Una tarde calurosa, me
avisaron que Luis había venido a casa para concertar las clases. Me acercaron
al comedor y a través de la ventana pude divisar la figura de un chico
extremadamente delgado, en sus pies calzaba ojotas. Cuando entró nos
presentaron, era la primera vez que mediábamos palabra. Luis era serio, tenía
diecinueve años y era muy, muy serio, es lo que más evoco. Concretamos un día
para empezar y ya.
Tener clases de literatura
era un placer, adoro esa materia y Reynaldo impartía sus conocimientos con
mucha pasión, contagiaba su amor por las letras. Filosofía me aburría
enormemente, el resto eran llevaderas.
Íbamos casi a diario a
casa de Reynaldo. Durante el tiempo que duraba la clase de química Luis no
esbozaba ni una muestra de lo que podría ser una risa. Con Ale vivíamos
paveando. Se me ocurrió hacer un chiste.
- Luis, ¿sabés por qué los
árboles no bailan? – le pregunté.
- No, no sé – respondió
él.
- Porque son unos troncos
– aclaré y él se sonrió.
- Entonces yo debo ser uno
de esos – dijo él.
Antes de irnos ese mismo
día, noté que en una mesa se apoyaba un muñeco con forma de corazón, era uno de
esos que regalan en promociones, se llamaba "Flopy".
- ¡Que lindo! – dije al
verlo y le pedí a Ale que lo acercara.
Después de eso nos fuimos
a la casa de Ale. Una vez en su cuarto...
- Tengo algo para vos –
dijo Ale buscando en un bolsillo.
Me entregó un muñeco igual
al que estaba en casa de Luis.
- ¿Y esto? – pregunté.
- Me lo dio Luis para vos
– respondió ella.
Me resultó extraño
aquello, pero me encantó el gesto de ternura. Años después, me enteré que lo
había tomado, sin autorización de su madre, para obsequiármelo. Un amor esa
actitud, tiernísima.
No hay comentarios:
Publicar un comentario