16/9/16

CAPÍTULO XXVIII. “LUIS”

Una tarde calurosa, me avisaron que Luis había venido a casa para concertar las clases. Me acercaron al comedor y a través de la ventana pude divisar la figura de un chico extremadamente delgado, en sus pies calzaba ojotas. Cuando entró nos presentaron, era la primera vez que mediábamos palabra. Luis era serio, tenía diecinueve años y era muy, muy serio, es lo que más evoco. Concretamos un día para empezar y ya.
Tener clases de literatura era un placer, adoro esa materia y Reynaldo impartía sus conocimientos con mucha pasión, contagiaba su amor por las letras. Filosofía me aburría enormemente, el resto eran llevaderas.
Íbamos casi a diario a casa de Reynaldo. Durante el tiempo que duraba la clase de química Luis no esbozaba ni una muestra de lo que podría ser una risa. Con Ale vivíamos paveando. Se me ocurrió hacer un chiste.
- Luis, ¿sabés por qué los árboles no bailan? – le pregunté.
- No, no sé – respondió él.
- Porque son unos troncos – aclaré y él se sonrió.
- Entonces yo debo ser uno de esos – dijo él.
Antes de irnos ese mismo día, noté que en una mesa se apoyaba un muñeco con forma de corazón, era uno de esos que regalan en promociones, se llamaba "Flopy".
- ¡Que lindo! – dije al verlo y le pedí a Ale que lo acercara.
Después de eso nos fuimos a la casa de Ale. Una vez en su cuarto...
- Tengo algo para vos – dijo Ale buscando en un bolsillo.
Me entregó un muñeco igual al que estaba en casa de Luis.
- ¿Y esto? – pregunté.
- Me lo dio Luis para vos – respondió ella.
Me resultó extraño aquello, pero me encantó el gesto de ternura. Años después, me enteré que lo había tomado, sin autorización de su madre, para obsequiármelo. Un amor esa actitud, tiernísima.




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