua ininteligible y las señas se hicieron necesarias para llegar a algo
coherente entre ambos idiomas. Todo me pareció un entrevero, no entendí un
carajo y de movida empecé a sentir un fastidio por tener que estar allí y en
aquellas condiciones. Enseguida nos acompañaron un piso hacia arriba y nos
introdujimos en una habitación con dos camas. Cuando las enfermeras que estaban
con nosotros quisieron intentar ayudarme a trasladar hacia la cama, se pudrió
todo. Empecé a gritar ya que la manera en que me querían asistir era muy
diferente a lo que yo estaba acostumbrada en casa. Mamá intentó explicarles
pero fue en vano, las palabras se entremezclaron en el aire para confundir más
la situación. Al final, me ayudaron entre dos enfermeras y mi madre de una
forma inusual. Yo permanecía en una histeria de llanto y gritos. Una vez en la
cama me di cuenta que el colchón se balanceaba a tal punto que me generó una
inseguridad que me dieron ganas de acostarme en el piso. Cuando nos quedamos
solas con mamá, nos fijamos para darnos cuenta que se trataba de un colchón de
agua y yo no era un pez. Ese colchón resultaba muy útil en casos de personas
con poca movilidad dado que reducía en un grado importante la presión ejercida
en las zonas de mayor apoyo y así prevenir úlceras por decúbito. A mi me
resultó una porquería insegura y sin fundamentos.
Se hizo
la noche en territorio brasilero y tocaron a la puerta de nuestra habitación.
Mamá acudió al llamado y enseguida entraron dos chicas, ambas utilizaban para
su traslado sillas de ruedas. Una rubia y de cabello lacio, con un rostro
gracioso y bonito a la vez, la otra era morocha de pelo corto y rizado, usaba
gafas y tenía un gesto dulce plasmado en su cara. Vinieron a presentarse y nos
hablaron en portugués, otra vez transar ante ese idioma que parecía apurar a
las personas que lo utilizaban. Claro me quedó que no progresaría demasiado en
mi comunicación en ese dialecto. De alguna manera me las arreglé para intentar
un diálogo pero diferente. Les pregunté si alguna de ellas hablaba inglés. Para
mi fortuna la rubiecita me dio respuesta afirmativa. Y así se tejió una
conversación entendible. Yo le transfería la información a mi madre y Andrea
hacía lo mismo con Cintia su morochita amiga. Antes de aquel encuentro en San
Pablo y después de mi accidente, yo nunca había sociabilizado con seres
dependientes de una silla de ruedas. Digo más, la sola idea de pensar en tener
contacto con alguien en silla de ruedas me espantaba, me generaba rechazo,
angustia, evasión. Andrea y Cintia borraron, con su generosidad y simpatía, mi
resistencia hacia los seres “sillosos”. Estas chicas me dijeron que su
habitación estaba en frente de la nuestra y que la compartían con otras
internas. Cintia me prestó unas revistas “Veja” escritas en portugués y así de
a poquito mi fobia hacia la AACD fue disminuyendo. Fue difícil dormir en
aquella noche que nos halló en suelo foráneo.
Al otro
día, debía comenzar a conocer qué tendría que hacer en aquel imponente centro
de salud. Tuvimos un encuentro con una de las directoras del lugar, una
fisiatra, Ma. Eugenia Pevé. Una uruguaya dulce, tan solo hablar con ella me
inyectó seguridad y confianza con respecto a las actividades que me tocaría
llevar a cabo en aras de mi rehabilitación. Para cada uno de los lesionados
medulares internado en la AACD existía una agenda diaria con actividades. Mi
jornada comenzaría cerca de las siete de la mañana. Aquel primer día fue para
reconocimiento del lugar y de las personas con las que trabajaría para
despertar algunas funciones de mi cuerpo que debían hacerse cargo de mi
seccionada funcionalidad. Cuando ingresamos en el gimnasio, se desplegaban
camas bajas, técnicos, aparatos, espejos, pacientes y mucha luminosidad. Conocí
a Giselle, quien sería mi fisioterapeuta. Ella era una rubia joven de no más de
treinta años, bonita, cabello lacio, tez muy blanca, delgada. Giselle me
resultó bien tranquila en su carácter y clara en sus explicaciones, aunque en
portugués hablaba en portugués se hacía entender por nosotras. Pero la vida me
hizo una guiñada en la AACD, estando en el gimnasio, mi vista se topó con un
morocho impresionantemente lindo. Me regocijé con la imagen de ese muchacho. Su
vista se clavó en la mía y no pude bajar la mirada, era un caramelo de dulce de
leche. Existió una especie de flash entre él y yo, me robó el aire con sólo
mirarme. En eso escucho que la blonda Giselle se dirige a él y le pide que se
acerque.
- Mirá
Jarley, ella es Dieva, una nueva paciente – dijo Giselle al morocho.
- Ah,
tudo bein? – me saludó el chico y me regaló una sonrisa celestial que me
enamoró.
- Bien –
contesté abrumada con su simpatía.
Allí
Jarley se quedó junto a nosotras aguardando con mucha atención a que Giselle
terminara con mi evaluación física. Enseguida me enteré de que Jarley era un
asistente de fisioterapia y mi mayor alegría fue saber que él me ayudaría con
alguno de mis ejercicios matutinos. San Pablo estaba haciendo las paces conmigo
y comenzó de la mejor manera.
Excelente!!! Como siempre. Rescato tu estilo de relato que permite casi vivenciar la experiencia
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